¡VUELTOS HACIA EL
SEÑOR!
MONSEÑOR KLAUS GAMBER
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SEGUNDA PREGUNTA
¿Cómo
podemos oponernos a los modernos altares cara al pueblo, cuando han sido
prescritos por el Concilio y prácticamente se han introducido en el mundo
entero? En
vano se buscará, en la Constitución sobre la liturgia, promulgada por el
Concilio Vaticano II, una prescripción que exija celebrar la santa misa
de cara al pueblo. Aún en 1947, el Papa Pío XII resaltaba en su encíclica
Mediator Dei (n° 49), cuánto
se equivocaba aquel que quisiera dar al altar su antigua forma de "mensa"
(mesa). Hasta el concilio la celebración cara al pueblo no estaba
autorizada (1 Ver más adelante pág. 26 y siguientes, con respecto al
caso particular de ciertas basílicas romanas); estaba sin embargo
tolerada tácitamente por algunos obispos, sobre todo para misas de jóvenes.
Entre
nosotros, en Alemania, la nueva posición del sacerdote hizo su aparición
con la Jugendbewegung (Movimiento de la Juventud) en los años veinte,
cuando se empezaron las celebraciones eucarísticas en pequeños grupos,
jugando un papel de precursor Romano Guardini con sus misas en el Castillo
de Rothenfels. El movimiento litúrgico difundió esta costumbre,
principalmente Pius Parsch, que acondicionó, en este sentido para su
"parroquia litúrgica", una pequeña iglesia románica (Santa
Gertrudis) en Klosterneuburg, cerca de Viena.
Finalmente,
estos esfuerzos fueron aprobados por la instrucción de la Congregación
de Ritos Inter oecumenici de
1964, que en consecuencia inspiró el nuevo misal. Allí se prescribe
(para las nuevas construcciones): "Es aceptable construir el altar
mayor separado del muro para que se facilite la vuelta y que se pueda
celebrar cara al pueblo; y se colocará en el edificio sagrado de forma
que sea verdaderamente el centro hacia el cual se vuelva espontáneamente
la atención de la asamblea de fieles" (n° 91).
Desgraciadamente
es exacto que los nuevos altares cara al pueblo se han instalado por todo
el mundo, al menos esta parece ser la corriente que existe en la Iglesia
católica romana. Sin embargo, propiamente hablando no puede decirse que
estén prescritos.
En
las Iglesias ortodoxas de Oriente, donde hoy existen millones de
cristianos, se ha continuado respetando la costumbre de la Iglesia
primitiva, según la cual el sacerdote, que celebra el Santo Sacrificio,
está vuelto, con los fieles, hacia el ábside. Esta actitud vale tanto
para las Iglesias de rito bizantino (griegas, rusas, búlgaras, serbias,
etc.) como para las llamadas de rito oriental antiguo (armenia, siriaca,
copta).
Que
el altar deba estar separado del muro "para que se le pueda dar fácilmente
la vuelta" es otra cuestión. Esta exigencia de la Congregación de
Ritos está totalmente de acuerdo con la tradición" (El pontifical romano tradicional, en el capítulo "Sobre la
dedicación de las iglesias", exige expresamente que el altar no esté
adosado al muro, para que se le pueda dar la vuelta por todos lados a fin
de poder cumplir convenientemente los ritos de consagración. El
"misal de San Pío V" (edición de 1962), por otro lado indica
la manera de proceder a la incensación de este tipo de altares. En contra
de lo que a menudo se cree, el altar así dispuesto esta perfectamente de
acuerdo con la tradición, aunque a partir de la baja edad media, se
prefirió a menudo adosarlo al muro)
Durante
más de diez siglos, como hasta en nuestros días en las iglesias
ortodoxas de Oriente, el altar ha permanecido desprovisto de
superestructuras. Un cambio se produjo en la época gótica con la aparición
de los retablos. Estos tenían en parte la misma misión que las pinturas
del ábside y los muros de la iglesia, representando las diferentes etapas
de la salvación, desde la Anunciación del Ángel hasta la Ascensión del
Señor.
Mientras
que en las iglesias pequeñas los altares estaban adosados al muro del ábside,
en las grandes, como se ha visto, frecuentemente estaban colocados, hasta
la época gótica, en medio del santuario. Entonces se podía dar la
vuelta alrededor cuando se incensaba, como se dice en el salmo 25:
"Yo lavaré mis manos en la inocencia / y andaré en derredor
de tu altar, ¡oh Yave! Haciendo resonar cantos de alabanza / ensalzando
todos tus prodigios".
Para
resaltar la santidad del altar, por lo menos en las iglesias mayores, éste
tenía sobrepuesto un baldaquín precioso sostenido por cuatro columnas.
Se fijaban cortinas en los cuatro lados. Indudablemente hacían
referencias a las cortinas del Templo de Jerusalem, que separaban el Santo
de los Santos (Sancta Santorum) del
santuario, tal como Dios se lo había prescrito a Moisés: "Harás un
velo de púrpura violeta y escarlata ...Lo suspenderás de cuatro columnas
de madera de acacia recubiertas de oro ...Colgarás el velo en corchetes,
y allí, detrás del velo pondrás el arca de la alianza. El velo servirá
para separar el santo de los santos del santuario" (Ex.
26,31-33).
En
el rito bizantino, como hemos visto, el Iconostasio sirve para hacer esta
separación; pero según la concepción ortodoxa, éste con sus iconos
representa también la Ecclesia
caelestis (la Iglesia del Cielo), que celebra acorde con los fieles;
si bien no debe ser considerado solamente como un objeto de separación
sino de contemplación, para aquellos que participen en la celebración.
En
otros ritos orientales no bizantinos, el Iconostasio no se emplea. En su
lugar, como en el rito Armenio, encontramos dos cortinas: una pequeña
ante el altar y una grande escondiendo todo el coro a los ojos de los
fieles durante determinados momentos de la liturgia de la misa. Por ello
San Juan Crisostomo dice: "Cuando veas correr las cortinas, piensa
que entonces el cielo se abre en las alturas y que los ángeles
descienden" [11].
Según
el testimonio de Guillaume Durand, estas cortinas se utilizaron igualmente
en occidente hasta la mitad de la edad media. Habla de tres velos: uno recibe las ofrendas del sacrificio, el segundo rodea el
altar y el tercer velum está
suspendido delante del coro [12].
Mientras
que en sus principios la Iglesia, dentro de lo posible, ocultaba el altar,
rodeándolo de telas preciosas y de tapices; he aquí que hoy este altar
se encuentra, desnudo, en medio de la nave, expuesto a todas las miradas.
¿Acaso su santidad, como lugar donde se ofrece el sacrificio, está más
resaltada de esta forma? Seguramente no. A menos que se quiera -contra toda tradición- considerarlo como una mesa de comedor
y ponerlo así de manifiesto.
Entonces, ciertamente, no me queda más que aceptarlo ....
Pero
en este caso, no se trataría de hacer presente aquí en la tierra el
mundo celestial; se trataría del hombre y de su universo. El universo de
Dios, de sus ángeles y santos, se convierte en marginal, pues apenas toca
el nuestro. ¡Puede ser que, a pesar de todo, se interesen por un hombre
llamado Jesús y de ciertos pasajes cuidadosamente escogidos de su
Evangelio!
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