La Misa cara a Dios
por JEAN FOURNÉE 

4. El argumento pedagógico 

   Se nos dice que la liturgia debe ser una enseñanza, y que el aspecto pastoral de la misa implica la necesidad de hacerla bien visible e inteligible a todos. Sólo la celebración cara al pueblo alcanza este objetivo, que se considera capital. 

   Durante las jornadas de estudio de septiembre de 1965 en el Instituto Católico de Paris, protestamos, en nombre de la asociación Una Voce, contra tal aberración. Y citábamos algunas reflexiones de Dom Froger, e incluso del Padre Congar. 

   Repetimos aquí, con Dom Guaillou, que "las personas no vienen a la misa como a una conferencia; no vienen para instruirse en ella; al contrarío, deben estar instruidos de antes; vienen a alabar al Señor que conocen, y porque Lo conocen". 

   Sin duda, siempre necesitamos conocerlo cada vez más, pero no a la manera de un cierto número de teólogos de hoy, para quienes el Señor es objeto de pura especulación intelectual, y no de este conocimiento que brota de la fe para unirse al amor. El Señor, que se revela a los pequeños y a los humildes, ¿se encuentra verdaderamente en esas chácharas interminables y en esas lecturas cansadoras que forman lo más claro de la misa nueva estilo?

   El especto catequético de la liturgia es un aspecto menor, secundario, "de añadidura" ( Dóm FROGER ) . Lo que primeramente cuenta es la alabanza divina, que culmina precisa y etimológicamente en la Eucaristía. 

    Lejos de mi la idea de querer minimizar el valor litúrgico y espiritual de escuchar la Palabra de Dios, aunque yo no sea el único en deplorar qué la liturgia de la Palabra haya tomado una importancia desproporcionada respecto de la liturgia eu­carística propiamente dicha, que sigue siendo de cualquier manera lo esencial de la misa[37]. Pero no veo en qué las lecturas necesitan, o simplemente justifican, el altar cara al pueblo, puesto que su proclamación se hace, ya no del altar, sino de un pupitre o de un ambón colocados en el coro[38]

C. ANOMALÍAS E INCONVENIENCIAS DE LA CELEBRACIÓN CARA AL PUEBLO 

   La pasión por la misa "al revés" ha sido tal que muy pocos lugares de culto constituyen una excepción de lo que se ha tornado una regla casi general. Y todo eclesiástico que no se conforma a ella pasa hoy por ser un tradicionalista sospechoso, incluso si ha adoptado el nuevo Ordo. 

  Y sin embargo, el dar vuelta al altar, o más frecuentemente, la instalación de un nuevo altar delante del antiguo, hacen que aparezca cierto número de anomalías, que quizás los fieles perciben cada vez menos, con la ayuda (¡ya!) del hábito, pero que no por ello son menos chocantes.

1. El crucifijo sobre el altar 

   ¿Dónde colocarlo y en qué sentido? Cuestión embarazosa y que nunca fue resuelta de una forma satisfactoria. Se ha creído salir del paso levantando, aquí y allá, una gran cruz lateral al altar y un poco adelante de él (hacia los fieles). Pero, que la cruz esté o no sobre el altar, ¿hacia dónde debe mirar? Si es hacia el pueblo, Cristo da la espalda al ministro del altar, y es descortés. Si es hacia el celebrante, es descortés para los fieles. Es sin embargo la solución adoptada por el "Ceremonial de los obispos" (1, 12, nº 11), y recordada por e1 Padre ROGUET: "La cruz del altar debe estar mirando la mesa del altar, de modo que 'sea el celebrante quien vea a Cristo". (Construire et aménager les églises, Edit. du Cerf, 1965, p. 49) . 

   "En muchos lugares donde se ha erigido un altar-mesa para celebrar cara al pueblo, se ha cometido un error, visible en demasiadas fotografías que uno creería ejemplares, de dar vuelta a Cristo hacia el pueblo". 

   Así, pues, ninguna duda: hay que dar vuelta la cruz hacia el celebrante. Tanto peor para los fieles. La frustración de éstos es por otra parte relativa, puesto que ¡"si el crucifijo es de tamaño normal, es decir, mediocre, la mayoría de los fieles no alcanza a ver a Cristo"! 

    No se podría imaginar una pirueta más desenvuelta para eludir la única solución lógica, que sería volver a colocar el altar en el buen sentido... 

   En suma, se está en plena contradicción, y en plena descortesía: ¡el celebrante está de cara al pueblo, pero el divino Crucificado le da la espalda! La liturgia se vuelve a cerrar en una relación Cristo-altar-ministro, lo que está en flagrante desacuerdo con todas las buenas razones de apertura al pueblo que invocan los ardientes defensores de la celebración versus populum. Y se está así en ruptura con el simbolismo que, desde el comienzo del cristianismo, estaba unido a la cruz del Gólgota, mirando hacia el oeste, es decir, hacia el mundo de los redimidos, al que sus brazos atraen y reúnen en un mismo pueblo[39]. Este doble simbolismo del acogimiento y de la introducción al misterio redentor, tan bien expresado por la cruz de las vigas de gloria, tenía pese a todo una dimensión distinta de la de esta especie de diálogo "clerical" a la que se lo quiere reducir.

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