EN TORNO AL CONCEPTO DE EVOLUCIÓN*
Por el Prof. Juan Carlos Ossandón Valdés

   El matemático y biólogo G. Salet ha sometido esta hipótesis al cálculo matemático de probabilidades, a las leyes de los grandes números inventada por Borel. El resultado ha sido catastrófico para esta nueva hipótesis. Ocurre que no es posible esperar que se produzca un acontecimiento cuando su probabilidad es inferior a 10 elevado a -200. Conocida la complejidad del ADN y la cadena de mutaciones necesarias para producir un órgano nuevo, la probabilidad de que tal cosa ocurra es muy inferior a la cantidad vista. De tal manera, concluye Salet, la evolución en base a mutaciones es un mito que carece de toda base científica. Pero no se saca nada con que ocurra una mutación que produzca un órgano nuevo. Como ya lo precisó Bergson, y antes que él muchos biólogos, entre ellos Vialleton, un ser vivo es una correlación de órganos. Debido a esto es necesario planificar al ser vivo completo para que sea viable. Ciertamente, se pueden producir mutaciones que hagan variar las razas dentro de una especie, tal vez, incluso, las especies dentro de un género, y hasta podría ser posible que hicieran variar los géneros dentro de una familia. Aunque nada de esto es seguro ni está probado, tal vez sea posible. Tan sólo está probada la variación de las razas al interior de una especie. Pero ascender a las categorías superiores de la clasificación biológica es absolutamente imposible.[62]  

   Para hallar una causa adecuada a la evolución nos queda tan solo el recurso a Dios. ¡Ironía del destino! La evolución nació para negar que Dios hubiese creado especies diferentes desde el primer instante y fue defendida con ardor por los ateos. Hoy día, lo único que podría salvarla sería que la creación se expresara, por voluntad divina, mediante una evolución. El único problema reside en que la biología tiene que encontrar una causa biológica para fundar su tesis y eso no lo hallará en la noción de creación.  

OBSERVACIONES FINALES  

   Tratando de aclarar un poco la confusión que esta exposición habrá dejado, quisiéramos distinguir tres posiciones ante el problema de la visión que el mundo biológico nos presenta como un desafío a la imaginación con la innumerable variedad de especies, variedades e individuos, siempre diferentes entre sí.  

   Digamos que la primera posición adoptada en los tiempos modernos ha sido calificada de fijismo. Cierto es que el nombre y la caracterización los han impuesto los evolucionistas, pero conservemos la palabra. Digamos que es una postura coherente. Una especie es lo que en la naturaleza queda delimitado por la definición que de ella hacemos. Asimismo, los géneros, familias, etc., todos son definidos por sus características fundamentales que son poseídas en forma exclusiva por ese grupo. Se supone que las especies han sido creadas por la Inteligencia Infinita, la que les ha dado su lugar en el mundo y su función en la naturaleza.  

   Como se trata de una postura filosófica y teológica, la ciencia no puede refutarla ni rechazarla. Tan sólo puede presentar ciertas dificultades. La primera radica en que no es posible dar una definición perfecta de las especies, géneros, etc. ¿Podemos definir un animal cualquiera? Nos limitamos a describirlo en forma incompleta la mayoría de las veces. La segunda dificultad radica en que la paleontología nos presenta un panorama de una variedad extraordinaria a través de los siglos. ¿Habría que suponer distintas creaciones? ¿Es sensato pensar en que cada cierto tiempo interviene de modo extraordinario el Creador? Ninguna de estas dificultades es insuperable, pero no dejan de molestar a la mayoría de los científicos actuales que no miran con buenos ojos esta postura.  

   La segunda posición es la teoría de la evolución al estilo de Spencer, Bergson, Teilhard, etc. Si bien está expresada en forma mucho más rigurosa que el transformismo darwiniano, hace frente a una dificultad grave: ¿qué evoluciona? Una especie es, en sentido estricto, un universal. Por lo que tal teoría sería inteligible en un universo platónico, pero no en uno aristotélico. Como lo que evoluciona permanece de alguna manera, no queda otra solución que la proclamación de la existencia del universal dentro del singular, al más puro estilo del realismo exagerado medieval.

   Para los que hemos asistido al gran combate entre Guillermo de Champeaux y Abelardo, esta teoría nos resulta ininteligible.  

   La tercera teoría es el transforntismo de Darwin y Wallace, confundido con el evolucionismo de Spencer y Lamarck de tal modo que ya parece imposible lograr su diferenciación. Digamos que esta explicación sería coherente, si no supusiese un universal existiendo en acto en un singular. Sin embargo, nos parece que no explica nada mientras no determine claramente la causa de la evolución o transformación que afectaría a los individuos hasta transmutarlos tan radicalmente que haya que definirlos de otra manera.  

   Aclaradas las tres posturas, conviene que hagamos aún algunas observaciones finales.  

   Resulta bastante aventurado hablar de evolución de las especies cuando se conoce un número mínimo de ellas. Mayr calculó en un millón el número de especies de animales, de las cuales conocemos mejor las especies de vertebrados. Pero éstas no pasan de 35.000. En ellas se ha logrado conocer "evoluciones" notables dentro de ciertos límites; pero entre los insectos, por ejemplo, con unas 815.000 especies, hay abismos que separan los diversos grupos y nuestra ignorancia es casi total. Ya vimos la descripción de la selección natural hecha por Wallace y su acomodo a los tigres, pero su total inadecuación a los vegetales, los que no seleccionan en ningún sentido inteligible del término.  

   Muchos partidarios de la evolución reconocen que ignoramos completamente el cómo de la transformación de las especies. Se supone que hay leyes que la rigen, pero éstas son plenamente desconocidas. Es más, Gilson hace notar que tanto el concepto "especie" como "evolución" son filosóficos y extraños a la biología.[63]  

   Jean Rostand, premio Nobel de Medicina, agnóstico, afirma su fe en la evolución. Y es una fe, y no ciencia, porque: "deja sin respuesta deliberadamente la formidable cuestión del origen de la vida y... sólo propone soluciones ilusorias al problema, no menos formidable, de la naturaleza de las transformaciones evolutivas" ... "estamos todavía esperando una sugestión suficiente con respecto alas causas de las transformaciones de las especies" ... "cuando hablamos de evolución suponemos la existencia de una naturaleza imaginaria, dotada de poderes radicalmente diferentes de todo lo que nos es conocido científicamente" ... "Creo firmemente ... que los mamíferos proceden de los lagartos y los lagartos de los peces pero ... prefiero dejar en la vaguedad el origen de estas escandalosas metamorfosis a añadir a su inverosimilitud la de una interpretación ilusoria".[64]  

   No sólo se trata de una ilusión, que en otro lugar llama "un cuento de hadas para personas mayores", sino de algo ininteligible. En el mejor de los casos, podríamos decir que muere una especie y aparece otra, mas ¿con qué derecho sostenemos que la primera causó la segunda?[65] Aristóteles jamás imaginó que una especie se transformara en otra, y con razón, pues para una especie cambiar, significa dejar de existir[66]; lo que resulta obvio para el que tenga el concepto aristotélico de especie que se identifica con su definición. Si cambio la definición, simplemente defino otra cosa.  

   Todo lo cual hace decir a Salet que, en el fondo, la evolución es tan solo una explicación verbal, del mismo tipo de la tan ridiculizada explicación según la cual el opio hace dormir porque posee una "vis dormitiva".[67] En el fondo se oculta la ignorancia del origen de la vida y de las especies con esta vis evolutiva.[68]  

   Al fin y al cabo, con Dobhansky reconocemos que una especie es una cima adaptativa, es decir, un animal que sobrevive gracias a que tiene tal conjunto de órganos perfectamente relacionados entre sí. Nos quieren hacer creer que proviene de otro animal que carecía de esos órganos y que poseía otros. ¿Cómo sobrevivía si era distinto del actual? Y si sobrevivía era porque era una cima adaptativa, entonces, ¿qué lo empujó a cambiar?[69]  

   La última palabra en teoría evolutiva moderna radica en la importancia conferida a las mutaciones. Ellas se producirían por puro azar y serían la causa de la evolución. Sabemos que éstas no pueden afectar órganos esenciales ni crear órganos enteramente nuevos; se limitan a modificar caracteres accesorios. Salet demuestra la imposibilidad matemática de una evolución debida a esta causa. Nos da muchos ejemplos. Citaremos tan sólo uno.  

   Supongamos que vamos a producir la cadena beta de la hemoglobina de la sangre. Se trata de una cadena de proteínas. Los aminoácidos que constituyen las proteínas pertenecen a 20 tipos. Con ellas tenemos , que forman los 146 monómeros que conforman la cadena. El número de posibilidades es de 10 elevado a 190. Como la cadena se tiene que formar al azar, vamos a suponer que logramos, por mutaciones, producir un ejemplar de cada una de las proteínas posibles. Cada proteína ocupará un recipiente aislado y las pondremos tan apretadas que lograremos introducir diez elevado a diez proteínas por centímetro cúbico. Para poner todas las proteínas en un recipiente necesitaríamos uno que tuviese una arista de 10 elevado a 39 años luz. Pero el universo conocido tiene aproximadamente 10 elevado a 10 años luz de extensión. Necesitamos, entonces, para producir por azar esta única cadena de proteínas, un universo 10 elevado a 29 veces más grande que el actual. Lo que revela que la mutación por azar no es explicación posible por falta de espacio.  

   Al mismo resultado se llega si consideramos el factor tiempo. Salet calcula que, suponiendo una reproducción al fantástico ritmo de 10 elevado a 14 por segundo, ritmo que es imposible en realidad, se necesita 10 elevado a 500 años para realizar todos los estados posibles de un gen provisto de mil pares de nucleótidos, el que sería un gen de tipo medio. Vale decir, tampoco hay tiempo.[70]  

   A todo lo cual puede responderse que si las mutaciones son dirigidas de alguna manera, no se necesita ni tanto tiempo ni tanta materia para producir la evolución. Pero, ¿quién dirige? Nuevamente Dios viene a salvar la teoría de la evolución del marasmo. Sin embargo, hay una dificultad. Los partidarios del evolucionismo impuesto por Dios a la creación insisten en que Éste actúa en conformidad con las leyes naturales que Él mismo ha impuesto a sus creaturas.

   ¿Cuáles son esas leyes? No conocemos ninguna, ¿cómo puede afirmarse que existen? El recurso a Dios permite salvar una teoría teológica, pero no una biológica.[71]  

   Más de uno se preguntará cómo es posible que casi todos los científicos sean evolucionistas en el día de hoy. Si tantas dificultades tiene esta curiosa hipótesis, ¿por qué tantos aseguran su vigencia? Creo que la respuesta es tan obvia que no necesita mayor indagación. Ocurre que la evolución es un hecho de la experiencia normal de cualquier persona, sin necesidad de estudiar ciencia alguna. Y esto en sentido rigurosísimo. Del niño al adulto, en cualquiera de las especies mejor conocidas por nosotros, se da una evolución que a nadie llama la atención.  

   Los científicos del pasado siglo que aplicaron esta experiencia normal a la especie, no sospechaban ni remotamente en qué lío se metían. Al igual que los medievales del siglo XI cuando ingenuamente se encuentran con la famosa cuestión: los universales, ¿son res o son verba?, no sospechan la profundidad metafísica de una pregunta lógica aparentemente trivial. Pienso que los buenos científicos todavía siguen ignorando absolutamente el gravísimo problema metafísico que han agitado con su inocente extensión de un hecho de la experiencia inmediata a las misteriosas realidades que son las especies.  

   Algunos evolucionistas están reconociendo que, en el fondo, lo único que pueden afirmar es que los organismos cambian por la influencia del medio, sin atreverse a determinar la extensión y profundidad de dicho cambio.  

   Y esto parece ser lo único que sensatamente se puede sostener.[71] Porque "cuando un nombre puede significar todo, no significa ya nada... Cuando un mismo término designa todo, comprendido su contrario, ninguna discusión científica seria es ya posible".[72]

     

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  • * Fuente: separatas de “Iesus Christus”
  • [62] Salet dedíca principalmente su obra “Azar y certeza” a desarrollar estas ideas y a fundamentarlas. Para ello, explicará pormenorizadamente el funcionamiento del ADN y el cálculo matemático que emplea.  
  • [63] Gilson: ob. cit., pág. 206.  
  • [64] Cit. por Salet, ob. cit., pág. 450.  
  • [65] Gilson: ob. cit., pág. 222.
  • [66] Idem, pág. 316.  
  • [67] Salet: ob. cit., pág. 174.  
  • [68] Charlier, H.: "Sur l’histoire de transformisme".  
  • [69] Gilson: ob. cit., pág. 184.
  • [70] Salet: ob. cit., pág. 258 y subs.
  • [71] ídem, pág. 356 y subs.
  • [72] Cfr.: Thompson, W.R., "The status of evolutionary theory" en "Laval Th. & Ph.", vol. VIII, nº 2, Quebec, año 1952, citado por Martínez B., J., en "Nao", año V, n° 28, Buenos Aires, diciembre de 1943, pág. 172.
  • [73] Freund, J.: "Théorie et utopie" en "Philosophie et politique ", Bruselas, año 1981, pág. 14, citado por Massini, C.I., en "El renacer de las ideologías
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