14. Teo. Revelación. La revelación en el Antiguo Testamento.
14. Teología de la Revelación  

LA REVELACIÓN EN EL ANTIGUO TESTAMENTO.

Nosotros utilizamos la palabra "revelación", unificando una serie de términos que en la Biblia significan lo mismo, como "hablar", "decir" o "conocer", entre otros. La revelación se produce no sólo desde la trasmisión oral, sino que hay revelaciones en sueños, teofanías, ángeles mensajeros de Dios o profetas. Esto ya nos da pistas, la revelación en el Antiguo y Nuevo Testamento es un fenómeno frecuente y plural. Más relacionado con el oído que con los ojos. Así por ejemplo, es curioso que Moisés hable con Dios como un amigo con otro amigo, pero no pueda ver su rostro, Ex 33, 11. 21-23. Constantemente la Biblia se refiere a la "palabra de Dios", en hebreo "dabar", como lo central, lo que dirige e inspira una historia que se inicia desde la palabra, en la creación, y que llega a su plenitud en la palabra hecha carne.

Para los cristianos la Biblia es la Palabra de Dios, es la revelación que se expresa fundamentalmente en palabras. En la Biblia se contiene la revelación, la verdad necesaria para la salvación de los hombres. Incluso uno de esos libros, el Apocalipsis significa en griego eso precisamente: "revelación".

La historia de la revelación es progresiva. Recordemos en el Génesis la teofanía de Mambré, Dios se muestra "humano" a Abraham; Dios anuncia cosas que van a suceder, el nacimiento de Isaac, la destrucción de Sodoma,... Fenómenos que se repiten en sus descendientes Isaac y Jacob, que siguen en esta experiencia profunda de fe. Es verdad que los pueblos vecinos también tenían medios para conocer la voluntad de los dioses: adivinación, magia, brujería, ensueños y trances muy vinculados a un politeísmo mágico. La experiencia Bíblica nos remonta a un contacto con estas prácticas, pero también a un alejamiento de ellas. La voluntad de Dios se nos da a conocer, no forzamos a Dios, es Él el que quiere hablarnos. Por eso es frecuente que aparezcan sueños, o instrumentos de adivinación como copas, los "Urim et tummin", que eran una especie de dados que ayudaban a predecir a los sacerdotes. Con los profetas estas prácticas tienden a desaparecer, son idolátricas y molestas para el Señor, Dios habla ahora por medio de sus profetas. Lo determinante en todas las revelaciones es que Dios se da a conocer a sus amigos.

El eje central de la revelación en el AT es la Alianza del Sinaí. Las palabras del Sinaí eran consideradas como voluntad divina, cuya trasgresión o cumplimiento ponían al hombre camino de la bendición o de la salvación. Son palabras que están por encima de las cosas, expresan la voluntad de Dios de forma permanente, no caprichosa. La Ley supone y era entendida por los Judíos como la posibilidad de la libertad, para no vivir como esclavos ni como animales, para poder ser auténticamente hombres defendidos por Dios.

En la etapa profética, la garganta del hombre profeta es voz para la Palabra de Yahvé que se dirige a los hombres, normalmente con la intención de llamar a la justicia y a la vida moral. Quizás Jeremías sea de todos el más interesante, porque abre el profetismo al descubrimiento de cuestiones más profundas, como la fidelidad, la vocación profética, la autenticidad y el cumplimiento de la misma. La palabra es dulce y amarga a la vez, es objetiva y está poseyendo al profeta. La palabra en los profetas es dinámica y eficaz, no es posible acallar.

Las corrientes deuteronomistas e historicistas reflexionan y descubren la intervención de Dios en la historia del pueblo. Una intervención cotidiana pero eficiente. Esto implica la posibilidad de pasar de una revelación oral, a una escrita, los textos se redactan, se compila la Escritura Sagrada. Las últimas etapas hablan de revelación en la sabiduría, un mundo sapiencial, que no es sino una muestra de la boca de Dios, de la que nace toda sabiduría.

Todas estas claves manifiestan la presencia de Dios en la historia de un pueblo. No es tan determinante la forma, como el contenido de la misma. La presencia de Dios implica una reciprocidad. La Biblia no es un libro con las palabras dichas por Dios a los hombres, sino que narra la experiencia de un pueblo con ese Dios. La dirección comunicativa va de Dios a los hombres y de los hombres a Dios. Matizamos un poco más, la experiencia no es de todos los hombres, sino de algunas personas que mantienen una experiencia concreta con Dios, una vivencia para la comunicación, es el caso de los profetas, como personas que explicitan y cuentan la experiencia a los demás. Esto lo tenemos claramente en algunos textos como Is 8, 11 o Jer 20, 8-9. Pero hay muchos más.

Junto con la voz y la palabra anunciada por los profetas, está la intervención de Dios en la historia de Israel. Se pone de manifiesto, en los acontecimientos y en los signos leídos por los Judíos, la presencia y la intervención decisiva de Dios en la historia del pueblo escogido. Por eso la historia es para los Judíos, y también para nosotros, una historia de salvación, en ella se produce la manifestación y la revelación de Dios a los hombres. No como algo pasado, sino con perspectiva de futuro. Al final reinará el Señor eternamente.

La historia es una historia teológicamente interpretada por el pueblo creyente, que toma conciencia de que Dios se manifiesta y les habla. Dios se va mostrando de forma progresiva y constante. Tanto los patriarcas como Moisés o los profetas van tomando conciencia de quién es Dios. Su presencia toma múltiples formas, desde la Ley hasta los gestos más concretos. Dios elige a Abraham como Padre de una gran nación, libera a su pueblo en Egipto, está presente en el Templo, en la Ley, es la voz de los profetas, la sabiduría soberana que se manifiesta a los hombres. La autoconciencia de Israel como "pueblo escogido" no se hace de una vez por todas, sino que es progresiva y lenta.

La revelación de Dios incorpora un mensaje y unos contenidos doctrinales. Intuimos cómo y quién es Dios. La revelación es la presencia de Dios en su relación con los hombres, no para que acumulen conocimientos sino para darles la certeza de su amor y su elección por ellos. Lo que importa es la funcionalidad, el sentido y la razón de ser de esa revelación. A Moisés le importa saber transmitir quién es Él y su función, la respuesta de Dios no es ontológica ni lejana: "Yo soy el que soy". Es una presencia activa y relativa, "yo soy", seré para vosotros el Señor, no hay otro. Es verdad que de aquí podemos hacer un discurso ontológico y metafísico, pero la clave de la revelación en el AT es que ésta está conducida por un Dios esencialmente relacional, abierto al hombre, un Dios con nosotros.

El término "conocer" tiene varios significados en el AT. Por un lado es un conocer real, es la experiencia misma. Conocer el sufrimiento supone haberlo padecido, conocer el pecado y la paz supone haberlo vivido y asumido. En segundo lugar conocer es algo interpersonal, se conoce a alguien, se tiene experiencia del otro, se entra en su vida. Conocer a la esposa, por parte del esposo, significa poseerla, amarla, hacerse uno con ella, unirse sexualmente. También se usa en las relaciones de padre e hijo, esposo esposa y enamorados. No debemos olvidar que Dios es también Trinidad, y que eso supone una relación de conocimiento del Padre con el Hijo y con el Espíritu Santo. En tercer lugar conocer es utilizado como relación existencial, como experiencia de que Dios transforma. Practicar la justicia es reconocer a Dios en los otros, Jr 22, 5-6. Finalmente y como último eslabón conocer es encontrarse y ser salvo por Dios.

La clave de este conocimiento en el AT es que implica algo existencial, interpersonal, real y salvífico. La revelación es dinámica y cercana, íntima al hombre, no es la manifestación de algo, sino la manifestación de Alguien a alguien. Es un diálogo entre un Dios que se da a conocer y un hombre asombrado. En los profetas esta intimidad es evidente, los elige y los envía, los transforma y experimentan la salvación en ellos mismos. Pero eso es algo también social y comunitario, la misión del profeta es la denuncia y el anuncio. El profeta está al servicio del pueblo y de Dios, es alguien enviado por Dios para la comunidad y los hombres.

El Dios revelado en el AT es un Dios viviente y personal, enfrentado a otros ídolos vacíos y muertos. Tiene algunos rasgos determinantes: es cercano a los pobres, ama la justicia y es amable con sus criaturas, es Santo y trascendente, misterioso para los hombres. Otro aspecto de la revelación del AT es que es un Dios de salvación, no es ajeno al destino de los hombres, sino que se implica en sus vidas. Esa salvación se explicita en la liberación de la esclavitud para el pueblo oprimido en Egipto. Esa salvación es también interior, profunda en el corazón del hombre, como nos lo manifiesta la marcha por el desierto y la constante llamada de atención contra un pueblo infiel y pecador.

La revelación incluye quién es el hombre para Dios. Por la revelación sabemos lo que Dios piensa del hombre, el profundo respeto y amor que guarda hacia sus criaturas, especialmente el hombre. Estaríamos ante una antropología teológica, que es también iluminadora de la revelación de Dios a los hombres.

Por eso la revelación implica en el hombre una actitud de escucha constante y obediente. Creer en Dios es obedecer y confiar en Él, es reconocerle como único Dios. La revelación la consideramos como una iniciativa de Dios, de Él parte. Es el primero en elegir y en hablar, es el que firma una Alianza, el que se entrega y es fiel a los hombres. La revelación es una, no es variable y caprichosa, sino constante y progresiva. Exige la fe y el cumplimiento, el pecado es conocido por los hombres ante su trato con Dios, su mirada a Él y a la propia realidad impotente para el amor. La revelación supone que la salvación se realiza en la historia, en el futuro, como algo venidero y esperanzador. Para nosotros esa salvación tiene nombre y apellidos: Jesús, Señor, Hijo Único del Padre.

El Concilio Vaticano II y a su Constitución Apostólica Dei Verbum, al número 3, donde afirma el sentido preparatorio del AT para la revelación evangélica. Dice así: "Dios, creando y conservando el universo por su Palabra, ofrece a los hombres en la creación un testimonio perenne de Sí mismo; queriendo además abrir el camino de la salvación sobrenatural, se reveló desde el principio a nuestros primeros padres. Después de su caída, los levantó a la esperanza de la salvación, con la promesa de la redención; después cuidó continuamente del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras. Al llegar el momento, llamó a Abraham para hacerlo padre de un gran pueblo. Después de la edad de los patriarcas, instruyó a dicho pueblo por medio de Moisés y los profetas, para que lo reconociera a El como Dios único y verdadero, como Padre providente y justo juez; y para que esperara al Salvador prometido. De este modo fue preparando a través de los siglos el camino del Evangelio".

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