14. Teo. Revelación. La revelación en el Concilio Vaticano I, 1870.
14. Teología de la Revelación  

LA REVELACIÓN EN EL CONCILIO VATICANO I, 1870.

El Concilio Vaticano I se desarrolló en un ambiente inhóspito para la Iglesia. Tanto la noción de sobrenatural como la de trascendencia, habían sido puestas en entredicho por la corrientes agnósticas, positivistas y racionalistas de la Ilustración francesa del siglo XVIII y XIX. Había entonces varias tesis distintas que matizaban la posibilidad de la revelación. En las corrientes "deístas" no se admitía una acción de Dios interviniendo en el género humano, la encarnación era imposible: Dios es concebido como demasiado trascendente para la encarnación. Otras corrientes, opuestas a las anteriores, rechazan la trascendencia de la revelación, la realidad religiosa es puramente inmanencia, fruto del sentimiento o la necesidad del hombre. Quizás de forma intermedia hay otra postura que realza e identifica la fe y la razón, la revelación no puede ser sólo trascendencia ni sólo inmanencia, en esta postura estaría el "Hegelianismo" y el romanticismo Alemán.

La Teología Católica quiso responder, aunque hay que decir que se llegó tarde y regular, no había cabezas pensantes lo suficientemente lúcidas para responder a la altura. De hecho hasta el Concilio Vaticano II no se dio una respuesta satisfactoria a muchos de los conflictos del cristianismo con la modernidad. Las respuestas cristianas del siglo XIX fueron plurales y variadas. El semiracionalismo de Günter, afirmaba que la razón podía conocer verdades de tipo sobrenatural, no se negaba la revelación, pero se afirmaba que se puede llegar razonando a ellas. Boutain, Lammenais y otros van a una postura fideísta. La única forma de alcanzar la revelación es partir de la fe, la razón no puede decir nada aquí.

En este contexto se inscribe el Concilio Vaticano I, 1870, que afrontará el tema en la llamada Constitución Dogmática sobre la fe católica o "Dei Filius". Esta Constitución, de cuatro capítulos, busca, y así lo dice desde el inicio, rechazar los errores y demostrar la salvación en Cristo.

En el capítulo primero afirma que Dios es creador de todas las cosas, que crea libremente, de la nada y por amor; con providencia lo conserva y lo gobierna, rechazando el materialismo y panteísmo que abundaba en la filosofía del siglo. El capitulo segundo lo dedica íntegramente a la Revelación. Insiste el Concilio en que hay dos posibilidades de conocer a Dios: o bien a través de un conocimiento natural, por las fuerzas de la razón, o bien a partir de las cosas creadas. Se muestra contraria al ateísmo y al positivismo que negaba la experiencia trascendente, también se opone al fideísmo tradicionalista. Dice literalmente el concilio " Dios puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas". En el mismo párrafo se continúa con la forma sobrenatural, el conocimiento sobrenatural que también permite el conocimiento de Dios desde la intervención positiva de Dios, que se comunica en su bondad y sabiduría, citando las primeras frases de la carta a los Hebreos.

Sigue con la necesidad de la revelación, que alcanza a todos los hombres, para que sea conocido sin error y por todos los hombres. Ante la imposibilidad de la razón para conocer todas las cuestiones de la fe, el Concilio intuye la superioridad y necesidad de una revelación sobrenatural, sobre la natural. Finalmente sigue en este capítulo con las fuentes de la revelación y su interpretación, que de nuevo, al igual que hiciera Trento, deja en manos exclusivas de la Iglesia, siendo escritos inspirados por el Espíritu Santo, y que tienen a Dios por autor. Esto será matizado por el Concilio Vaticano II, son inspirados por Dios, pero Dios se vale de hombres y en un lenguaje humano, usa los géneros literarios, para hacerse comprender.

El tercer capítulo trata sobre la fe, indicando que corresponde al hombre la adhesión de la fe. El hombre depende totalmente de Dios, la razón creada ha de ser sumisa a la verdad increada. La adhesión intelectual a la fe no es errónea, pero es insuficiente según el Concilio. El cuarto capítulo alude a la relación entre fe y razón, está en un contexto de fideísmo y de ateísmo. Trata de nuevo de separar el orden natural del sobrenatural. El primero responde a una órbita creacionista, se alcanza el objeto en algunos aspectos de la fe a través de la razón. Cuando el objeto de la fe es trascendente, es necesario el conocimiento sobrenatural. En este juego de lógica no puede haber oposición entre la fe y la razón, ni conflicto; más bien debe existir una ayuda mutua, un proceso de comprensión de esa revelación de Dios.

El Concilio está respondiendo a una situación concreta e histórica de la teología y de la sociedad. Nos puede parecer hoy, a nuestros ojos, demasiado centrado en lo objetivo. El acceso a Dios a través de la razón, en nuestra sociedad posmoderna, es casi impensable, intelectualista y ajeno al hombre real del siglo XXI, pero ahí está, es Magisterio de la Iglesia. En todo caso también llama la atención las pocas citas bíblicas del documento, se recurre poco a la Biblia, al igual que la teología de la época.

<< >>
1
Hosted by www.Geocities.ws