| 15. Teodicea |
| PROBLEMAS
DE DIOS EN EL HOMBRE: PROVIDENCIA, RELIGIOSIDAD, LIBERTAD, MAL, MUERTE,... La providencia. La pregunta siguiente sería sobre la implicación de Dios en la cuestión del hombre. Desde el racionalismo teísta, Dios pone en marcha el mundo y se desentiende de él, no se implica. Es el Dios Griego, tan omnipotente como alejado de los hombres. El dato revelado no coincide con esta idea de Dios, al menos no totalmente y sin sólidos matices. Para el creyente Dios recrea, sujeta, mantiene y conserva el mundo desde el amor. Dios sigue interviniendo de manera misteriosa. Esto se ha venido a llamar providencia, sólo comprensible desde la idea de un Dios "hebreo", personal y cercano. El hombre un ser religioso. El hombre es un ser distinto a los demás, es trascendente y misterioso para si mismo, su propia vida es un misterio. Pero tiene una sensación de dominio sobre la naturaleza, fruto de su conciencia sobre sí. Hay además una idea de que el hombre es no sólo un sujeto individual, sino que hay una especie de conciencia unificada de especie, una conexión y una corresponsabilidad en la acción humana. El hombre trasciende la idea de naturaleza. Es decir, estamos ante un ser religioso, profundamente religioso, con conciencia de ser un misterio de sentido las cosas de su alrededor, incluso él mismo. La libertad. El hombre se siente respecto al mundo que le rodea, con una conciencia de libertad, bien para afirmarla, bien para limitarla o negarla. Es consciente de su estado y de su posición. Esta libertad es entendida como una realidad condicionada. Es un campo de posibilidades para el hombre; más que como algo estático, como un proyecto de futuro, una superación de la inmanencia de la naturaleza. La libertad es la superación de las cosas previas, está sometida a unas determinadas leyes, la libertad significaría esa ruptura de esas leyes. El hombre es trascendencia y autotrascendencia, desea más allá y lo busca, lo quiere conseguir. Ese deseo se articula como trascendente, en la búsqueda de sentido a las cosas. Tener deseo de esperanza, de mejora, no es significativo para la existencia de Dios, pero supone que en la existencia del hombre, Dios es deseado como una posibilidad que da sentido. La idea de hacer el bien a otros, configurado como relaciones interpersonales, relativiza al individuo y nos devuelve a un mundo comunitario. La dignidad del hombre, en una humanidad constantemente enfrentada en la historia, continúa siendo una necesidad comunitaria. El hombre se hace y construye su libertad en grupo, también en lo religioso. Finalmente la muerte y el mal, son los problemas que más interrogan a los hombres de todos los tiempos. La muerte es un camino de afirmación de Dios para muchos, es el término de la vida, lo verdaderamente alcanzable por los hombres. Su significado y su sentido siguen siendo una pregunta interminable para los hombres. La única respuesta algo satisfactoria es la dada por las religiones, el hombre es un absurdo si no tiene sentido su vida, si la muerte lo destruye. La muerte como experiencia siempre es vivida como experiencia en los otros, es universal y rompe cualquier proyecto abierto hacia delante. La sensación de fugacidad del tiempo, la vida como brevedad, la soledad del hombre, y su sensación de no realizarse nunca, son interrogantes constantes que hacen de la existencia un drama en el existencialismo, pero la pregunta no es contestada, es aparcada temporalmente. ¿Qué es la vida? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué sucede después? Sólo caben dos respuestas, o hay algo después de la vida, o la muerte es el fin de la persona. La razón nos hace percibir el fin, empíricamente no llegamos más allá. Pero la esperanza del hombre invita siempre más allá, si la vida es futuro y esperanza, la muerte no puede ser tan dramática, esta abierta, en continuidad. La vida es trascendencia, la muerte no puede quedar fuera de esa experiencia. El problema del mal no tiene solución. El dilema del sufrimiento de los inocentes no es resuelto, tampoco podemos negarlo. La pregunta por el sufrimiento y por el mal siempre acaba poniendo los ojos en la trascendencia. ¿Por qué Dios permite el mal? Desde un Dios bueno no tiene sentido, porque su omnipotencia nos salvaría, y su bondad lo desearía. El no actuar de Dios, el silencio de Dios, se ha manifestado también como un obstáculo. Quizás la respuesta más confortable sea la de la libertad del hombre, así la intervención explícita y elocuente de Dios sería un retroceso a la libertad del hombre en su opción por Dios. El mundo no estaría tan bien hecho, la libertad del hombre obliga a Dios a mantenerse en un segundo plano, su omnipotencia no sería tal. El problema no se resuelve. Los intentos de negar el mal, postura panteísta, todo es Dios, tampoco resultan eficaces porque es evidente que nos parece una injusticia el sufrimiento de los inocentes. Desde la perspectiva revelada podemos afirmar que Dios no desea el mal, que Cristo muere sufriendo por los hombres en su deseo de acabar con el mal. Esto nos lleva a la pregunta de si era posible una redención distinta, otra forma de liberar al hombre que pusiera de manifiesto el amor ilimitado del Padre por sus criaturas. Nuestra respuesta tiene que ser negativa, Dios ama al hombre, detesta el sufrimiento y tiene previsto un mundo, el Reino que Jesús predica, en el que el sufrimiento y el mal no tiene lugar. La condición es el tiempo, distinto en el hombre y en Dios. Un tiempo además que supone una evolución, el mundo está sometido a sus leyes temporales, el mal es una constatación de esa realidad insuficiente del hombre, antes que un olvido de Dios. En todo caso, desconocemos de Dios más de lo que podemos saber de Él. Sabemos que no lo quiere para el hombre, y que los hombres y Dios luchan contra el, pero parece inevitable en nuestras coordenadas espacio-temporales. |
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