| 18. Eclesiología |
| LA
ECLESIOLOGÍA EN LA IGLESIA DE CONSTANTINO. Esto trajo un cambio en la Iglesia, el inicio de un sistema de gobierno nuevo, denominado Cesaropapismo, en el que la autoridad del Emperador y los beneficios que procura a la misma, lo convierten en última autoridad jurídica de la Iglesia, dejando la autoridad teológica para los Obispos. Es significativo como el Emperador es el que convoca los Concilios, interesado en salvaguardar la unidad de la Iglesia y del Imperio. Con el tiempo incluso ésta autoridad se impone a la Iglesia en Oriente. Esta mezcla de potestades tuvo su lado positivo, las decisiones conciliares eran leyes para los súbditos, de ahí que la Iglesia fuera apoyada en la unidad y en la misión, empujada y fomentada, obteniendo privilegios y exenciones fiscales por parte de los gobernantes. Al Estado le interesaba manejar los asuntos religiosos, y la Iglesia sacaba también su beneficio. Lo más negativo es que la Iglesia pierde su frescura y capacidad para ser innovadora, se asienta peligrosamente en los privilegios, perdiendo su sentido de riesgo, de apuesta provisional por el Reino. Por eso, es fácil comprender que la eclesiología de los Padres en estos siglos. No avanzara sustancialmente más que en las cuestiones relativas al reconocimiento del primado del Papa y poco más. En su peor sueño se condenó con enfrentamientos particulares entre los patriarcados: Constantinopla contra Alejandría, y ésta contra Antioquía o Jerusalén. Más interesante nos parece recordar al menos a dos autores significativos: Optato de Milevi y San Agustín. El primero, condicionado por su oposición al donatismo del Norte de África. Este donatismo decía que los sacramentos conferidos por ministros pecadores no eran verdaderos sacramentos, quedaban además invalidados. Los donatistas se consideraban la verdadera Iglesia de Cristo, la de los justos, siendo excluidos los pecadores. Optato distingue entre cismáticos y heréticos, los primeros se apartan de la disciplina, los segundos de la doctrina. También entra en la cuestión de la tradición sacramental y en la catolicidad de la Iglesia, la universalidad de la misma y la comunión que guarda, resaltando su unidad y el primado con la Iglesia romana. Por supuesto también hace una crítica a la presunción de considerarse la única y justa Iglesia, dado que ésta está formada también por los pecadores. La Iglesia es, para Optato, Santa y Católica, pero también es pecadora. El criterio visible de la catolicidad era además Roma. San Agustín también entró en la polémica con los donatistas, que sólo desaparecieron ante la llegada de los vándalos al Norte de África. San Agustín decía que los sacramentos tienen valor por sí mismos, "ex ope operato", y que éstos son independientes del ministro celebrante. Dependen de la fe y de Cristo, porque es Cristo el que bautiza, celebra y preside verdaderamente. San Agustín insistirá en que no es necesaria la santidad del ministro para que el signo de algo invisible y trascendente sea eficaz. Acentúa así la santidad de la Iglesia, basada en la santidad de Cristo, y acentuará la catolicidad y la comunión con las otras iglesias, el signo especial de comunión y catolicidad con Roma. Estamos ante una concepción de la Iglesia como sacramento, igual que los sacramentos son signos de salvación, la iglesia es signo de la salvación, sacramento entre Dios y los hombres. Los concilios de la época fueron un importante instrumento para expresar la conciencia de comunión entre Obispos. Aunque conocemos los más importantes concilios ecuménicos, sabemos que hubo muchísimos concilios locales y regionales. Surgen por el deseo de reafirmar la comunión y por enfrentamiento con las herejías. Poco a poco van apareciendo también concilios con intención disciplinar. Bastaba con que hubiera dos o más obispos para considerarlo concilio regional o local. En el caso de un concilio ecuménico debía tener unas características especiales para ser considerado como tal. Debía estar representada toda la Iglesia, siendo imprescindible la presencia de los enviados del Papa. Esto se cumple en los concilios de Nicea y los posteriores, cuyas declaraciones, a veces no aceptadas en el momento por todos, sí tienen este deseo e intención. |
| << | >> |