| 18. Eclesiología |
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LAICADO EN LA IGLESIA. La palabra laico procede del griego "laos" que significa literalmente "pueblo". Este término aparecía ya en la Biblia de los LXX. La palabra en sí, pertenecía a un griego profano y literalmente se refería a pueblo, pero en sentido de masa, multitud o populacho. El término latino correspondiente sería "plebs". También el griego tenía otras palabras sinónimas de pueblo, con otros matices, como "eznos" o "demos". El primero con un sentido más digno, como entidad, correspondería a "populus" latino. "Demos" es el pueblo en sentido político, de cuyo término deriva por ejemplo la palabra democracia. En la Biblia de los LXX hay un cambio de criterio para matizar las palabras, y así "eznos" pasa a considerarse como el pueblo sin más, los otros pueblos, mientras que "laos" acaba siendo el pueblo de Dios, el pueblo con una característica peculiar, aunque sigue predominando la idea de pueblo masa, grupo no dirigente. El laico en la Biblia de los LXX expresa el que no dirige, el anónimo, la masa, incluso en un sentido profano, el que no es sacerdote. El verdadero inicio del uso de esta expresión en la Iglesia hay que buscarlo en la carta primera de Clemente, escrita hacia el siglo I. En ella, hablando de la solución a una crisis de un grupo eclesial, hace una cadena de miembros que estructuran la Iglesia, en la lista aparecen: epíscopos, sacerdotes o presbíteros, diáconos y laicos. Es decir, hay un escalafón, una jerarquía organizada, al final de la cual se sitúan los laicos, el pueblo sin más. En el siglo III es generalizado el término como opuesto a "clérigo", que eran los dedicados al Señor, al igual que los levitas en el AT. Se tomó la misma palabra "cleros" para referirse al ministerio ordenado del AT. La separación desde el siglo III es muy clara, el clero es lo opuesto al laicado. En la historia del laicado comprobamos el poco valor que ha tenido en otros tiempos, hecho que contrasta con el evidente peso que se le quiere dar hoy. Frente al laicado siempre se ha tratado de exaltar el clero, como la vida cristiana entregada y religiosa, por el contrario el laicado era la forma más profana de vivir la fe. El clero conocía y monopolizaba la cultura medieval, el laicado era ajeno a todo esto, desconocimiento del latín y de las teologías. El clero estaba dedicado a las labores sagradas, frente al laicado que trabajaba las realidades temporales. La realidad social y cultural hizo una distancia mayor entre los dos estamentos, que si bien tenía algo positivo se degradó. El clero estaba exento de gravámenes, detentando privilegios notables, era la perfección para la vida santa. Los cristianos de segunda categoría eran los laicos, y su camino de santidad quedaba casi restringido al martirio. La misma aparición del monacato podemos entenderlo como una crítica a la vida clerical o laical acomodada de la Iglesia. Representa una huida, un orden distinto al concebido, con una vida ejemplar en la palabra y la vida. Es curioso comprobar como muchos de los Padres de la Iglesia saborearon el mundo del monacato. Los Obispos buscaron ordenaciones sacerdotales entre los monjes. También los laicos estaban llamados a vivir de una manera más elevada, no por el exceso de comodidad, que en algunos nobles sí se daba, sino porque era el único camino de santidad. Es verdad que ante el crecimiento del monacato, adentrándonos en los siglos, los monjes tienden a equipararse con el clero sin más. Sobre todo cuando se ordenan a algunos monjes como sacerdotes de la comunidad. Se identificará la vida de perfección en el clero y los monjes, dejando la vida del laicado como algo residual en la comunidad cristiana, y por supuesto, no lo mejor para alcanzar la santidad. La articulación eclesial se va polarizando en una Iglesia docente, magisterial y conocedora de los misterios, y en una Iglesia discente, en un proceso de aprendizaje permanente. En un extremo está la jerarquía y en el otro el laicado, unos enseñan, los otros deben aprender. Con la llegada del Concilio Vaticano II, y gracias a las aportaciones de Congar y De Lubac, el laicado va a alcanzar una carta de reconocimiento no apuntado anteriormente en la Iglesia. Estamos en un momento histórico muy específico, durante los movimientos revolucionarios del siglo XIX y XX el mundo se ha ido secularizando, descristianizando, y se ve imprescindible una labor que es exclusiva del laicado, la evangelización en los ambientes. Desde ahí aparecen con fuerza muchos movimientos laicales, vinculados en el siglo XIX a los religiosos, pero en el siglo XX, con la Acción Católica, adquieren carta de ciudadanía propia en la comunidad cristiana. Todo esto confluye en el Concilio con documentos notables y significativos: Lumen Gentium, Apostolicam Actuositatem,... etc. La teología del laicado que podemos elaborar está condicionada al escaso interés prestado hasta épocas recientes. Incluso la definición más sencilla de laico, pero más repetida es la negativa, "laico es el que no es ni sacerdote ni religioso, el que no está consagrado". Esta definición no dice lo que es, sino lo que no es. El carácter propio del laicado es lo secular, la pertenencia a las realidades temporales y al mundo, al que se trata de cambiar. El laicado tiene como misión la trasformación de la sociedad, el acercamiento del Reino de Dios a los hombres. Es decir la implicación con las realidades temporales, distinguiéndolo así de las realidades eclesiales. Lo propio del laicado es el mundo: la política, el sindicato, la cultura, el mercado, la fábrica o el barrio,... en definitiva la sociedad con todas sus facetas. El laicado se encarna en el mundo en el que vive, siendo fermento del mismo. Por eso su misión principal es el trabajo y la familia, con toda realización personal y misional. Es importante también como faceta propia y específica del laicado la misión en la iglesia doméstica, es decir, en el sacramento del Matrimonio. Es verdad que no es un campo exclusivo para todos los laicos, porque nos encontramos con laicos consagrados, con su función de trabajar y viviendo el celibato. Pero no existe matrimonio cristiano fuera del laicado, al menos hoy. El matrimonio ratifica la función del laicado, la fecundidad de los hijos y de la misión cristiana, la transformación social a partir de la educación, la representación de la unidad de Cristo en la fidelidad y amor del matrimonio. El matrimonio santo es punto de partida para la evangelización, es una escuela de misión, una comunidad doméstica, estructuradora de toda la sociedad. Junto con el matrimonio y la presencia pública, no podemos dejar fuera el mundo del trabajo. El laico colabora con Dios Padre en la creación, se esfuerza para transformar la realidad, haciendo un mundo más habitable, más humano, más solidario y bueno para los hombres. En medio de ese trabajo santifica su vida, y se ofrece como mediador de Dios y los hombres. El trabajo debe expresar y hacer visible el "hágase tu voluntad" y "el venga a nosotros tu reino", haciendo su construcción desde lo temporal e inmanente. Es cierto que el tema no es fácil. Hemos asistido hace unas décadas al surgimiento de sacerdotes obreros, implicados en el mundo del trabajo secular, porque tampoco podemos olvidar que lo propio del sacerdote es su secularidad. También en el caso de los sacerdotes casados de las Iglesias Orientales nos muestran como el matrimonio encaja también en el sacramento del orden, y no exclusivamente desde el laicado. Todo esto nos hace pensar y profundizar sobre lo esencialmente particular del laicado, debería ser algo ajeno y totalmente distinto a otras vocaciones, pero no es así. Posiblemente porque la condición laical no se pierde con la ordenación, sino que se incorpora y se añade con el sacramento del orden. El bautismo no se borra con el orden sacerdotal, sino que permanece eternamente. En mi opinión, la dimensión laical de la presencia pública es lo determinante, junto con la familia y el trabajo, pero el tema sigue siendo complejo. Frente al sacerdote que garantiza la unidad y la reconciliación, el laico en su transformación del mundo opta por lo político, sindical, laboral y cultural. Quizás hemos asistido a una laicización del clero y a una clericalización del laicado, que ha bloqueado la reflexión e impedido avanzar en conceptos. No podemos entender bajo ningún concepto, ni el ministerio sacerdotal ni el laicado, como formas o juegos de enfrentamiento o de poder, el binomio se evangeliza con el servicio a la comunidad y al mundo, desde la comunión, el encuentro y el diálogo. Dicho de otra forma, lo que no hagan los laicos en su misión específica de transformar el mundo con su trabajo y su presencia pública, no lo deben hacer los sacerdotes. Y al revés, el ministerio sacerdotal quizás ha abarcado más campos de los que realmente le corresponde, tanto en la Iglesia como en la sociedad. Algo apuntamos no obstante a su teología y a su definición, el sacramento propio del laicado es el bautismo. Haciendo así posible una identificación entre la teología del laicado con la teología del cristiano. Es curioso notar que Jesús no fue sacerdote, sino que pertenecía al laicado judío sin más. Es verdad que teologizamos su vida, y descubrimos su especial ministerio y mediación, pero Jesús era un laico, igual que María o los discípulos, hombres del pueblo, del trabajo, y en algunos casos de sus familias Estudiamos el punto de partida, el sacramento del bautismo, común a todos los cristianos. Por el bautismo todos nos hacemos sacerdotes, profetas y reyes, son las tres funciones de los laicos. Todos los bautizados participan así del sacerdocio común de Cristo, y participando de Cristo descubrimos nuestro ser profetas, sacerdotes y reyes, en la misma manera que lo fue Cristo. Cristo es sacerdote, y todos los cristianos participamos del sacerdocio común de Cristo. Diferenciamos este sacerdocio del ministerial o cúltico, recibido y necesario en la comunidad cristiana a partir del sacramento del orden. El sacerdocio común de todos los fieles procede de Cristo mismo, verdadero y único mediador ante Dios, por ser Él mismo Hijo de Dios. Esto supone que todos los fieles son de alguna forma mediadores entre Dios y los hombres, interceden ante Dios con sus oraciones, y con su vida cristiana. Así lo dice LG en el número 10, "Todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios ofrézcanse a si mismos como hostia viva, santa y grata a Dios". Vale la pena leer todo el número. Sigue diciendo que todo esto se actualiza con los sacramentos y la oración, dando testimonio constante de vida cristiana. De ahí que la participación del laicado en los sacramentos, de manera activa, sea una obligación antes que una necesidad pastoral o estética. La función regia, por el bautismo somos hechos reyes, al igual que Cristo es el Rey de los Judíos. Hablar de rey supone hablar de Mesías. El misterio de nuestra fe es que la autoridad y el reinado de Cristo no son lo esperado por los hombres de aquel tiempo. El mesianismo de Jesús lo concebimos como servicio y "kenosis" abajamiento. La función real del laicado es el servicio a la humanidad que ejerce con su vida cristiana, su presencia pública, su transformación de la realidad. Somos reyes crucificados al igual que Jesús es crucificado bajo la anotación de ser el Rey de los Judíos. El laicado participa de ese letrero con su vida, su sacrificio y su cruz particular de cada día. La autoridad de la realeza de Cristo es para las cosas comunitarias, de la Iglesia. Es verdad que la autoridad del laicado ha ido quedando con los siglos reducido a la aceptación silenciosa y pasiva, frente a un clero activo y docente, por eso es importante pastoralmente el "consejo de laicos", la vinculación de los pastores y el pueblo de Dios, implicados ambos en la toma de decisiones, a fin de alentar una Iglesia donde todos los carismas se impliquen, sin mezcla de funciones, pero sin pasividad por parte de ninguno. La tercera función laical es la profética, conferida también por el bautismo nos hacemos profetas como Cristo fue profeta. El "sensus fidei", nos informa de la idea tradicional de que el Espíritu Santo habita los corazones de todos sus fieles. Somos profetas desde la predicación y el anuncio de la palabra de Dios a los hombres, iluminados por Dios mismo, alentamos y enseñamos a los hombres hacia un mundo mejor. En el Concilio dice en LG número 12, "el testimonio en la fe y la caridad... la totalidad de los fieles no puede equivocarse cuando cree". |
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