| 21. Antropología |
| EL
PROBLEMA DEL MAL. El problema se plantea inicialmente desde la actitud de Dios. Si Dios quiere el mal es malvado, y si no lo evita no será todopoderoso. Podríamos poner varios estratos a la responsabilidad. En primer lugar hay que diferenciar el mal físico, el de la naturaleza en ocasiones catastrófica con el hombre, con el mal moral, que es el mal en el mundo de la libertad, en las personas. Otro posible mal sería el mal social, la injusticia, el paro, la pobreza u opresión causada por unos contra otros. Finalmente el mal en la consideración del binomio de la gracia podemos entenderlo como el pecado, resultado del mal uso de la libertad, sería el mal como rechazo de Dios. De alguna forma hay un mal que está en el mundo físico, que forma parte del mundo en evolución. El mundo es bueno pero no es perfecto. Nos permite vivir, pero la supervivencia es dura en muchas ocasiones. Las leyes de la naturaleza no nos resultan fáciles, y aparecen como un mal. En segundo lugar hablamos del mal moral, del mal resultante del pecado, que no es querido por Dios, tampoco el anterior, pero es fruto de la libertad de los hombres. Hablamos así de las innumerables guerras, el hambre, la injusticia,... San Agustín daba una respuesta interesante, Dios no lo permitiría si no fuera a producir un bien mayor. La falta de libertad nos anularía, es el precio que tiene que pagar la humanidad para poder optar por Dios, la posibilidad de no hacerlo. No obstante, estas clasificaciones nos pueden hacer diferenciar los males distintos. Es más difícil echarle la culpa a Dios por lo sucedido en la Alemania nazi, que al fin y al cabo, parece responsabilidad directa del hombre, o de algunos hombres, que no hacerlo ante una catástrofe natural que provoca la muerte de varios niños, un terremoto por ejemplo. Lo que parece evidente es que el mal es una especie de consecuencia de la existencia de éste mundo, la contingencia y sus leyes. El mismo Cristo se somete a la muerte, un mal, en la encarnación, pero parece que tras la resurrección ya no está atado por esas cadenas, al encontrarse trascendido. También el mal está en la naturaleza del crecimiento del hombre, el niño llora ante la necesidad de comer, es el dolor de completarse, de crecer y de desarrollarse. También el mal es producto del pecado directo y terrible del hombre, el hombre es capaz, por su egoísmo, de hacer y hacerse mucho daño. Finalmente el mal está relacionado con el amor, en el fondo, que una madre quiera a un hijo, supone sin duda, un montón más de esfuerzos, de sacrificios, de tensiones, de alegrías, de felicidad y de renuncia, tristeza,... En el fondo el amor conlleva el vaciarse, el tener que soportar el mal. Añadimos otro problema a esta cuestión, y es la dificultad de definir el mal, quizás la ausencia de bien, la privación de lo debido, la dimensión del no ser. El mal incorpora una categoría negativa. Decía Teilhard de Chardin que el mal suponía un desorden y fracaso en el hombre, es lo que lleva consigo la evolución. Es además una descomposición, para nacer algo nuevo debe deteriorarse lo anterior, es esencial para el mecanismo de la vida. Si el grano de trigo no muere queda infecundo, pero si muere da mucho fruto. El mal provoca soledad y angustia en el hombre, es ansiedad ante lo desconocido, ante lo que está por llegar, ante el desarrollo y perfeccionamiento delante nuestro. El dolor y el sufrimiento permite al hombre perfeccionarse e ir hacia delante. Sin embargo, el mal que aparece en el AT se percibe como un castigo. La figura más clara de esto es Adán, que es castigado con el mal por su desobediencia, es el precio que paga por transgredir una ley. También, en otro sentido, el mal es una prueba por la que algunos hombres justos se acrisolan y hacen más fuertes, así tenemos a Job, a Abraham o a José. A veces retoma el matiz de ser un acicate para lograr un objetivo mejor, por ejemplo, el destierro es un mal para el pueblo de Judá, castigo por su lejanía de Yahvé y su pecado, pero ese mal les conduce y lleva hacia el bien, hacia la superación de ellos mismos, al deseo de no volver a pecar, es la restauración, y el mal como una mediación que perfecciona a los hombres. Con todo lo anterior se podría condensar el mal también como una castigo que redime, que salva, que libera a los hombres. Tendría una especie de valor expiatorio, al menos en algunos casos. Por eso, el dolor y el sufrimiento del justo no nos parece tan estéril, tan sin sentido, sino que toman un significado nuevo. De nuevo encontramos lo que seguimos percibiendo hoy, que el mal es un misterio para el hombre. La realidad del mal nos sobrepasa, nos supera y no podemos llegar a conocer totalmente lo que es. Cristo nos lleva a comprender intuitivamente el sentido del mal y del dolor en su persona. Cristo no quiere el dolor y el sufrimiento de los hombres y su vida parece enfrentada constantemente al mal: los ciegos ven, los cojos andan, y se anuncia que el Reino está cerca,... Es una nueva etapa especial y distinta la inaugurada. Cristo ofrece una respuesta positiva ante el mal, ofrece alegría, superación, elevación, encarnación y entrega, haciendo la voluntad del Padre. Él mismo sufrió el peso del mal, es víctima del mal de los hombres, sufre soledad, desdicha, desgracia y dolor físico y psíquico. Jesús no muere en la cama enseñándonos a vivir, sino que ofrece su vida para vencer el mal, el pecado y la muerte. Jesús lucha hasta el final contra el mal, y lo supera desde la resurrección, el mal es vencido. Dios no es el verdugo del hombre, sino su salvador. |
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