21. Antropología. El hombre en el Antiguo Testamento.
21. Antropología  

EL HOMBRE EN EL ANTIGUO TESTAMENTO.

En la historia de la revelación encontramos de una manera progresiva la noción de hombre, qué es el hombre y a qué responde. Especialmente el AT nos ofrece una serie de conceptos y términos sobre el ser del hombre. Sabemos que la cultura semítica, más dinámica y simbólica, emplea estos términos no con la intención de definir nada, sino que intuitivamente se alcanza una aproximación a qué es el hombre. La cultura griega busca definir, la hebrea narrar historias. Si lo trasladamos a la antropología comprobamos que hay una visión unitaria del hombre en la cultura hebrea, diferente de la filosofía griega, que concibe a los hombres en dualidad: cuerpo y alma. Sólo el judaísmo, y más tarde el cristianismo abandonarán la primitiva unidad del hombre en contacto con el helenismo, para imbuirse en el dualismo antropológico del cuerpo y del alma.

En el AT encontramos términos que, sin ser sinónimos, se emplean para referirse a lo mismo, una especie de metáforas o comparaciones que nos dan un significado intuido, pero que hacen referencia a un todo; por ejemplo: mis manos trabajan, claramente se refiere a toda la persona, todo el individuo trabaja, aunque sólo se mencione metafóricamente las manos. Esto se emplea numerosas veces en el AT para referirse al hombre, no quiere quedarse en la parte mencionada, sino que alude a un todo. También estas metáforas hacen una función sintética, simbolizan la función total. Por ejemplo, la fuerza de mi brazo, está hablando del poder, o los hermosos pies de mensajero, está hablando de una buena noticia, no los callos ni los "quesillos" del cartero de turno.

Para hablar de hombre en el AT, el concepto más repetido es el de "nefes". Esta palabra se emplea para designar al hombre, y a todo el hombre, entendido con un matiz de indigencia, el hombre como ser necesitado. Se emplea con muchísima frecuencia dado que admite otros significados como: garganta, cuello, deseo, alma, vida o persona. Aunque nos cueste creerlo están relacionados con la carencia de algo. La garganta nos remite a un hombre necesitado de alimento, se come por la garganta, se bebe por la garganta y se respira por el mismo lugar. El cuello es débil y muestra la debilidad del hombre. Agachar la cabeza, ofrecer el cuello es ponerse en una posición de sometimiento, perder el cuello es perder la vida. Por eso "nefes" es el hombre débil, representado en el símbolo del cuello. También se podría entender como deseo o alma; se desea cuando se carece de algo, se necesita, se pide; "nefes" cobra aquí un sentido más abstracto, pero no menos usado. Habitualmente se ha traducido por "alma", término que no corresponde exactamente. La palabra "nefes" indica la vida del hombre, no como lo que tiene, sino como lo que es, débil y necesitado.

El segundo término que emplea abundantemente el AT para referirse al hombre es "basar", y se emplea también para referirse a los animales. Significa el hombre, todo hombre pero en cuanto ser caduco y limitado. Esta limitación le viene por la corporeidad, la carne, los huesos y la piel. En este sentido se emplea la palabra indicando el cuerpo entero, pero lo caduco y débil del hombre. "Basar" también se emplea refiriéndose al ser humano, la gran familia humana, formada por lazos no de sangre, sino de carne, de especie. Por eso "basar" es también el hombre débil ante la tentación, desconfiado de otros hombres, sometido a debilidad física, incluso moralmente débil.

El tercer término también muy empleado es "ruah". El término "ruah" indica también el hombre. Esta palabra se pude traducir como espíritu, soplo, viento,... pero también se emplea para indicar al hombre en sentido dinámico, vital y potente. Es un término plural, polisémico, y se emplea tanto para referirse a la divinidad como a la naturaleza. Con la indicación de viento, es un término opuesto a la debilidad del hombre, el viento es fuerte, es potencia de Yahvé. La respiración era la fuerza del hombre en la cultura semítica, cuando alguien moría dejaba de respirar, y tampoco los enfermos respiran muy bien. La respiración, la "ruah" era algo que venía de Yahvé, y que volvía a Él. Dios sopló sobre el hombre para darle la vida, y es cierto que al morir dejamos de respirar, expiramos, devolvemos el último aliento de vida. En una perspectiva antropológica la "ruah" es el hombre que toma decisiones con fuerza y vigor. Es el hombre vigoroso.

El cuarto término que podemos indicar empleado para referirse al hombre, en la cultura hebrea, es la palabra: "leb", que significa el hombre como ser pensante, como razón, está atribuido al corazón del hombre, y se emplea muchas más veces que los anteriores pero siempre con significado del corazón. Hay que decir, que nuestra cultura entiende el corazón como el lugar de los sentimientos y las emociones, pero para el mundo hebreo el corazón era el mundo del pensamiento, lo que hoy atribuiríamos al cerebro. Lo que sucede es que la cultura hebrea también acepta las emociones para el corazón. Es decir, curiosamente emoción y razón se identifican en la cultura hebrea. El corazón es también sede de la acción, es el lugar donde se actúa, se quiere, se hace, se piensa. "Leb" seria ese hombre sabio y sensato, con emociones y razón.

Independiente de los términos, que nos dan intuiciones muy válidas, encontramos en los relatos también conceptos significativos. En el Génesis observamos toda una antropología fundamental. El hombre es criatura de Dios, es independiente y está necesitada de Dios. Esa relación es constitutiva, teologal y dependiente. El hombre sin Dios no es más que un montón de barro. El hombre es además un ser contingente, está sometido al universo y al mundo que le rodea. Es verdad que el hombre es superior a las demás criaturas, todas se orientan a él, pero está sometido a sus leyes y circunstancias. El hombre es también, y esto es central, un ser en relación; está abierto a la relacionalidad, y esto es necesario para llenar su corazón. Ningún otro ser le satisface más que una mujer, que lo completa y lo enciende. En la relación de yo y tu descubrimos constantemente una igualdad en el diálogo: "esta sí es sangre de mi sangre", ésta es como yo mismo, igual a mi. El "yo" se desarrolla y enriquece en el encuentro con el "tu". Es un ser social y comunitario por excelencia.

La descripción que nos ofrece la Biblia sobre el hombre responde a las funciones que asume, a su sentido en la vida. No importa la ontología del hombre, sino la función y axiología del mismo. La representación de Adán y Eva en el Génesis es de toda la colectividad humana, y quedaba claro que es un ser para Dios, como así sigue manifestando el AT.

De todos los aspectos de la Sagrada Escritura, relativos al hombre, uno de los que más, sino el que más ha interesado, es la del hombre como imagen y semejanza de Dios. Se trata de una afirmación sorprendente, cargada de sentido y de profundo significado para la construcción de la antropología teológica cristiana. Su influencia en la sociedad y la cultura occidental es innegable.

El hombre como imagen y semejanza de Dios indica que hay una especial vinculación y relación entre Dios y el hombre. El hombre es cercano a Dios, es su representante ante las demás criaturas, que somete y domina por esa semejanza con la divinidad. La expresión imagen y semejanza tendría así un sentido funcional y dinámico, no ontológico.

Hay dos aspectos que deducimos de esta reflexión. El primero tendría que ver con la libertad, la semejanza del hombre con Dios podría estar en la libertad, en la posibilidad de escoger, de decidir, de ser libre. El segundo aspecto apuntaría a la inteligencia, cuyos indicios están subrayados en esos mismos textos iniciales, parece que el hombre ha sido creado inteligente, Gn 3, 22, y eso le permite ser como uno de nosotros y conocer el bien y el mal. Esta característica podría estar vinculada a la libertad, la inteligencia si no es libre, no es posible, y viceversa, la libertad sin inteligencia desaparece. Se hace necesario la una y la otra, comprendiendo que ambas están limitadas, ni la inteligencia del hombre es idéntica a la de Dios, es limitada; y tampoco la libertad del hombres es absoluta como la de Dios, está condicionada.

En otros textos, especialmente los Salmos, descubrimos una antropología especialmente rica que nace desde el corazón del hombre creyente e inspirado. Hay referencias a la naturaleza y al ser del hombre. Así el Salmo 8, 2-10 habla de la creación del hombre, "hecho poco inferior a los ángeles,... lo has coronado de gloria y dignidad...". Otro texto que podríamos traer aquí sería el Sir 17, 1-4, de nuevo el hombre es reconocido como por encima de las demás criaturas. Sin embargo no oculta su temporalidad y contingencia, Dios le ha dado poder a pesar de todo, para que domine los demás elementos de la creación. En Sabiduría 2, 23 se menciona otra expresión interesante: "Dios creó al hombre para la inmortalidad y le hizo a imagen de su propio ser, pero por envidia del diablo entró la muerte en el mundo". Aquí la imagen de Dios hace ser inmortal, hace pasar a una dimensión eterna, el hombre es creado con una vocación de eternidad.

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