| 21. Antropología |
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HOMBRE ES PERSONA Y UNIDAD. El hombre en diálogo con Dios, se comprende como una criatura condicionada por su contingencia espacio-temporal. Dios se dirige al hombre en la historia, quiere dialogar con él por medio de palabras y de hechos, de ahí que el hombre está llamado a responder. Para nosotros la respuesta del hombre ante Dios es la conversión y el seguimiento. Por su carácter contingente, el hombre necesita del tiempo y de un lugar para vivir. La vocación del hombre se desarrolla en el tiempo, con una responsabilidad de futuro, pero con un compromiso de ser protagonista de su historia, es actor de su avance y evolución. Esa historia es historia colectiva e historia de salvación, si Dios quiere dialogar con el hombre deberá implicarse en su temporalidad. La plenitud de ese diálogo es la encarnación de Cristo en un tiempo y lugar concreto, pero también Dios ha hablado en los acontecimientos y escuchamos su voz. El Concilio Vaticano II reconoce lo importante que es estar atento a los signos de los tiempos, escuchar al Señor en el momento presente de la historia. En el encuentro entre Dios y los hombres, podríamos diferenciar dos perspectivas, una ascendente y otra descendente. En la ascendente el hombre busca a Dios, trata de alcanzarlo, manifiesta un deseo de sabiduría, de inmortalidad, y emplea sus esfuerzos ascéticos en esta línea. Trata de alcanzar a Dios, aunque la experiencia más habitual sea el fracaso y la desesperación. El hombre lo intenta pero las raíces profundas de su pecado se lo impiden. La segunda perspectiva es descendente, Dios se dirige al hombre, lo busca y lo llama, lo convoca y firma su alianza repetidamente con él. Toda la historia de salvación está salpicada de estos dos movimientos; para nosotros el central, el artífice de la redención es el descendente que hace Jesucristo. Se encarna por nosotros, toma nuestra condición, busca al hombre y lo convoca al seguimiento de su persona. Finalmente en un movimiento ascendente, Jesús sube al cielo, desde donde nos envía el Espíritu Santo. La vocación misionera de Dios es constante, su gracia se derrama en los hombres, el encuentro es posible, el diálogo no será nunca más interrumpido. El hombre tiene también una dimensión social, con los demás hombres. Es relevante que Dios no crea al hombre sólo, sino que lo hace en comunidad, "no es bueno que el hombre esté sólo", se hace una invitación a crecer y multiplicarse. En la concepción de la sociedad hay que evitar el extremo de la absorción del individuo por el colectivo; tanto al menos como que el individuo se construya en egoísmo, de espaldas a los demás, en un individualismo que por desgracia hoy, la sociedad de consumo, enfatiza sin descanso. El hombre sin la sociedad no podría subsistir, está en dependencia y es posible que alineado; pero también el hombre construye la sociedad, que no funciona sin la intervención de los hombres. La vida de Cristo nos ofrece un modelo de presencia social, en libertad y en colectividad. El hombre tiene por eso una llamada a servir a la sociedad en la que participa, no es posible el amor, la esperanza y la fe sin la comunidad con otros hombres. No olvidemos que el fundamento de la comunión y de la unidad de los hombres está dibujado en la comunidad trinitaria del Padre, Hijo y Espíritu Santo. La relación entre ellos es modelo de sociedad, con sus rasgos: amor, entrega, obediencia, perdón, gratuidad,... Otra dimensión del hombre la apreciamos en relación con el mundo y en naturaleza. Aunque el hombre quiera salir del cosmos, no le es posible, está condicionado al mundo, con su dificultad y dureza. Es verdad que el hombre, a lo largo de la historia ha tratado de humanizar el mundo, de hacerlo más acogedor, cómodo y fácil. La pregunta de hoy es para quién. El compromiso del hombre para con el mundo no debe ser sólo para mejorar su deseo, sino que también ha de estar al servicio de las demás criaturas. La conciencia ecológica no es una moda para el cristianismo, sino que está en su misma entraña. El hombre percibe en el mundo la belleza, la grandiosidad, pero también las penalidades y la dificultad. Presenta actitudes que en relación con Dios se convierten en alabanza al Padre bueno y creador, en empeño y esfuerzo por construir un mundo mejor y en alerta, ante la seducción y absolutización que el mundo le puede llevar. El mundo no es malo y contaminante, sino que es su hogar. A través de la naturaleza el hombre intuye también la mano bondadosa de Dios. Si relacionamos todas las dimensiones llegamos a hablar del hombre como unidad. Esta unidad la articulamos, y así lo han ido haciendo los antropólogos, en un ser estructurado, que denominamos la "persona humana". Empleamos la palabra persona, porque la conformación de la persona no se hace caóticamente, sino con un orden y equilibrio. Lo primero que nos llama la atención es que la individualidad del hombre, se hace en unos rasgos únicos y diferentes con otros. Esa unidad cerrada de estructuras y funciones está autolimitada en cada uno, por eso la persona es singular, individual y única, está separada de los demás, pero también en conexión con los otros. Únicos e irrepetibles, es nuestra condición personal. Cuándo hablamos del hombre, estamos aludiendo a la "persona", que requiere al menos un grado suficiente de autoconciencia, de conocimiento de lo propio y de sí mismo, del entorno y de quién es. Esa autoconciencia le lleva a la interioridad, tanto en el deseo, la voluntad de hacer el bien, como el obrar o crear, el actuar. En el fondo la persona no responde nunca al ser de las cosas, sino que ofrece una dimensión dinámica distinta, por eso la pregunta no es qué es la persona, sino quién es la persona. La persona humana es así un valor por encima de las cosas, no debe ser cosificado ni materializado, tentación del positivismo cientifista. No puede ser dominada ni poseída por los demás, no es un objeto, como pudieron ser los esclavos, sino que se pertenece a sí misma, su interioridad es su esencia y su posibilidad, la esclavitud no puede hacerse con la persona. La persona es algo único e irrepetible, no puede ser sustituida, ni doblada, ni clonada, ni repetida, es única y absolutamente original. Todo esto nos lleva a comprender, si vamos más allá, el carácter inalcanzable e inasequible del hombre, es misterioso. En el fondo el "conócete a ti mismo" nos invita al asombro y sorpresa ante el hombre, ante uno mismo y sus reacciones. Pero además, el hombre no se hace persona sino es en comunidad, es la dimensión social que antes aludíamos. El ser personal del hombre, en comunicación con otros hombres le lleva a la comunión, al encuentro en un lenguaje concreto, formado por signos instrumentales, siempre limitados, pero capaces de abrirnos a la relación con otras personas. En los niveles de comunicación se puede llegar desde la conversación típica de ascensor, con frases hechas y arquetípicas, hasta la comunión total, espiritual o corporal con otros hombres. Esta comunión no destruye la persona, antes al contrario, le permite una mayor libertad. Si pensamos en la psicología evolutiva, el hombre necesita del cariño, de la comunicación, del afecto de la madre y de los demás para su crecimiento como persona. Nos construimos en relación, estamos llamados a que el amor fecundante nos haga crecer y potenciarnos. Este diálogo de personas, podemos extenderlo a otra dimensión, la trascendente. El hombre está invitado al diálogo con Dios, que lo interpela y seduce, haciéndolo oyente de la palabra. El hombre acoge y da respuesta, en la oración escucha su voz, y está atento a las claves de su vida con los demás. La relación y el encuentro de dos personas, Cristo y el hombre, por ejemplo, no anula la personalidad del hombre, antes al contrario, la refuerza, la potencia y la desarrolla plenificándola; es más, desde la fe, el hombre pierde y deja de ser hombre si se aleja de Dios, dejaría de ser porque quedaría incompleto y sinsentido. La persona cristiana vive en relación con Cristo, en comunión, en seguimiento, abierta la gracia del encuentro con el Padre, el Hijo y el espíritu, que es a donde remite siempre el encuentro con Cristo. |
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