| 21. Antropología |
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PECADO EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA. El gran teólogo es San Agustín, que alude también a la imagen de Dios en el hombre deformada por la realidad del pecado. La imagen queda deformada y corrompida, pero no destruida. La restauración de la imagen de Dios es posible y el protagonista especial de esa recreación es Cristo, que siendo la imagen consustancial de Dios puede recuperar para nosotros el verdadero rostro de Dios. El Magisterio de esos siglos también se ocupó del estado original. El Concilio de Cartago en el 418 habló de la posibilidad de no morir que tenía el hombre en el paraíso, puesto que estaba dotado de inocencia e inmortalidad. También en el Concilio de Orange del 529 se profundizó afirmando la inmortalidad de los primeros hombres, añadiendo que el pecado afectó a la libertad del alma. La naturaleza humana estaba dotada del don de la integridad, es decir carecía de la concupiscencia. Si damos un salto en el tiempo, vemos como en el Concilio de Trento, en el siglo XVI, en el Decreto sobre el pecado original se dedica un primer canon al estado paradisíaco, definido como estado de inocencia, de santidad y de justicia. Su trasgresión provocó la pérdida de la santidad y la justicia, junto con la inmortalidad, y la desintegración. La integridad significa que el hombre es libre pero no concupiscente. Estos elementos no eran constitutivos del hombre, por eso los perdió, no es que formara parte inherente a su condición humana, era un don, una gracia dada por Dios que perdió. No era un derecho del hombre, ni nada que le fuera debido, sino que por pura gracia lo tenía. Estas afirmaciones del Magisterio, que luego ratifica GS 18 y otros documentos, expresan una situación previa perdida. No sabemos que habría pasado si el hombre no hubiera pecado, posiblemente el estado original habría perdurado, pero entonces la gracia que de manera extraordinaria se ha dado en Cristo no se habría derramado. Lo evidente es que hablamos de una única salvación en Cristo, no hay varias hipotéticas historias de salvación, sino una sola. En cuanto a los dones llamados preternaturales, estos son la inmortalidad y la integridad. La muerte es la máxima limitación del hombre, en todos los sentidos, y desde la Biblia se destaca su relación con la lejanía y ausencia de Dios. Dios es fundamentalmente vida, por eso la muerte es ausencia de Dios. La inmortalidad tiene su sentido en la comunión plena con Dios, como anticipo de la resurrección de la carne. Si nos atrevemos a situarnos en el paraíso, dicen los teólogos, podríamos estar ante una muerte no entendida como ruptura, como drama inspirador de temor, sino como un encuentro esperanzado con Dios. La muerte como drama se produce por la ausencia de Dios, de lo contrario es una celebración de la fiesta de la vida y de la resurrección. Sobre el segundo don, la integridad, se entendía en Trento que era ausencia de concupiscencia, de inclinación al pecado, sin ser exactamente el mismo pecado. Esa inclinación se produce a partir del pecado original, se pierde la integridad, que sería contraria a la concupiscencia. Esta integridad no impide la libertad, es más, garantiza mejor que la concupiscencia la libertad del hombre en su tendencia al pecado. Por la pérdida de integridad el hombre se ve abocado a perder parte de su libertad, parte de su conocimiento, parte de su capacidad para amar y entregarse a Dios. Lo evidente es que el pecado del hombre frustró sus posibilidades. Tampoco podemos enfrentar el paraíso y compararlo con lo que nos ha devuelto la redención de Cristo, porque nos parecería insuficiente. El estado paradisíaco es una creación mitológica y etiológica de lo que quiso Dios y el hombre frustró, pero no nos corresponde devaluar la salvación de Cristo comparándola, entre otras cosas porque el reino no está en plenitud entre nosotros. Sería otro error proceder con el paraíso perdido como una especie de ensoñación romántica, que nos alejara de la realidad, un nuevo empeño en mirar el cielo. El paraíso nos debe, por el contrario, inducir a luchar por la construcción de una realidad mejor. El paraíso no debe estar lejos de la elaboración profética del Reino, o la construcción de la escatología en Cristo. Lo esencial para nosotros es la afirmación de que el hombre no es hoy lo que debería ser, por causa del pecado. Podemos deducir, que la naturaleza del hombre no es esencialmente pecadora, Dios nos creó bien, pero el hombre se ha dejado corromper. |
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