| 21. Antropología |
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GRACIA DE DIOS EN LA PATROLOGÍA Pelagio afirmaba que el hombre es rotundamente libre para pecar o para hacer el bien, es responsable de sus actos. A partir de esos actos Dios premia o castiga, ve con buenos ojos al justo y con malos al pecador, pero no actúa, no interviene más a favor de uno que de otro. Es decir no existe la gracia. Lógicamente el hombre tendría en esta visión posibilidad de no pecar, y puede evitar por si mismo cualquier culpa. La gracia no existiría, porque Dios no manda algo imposible para el hombre. Si repartiera su gracia a favor de unos y no de otros no sería un Dios justo, por eso mantiene una autonomía espiritual del hombre respecto de Dios. En antropología, el pecado no corrompe ni deteriora la naturaleza humana, no hay un decaimiento; y el pecado original en este esquema no existe, es simplemente un mal ejemplo. La razón que dan es que no es una sustancia, sino un simple y mero acto. El problema del pelagianismo es el lugar que queda para la redención de Cristo, que se convertiría en un expositor de vida, un modelo, un gran santo, pero no un libertador del pecado, tal como lo entendía la esperanza mesiánica del AT. Cristo deja de ser el redentor para pasar a ser un hombre modélico. Niega además la oración de súplica, por lo que la vida cristiana se convierte en una praxis permanente, no hay lugar para la contemplación, todo es acción. La respuesta al pelagianismo, con sus matices, la presenta San Agustín. En éste escritor, la redención es una liberación del pecado, supone una renovación interior no menos importante, además de la reconciliación del hombre con Dios, a través del gran mediador que es Cristo, hombre y Dios verdadero. Cristo es el que verdaderamente ha venido para quitar los pecados del mundo, el que ha venido para salvar lo perdido, y derrama su sangre comprando la salvación para los que la habían perdido, es decir, toda la humanidad. Cristo es el gran vínculo entre la humanidad y la divinidad. La redención la entiende San Agustín como algo necesario para la salvación universal de los hombres, todos estamos necesitados de redención, por eso, deduce la universalidad del pecado original, todos estamos necesitados de redención, porque todos estamos bajo la fuerza del pecado original. Nadie podría salvarse sin la gracia de Cristo, su redención es necesaria, además de objetiva y universal. Objetiva porque Cristo nos redime en el sacrificio de la cruz, un sacrificio libre y voluntario, Cristo nos da su vida, derrama su sangre, siendo perfecto, por ser el Hijo de Dios. La universalidad es porque todos han muerto y todos necesitan la salvación, no hay ningún hombre o mujer que quede fuera de la redención de Cristo. En este sentido, Cristo redime a todo hombre ya todo el hombre, todas sus dimensiones y aspectos antropológicos quedan bajo la salvación. No hay compartimentos estancos en la vida de los hombres que puedan quedar fuera de la vida cristiana. La justificación en San Agustín tiene como elemento característico la remisión de los pecados, la renovación progresiva, la edificación y la inhabitación del Espíritu Santo. La remisión de los pecados supone que por la justificación quedan eliminados todos los pecados. Todos los bautizados salen del sacramento sin mancha ni arruga. En segundo lugar, la renovación progresiva, que significa que por el bautismo se va realizando una renovación interior de carácter creciente. Si la incidencia del pecado en el hombre suponía un debilitamiento de la imagen de Dios en el alma, por la renovación progresiva se va reconstruyendo el interior del hombre. En tercer lugar, la edificación expresa la invitación que Dios hace al hombre para que se divinice por su gracia, no por la naturaleza que engendra, sino desde la gracia y la adopción como hijos de Dios. Lógicamente esta divinización requiere la respuesta del hombre, la vida en Dios, el amor en el Señor. Finalmente, la inhabitación del Espíritu Santo indica que Dios mismo hace vida y morada en el hombre. Es verdad que por la justificación en la obra redentora de Cristo, y en su mediación bautismal, el hombre no pierde su condición mortal y débil, está necesitado todavía de la gracia de Dios, que ayuda a superar el mal y afrontar en confianza el bien, por eso la vida ascética puede ayudar al dominio del mal en uno mismo. San Agustín defiende en su teología tanto la libertad como la necesidad de la gracia. La gracia no impide la libertad humana ante Dios. Sin libertad el hombre no podría optar por el Señor, la gracia es la ayuda que nos ofrece para la salvación, siendo Dios a su vez salvador y juez. La libertad puede dar lugar a una respuesta alejada de Dios. La gracia eficaz de Dios supone que Dios no puede cambiar la voluntad de los hombres si respeta su libertad, que sí la respeta, aunque la gracia actúa. San Agustín emplea numerosas expresiones para hablar de la gracia, como algo dulce, suave, que hace que el hombre, si está dispuesto a la búsqueda, acabe encontrando en Dios. Lógicamente San agustín parte de su experiencia y su vida personal, la atracción hacia la fe la fue viviendo en un proceso de conversión. Es posible que desde la mentalidad de San Agustín se acepte un cierto predestinacionismo, que de una manera rigorista entienda que los hombres tienen el camino de su salvación o condenación previamente trazado. Para éste autor son pocos los que se salvan, resaltando así más la gracia como algo absolutamente gratuito. Sobre la universalidad de la salvación destaca San Agustín como sólo unos pocos acceden a ella, resaltando así la gracia. El triunfo del creyente pertenece a Cristo, es gloriarse en Dios, que ha dado su gracia más absoluta. En esta doctrina del predestinacionismo la Iglesia Católica no acepta sus opiniones, aunque más tarde, el calvinismo protestante recuperará para sus tesis esta postura. El Concilio de Cartago del año 418, ya hemos visto que busca dar una solución a los problemas suscitados con el pelagianismo, que aprueba y acepta las tesis de San Agustín, al menos en varias de sus consideraciones. Su definición sobre la gracia tiene que ver con la fuerza y la capacidad otorgada por Dios para hacer el bien, respetando la libertad del hombre. Sin la gracia somos incapaces de amar, pero ese amor requiere del esfuerzo del que lo recibe para que no caiga en saco roto. La gracia del amor, de la esperanza y de la confianza de Dios están convocadas no sólo a ser un don para los hombres que lo reciben, sino a estimular y fortalecer al hombre en su lucha contra el pecado, a fin de confiar más y mejor en Dios, y amar más y mejor a los hermanos, en el convencimiento de un futuro bendecido por Dios. La gracia no es un engranaje, o una sustancia que sobreviene al hombre, es Dios mismo que fortalece al hombre. Así lo menciona el canon 4, 5 y 6 de este Concilio. La gracia se nos da para que más fácilmente podamos en libertad seguir al Señor, por eso el resultado no nos corresponde, sino que gloría aún más al Señor que en su bondad hace en nosotros maravillas. |
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