EL SIGLO XVII


Triunfo del grabado en cobre

El primer libro ilustrado con grabados en cobre fue publicado en Florencia en 1477. Pero durante el siglo siguiente el procedimiento se utilizó sólo en ocasiones como ilustración, y existen varios ejemplos de cómo una obra, que originalmente había sido publicada con grabados en cobre, se ilustraba en ediciones posteriores con otros en madera. Era como si en los comienzos el grabado en cobre hubiera encontrado cierta oposición en el mundo de los libros, y esto tiene su lógica explicación en la circunstancia de que, al contrario que el grabado en madera, no se presta a ser impreso a la vez que la composición. En el grabado en madera el dibujo se encuentra inciso en el bloque, con lo que se destaca en relieve, y es, como la composición tipográfica, la parte en relieve la que queda impresa; en el grabado en cobre, por el contrario, el dibujo, después de haber sido calcado sobre la plancha de cobre, queda grabado en hueco y son estas incisiones las que se barnizan con tinta de impresión. En otras palabras: la plancha de cobre es en hueco y no puede realizarse a la vez que lo hecho en relieve; deja sobre el papel una huella de los bordes de la plancha y por ella puede distinguirse la impresión de un grabado en cobre de la de uno en madera. Si un libro tiene que ser ilustrado con grabados en cobre, debe ser impreso en dos etapa: primero los grabados y después el texto, o al contrario. Por lo tanto, el grabado en cobre se presta, por esencia, a ser accesorio en la imprenta y la verdad es que resulta incomprensible el que, a pesar de ello, llegase casi a dominar durante un par de siglos la ornamentación de los libros.
Mientras se trata de planchas que se imprimen por separado y se intercalan en el libro, posee el grabado una justificación natural, y fue precisamente de esta forma como se le utilizó al comienzo. Se intercalaban los llamados frontispicios grabados antes de la portada tipográfica, y en ellos se situaba el título sobre un fondo de figuras alegóricas o representaciones simbólicas del tema del libro, o bien ostentaban el retrato del autor. Más adelante se introdujeron las planchas de cobre en las grandes obras ilustradas, cada vez más en boga, y en aquellas obras científicas en que las ilustraciones desempeñaban un papel importante: las de ciencias geográficas y naturales, las arqueológicas y las históricas. Extensas obras con reproducciones de pinturas, arquitectura y escultura o con representaciones de hallazgos arqueológicos, vieron la luz en gran número a finales del siglo XVI y a lo largo de todo el XVII, y no menos copiosa fue la producción de narraciones de viajes y de obras topográficas con mapas y vistas de ciudades y de edificios. Ejemplos famosos son la voluminosa obra de Theodor de Bry sobre la India (1590-1625), el Theatrum urbium (descripción de ciudades) de Georg Braun, de 1572, la gigantesca obra geográfica de Martín Séller, con más de 2.000 mapas y vistas y, finalmente, una gran obra ilustrada de publicación periódica, que con el título de Theatrum Europaeum narraba los acontecimientos históricos de la época. Célebres son también muchos de los libros de arquitectura, cuyas láminas servían como modelo para los artistas; entre las obras arqueológicas de lujo pueden citarse los libros sobre las antigüedades de Roma del archivero papal Pietro Santo Bartoli, y entre las de historia del arte, las reproducciones de pinturas famosas contemporáneas, de Pietro Aquila.
El grabado en cobre, con su posibilidad de imitar los sutiles matices y los efectos pictóricos, era especialmente apto para la reproducción de la pintura y no es pura casualidad que su auge coincida con la época en que la pintura había alcanzado extraordinario desarrollo. Pero la aportación artística en sí del grabador en cobre es menos personal que la del grabador en madera; en las grandes obras con grabados en cobre lo que importa es la reproducción más fiel posible del original, ya se trate de trasponer los colores del cuadro a su equivalencia en blanco y negro o se tenga que reproducir un edificio, una escultura, un animal o una planta. Para la arqueología, la historia del arte y la natural, el grabado en cobre significó un inapreciable recurso para la reproducción fidedigna, igual que los métodos de reproducción fotográfica en el siglo XIX ofrecieron la posibilidad de una mayor exactitud. Ello no significa que los grabadores en cobre más importantes careciesen, junto a un gran virtuosismo, de talento artístico; el suizo Mathieu Merian, que con sus hijos y su hija María Sibylla, entre otros, colaboraron en algunas de las obras antes mencionadas, alcanzaron con justicia una alta fama.
Entre los grabadores más famosos en Francia en la primera mitad del siglo hay que señalar a Léonard Gaultier y Thomas de Leu y, sobre todo, a Jacques Callot; entre sus obras más importantes figuras las ilustraciones dibujadas y grabadas para el libro Lux claustrii, de 1646.
El genio de Callot tuvo gran influencia en varios de sus contemporáneos o de sus sucesores: por ejemplo, el florentino Stefano della Bella y Abraham Bosse.
En la segunda mitad del siglo, los grabadores franceses más fecundos fueron Nicolás Poussin, robert Nanteuil y su discípulo Gérard Edelinck.

El estilo barroco en el arte del libro

El estilo barroco domina en esta época la ornamentación de los libros. Su insaciable afición por los efectos pomposos se manifiesta en largos formatos de folio y en los caracteres de grandes dimensiones, pero especialmente se muestra en toda su abrumadora abundancia en los frontispicios, de los que incluso los libros corrientes y sin ilustración se encontraban provistos. Si se trata de una narración de viajes, el grabado de la cubierta suele exhibir un paisaje con toda clase de personajes y animales exóticos en abigarrada mezcolanza; en las portadas de las obras arqueológicas aparecen figuras clásicas de rostro pensativo situadas entre pintorescas ruinas, etc., y por todas partes se encuentran alegorías, figuras que simbolizan la sabiduría, el amor, la justicia, el estado, la religión, etc. Muchas, por no decir la mayor parte, de estas portadas, en las que apenas si queda espacio libre para el título, no pueden compararse, como arte decorativo, con las mejores realizaciones del arte del libro del siglo XVI, pero algunas se encuentran muy por encima del nivel corriente. Esto se refiere en especial a las portadas que el gran pintor Pedro Pablo Rubens diseñó durante el año en que trabajó con la familia Galle en la imprenta del citado Baltasar Moretus, de la casa Plantino. También en el grabado de Rubens y de sus discípulos se encuentra la predilección de la época por las figuras alegóricas, pero en ello se reconoce su genio; a pesar de toda la pompa y artificio, se encuentra en estas portadas un sentido artístico nada frecuente en la ornamentación de los libros de aquella época. Con frecuencia Rubens se ha limitado a dar sólo un esbozo como idea (lo que se indica con una frase latina: Rubens invenit, es decir, ha inventado), un segundo artista ha trazado el dibujo (delineavit) y un tercero lo ha trasladado a la plancha de cobre (sculpsit).
La oficina plantiniana en Amberes tuvo, incluso después de la muerte del fundador, gran importancia en el desarrollo del grabado en cobre como ilustración del libro, y en general en el siglo XVII fueron Bélgica y en especial Holanda, los principales países en Europa en el mundo del libro. Ello fue debido, parte a la importante situación política que alcanzaron los Países Bajos a la sazón, parte a su criterio liberal, que los libró de la severa censura de los Estados absolutos. Añádase el importante puesto de los Países Bajos en el mundo científico; jóvenes estudiantes de todos los países acudían a la famosa Universidad de Leyden.

Los Elzevir. La familia Blaeu

En esta Universidad se encontraba empleado a finales del siglo XVI un encuadernador y bedel, de nombre Lodewijk Elzevir (Elsevier), que, después de haber obtenido privilegio para vender libros a los estudiantes, estableció poco a poco un comercio de inusitadas proporciones. Sus actividades se extendieron más allá de los límites de la ciudad y del país; mantuvo almacenes permanentes en Francfort y proveía de literatura extranjera a toda la Alemania meridional.
De Lodewijk Elzevir procede una gran familia de impresores y editores que a lo largo del siglo XVII operó en muchas ciudades holandesas y consiguió para este apellido fama europea. El renombre mayor lo obtuvieron el hijo de Lodewijk, Buenaventura, y sus nietos Isaac, Lodewijk el Joven y Abraham, y el período en que ellos desarrollaron su actividad, 1625-64, marca el apogeo de los Elzevir. Isaac había adquirido una imprenta y, al igual que Aldus en su tiempo había alcanzado desde Venecia sus pequeñas ediciones de clásicos en cursiva por toda Europa, se desparramaron ahora de igual modo de la imprenta de los Elzevir una multitud de análogas ediciones en dozavo; en aquella época de los grandes infolios significaban algo nuevo, como los aldinos, algo más democrático, y obtuvieron también rápidamente gran popularidad por su práctico formato y precio módico; especialmente famosas fueron las ediciones de César, Plinio, Terencio y Virgilio. La corrección filológica de las versiones no podía compararse con la de los aldinos, pero con su letra romana, sobria y clara, ofrecían una impresión elegante, aunque algo monótona. Los tipos habían sido diseñados por Christoffel Van Dyck, según el modelo de Garamond y fueron a desempeñar más tarde un papel importante en Inglaterra, donde hacia 1670 fueron incorporados a la imprenta de la Universidad de Oxford por el obispo John Fell, quien donó una fundición de tipos ricamente equipada.
[Página de una edición elzeviriana de Virgilio, en duodécimo.]
Además de las ediciones de los clásicos, publicaron los Elzevir muchas otras obras; así, en 1626, obtuvieron privilegio para editar una serie de pequeñas obras estadístico-topográficas de diferentes países, las llamadas Repúblicas, que también alcanzaron gran popularidad. Muchas de las grandes personalidades de la época pertenecieron al círculo de los Elzevir: Descartes, Moliere, Bacon, Hobbes, Galileo y muy especialmente el maestro de Derecho internacional Hugo Grocio, cuyo famoso tratado sobre la libertad de los mares fue publicado ya en 1609 por el viejo Lodewijk. Otros libros célebres de los Elzevir son una edición de San Agustín de 1675, la edición de 1652 de la Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, traducida por Corneille, una edición en folio del Derecho romano de 1663, además de ediciones de Moliere, Corneille, Pascal y otros grandes escritores franceses. En total, la cifra de ediciones de elzeviros auténticos –porque muchas falsificaciones pasan por tales- alcanza unos 2.000, además de unos 3.000 trabajos universitarios. En el siglo XVIII y en especial el XIX, las ediciones de los Elzevir fueron objeto de tal predilección por los coleccionistas que en la historia de la bibliofilia se habla de una manía de Elzevir, culto que en ciertas ocasiones bordeó el ridículo y que se ha mantenido hasta nuestros días, en que causa víctimas especialmente entre los ricos coleccionistas norteamericanos. Se concedía gran importancia a poseer ejemplares que habían sido guillotinados lo menos posible y se construyó una regla especial para medir las dimensiones de los márgenes. Ejemplares en buen estado, del período de esplendor de la familia, han llegado a alcanzar precios fantásticos, aunque no fuesen de una gran rareza. Un ejemplo célebre de la alza de precios de los elzeviros es lo ocurrido con el pequeño libro de cocina Le pastissier françois; los Elzevir lo reimprimieron del original francés en 1655 y en uno de sus catálogos editoriales se le cita a un precio algo superior a medio florín. A lo largo del tiempo se fue haciendo raro y en la segunda mitad del siglo XIX los buenos ejemplares se llegaron a pagar a 10.000 francos. Una de las colecciones de elzeviros mayores y más bellas es el fondo Beghman, en la Biblioteca Real de Estocolmo.
Parte del material tipográfico de los Elzevir pasó en el siglo XVIII a otra célebre dinastía de impresores, la familia Enschedé, de Haarlem, casa fundada en 1703 por Isaac Enschedé; se encuentra aún en existencia y cuenta con mayor número de diferentes caracteres tipográficos antiguos y modernos que ninguna otra imprenta europea; entre otros, posee el material del conocido impresor de Berlín, J. Fr. Unger, al que más adelante nos referiremos con mayor detalle.
Como libreros, los Elzevir superaron a todos sus contemporáneos; ninguno de éstos mantuvo relaciones comerciales tan extensas como ellos –Lodewijk el Joven llegó incluso a Copenhague en uno de sus viajes de negocios y fundó una sucursal en la Bolsa, más tarde utilizada también por otro impresor holandés, Johannes Janssonius, el más activo de los impresores fraudulentos del siglo XVII. Gracias a las reimpresiones suyas y de los Elzevir de obras francesas, la literatura francesa de la época obtuvo una difusión como nunca había podido alcanzar. En Inglaterra mantuvieron los libreros holandeses un activo negocio; el tráfico de libros de Inglaterra con el Continente pasaba en aquel tiempo a través de Holanda y los Elzevir predominaban también en él.
Al igual que otros grandes editores, publicaron muchas de sus obras encuadernadas, y una conocida familia de encuadernadores, los Magnus, trabajaron a su servicio, imitando las encuadernaciones francesas de la época, pero también trabajaron para otros muchos impresores holandeses, como la casa Blaeu, que estuvo en activo durante los años 1618-72 y cobró fama por sus grandes atlas geográficos. En Holanda, país de marinos, la cartografía había alcanzado un gran desarrollo, y el fundador de la casa, Willen Janszoon Blaue, durante un viaje a Dinamarca, había tenido ocasión de conocer a Tycho Brahe y llegó a alcanzar una sólida formación en astronomía y cartografía. Establecido como “cartógrafo y fabricante de globos” en Ámsterdam, produjo muchas y grandes cartas de navegar, que superaron a todas las otras de la época en exactitud y en belleza de decoración. Su obra maestra es el Novus Atlas, pero mayor celebridad obtuvo el Atlas major, publicado por su hijo Johann en once tomos tamaño folio en 1662. En él alcanzó el grabado en cobro auténticos triunfos, no sólo en las láminas de mapas coloreadas a mano, sino también en la portada y en la ornamentación. El Atlas major, a pesar de su extensión y de su alto precio, estuvo en gran demanda; la Gran Duquesa de Toscana pagó 30.000 florines por un ejemplar decorado con especial riqueza e incluso hoy se valora extraordinariamente alto. Ante ésta como ante tantas otras colosales empresas literarias del pasado nos preguntamos con asombro cómo les fue posible realizarlas económicamente. La explicación está, en parte, en la mano de obra barata de que se disponía, pero una importancia económica fundamental tuvieron también, en muchas ocasiones, la ayuda otorgada por mecenas reales y nobles, a cambio de aduladoras dedicatorias, panegíricos y versos laudatorios al comienzo de la obra. Sin un apoyo semejante, las grandes obras científicas hubiesen tenido tan pocas probabilidades de haber visto la luz pública entonces como las tienen en nuestros días sin la asistencia del Estado o de los fondos particulares.

Comienzo de las subastas de libros

Durante los primeros años del siglo XVII aparece una nueva forma de comercio de libros, en la que se comienza a ofrecer libros en subasta y a venderlos al mejor postor. También fue Holanda el país iniciador y Leyden la ciudad donde tuvo lugar la primera subasta de libros. Probablemente fue el viejo Lodewijk Elzevir quien tomó la iniciativa. Pronto pudo verse que se había dado con un sistema que satisfacía el interés tanto del comprador como del vendedor. Este obtenía mayor beneficio económico y el comprador tenía acceso a colecciones que no estaban formadas al azar, como suelen estarlo las existencias de un librero. Muy pronto, sin embargo, surgió la queja de que los libreros que disponían la subasta aprovechaban la ocasión para deshacerse de la parte menos valiosa de sus exigencias introduciéndola entre los libros que debían figurar en ella. Como en la actualidad, se distribuía, con anterioridad a la subasta, un catálogo impreso de los libros, por lo general clasificados en octavo, cuarto y folios.
Las subastas de libros en Holanda atrajeron pronto la atención de otros países y fueron obteniendo crecientemente importancia internacional. Un eclesiástico inglés, Joseph Hill, que había residido en Holanda, introdujo la costumbre en Londres en 1676, cuando, por su iniciativa, a la muerte de un clérigo se vendieron en subasta sus libros, y también allí obtuvo el sistema una rápida aceptación; se cree que fue introducido en Norteamérica en 1713. El ambiente de expectación que se produce en toda subasta no falta en la de los libros, y la presencia en la sala de una auténtica rareza, es presagio con frecuencia de episodios de carácter altamente dramático. Sin embargo, la gran época de las subastas de libros no comienza hasta el siglo XVIII. El sistema de la subasta se propagó también a Francia y a Alemania en la segunda mitad del siglo XVII –los libreros alemanes intentaron en vano luchar contra él.

Los coleccionistas franceses de libros

En el mundo del libro europeo del siglo XVII Holanda ocupa, por lo tanto, un puesto predominante e incluso Francia, a pesar de su espléndido desarrollo literario, se mantuvo en eclipse. Como se dijo antes, la literatura francesa se difundió en gran parte gracias a las ediciones fraudulentas holandesas. Pero los franceses se destacaron, por el contrario, como bibliófilos. La bibliofilia francesa no abandonó las tradiciones de la época de Grolier, sino que conservó aquel sello de lujo que desde el comienzo la caracterizó entre las naciones europeas. A medida que fue en aumento el poder real, mayor fue la ostentación de lujo en el círculo cortesano; en torno a los reyes y a los restantes coleccionistas reales, damas y caballeros de la nobleza rivalizaban en el torneo de la bibliofilia, que ya se había iniciado bajo Luis XIV, pero que tomó impulso bajo sus dos sucesores, Luis XV y XVI. Sería, sin embargo, sumamente exagerado el atribuir a estos reyes y a sus cortes un profundo interés literario; se podría hablar más bien de un paralelo con los coleccionistas de libros de lujo del tiempo del Imperio romano, y las palabras de censura de Séneca contra éstos pudieran con razón ser aplicadas a muchos de los coleccionistas franceses de los siglos XVII y XVIII. Ello sin perjuicio de que en sus filas puedan señalarse muchas figuras eruditas y de formación literaria, para quienes el reunir una biblioteca era algo diferente y superior a un mero intento de satisfacer la vanidad personal. Esto puede aplicarse al docto Nicolás Claude de Peiresc, que se interesó especialmente por manuscritos coptos y por libros impresos con notas marginales de sus antiguos poseedores, y un auténtico interés por los libros puede también atribuirse a los grandes hombres de Estado Richelieu, Mazarino y Colbert. El interés de Richelieu por los libros tuvo como resultado, entre otros, el establecimiento de una impronta real en el Louvre, institución que más tarde ejerció una gran influencia sobre la tipografía francesa. Colbert contribuyó en gran medida a la biblioteca de Luis XIV, que llegó a tener 40.000 volúmenes y 10.000 manuscritos. Pero especialmente para Mazarino fueron los libros una pasión, que remontaba a su más temprana juventud.
Richelieu y Mazarino obtuvieron un colaborador inapreciable en su bibliotecario Gabriel Naudé. Su nombre es famoso en la historia del libro debido a un escrito que publicó en 1627 con el título de Advis pour dresser une bibliothèque, el primer intento (puede llamarse así) de escribir un tratado de biblioteconomía. Con celo incansable y gran sentido económico recorrió Naudé los establecimientos de librería de Europa entera y se calculan en unos 45.000 volúmenes que paulatinamente añadió a la biblioteca de Mazarino.
En su obra, Naudé había resaltado con insistencia la importancia de hacer accesibles las bibliotecas a todos, y como fue la ambición del Cardenal convertirse en el Asinio Polión de Francia, en otras palabras, en facilitar el acceso del público a su biblioteca, fue ésta abierta al público en 1643, seis horas al día, para los estudiosos de las artes y de las ciencias. Pero la gloria fue corta; pocos años después Mazarino fue desterrado, y durante las guerras de la Fronda su espléndida biblioteca fue vendida y desperdigada a los cuatro vientos. Hondamente afligido por esta calamidad, Naudé aceptó el ofrecimiento de trasladarse a Suecia como bibliotecario de la reina Cristina. Cuando Mazarino regresó al poder y volvió a coleccionar libros, mandó llamar a su viejo bibliotecario, pero éste murió durante el viaje y no llegó a ver, por lo tanto, la constitución de la segunda biblioteca, la Bibliothèque Mazarine, que en 1691 fue abierta al público, y que aún hoy es una de las más importantes bibliotecas públicas de la ciudad del Sena.
También la biblioteca de los agustinos de St. Victor había sido accesible a los estudiosos desde mediados del siglo XVII, mientras que el rico y venerado monasterio benedictino de Saint-Germain-des-Prés sólo abría sus puertas a regañadientes, y la biblioteca de la abadía de Sainte-Geneviève se convirtió en pública en el siglo XVIII; en cambio, fue la única biblioteca eclesiástica que superó las tormentas de la Revolución, y hasta la fecha ostenta un preeminente lugar entre las bibliotecas públicas de Francia.

La arquitectura de la biblioteca

En lo externo, las bibliotecas habían ido cambiando poco a poco su carácter. Mientras durante la mayor parte del siglo XVI se siguió aún la costumbre medieval de colocar los libros sobre pupitres, se fue generalizando cada vez más el dar al local de la biblioteca la forma de una sala con estanterías a lo largo de las paredes, donde los libros se situaban en tablas; con frecuencia las estanterías se levantaban hasta el techo, por lo que fue necesario dividirlas por medio de una galería. Este sistema de construcción de bibliotecas en forma de sala, aparece por vez primera en el espléndido local construido en la segunda mitad del siglo XVI para la biblioteca de El Escorial, en las proximidades de Madrid; pronto se convirtió en el modelo exclusivo, que no fue reemplazado hasta mediados del siglo XIX por sistemas más prácticos. [Los armarios de la biblioteca de El Escorial están hechos sobre dibujos de Juan de Herrera. (Y es un notable ejemplo español de este tipo de sala también la Biblioteca de la Universidad de Salamanca debida a un sucesor del célebre Churriguera.) Los libros de El Escorial los mandó reunir el rey Felipe II en 1575 dando los de su propia librería; y comisionó a secretarios, eruditos y embajadores para que comprasen más en el extranjero y dentro de España. Varias bibliotecas particulares fueron a dar así en El Escorial a la muerte de sus propietarios. A pesar de haber sufrido un incendio en 1671, es de las más importantes de España en cuando a fondos de manuscritos árabes, griegos, hebreos y latinos, muchos de singular riqueza.]
Las grandes salas ofrecían oportunidades sin límite a la fantasía artística del arquitecto y muchas de ellas ofrecen grandes bellezas en sus cúpulas, columnas, techos pintados y frisos. No puede negarse, sin embargo, que con toda su magnificencia arquitectónica llegan a eclipsar a los propios libros, de modo que de un simple marco se convierten en asunto principal; pero en la época del barroco, con su afición por la pompa, esto no era un defecto: las salas de las bibliotecas debían tener exactamente este aspecto de museo, que era acentuado adicionalmente por medio de esferas terráqueas y celestes exhibidas en medio de la sala o vitrinas con toda clase de objetos de arte y curiosidades. Hasta cierto punto ello está relacionado con el hecho de que muchos de los grandes bibliófilos fueron también coleccionistas de arte; así, el ministro francés Pierre Seguier, que llegó a reunir más de 20.000 volúmenes, había instalado en su palacio salas de lectura en las que las colecciones de porcelanas ofrecían mayor atractivo que los mismos libros.
Uno de los ejemplos más suntuosos de este tipo de bibliotecas es el famoso salón de cúpula que a comienzos del siglo XVIII se construyó para la Biblioteca Real de Viena. Otro ejemplo de salón de biblioteca, pero menos importante, es la Biblioteca Nacional de Weimar, que consta de tres galerías ovaladas superpuestas, adornada con el oro de los pilares de mármol y de los capiteles.

Los tipos corrientes de encuadernación. El estilo Le Gascon

A la suntuosidad arquitectónica correspondían las encuadernaciones de lujo. El mayor número, sin embargo, de las encuadernaciones hechas durante el siglo XVII, como en los tiempos anteriores, pertenece no a éstas, sino a los tipos corrientes de encuadernación. En las bibliotecas de hoy día se encuentran multitud de volúmenes de aquel tiempo, encuadernados en piel francesa de ternera u oveja, jaspeados imitando la concha de tortuga o coloreados con carburo de hierro y que no presentan más decoración que la del lomo. Aún más sobra se muestra la encuadernación inglesa en badana castaña y cuyo carácter modesto se hace doblemente patente porque el interior de las tapas no lleva guardas, por lo que queda al descubierto el cartón gris. La encuadernación holandesa corriente era realizada en pergamino blanco, rígido y pulimentado, muy sobriamente decorado y con el título escrito con tinta china en la parte superior del lomo liso; en la encuadernación en pergamino italiana y española, por el contrario, el título aparecía impreso a lo largo del lomo y las tapas carecían de refuerzo de cartón, por lo que eran suaves y flexibles como las de los pequeños libros en piel de gamuza de nuestros días.
Pero los grandes coleccionistas reales y de la nobleza no se contentaban, como antes se dijo, con estas formas tan modestas y, especialmente en Francia, se practicó la encuadernación artística en igual escala que en los días de Francisco I y Enrique II. A comienzos del siglo XVII imperaba aún el estilo “à la fanfare”, con sus ramas de laurel estilizadas, pero en los últimos años de Luis XIII se inicia un estilo de decoración completamente nuevo al comenzarse a utilizar hierros con líneas punteadas (en francés: fers pointillés), de forma que los sutiles y vigorosos sarmientos retorcidos en espiral dan paso a puntos diminutos y muy próximos, que se extienden sobre toda la tapa o se agrupan en el centro en torno a las armas del propietario. En este estilo decorativo s encuentra, por curioso que parezca, sólo una débil huella de la ornamentación barroca; no se puede hablar propiamente, por lo tanto, de un período barroco en la historia de la encuadernación como puede hacerse en la del arte. Los hierros punteados se extendieron también al lomo e incluso al interior de las tapas, que en las encuadernaciones de lujo se encontraban con frecuencia recubiertas con badana o seda; estas guardas, que anteriormente se componían de papel corriente y sin colorear, eran ahora con frecuencia jaspeadas y lo mismo ocurrió con los cantos.
Se considera como autor del estilo punteado al encuadernador Le Gascon, acerca del cual no se conoce por lo demás gran cosa, hasta el punto de ignorarse si Le Gascon fue su auténtico nombre o un sobrenombre debido a su lugar de origen. Se ha querido identificarle, aunque sin motivo, con otro encuadernador, Florimond Badier, que realizó encuadernaciones en el mismoe stilo y las proveían con su firma. Es tan seguro que Le Gascon o discípulos suyos trabajaron para los grandes coleccionistas de la época, Mazarino, Colbert, Séguier y el erudito Nicolás de Peiresc, como que pronto su estilo encontró imitadores en Francia y países vecinos. Era más fácil trabajar con las líneas punteadas que con las continuas y en este sentido la introducción del estilo Le Gascon significó cierta simplificación en relación con el estilo “à la fanfare”. Una simplificación ulterior ocurrió cuando el encuadernador Macé Ruette ideó el reemplazar los numerosos hierros pequeños por otros grandes, en lo que los ornamentos punteados se reunían en un conjunto y se los disponía dentro y alrededor de la línea de un marco. Muchos de estos grandes hierros adoptaron en la segunda mitad del siglo la forma de media luna, con las puntas enrolladas, variantes del estilo Le Gascon que obtuvieron una gran popularidad, especialmente en Inglaterra.
En Holanda imitaron el estilo Le Gascon, entre otros, la ya mencionada familia de encuadernadores, los Magnus, que emplearon los hierros punteados en las encuadernaciones comerciales de los Elzevir. Estas fueron hechas en tafilete verde, mientras que en Francia y otros países era rojo el color favorito para la piel. También en Inglaterra, donde la aristocracia y el alto clero contaban con muchos bibliófilos en sus filas, se adoptó el estilo Le Gascon. Una variación especial adoptó en manos del encuadernador de la corte de Carlos II, Samuel Mearne, que combinó los hierros punteados con ornamentos de línea continua, como medias lunas, tulipanes, claveles y otras flores estilizadas. En algunas de sus encuadernaciones, las llamadas all-over, dominaban los hierros de “media luna”, pero también realizó el llamado cottage-bind, cuyo cuartel central, por arriba y por abajo, estaba limitado por líneas, que prestan a la decoración cierta semejanza con una casa de campo inglesa (cottage).
Otro tipo totalmente diferente de encuadernación fue realizado para Luis XIV y su corte por el encuadernador del real Antoine Ruette, encuadernación que casi carece de decoración, de modo que el cuero de color oscuro predomina con todo su efecto. A esta decoración ascética, que muestra tan notable oposición a la debilidad universal por la pompa, sentida en la época, se le adscribe, a comienzos del siglo XVIII, la denominación de encuadernación jansenista, con alusión a la estricta tendencia religiosa de los de esta doctrina. También otros libros de bibliófilos franceses muestran una sobria decoración: un marco a lo largo de los bordes, algunos ornamentos en las puntas, unas armas o monograma en el centro y sólo los lomos ofrecen decoración más rica. En compensación, la cabritilla es de calidad selecta y es evidente que una nueva sensibilidad por la calidad de la superficie de piel provocó esta reacción contra el dorado excesivo.
Los marcos originales de Le Gascon fueron siendo ampliados poco a poco con nuevas variantes (entre otros, los llamados hierros de Duseuil), puestos en venta por los grabadores junto a los ejecutados por los artistas para el uso de los encuadernadores. Los hierros en forma de rosetas o de abanico (fers à l’éventail) obtuvieron especial favor en Italia, donde se utilizaban además los grandes escudos familiares, y hallaron también aceptación en Alemania, pero sólo los encuadernadores de Heidelberg, que habían conservado las tradiciones desde los tiempos de Otón Enrique, fueron capaces de alcanzar los modelos franceses.

La Guerra de los Treinta Años. Las rapiñas de libros suecas

Para Alemania la época posterior a 1620 fue en general un período de estancamiento o, más bien, de retroceso. La Guerra de los Treinta Años arruinó las fuerzas políticas y económicas del país y al empobrecimiento sucedió una extenuación cultural, de la que tardó en recuperarse. Fue esto exactamente lo que dio a los holandeses la oportunidad para erigirse en una oposición preeminente como productores y distribuidores de libros. Cuanto se hizo en el arte de la ilustración en la Alemania del siglo XVII fue en su mayoría eco del arte del grabado en cobre holandés o francés. La tipografía del siglo XVII no puede, en términos generales, compararse con la de los siglos precedentes, sino que pertenece a lo más pobre de la imprenta alemana. Vieron la luz en Alemania multitud de publicaciones, en especial las de tipo de edificación espiritual, pero su presentación tipográfica alcanza, por lo general, un ínfimo nivel y cada progreso en el arte de la imprenta estaba frenado por rígidas normas gremiales que hasta comienzos del siglo XIX estuvieron vigentes con todo rigor. El comercio alemán de libros se mantuvo esencialmente de impresiones fraudulentas, que convertían en ilusorios los derechos del autor y contra las que se intentó luchar por medio de privilegios, que ofrecían el inconveniente de que no podían imponerse en un país tan fragmentado como el alemán. También los impresores daneses sufrieron esta plaga; no sólo dentro de las fronteras del país se hacían reimpresiones de la literatura danesa, sino que los impresores del norte de Alemania, de Lübeck en especial, las imitaban, y multitud de libros daneses de entonces, que llevan Copenhague en le pie de imprenta, fueron en realidad impresos en Alemania. En el campo de la encuadernación, los alemanes siguieron viviendo de las tradiciones del siglo XVI, pero la maestría artesana que había dado carácter a las viejas encuadernaciones se fue haciendo cada vez más rara, y la familiaridad de los encuadernadores de Heidelberg con las nuevas formas estilísticas francesas es una de las pocas excepciones, que confirman la regla.
Si el desorden de las guerras de religión, junto con las restantes circunstancias mencionadas, tuvo un efecto paralizador sobre la producción del libro alemán, las consecuencias de la guerra fueron aún más funestas para las bibliotecas del país. La más antigua de las bibliotecas universitarias alemanas, la célebre Biblioteca Palatina de Heidelberg, una de las más notables de la época, fue en 1623, a raíz de la conquista de la ciudad por las tropas de Tilly y sufrir el saqueo de las huestes católicas, regalada por su jefe, el emperador Maximiliano de Baviera, el Papa, quien la incorporó a las colecciones del Vaticano. Pero por el lado protestante ante el victorioso avance de los católicos, practicó por dondequiera que fue la incautación de las bibliotecas, especialmente de los colegios de los jesuitas, y aquellos países que fueron teatro de su lucha vieron emigrar sus bibliotecas, una tras otra, como botín de guerra a Suecia. En 1620 había fundado Gustavo Adolfo la Universidad de Uppsala y a ella hizo donación de gran parte de las bibliotecas incautadas de Riga y Prusia; a éstas se unieron más tarde una serie de bibliotecas al sur de Alemania.
La época de esplendor en la historia de las bibliotecas suecas, así iniciada, se continuó tras la muerte de Gustavo Adolfo, porque los nobles suecos que servían como oficiales en el ejército o en el Estado Mayor supieron aprovechar cumplidamente la fortuna de la guerra en beneficio del Estado o en el suyo propio. Desde la antigüedad hasta los tiempos más recientes, el pillaje de bibliotecas por los ejércitos victoriosos ha sido uno de los fenómenos de todas las grandes guerras, pero sólo durante la segunda Guerra Mundial se practicó de forma tan sistemática como durante la época de la hegemonía sueca. Con la diferencia de que, así como los suecos consiguieron aplicar la prescripción adquisitiva a lo de que un día se apoderaron, los tesoros bibliográficos arrebatados durante las guerras posteriores han tenido que ser devueltos por regla general al declararse la paz.
Durante la última etapa de la guerra de los Treinta Años las víctimas fueron en especial las bibliotecas de los conventos de Bohemia y de Moravia. Cuando el asalto de los suecos a Praga en 1648, lograron un rico botín de libros, en especial la espléndida colección de los reyes de Bohemia en Hradschin, que contenía entre otros, el manuscrito en pergamino probablemente más extenso (gigas librorum) que nunca haya existido, la Biblia de los Diablos. Junto con el resto de la biblioteca real de Bohemia fue llevado a Estocolmo e incorporado a la biblioteca de la reina Cristina. Cuando ésta marchó de Suecia, llevó consigo gran parte de su biblioteca –la mayoría de los manuscritos, por ejemplo, se encuentran en el Vaticano-, pero la parte que quedó dio base para la biblioteca real de Estocolmo y fue incrementada en forma considerable con el botín hecho durante las guerras de Carlos Gustavo en Polonia y Dinamarca. De estas conquistas bélicas se abastecieron también considerablemente muchas de las bibliotecas de la nobleza sueca. Varios de los grandes estadistas, Axel y Eric Oxenstierna, Schering Rosenhane, Claes Ralamb, sin olvidar el hermano político de Carlos Gustavo, el canciller real Magnus Gabriel de la Gardie, fueron, como Richelieu o Mazarino, hombres muy instruidos e interesados en literatura. De la Gardie realizó importantes adquisiciones en Dinamarca; compró la colección del cronista real, el profesor Stephan Hansen Stephanius, que contenía importantes fuentes para la historia de Dinamarca y un célebre manuscrito de la Edda más moderna, y como botín de guerra obtuvo, entre otras, la biblioteca de Gunde Rosenkrantz, que comprendía parte de la colección de Anders Sorensen Vedel. Bajo Carlos IX las posesiones de De la Gardie, como las de otros nobles, pasaron a la Corona, y después de su muerte fueron donadas al archivo de antigüedades y a la biblioteca de la Universidad de Uppsala, que de este modo pasó a poseer la antes mencionada Biblia gótica del obispo Ulfila (el Codex argenteus), que había sido objeto de botín en Praga y más tarde adquirida por De la Gardie.

Los coleccionistas daneses

Así como las colecciones de De la Gardie y, con ello, también su parte danesa, se conservan aún, no aconteció lo mismo con otra gran biblioteca privada danesa que pasó a ser propiedad sueca. El magistrado de Ringsted,Jorgen Seefeldt poseía más de 25.000 volúmenes, en especial manuscritos en noruego-islandés y muchos impresos raros. La totalidad de esta extraordinaria colección pasó a Corfitz Ulfeld, que en pago por su colaboración con los suecos obtuvo de ellos permiso para apoderarse de ella y conducirla a Malmö. Pero más tarde, tanto esta colección como los libros del propio Ulfeld fueron incautados por el gobierno sueco e incorporados a la Biblioteca real de Estocolmo y cuando ésta, en su mayor parte, fue pasto de las llamas en el incendio del palacio de 1697, en ellas desapareció también la legendaria colección de Seefeldt; sólo un resto insignificante, como algunas de las muchas ediciones de la Biblia, pasó, tras varias vicisitudes, a ser propiedad del representante sueco Peter Julius Coyet y cuando sus propiedades fueron saqueadas en 1710 por las tropas danesas, regresaron estos libros de nuevo a la patria de Seefeldt, Dinamarca.
Aunque Jorgen Seefeldt puede ser, con mucho, considerado como el primer coleccionista danés del siglo XVII, hubo sin embargo muchos otros que merecen ser recordados. El célebre autor de la gran obra tipográfica el Atlas Danés de Resen, el profesor Peder Hansen Resen, reunió a lo largo de una generación una biblioteca especializada en literatura nórdica y ciencias jurídicas y, en 1675, la donó a la biblioteca de la Universidad de Copenhague. Esta fue incrementada a lo largo del tiempo con muchos donativos; por un lado, Cristian IV regaló en 1605 la mayor parte de la biblioteca de Palacio; por otro, recibía las herencias de los cronistas reales, que comprendían multitud de manuscritos medievales y otras fuentes para la historia danesa y noruega. Pero su incremento había sido sumamente desigual y la colección de Resen llenó importantes huecos en las existencias, ya que, como se ha dicho, había dado mucha importancia a la literatura escandinava.

La época de los polígrafos

Un paralelo al interés mostrado por Resen hacia la literatura nacional era raro entonces en los países nórdicos. En ellos, como en el resto de Europa, tienen las colecciones de libros en general un sentido cosmopolita; la literatura científica se encontraba aún en su mayor parte envuelta en su túnica latina, y dentro de la literatura piadosa y de entretenimiento los coleccionistas cultivaron los autores franceses, italianos y españoles contemporáneos, y en parte también los holandeses, alemanes e ingleses. Y así como las colecciones tenían, en cuanto al idioma, un carácter internacional, en relación al contenido tenían también una gran variedad. Nos encontramos en la época de los polígrafos, en que la ciencia tenía una base internacional y la especialización era todavía una noción desconocida. Los eruditos podían abarcar casi todas las materias –repetidamente se ve a un profesor tanto dar lecciones de una disciplina como de otra y aparentemente dominarlas con igual presteza-. Toda la tendencia enciclopédica de esta época, que también es característica de gran parte del siglo XVIII, imprime su sello en las bibliotecas y sus hombres. El polígrafo típico lo encontramos en el excéntrico italiano Antonio Maggliabecchi, sobre cuya fantástica memoria corrieron tantas extrañas historias como sobre el increíble desorden con que vivía entre sus inmensos montones de libros.

Fundación de las Bibliotecas Nacionales. La Biblioteca Real de Copenhague

Maggliabecchi fue bibliotecario del Gran Duque Cosme III en Florencia, de cuya colección se deriva la actual Biblioteca Nacional italiana. Varias obras de las bibliotecas nacionales de hoy día tienen su origen en las bibliotecas reales del siglo XVII o fueron notablemente aumentadas en aquella época. Incluso en la Alemania devastada por la guerra pueden encontrarse ejemplos en este sentido. E 1659 el gran elector Federico Guillermo firmó un documento en su campamento de Viborg (Jutlandia) según el cual la biblioteca real de Berlín quedaba abierta al público, aunque este término tenía un sentido más limitado que en la actualidad, y con ello se puso el fundamento para la Biblioteca Nacional del más tarde Estado de Prusia. Ya en los primeros años del siglo el duque Augusto de Braunschweig-Lüneburg había comenzado a reunir una biblioteca, que a su muerte era considerada la mayor de Europa, y de la cual él mismo había redactado un catálogo de cerca de 4.000 páginas. Fue esta misma biblioteca la que más tarde tuvo como celoso director al célebre polígrafo y filósofo G. W. Leibnitz, y actualmente es la biblioteca Wolfenbüttel, una de las joyas en la impresionante cadena de bibliotecas de la Alemania anterior a la última guerra mundial.
Ya se ha mencionado la influencia de la reina Cristina sobre la Biblioteca Real de Estocolmo. De la misma manera, un edificio en Slotholmen, en Copenhague, albergaba la biblioteca de Federico III, base de la Biblioteca real actual. En 1661 obtuvo Federico III, por legado testamentario, la gran colección del senescal Joachim Gersdorff, compuesta por cerca de 8.000 volúmenes, y en el siguiente año adquirió dos bibliotecas más de aristócratas. Con anterioridad había comprado al hijo del astrónomo Kepler las anotaciones dejadas a su muerte por Tycho Brahe, y obtuvo del obispo islandés Brynjólfur Sveinsson quince manuscritos islandeses antiguos, entre ellos los Eddas antiguo y nuevo, el magno manuscrito de sagas, el Libro de Flato, con narraciones de la arribada de los escandinavos a América (Vinland), así como otros valiosos manuscritos en pergamino que continúan figurando entre los tesoros de la Biblioteca real de Copenhague*.
En Peder Griffenfeld encontró el rey un eficaz bibliotecario y cuando pronto los locales en el palacio resultaron insuficientes, ordenó la construcción del edificio antes citado, que continuó siendo sede de la biblioteca hasta 1906. Federico III adquirió en el extranjero gran cantidad de literatura reciente y de las subastas de libros, recién iniciadas en Copenhague, tomó sin retribución alguna cuanto se le antojaba; a su muerte las colecciones contaban con cerca de 20.000 volúmenes. Bajo Cristián V el crecimiento no fue tan importante, pero en sus últimos años introdujo, según el ejemplo francés, el depósito legal, según el cual todo aquel que imprimiese una obra debía entregar cinco ejemplares a la biblioteca del rey.

· Hoy devueltos a Reykjavík. Véase nota a página 66. (N. del T.)

Hosted by www.Geocities.ws

1