Derechos legales: Esta es una historia de ficción basada en personajes y situaciones extraídos de la serie “The X Files”, propiedad intelectual de Chris Carter, Producciones 1013 y la FOX Network, filial de Twentieth Century Fox. Con la publicación de esta historia no se pretende dañar o vulnerar estos derechos ni obtener ningún beneficio económico. Para salvaguardar estos derechos, queda prohibida cualquier copia o distribución de esta historia sin previo consentimiento de la autora.
Rating: NC17, lamentable intento de hacer humor, MSR. FLUFF. ¡¡¡¡FLUFF!!!
Nota: Esto es una historia con una excusa argumental como mucho DÉBIL para meter a Mulder y Scully en una situación trillada, repetida y tópica. ¿Por qué? Porque me da la gana y porque llegado un punto, siempre existe la posibilidad de que la historia que estés escribiendo sea la última que aportas a ese fandom y no se puede dejar un barco así sin dar tu propia visión de una situación que precisamente por repetida y tópica, te ha dado más momentos de placer como lectora que ninguna otra. A veces escribes impulsada por el instinto de las palabras, a veces escribes porque necesitas dar un punto de vista o elaborar algo épico o grandioso. A veces, sencillamente, escribes para que te quieran. Y otras veces, con franqueza, escribes para pasar el rato y que otros lo pasen. Esta es una de esas veces. Sin grandes pretensiones. Leed, disfrutad si podéis. Y eso es todo.
Fijaos. He dicho todo eso de mí en segunda persona, igual que Scully en “Irresistible” con la psicóloga. Y lo he hecho para distanciarme y lo he hecho sin darme cuenta. El subconsciente es la bomba. ;-)
Nota Dos: El estado de Alabama no fue dañado de ningún modo, forma o manera para escribir esta historia. Todas las leyes del estado que se citan son auténticas. Sobre eso, una cita más al final.
Gracias a BL por los aullidos. Naturalmente, a Amaia, por la insistencia y por los cafés que siempre se convierten en Coca Colas.
Sumario: Mulder. Scully. Alabama. Motel. Y creo que eso es todo. ¿Hace falta mucho más?
“If I take you from behind, push myself into your mind when you least expect it, you try to reject it” (Madonna. Erotica)
***
ALABAMA
***
Lo malo de proyectar al mundo una imagen de mujer profesional que no deja que sus sentimientos interfieran con su capacidad intelectual o laboral, es que la gente asume que una no tiene sentimientos. Y lo terrible de ese círculo vicioso es que cuando pasas los días ignorando que eres algo más que la persona que corta y pica gente muerta es que empiezas a pensar que tu humanidad se perdió en el camino. Solo que no recuerdas dónde ni cuándo. Ésa soy yo, Dana Scully. Escalpelo en mano soy una forense brillante. Dame un ordenador y un informe de campo y puedo hacer que un caso que incluye círculos de maíz, mutantes chupa-grasa y ratones invisibles parezca el candidato perfecto al Premio Nóbel de Física. Razonable, sensata, lógica. Dana Scully no llora, Dana Scully no padece, Dana Scully no se pone histérica. Dana Scully apenas siente.
Asexuada.
Esa es la imagen de doy. ¿Lo más triste? El noventa por ciento del tiempo ésa es la imagen que tengo de mí misma. No me extraña que los demás me vean como un robot con maquillaje Clinique y trajes de Donna Karan. ¿Mujer? Tangencialmente. ¿Por qué serlo? En este mundo y especialmente en el FBI la feminidad es una prueba en tu contra. Un milímetro de menos en la falda y los rumores sobre cómo has conseguido tu puesto se dispararan y te llevaran directamente a la mesa de tu superior.
Debajo de su mesa, para ser exactos.
El ejemplo perfecto de que el mundo todavía sigue hecho a la medida de la mitad de la humanidad que nació con un pene entre las piernas es Fox William Mulder. Nadie, nadie en todo el maldito edificio Hoover duda de que mi compañero necesita una revisión mental urgente. Ni siquiera Skinner lo duda. Pero nadie –especialmente Skinner- tiene absolutamente ninguna duda sobre su capacidad profesional.
Brillante. Excepcional. Siniestro en su percepción, en su inteligencia, en su capacidad laboral.
En Crímenes Violentos todavía están llorando por haberle perdido por culpa de una causa tan deshonrosa como los Expedientes X. Nadie se lo explica pero todos coinciden en que fue una gran perdida. ¿Por qué? ¡Porque Mulder es un genio! Un genio tarado, pero genio al fin y al cabo. Que sea, además, insultantemente atractivo, es la guinda del pastel. No hay nadie tan famoso como él entre las secretarias del FBI. Y nadie lo utilizará jamás en su contra.
Si Mulder inconscientemente flirtea con Holy, de Comunicaciones o con Jen de Contabilidad, es porque Mulder es así, amigas. Un hombre escandalosamente sexy que además es bueno en su trabajo. ¡Mejor para él! Si yo, accidentalmente, llevo más pintalabios del que se considera políticamente correcto, soy una zorra arribista. Ambiciosa. Manipuladora. Si Mulder lleva la corbata desabrochada, está en mangas de camisa, no se ha afeitado y te habla al oído porque no quiere que nadie le escuche, emitiendo una especie de susurro erótico de alto voltaje, es normal. Es un hombre. Es parte de su encanto.
A las secretarias, les chifla.
Esas malditas máquinas de rumores desagradables que hicieron mi vida imposible durante ese lapso de tiempo en mi vida llamado Jack Willis. Brujas. De todas las cosas estúpidas que se pueden hacer en la vida liarte con un instructor MAYOR es la peor. Con diferencia. ¿Jack Willis? Oh, Jack era un héroe para sus compañeros. Había ligado con una novata pelirroja. ¿Yo? Era evidente que estaba buscando un atajo para subir en el escalafón.
Así es el mundo.
Quizá por eso después del desastre que supuso Jack en mi reputación, me hice el juramento vitalicio de no volver a mezclar sexo y trabajo. El refrán tiene razón. Donde tengas lo uno, no metas lo otro. Sobre todo si eres mujer. Especialmente, si eres mujer. Tendrás que esforzarte el doble por lo mismo. Así que te esfuerzas. Y cumples tus juramentos. Y tratas de ser no solo profesional, sino notable, extraordinaria. Y te esfuerzas tanto en ser como un hombre, que empiezas siendo reservada con tus emociones y acabas aislándote de ti misma y olvidando las exigencias de tus hormonas.
No quiero parecer quejica. En serio. No quiero. Es solo que ha sido un día estresante. No, espera, voy a corregir eso. Han sido siete años estresantes y hoy está siendo todo especialmente injusto. Las diferencias entre sexos me han golpeado en la cabeza con la fuerza de un terremoto y mi nivel de paciencia se ha evaporado.
La culpa la tiene Alabama. Concretamente, Apple City, Alabama. Desde que llegamos aquí hace dos días para resolver el inexistente caso de la inexistente secta satánica de cuya inexistencia yo ya había advertido a Mulder en Washington, el Sur del país me ha convertido en una feminista radical dispuesta a quemar mi sujetador en medio de la plaza del pueblo. Todos. Todos y cada uno de los forenses, sheriffs, ayudantes del sheriff, policías y que Dios me asista, incultos fanáticos religiosos que hemos encontrado en este culo del mundo se han dedicado a hacer una de las dos cosas más irritantes que podían hacer conmigo. Consistentes en a) considerar que si la liberación de la mujer ha sido una fantasía e ignorar que llevo una arma, tratándome como una sufragista lesbiana loca que no merece el privilegio de trabajar para las fuerzas del orden, dirigiéndose ÚNICAMENTE a Mulder en el curso de esta ridícula investigación, o b) tratar de flirtear conmigo en un intento de convertirme en objeto sexual y seguir negando que hasta donde yo sé, soy tan agente del FBI como el compañero de metro ochenta al que sigo a todas partes.
¿Lo peor? Lo peor es que las mujeres de este recóndito pueblo de novecientos tres habitantes encuentran que comparados con los paletos cazurros bebedores compulsivos de Budweisser que viven en este cuchitril del Sur, Mulder es un Dios Con Piernas. Pero lejos de que eso le desprestigie o mine su credibilidad, le hace aún más inteligente, aún más atractivo, aún más digno de ser escuchado. Hoy hemos entrevistado a tres hombres que aseguraban haber visto a Satán y cuatro mujeres que predicaban el apocalipsis. El primer hombre no se dirigió a mí en ningún momento, el segundo me llamo “ella”, concretamente, dijo, “quiero que ella me traiga un café”. El tercero me miraba el escote mientras los cincuenta grados de temperatura de este infierno, provocaban que el sudor dejara entrever la silueta de mi sujetador. Gilipollas. Las mujeres por su parte se dedicaron o a mirarme como una perra que se había interpuesto entre ellas y su presa –léase Mulder-, o a poner ojos como platos al darse cuenta de que una mujer podía trabajar en algo que no fuera una película porno.
Creo que la civilización pasó por alto Apple City, Alabama, en su camino hacia el Oeste. Dios sabe que el Movimiento de Liberación Femenina nunca enraizó en este maldito sitio.
Lo único que me consuela es que Skinner, tras un detallado informe telefónico, insistió en que dejáramos el maldito pueblo mañana a primera hora de la mañana. Eso y que este maldito motelucho tiene bañeras en vez de duchas. Si una hora metida en un baño de burbujas no me tranquiliza, nada lo hará.
Dios. Espero que pongan una buena película en algún canal porque son las nueve de la noche estoy cansada, sudada, asqueada de mí misma, frustrada, irritable, sucia y harta. Normalmente, podría ir a cenar con Mulder pero una sola camarera sirviéndole doble de tarta a él mientras me echa a mí el café encima “sin querer” y me pego un tiro después de asesinar a los novecientos tres habitantes de Apple City, Alabama.
Quizá sea conveniente aclarar llegados a este punto que la suma de toda la reacción de Mulder ante este desfloramiento de actitudes sexistas ha sido nada. Ninguna. Ni el más leve, “vaya, ¿qué le pasa a esta gente?”. Nada de nada, amigos. Para Mulder aquí todo es normal. ¿Por qué no? Al fin y al cabo él tiene todas las ventajas del sexismo a su favor. ¿Qué más le da que yo tenga que soportar los inconvenientes?
Cuando salgo del baño me siento tangencialmente mejor pero la irritación aún emite hondas de energía radiactivas. Ponerme el estúpido pijama de raso no ayuda. Normalmente el raso me hace sentir femenina. Hoy me siento gorda, masculina, pequeña y fea. Y creo que me han salido granos.
¿La gota que colma el vaso? Mulder ni siquiera TOCA LA PUERTA cuando quiere venir a mi habitación. Directamente pasa. O bien asume que cualquier propiedad mía es una extensión de las suyas o bien no cree que yo pueda hacer algo tan interesante como para que su fabulosa presencia no me fascine.
Nota: Normalmente su fabulosa presencia me fascina pero uno, no viene al caso y dos, hoy lo único que quiero del niño prodigio del FBI es que desaparezca de mi vista. Fin de la nota.
- Hey-, dice, al entrar por la puerta de conexión. Ni siquiera merezco una palabra. Solo “hey”. Seguro que saludan diciendo “hey” a las vacas en este cuchitril.
Me niego a contestar. Hago como que es terriblemente urgente secarme el pelo con la toalla. Para ver si se da por aludido. Naturalmente, intento no mirarle. Porque, ¿francamente? Que haya venido vestido así –desvestido así, para ser exactos- es el colmo.
No es el colmo. Es lo que hay cuando llegas al colmo, preguntas cuál es la siguiente parada y avanzas hacia allí.
Camiseta blanca y calzoncillos. Fox Mulder lleva camiseta de algodón blanca y calzoncillos de un azul oscuro. ¿Por qué no? Hace cincuenta grados, como mínimo. ¿Por qué no va a ir vestido así SI ES LO MÁS CÓMODO! Lleva trabajando así tres días, hasta donde yo sé. Apareciendo en mi habitación cada noche exactamente así –cambia el color de los calzoncillos, afortunadamente- para comentar cualquier estupidez insignificante sobre el estúpido e insignificante caso del infierno. ¿Crees que Satanás se manifiesta a través del ganado bovino, Scully? ¿Crees que quizá los extraterrestres se transfiguran en terneros, Scully? ¿Crees que podría, realmente si lo intentara mucho podría ser aún más sexy?
No lo creo, Mulder. Ni por asomo, Mulder. Ni aunque lo intentaras, Mulder.
Ala, sí, lo que quieras. Exhíbete con despreocupación como si las de afuera fuésemos de palo. Me da igual. Haz lo que quieras. Soy inmune a tus supuestos encantos.
Y lo repetiré tantas veces como sea necesario hasta que me lo crea.
Ahora se sienta en mi cama. Genial.
- No puedo creer que Skinner nos obligue a dejar el caso- protesta.
¿Está haciendo pucheros? ¿Está haciendo PUCHEROS en MI cama? No puedo creer que esté haciendo pucheros. Soy una mujer adulto. No puedo creer que me resulten atractivos. Es inaceptable. Necesito un psiquiatra.
No contesto. Ni siquiera un gruñido. Siéntate en mi cama. En calzoncillos, como quieras, idiota. En este momento su floreciente energía sexual me irrita como un delito de alta traición al género femenino en general y mi gorda y masculinizada persona en particular. No es metro ochenta en calzoncillos. Es un cerdo machista que no sabe respetar mi espacio y no deja de hablar de no-sé-qué. Solo presto atención cuando me hace lo que parece una pregunta directa.
- Scully, ¿tu baño tiene ducha?
- No.
Mi “no” es cortante. Seco. Brutal. En la aldea de los monosílabos insultantes mi “no” es el alcalde. Mi “no” quiere decir “no, cerdo y lárgate de aquí” pero el cerdo ni se inmuta.
Oink oink y oink, Mulder.
- No tengo ducha- le explico. Con el mismo tono que emplearía si Mulder tuviera un retraso grave. - Me he bañado- añado. Por si no es lo bastante listo como para sacar él solito la brillante conclusión. Cosa que me extrañaría porque, oh dios, es TAN brillante y TAN listo.
Su respuesta es un mohín, encogimiento de hombros y la frase más estúpida que ha dicho nunca. Y ya es decir porque las cosas que han salido de esa boca en estos años van de lo estúpido a lo rematadamente estúpido.
- Odio bañarme-. Mohín, pucherito, suspiro. - No quepo ahí dentro.
Tengo que matarle y deshacerme de su cadáver.
Si esta vez le disparo juro por Dios y las sufragistas del mundo que NO será ni remotamente cerca del hombro. No señor, apuntaré a un apéndice significativamente más molesto. En nombre de la justicia entre géneros. Seré aclamada como una leyenda feminista. ¿Me acaba de llamar enana piernas cortas OTRA VEZ? Claro yo soy un gnomo, por eso puedo bañarme. Él es un Adonis, pobrecito mío, por eso no entra en la mierda de bañera.
Me contengo y no respondo nada. Rezo para que eso que tiene entre las manos no sea una bolsa de pipas y esté a punto de ensuciar mi cama con las cáscaras.
Mulder, en serio, ¿entro yo a tu habitación sin tocar la puerta en bragas y sujetador? Para qué me molesto. Si lo hiciera su reacción sería preguntarme hasta qué punto creo en la posibilidad del Anticristo manifestándose a través de la leche frita. Creo que Fox Mulder forma parte del amplio espectro de personas, desde mi madre, hasta las monjas de mi colegio, pasando por los chicos del instituto, los compañeros de la academia del FBI y probablemente Skinner, que creen que no seguir tus impulsos sexuales constantemente, significa que no los tienes.
- Dudo que en esta ciudad sepan lo que es una ducha, Mulder. Pero si se lo pides amablemente cualquiera de las chifladas lunáticas que hemos entrevistado hoy te frotaría la espalda encantada.
Sueno irritable. Eso está bien porque lo que quiero es que Mulder salga de aquí, me deje a solas con mi mini bar, que espero que tenga chocolate, y me olvide. Ahora.
Me siento vulnerable, Mulder. Me siento fracasada. Para rematarlo, me siento tan atractiva como un bate de béisbol. Y peor todavía. Me siento culpable por sentirme afligida por no ser lo bastante atractiva. Lárgate.
Apuesto a que Mulder nunca se siente poco atractivo con su cohorte de seguidoras babeando tras él. Apuesto a que se mira al espejo cada mañana y se excita solo con hacerlo. Apuesto a que en esas sesiones compulsivas masturbándose piensa más en sí mismo que en esas tetonas operadas actrices porno de porquería que pueblan su videoteca.
No se larga.
- ¿Cómo puede no haber ducha? Es el siglo XXI-. Y pone cara de perrito malherido mientras se repanchinga en la cama. En MI cama. Probablemente la suya tampoco es lo bastante grande para él. Oh, qué pena, Mulder. Yo he tenido que soportar que este pueblo viva en el siglo diecinueve con un agravio mucho peor que el hecho de que no tengan duchas. Ahora apechuga con tu metro ochenta, orangután.
Pero no lo digo. Porque yo soy así. Reprimida. Se lo escuché decir una vez a Tom Colton cuando él creyó que yo no le escuchaba. Dijo que “la jovencita Scully” habría tenido que fingir muchos orgasmos con Jack Willis porque yo era tan fría como los cadáveres que solía analizar en Quántico.
Si un día muere ese cerdo, juro que le haré una autopsia dolorosa si tal cosa es posible. Me aseguraré, al menos, de que le entierren sin sus testículos y su diminuto micro pene.
- ¿Y el colchón? ¿Has oído mi colchón? – continúa, inmune a mi mal humor. – Creo que está apunto de romperse. Cruje tanto que es como acostarse con la Filarmónica de Viena.
Seguro que lo sabe por experiencia.
Seguro que cree que me importa.
Seguro que cree que anoche traté de aguzar el oído para tratar de imaginar qué clase de movimientos hacía para que ese bendito colchón maullara como un lobo malherido.
Por si alguien se lo pregunta no lo hice.
No.
Tal vez un poco. Pero solo porque no conseguía dormir. Interés científico.
- Mulder, iba a acostarme.
Esperemos que eso baste y el mago de las intuiciones sea capaz de darse cuenta de que sencillamente no estoy de humor. Pero no. Aparentemente, Mulder es el rey de las corazonadas cuando se trata de cazar asesinos en serie de cuatrocientos años de antigüedad pero cuando se trata de entenderme a mí, necesita un mapa de carreteras y un manual de instrucciones.
- ¿Tan temprano?- pregunta. Y sigue a lo suyo como si yo no existiera o mi “iba a acostarme” no fuera en serio.
¿Cómo iba YO a acostarme cuando ÉL cree que es temprano?
Dios. Los hombres no son de Marte. Los hombres son de Apple City, Alabama.
Mulder ha cogido mi mando a distancia y yo tiro los zapatos en dirección a la pared mientras controlo mis impulsos homicidas. La tele ya estaba puesta, en el Discovery Channel, para ser exactos pero Mulder ha creído que su zapping compulsivo y típicamente masculino es mucho más interesante PARA MÍ que lo que YO había elegido ver.
Me chirrían los dientes.
- Pensé que saldríamos a cenar. ¿No tienes hambre, Scully?
Gracias a Dios ha vuelto a poner la tele en el mismo canal donde la encontró. Por desgracia ha combinado tan hábil estrategia con ponerse a comer pipas. De momento intenta guardar las cáscaras en una mano mientras tiene la bolsa en la otra pero SÉ que acabará llenando de estúpidas astillas llenas de su saliva MI cama.
Me odio a mí misma porque la unión de “saliva”, “Mulder” y “cama” me haya hecho imaginar escenarios terriblemente poco deseables. ¿Cómo puedo ser tan débil? ¿Cómo puedo estar tan enfadada y aún así fijarse en los músculos del brazo dentro de la camiseta? Creo que necesito otro baño.
- No tengo hambre- digo. Todavía irritable.
Mulder, fuera de mi habitación. ¿Realmente tengo que echarle? ¿Es tan, tan, tan idiota? ¿Por qué pregunto?
- Has comido un sandwich vegetal hace seis horas. ¿Cómo es que no tienes hambre?
Me mira como si yo tuviera un desarreglo alimenticio. Como si estuviera preocupado. No, lo retiro. Como si fuera mi padre y estuviera preocupado. Y si lo hubiera dicho en otra situación quizá no sería molesto. Pero que se preocupe por mi salud como un padre mientras están en ropa interior en mi cama solo demuestra que hay una razón por la que Fox Mulder es la única persona en este pueblo que me trata como una profesional respetable.
Porque cree que soy un hombre. Un hombre heterosexual, claro. O quizá cree que soy un árbol. O una pieza de mobiliario. Desde luego, no se ha dado cuenta de que soy una mujer.
Eso es. La solución del enigma a la guerra de los sexos. La única forma de que te traten con respeto es que anulen tu identidad sexual, que la nieguen. O quieren acostarse contigo o te escuchan en el trabajo. Es imposible que te vean como alguien atractivo y además un colega.
¿Por qué me molesta? Ya lo sabía, ¿no? Maldito caso. Maldita noche. Maldito, maldito, maldito calor. Maldito Mulder con sus estúpidas piernas musculosas y su estúpida manera de tirarse en la cama sin dejar de mirarme. Mulder hace que me moleste. Mucho. Maldito.
- Este calor me quita el apetito, Mulder.
Estoy tan enfadada que noto calor detrás de las orejas.
- ¿Y unas pipas?
Extiende la mano. Está sudando levemente. Piernas cruzadas sobre mi cama. Pelo revuelto. Brazos que se adivinan musculosos bajo la camiseta blanca. Unos pies enormes y una mirada ligeramente cansada, totalmente atenta en mí. Sexy sin ni siquiera intentarlo. Sexy sin darse cuenta. Terriblemente sexy sin mover un solo músculo. Puedo ver su lengua abriendo las pipas, separando la carne de las cáscaras. Lengua suave y brillante por la saliva y quizá, salada y espesa, deslizándose lentamente en la boca, como si abriera el interior de una semilla, y ¿qué estoy pensado? Ajena a mi voluntad, me imagino a mí misma tumbada en esa cama, completamente desnuda, las manos hundidas en el pelo de Mulder, y su lengua entretenida en saborearme con la misma concentración, separando mis labios interiores como separa las pipas, lamiendo el interior, abandonado al placer, destrozándome con la misma calma sensual con la que desmenuza una a una ¡las condenadas pipas! Llevo tantos años sin sentir la lengua de otra persona en ninguna parte de mi cuerpo que solo esa imagen hace que note una oleada de vapor calentándome todo el cuerpo.
Le odio. Es un homínido sin desarrollar y le odio.
Todavía me ofrece las pipas. Por mí, puede metérselas por donde Skinner no pasa revisión.
- No quiero nada, gracias.
Que se vaya, por favor. Que se vaya porque ya me he secado el pelo y no tengo nada más que hacer y no pienso acostarme mientras él está acostado en la cama. Mulder, por favor, interpreta mis poco sutiles señales y vete. Anda, demuestra que por algo te admitieron en Oxford.
- Solo quiero acostarme.
No me doy cuenta de que he dicho algo que pudiera tener un doble sentido hasta que veo su expresión. Satisfecho, divertido, como un felino que se encuentra con una bola de lana para tejer. No se ríe y sin embargo todo su expresión es una sonrisa. De la peor clase.
No voy a sonrojarme.
Noto calor en la cara.
Sé que ya me he sonrojado.
Cochina constitución de pelirrojos. Si Mulder hace un solo comentario voy a salir huyendo de Apple City, Alabama, y pararé solo cuando aparezca ese cártel que dice “está usted atravesando la frontera con Canadá, ¡bienvenido!”. Lo juro. Creo que tengo el pasaporte en el bolso. Pediré asilo político. Diré que vengo huyendo de un homo erectus peligroso.
Homo sapiens.
¿Por qué he pensado “homo erectus”?
¡Erectus no! ¡Erectus malo! Australopitecus, sapiens, lo que sea. Pero erectus no. ¡No!
- Si querías acostarte, haberlo dicho antes, mujer.
Su sonrisa – conocida en el mundo del rock como La Sonrisa Antes Conocida Como el Amago de Sonrisa- debe ser la misma que ponía con dieciséis años cuando miraba por debajo de la puerta del baño de las chicas, el engreído estúpido de Fox “Soy Irresistible Y Puedo Hacer Que Todo Tenga un Doble Sentido” Mulder. Fox “oh, no, nadie excepto TODA LA POBLACIÓN FEMENINA AL OESTE DE LAS AZORES me llama por mi nombre, así que llámame” Mulder.
Se acabó. Voy a echarle. Voy a echarle y después voy a cerrar la puerta con pestillo y voy masturbarme. Acabo de decidirlo. Por puras y simples razones médicas. Obviamente, me siento frustrada y necesito una dosis de serotonina. Todos los seres vivos necesitan la descarga sexual y yo, mientras no se demuestre lo contrario, estoy viva. Tangencialmente. Al fin y al cabo una cosa es ESTAR viva y otra cosa TENER una vida. Así que, solo tengo que conseguir que se vaya de mi cama y luego, acostarme en ese mismo sitio y mientras su olor todavía se distingue, hundir la cara en la almohada y aliviar con mis propios dedos toda esta tensión.
Le odio.
- Mulder, te veo por la mañana.
Está a punto de decir algo. Incluso mueve los labios pero no sale ningún sonido. Parece que, por un momento puedo oír las palabras, como si estuvieran escritas en un enorme bocadillo sobre su cabeza y nuestras vidas fueran tiras de cómic. Creo que está a punto de decir “¿qué te pasa, Scully?” o “¿estás enfadada, Scully?” y entonces me doy cuenta que solo la posibilidad de que me pregunte algo así podría irritarme más que el hecho de que no lo pregunte. Porque yo, escúchame bien, Fox Mulder Genio de la Anti-Lógica, no quiero hablar de lo que me pasa, solo quiero que lo adivines automáticamente y me hagas sentir mejor.
No. No es razonable,.
No. No es justo. Pero es así y Alabama tiene la culpa, señor.
Se levanta sin decir nada y veo cómo flexiona los músculos de las piernas, haciendo un esfuerzo que una vez más y por razones que desconozco resulta sexy. Cama + ropa interior + Mulder = ¿cómo no va a resultar sexy? Camina hacia la puerta de conexión y me mira una última vez.
Ligeramente compungido, totalmente sexy.
- Que no te piquen las chinches.
Que se atrevan a picarme si tienen lo que hay que tener. La puerta se cierra y apenas me da tiempo a fijarme en las nalgas de Mulder, que se adivinan musculosas, bajo el azul intenso del calzoncillo.
He dicho apenas.
Creo que pasan, no sé, puede que treinta segundos, antes de escuchar el chirrido de la cama, preguntarme qué será lo que estará haciendo, amonestarme mentalmente por seguir pensando en él y meditar si necesito otro baño, cuando escucho el crujido, seguido del golpe de su cama contra el suelo, seguido de lo que me ha parecido un grito como el de una niña.
Abro la puerta como una exhalación.
- ¿Y ahora qué ha pasado? –pretendo decir. O tal vez, “¿Mulder, estás bien?”.
Pero, en lugar de eso, digo algo un poco menos apropiado. Mi subconsciente me delata y la frustración habla por mí.
- ¿Y ahora qué has hecho, Mulder!
Las dos patas delanteras de su cama están rotas y Mulder –en calzoncillos- se ha deslizado hacia el suelo, cayendo sobre su glorioso, soberbio y estúpido culo. ¿Es que esta noche no va a acabarse nunca? Intento pensar en algo que pudiera empeorar mi humor pero, ¿con franqueza? No se me ocurre. Y sin embargo, tengo la sensación CLARA de que Apple City, Alabama, y sus novecientos tres habitantes del infierno van a demostrarme que si no se me ocurren desgracias peores es por mi total, absoluta, legendaria y galopante falta de imaginación.
***
Diez de la noche.
Lista actualizada del Top Ten de las creencias de Fox Mulder.
Creo, en primer lugar y más importante, que a Scully no le gusta Alabama. Y creo, en segundo lugar, que el Dios de las pequeñas desgracias tiene demasiada imaginación. Por último, creo que alguien Ahí Arriba me tiene manía. En serio. Justo cuando crees que el día no va a torcerse más, que has tocado fondo, es cuando el suelo se hunde y caes desde la cama para darte en el culo. Entonces miras más abajo y todavía quedan varios metros hasta el suelo. No importa donde caigas, siempre hay algo más abajo.
Esta bien, lo reconozco. Es culpa mía que estemos aquí. Mía, mía, mía culpita mía. Qué puedo decir. De haber sido auténtico, el caso era una verdadera mina. Desgraciadamente, no hay caso, y Apple City, Alabama, es un fraude. Pero, ¿cómo iba yo a saberlo sin venir hasta aquí? Vale. Sí. Podéis decir “Scully te advirtió, Mulder”. Pero Scully siempre cree que cualquier caso que yo le presento es una pérdida de tiempo. Si fuera por ella tendríamos tan pocos gastos de viaje que los inútiles de Contabilidad nos habrían condecorado. Que Scully me avise de la falta de sustancia de un caso es como si el gobierno dice que no hay ningún peligro para el Medio Ambiente cuando se está hundiendo un petrolero. Lo has oído tantas veces que ya no escuchas.
Lo que no calculé es el calor. Eso lo admito. Este agradable clima de cuarenta grados a la sombra y noventa por ciento de humedad en un motel donde no-tienen-duchas. ¿Cómo es posible? ¡No tienen duchas! Bañeras. ¿Quién usa bañeras, aparte de los toda la jodida población del Reino Unido y Scully? Esto es como una regresión a mi piso de estudiante en Oxford. Las mejores bibliotecas del mundo y todo un país sin duchas.
¿Lo peor de todo esto? ¿Lo verdaderamente PEOR de todo esto? Que no solo estoy decepcionado por el caso (o mejor: por el no-caso), no solamente estoy muerto de calor por el clima y de mal humor por el incidente de la Fabulosa Cama En Forma de Tobogán, sino que además me siento confuso. Y sobre todo, me siento culpable. Lo sé, viniendo de mí qué-gran-sorpresa. La novedad es que esta vez, ni siquiera sé por qué me siento culpable.
Tal vez ella tenga algo que ver.
¿Y ahora qué has hecho, Mulder?
No dejo de escucharlo en mi cerebro. No dejo de verla. Entrando en la habitación con esa mirada gélida, todo tensión y mal humor, taladrándome con su severidad, juzgándome como si yo hubiera decidido romper la cama a propósito y alterar su exquisito descanso.
¿Y ahora qué has hecho, Mulder, estúpido idiota que no deja de estropear mi ordenada vida? ¿Y ahora qué has hecho, patán sin evolucionar que está tan por debajo de mí que la sola comparación resulta ridícula? ¿Has encontrado la manera de volver a molestarme, de irritarme, de hacerme perder la paciencia, enfadarme, meterme en líos con Dios, el FBI, mi madre y Skinner?
Puede que no lo dijera con esas palabras pero puedo oír cómo piensa. Lo juro.
Creo que es evidente que está molesta. No, eso no se ajusta bien a la realidad de los hechos. Para ser científico y preciso, tendría que decir que está enfadada. Para ser aún más preciso, cabría señalar que Dana Scully está cabreada. Creo que ése es el término científico. Es fácil notarlo porque cuando no esquiva mi mirada, está apretando los dientes hasta que veo marcas en la mandíbula y cuando no tiene ambas cejas levantadas es porque está suspirando como si tuviera que hacer un esfuerzo terrible por tolerar mi repugnante presencia en la misma habitación a la que ella ha elegido honrar con su presencia.
Ya sé que soy inferior a su Scullycidad, pero, ¿es tan horrible vivir en el mismo universo al que yo irrito con mi existencia?
Pregunta idiota. Probablemente sí es tan horrible.
La verdad es que creo que esto se ha estado cocinando desde que llegamos. De hecho, desde que puse el caso encima de la mesa. Puede que Scully tenga algo en contra de Alabama, o algo en contra del caso. Pero es difícil distinguir una falta de apasionamiento concreta porque ella... bueno, porque ella siempre mira todos los expedientes como si no merecieran de su parte mayor comentario que un bufido y un arqueamiento de cejas. Pero creo que éste, especialmente, le irrita. Me gustaría decir que mis poderes de percepción extrasensorial me permiten adivinar lo que le pasa, pero primero, no tengo poderes de percepción extrasensorial, segundo, soy un hombre, lo cual quiere decir que no tengo ni la más remota idea de qué le pasa, tercero, ella jamás me dirá qué le pasa pero esperará que lo sepa y cuarto, creo, sinceramente, que esta vez, por una vez, no he hecho nada. Lo juro.
Vale sí, es un caso idiota y sí, es una ciudad horrible pero, ¿qué culpa tengo yo de que aquí no sepan construir los colchones de manera que no acaben por ceder cuando te tiras encima?
Dios, joder, al gerente de este sitio le apesta el aliento a alcantarilla. Estoy detrás del mostrador y aún así creo que necesito una mascarilla de oxígeno. Este tío es tan desagradable físicamente que hace que tenga ganas de acostarme con Frohike solo porque en comparación, la redacción de La Bala Mágica es el harén de la diosa Afrodita. Si el David de Miguel Ángel es el canon de la belleza este tío es el modelo que utilizan en el infierno para dar forma a las pesadillas de los niños. Es como un troll. Y lo dice alguien que ha visto auténticas fotos de trolles escandinavos.
De hecho, tengo un archivo sobre el caso. Es bastante interesante, un expediente X clásico, pero todavía no he conseguido que Skinner autorice los gastos de viaje hasta los fiordos noruegos. Estoy en ello. Más que nada, porque me encantaría ver a Scully en anorak.
- Lo siento muchísimo- dice, arrastrando las palabras con lo que debe ser pereza crónica- la verdad es que nunca nos había pasado algo parecido pero... en fin, no tenemos más habitaciones libres, señor. Qué quiere que le diga.
Otra vez con eso. ¿Cómo puede ser? ¿Cuánta gente puede necesitar un motel aquí? ¿Cuánta gente elige venir aquí voluntariamente?
Era una pregunta retórica. Por un segundo olvidemos que YO soy una de esas personas, ¿vale?
- Y qué hay de una cama. ¿No tiene una cama de sobra? ¿Una cama supletoria?
Me mira fijamente. No creo que conozca el significado de la palabra “supletoria”. Encoge los hombros. Si es que eso son los hombros. Están debajo de la cabeza, al menos. Pero no veo el cuello, así que me cuesta orientarme. Si le saco una foto podría hacerle pasar por un Big Foot y Skinner se lo creería. No es mala idea. Tiene los ojos tan hundidos en el cráneo que tendrían que usar una excavadora para ponerle lentillas.
- Hay un motel en Willow Creek.
Me lo dice como si yo llevara el mapa de Alabama tatuado en el brazo. Cuando le pregunto dónde carajo está Willow Creek –si es que realmente existe- siento un hilo de esperanza al oír “no muy lejos” y luego mi hilo de esperanza se corta y choca contra el suelo porque, aquí, el eslabón perdido cree que cincuenta kilómetros es “no muy lejos”. ¿En qué extraño sistema métrico mide las distancias para que eso sea “no muy lejos”? ¿Es que Alabama no se rige por el sistema métrico universal? Es de noche, hace calor, no me he duchado, ni si quiera voy calzado porque quise huir de esa habitación todavía con los vaqueros en la mano antes de que Scully encontrara la manera de hacerme sentir todavía peor con esa mirada de reprobación infinita. ¿Y este tío quiere que conduzca cincuenta kilómetros? Tengo que coger un avión mañana. ¡Temprano!
Estoy a punto de explicárselo, cuando se me corta la respiración en seco y veo una aparición que llega – flota- desde la parte trasera al mostrador. Madre mía.
- Papá, no seas desagradable con nuestro cliente, al fin y al cabo, no es culpa suya que se haya roto la cama.
La teoría de la evolución de las especies es un fraude.
Mi respeto por Charles Darwin se va de viaja a Manchuria en el mismo momento en que mi mandíbula choca contra el suelo. No puedo creer que el recepcionista, el mismísimo Rey de los Monos sea el padre de... ella. Y no soy una persona que use habitualmente la expresión “no puedo creer”.
- Disculpe a mi padre, señor...
Su voz es aflautada. Casi musical. Divina.
- Mulder- consigo decir.
Madre mía. ¡Madre mía! ¿Le ha llamado “papá”! ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser! Él debe ser pariente de la familia Peacock y ella es la portada del Seventeen con tres años más, una melena morena y lanosa que cae sobre los hombros como si fueran crines de caballo, una sonrisa increíblemente sexy, y curvas en las que hace falta ponerse el cinturón de seguridad. ¿Dónde está el parecido? ¿Dónde están las leyes de la genética?
- Siento muchísimo lo de su cama.
Tiene esa especie de franqueza mezclada con dulzura. ¿Cómo debe ser su madre para haber equilibrado la mezcla genética? Ni siquiera hay un leve parecido por estadística. Podrías decir “bueno, ambos tienen dos ojos” pero no es cierto. Ella tiene dos ojos y él tiene dos pozos en mitad de la cara.
- No pasa nada- murmuro. – El problema es que necesito un sitio donde pasar la noche y parece que no hay habitaciones libres.
Mira a su padre. Con esos preciosos ojos verdes. ¡Es que no se parecen en nada! No puedo quitarle ojo de encima. Intento buscar la similitud y me pregunto si el gen de la brutalidad aparecerá de pronto en sus nietos y ella tendrá que ir con unos niños feísimos y peludos mientras la gente se pregunta, horrorizada, de dónde han salido esos monstruitos. “Se parecen a su abuelo” dirá ella, avergonzada de su propia simiente.
Puede que la adoptaran. Eso tiene sentido. Seguramente, si Scully estuviera aquí me diría que eso tiene sentido. Pero tuvo que ser un asistenta social muy cruel la que dejó este ángel con semejante lobezno.
- Papá, ¿no crees que podríamos dejarle al señor Mulder la habitación de invitados en casa?
Antes de que su padre diga que sí, porque sé que no podría decirle que no a este milagro que Dios le ha enviado, antes de que yo pueda decirle que no porque me parece un exceso de generosidad y no estoy dispuesto a dormir en la misma casa que el Hombre de las Cavernas, una voz inconfundible corta el aire de la habitación en seco. Y cuando digo en seco, quiero decir en seco. Planchado y sin arrugas. Esa voz que habitualmente siempre tiene un matiz de cortesía, incluso de afecto, es hielo puro. Y está humeando porque aquí, señoras y señores, hace FRÍO. Dana Scully emite el Gas de la Ira y hace que todo el calor desaparezca.
- No creo que haga falta.
Nos volvemos los tres hacia ella. El tonto (ese soy yo), el feo (no hace falta que diga quien es) y la Bella. Scully la está mirando a ella, sobre todo. A veces mira al troll. Pero nunca a mí. Creo que está más cabreada que hace quince minutos cuando la dejé arriba y me escurrí a recepción medio desnudo. De verdad, de verdad, DE VERDAD, que no he-hecho-nada. Scully, ten piedad de nosotros, solo somos simples mortales.
- Tenemos que madrugar muchísimo y no queremos molestar. Estoy segura de que el agente Mulder y yo encontraremos una manera de pasar la noche hasta entonces.
- Pero... –la hija del gerente comienza a elaborar algo que podría ser un intento de rebatir ese argumento tan convincente pero cambia de idea cuando es víctima de una de las miradas paralizantes de mi compañera. – Como quiera.
- Gracias.
Au. Ese “gracias” ha dolido. Es como si le hubiera escupido. El gracias menos agradecido de la historia. Y eso es todo. Y cuando Dana Scully da por zanjado un tema, el tema está zanjado. Está zanjado, cerrado, clasificado, sellado y lacrado. El tema es historia, amigos. Scully dice “buenas noches” y luego, mirándome sin mirarme de manera que siento cómo literalmente mis testículos encogen y se arrugan y se hunden en el estómago, añade “no molestemos más a esta gente, Mulder”. Y empieza a subir las escaleras. Pasos brutales, secos, cortantes. Está tan tensa que si se doblara para recoger mi autoestima del suelo se partiría en dos.
Nota: al llegar a Washington mirar si Urano está en la casa de Júpiter. ¿Era así? Marte en la casa de Urano. No recuerdo bien. Nota dos: Mirar mis notas sobre el caso de Comity y comprobar cuál era la combinación astrológica que convertía a Scully en la versión mejorada de La señorita Rotenminator. Asegurarme de que no se está repitiendo en Alabama. Fin de la nota.
Me cuesta trabajo seguirla por las escaleras. Para tener unas piernas más pequeñas que las mías corre que se mata. Mientras la persigo y me pregunto si va a sacar un paleta y darme unos azotes en el culo (reconozco que la idea me provoca una especie de calambre morboso por debajo de la cintura), empiezo a convencerme de que voy a dormir en el suelo. A no ser que esta Scully Super Enfadada y Mineralizada tenga también el don de hacer aparecer las camas de donde no las hay.
El agente Mulder y yo encontraremos una manera de pasar la noche.
Si no estuviera tan cabreada solo esa frase me tendría aullando a la luna pero ahora mismo me pregunto qué tortura tendrá pensada para mí. Cuando llega a su habitación deja la puerta abierta y todavía sin atreverme a hablar, paso tras ella. ¿Debería decir algo o cualquier cosa que saliera de mi bocaza empeoraría la situación?
Probablemente, la opción B.
- Tenemos que levantarnos a las seis y media para poder llegar al avión- dice. Hablándome como si fuera retrasado y no lo supiera. – Puedes quedarte con mi cama. Yo dormiré en el sillón.
¿Ése era su plan? ¿Ése? ¡No voy a dejar que duerma en el sillón!
Me fijo por primera vez en que se ha puesto un jersey para bajar a recepción pero todavía lleva pantalones de pijama. Pantalones de raso verde de pijama. El pelo está casi seco –es normal, con este calor- y no se ha peinado, de modo que hace una cosa entre lisa y rizada que le hace parecer un poco fuera de sí. No voy a reconocer cuánto me gusta. Ella está enfadada conmigo y no soy tan patético como para estar fijándome en su pelo.
Sí que lo soy.
Digamos que me gusta.
No digamos cuánto pero bastante.
- Scully, no voy a dejar que duermas en el sillón. Ya dormiré yo.
- ¿Tú?- cuando dice “tú” me siento diminuto e idiota y me convenzo de que ser “yo” es la peor desgracia que podía haberme pasado. Lo que está diciendo es “¿tú, absurdo enano mental? ¿tú, pobre desgraciado?”- Mulder, ¿no cabías en la bañera y pretendes caber en ESE sofá?
Tengo la intuición y quizá sea arriesgado afirmarlo, de que ALGO en mi comentario sobre las bañeras le ha molestado. Es difícil ser más tonto que yo, lo sé, pero me pregunto qué habré hecho EN REALIDAD.
Cuando se enfada, Scully respira más profundo y mueve los brazos con agitación. Eso significa que bajo el jersey puedo distinguir el balanceo de sus pechos. No lleva sujetador. Sé que no debería fijarme pero soy Mulder. La respeto, de verdad. Y la estoy escuchando pero hay un tío ahí dentro, en lo más profundo de mi cerebro que siempre se fija en estas cosas. El Mulder que piensa en el sexo veinticuatro horas al día. No me molesta mucho, no es muy importante y apenas me distrae la mayor parte del tiempo. Pero siempre está ahí. Fijándose en Scully y la forma en la que se balancean sus pechos y el aspecto de cama a medio hacer de su pelo y cómo engorda el perfil de sus labios cuando hace un poco más de calor.
- Esto no tiene sentido- concluye. – No estamos siendo razonables- sentencia. Como si no ser razonables fuera el mayor delito que se le ocurre. Probablemente lo sea. ¡No estamos siendo razonables! ¡Llamemos a la policía de la razón! ¡Que nos detengan!
Me pregunto si a veces no se cansa de ser tan Scully.
Me toca a mí ser razonable.
- La casa del gerente está aquí al lado, seguro que todavía está dispuesto a dejarme la habitación de invitados.
Mi primera suposición es que eso aliviara su enfado. Ahora que ha tenido dos segundos para pensarlo se dará cuenta de que es lo más sensato. Supongo.
Y supongo mal.
De hecho, supongo FATAL.
Porque en cuanto me oye, traga saliva, respira despacio – veo cómo intenta controlar esa respiración – y con la punta de la lengua se moja los tensos, preciosos y más rojos que nunca, labios de Scully.
Solo lo hace cuando está nerviosa – no parece el caso- o a punto de gritar “¡sálvese quien pueda porque voy a estallar!” Lo sé bien porque tengo anotadas en un archivo mental especial todas las veces en las que le he visto humedecerse los labios. Si pudiera convertirme en objeto durante un día sería su carmín.
Y ella está tan enfadada que si pudiera convertirse en objeto, sería una automática con el cargador lleno y una mira telescópica señalando a mis testículos.
Estoy perdido. Estoy totalmente perdido. Pero, ¡qué-he-hecho! ¿No quería que fuera razonable? Estoy dispuesto a vivir en la Casa del Horror de los Trolles solo por ser lógico, Scully, ¿no me merezco un caramelito?
Sin decir nada más, desaparece de la habitación. Un rato. Hacia la mía. Me he perdido.
- Mulder, ¿quieres venir y ayudarme?
Señor, sí, señor.
Cuando llego a mi habitación, está peleando con el colchón, tratando de moverlo al suelo. Es una maniobra incómoda y nos lleva un buen rato porque en primer lugar, el colchón es una de esas reliquias de plumas que no han sacudido desde que los estados confederados organizaron el último baile para celebrar la cosecha del algodón. Y en segundo lugar, con la cama rota, no hay espacio suficiente en la habitación para tumbar un colchón en el suelo. Intento hacérselo comprender pero está demasiado ocupada luchando para que no le venza el peso y la tarea de estar irritada conmigo absorbe a la mayor parte de su energía.
- Scully, no creo que haya sitio para dejarlo en el suelo.
Quizá sería más razonable romper las dos patas que se mantienen en pie, tirar el colchón encima y dormir ahí. No sería como pasar la noche en la habitación Lincoln de la Casa Blanca pero tiene más sentido que esta absurda lucha cuerpo a cuerpo “El FBI contra El Colchón” que estamos montando en la habitación. De momento, FBI 0- Colchón 1. Acabamos apoyándolo contra la pared, mientras Scully examina el suelo, aplicando, supongo, las leyes de la física y la matemática en un intento por encontrar una manera de dejarlo en el suelo.
Se escucha el ruido de sus pensamientos a toda máquina.
- En el suelo no hay sitio.
Me abstendré de decir que había llegado antes a la misma conclusión.
- Qué pena. Me hacía ilusión la fiesta de pijamas.
No sé estar callado ni siquiera cuando mi integridad física depende de ello.
Scully me mira con indignidad y mis testículos vuelven a hacer eso de esconderse dentro del vientre. El doctor Blockhead estaría orgulloso. Hay lamas que se entrenan durante años para conseguirlo con menos éxito que yo. Deberían probar las fulminantes miradas de Scully. Más efectivas que la castración química.
- Tenemos que levantarnos dentro de seis horas para coger el avión- sentencia.
Ya lo sabía pero les agradezco a Scully Airlines el aviso. Estoy a punto de proponer mi idea de romper las dos patas enteras de la cama, cuando noto con precisión cómo se detiene mi ritmo cardiaco.
- Mi lado de la cama es el izquierdo. – Dice con ese perenne tono de enfado y sin darle más importancia. – Procura no roncar.
La oigo a cámara lenta, lo juro. Ese tono de profunda irritación y esas palabras. Mi lado de la cama es el izquierdo. Esa manera científica de tomar una decisión razonable aunque la sola idea de compartir la cama conmigo le dé nauseas. Procura no roncar. Un hombre normal, un hombre con dignidad, con autoestima, con niveles normales de amor propio, se sentiría mortalmente herido por sus palabras. Quizá hasta se negaría a meterse en la cama de alguien que le trata así. Al menos se mostraría indignado y diría “no entraré en esa cama hasta que no me digas que te pasa”. Afortunada o desgraciadamente, no soy un hombre normal y creo que la dignidad, está francamente sobrevalorada. En mi caso, la reservo para enfrentarme furiosamente a todos aquellos que no son Scully y acaban de ofrecerme un lugar en su cama.
En su cama. Voy a repetirlo para convencerme. Yo voy a estar en SU cama. De pronto, Apple City, Alabama, ha pasado de estercolero apartado de la civilización a convertirse ante mis ojos en la pequeña París del Sur. Creo que lo más indicado dada la situación geográfica sería gritar “yewha” pero contendré mis impulsos porque, por si no lo he dicho, la sola idea de dormir a treinta centímetros de Scully está creando una especie de agradable tensión de temperatura media-alta al otro lado de mi bragueta, en el territorio donde la sangre se acumula y las ideas razonables se esfuman a la velocidad luz.
Contención, Mulder. Contención.
- Mulder- oigo su voz desde su habitación- me gustaría poder dormir al menos un poco. Si no vas a acostarte...
Le corto antes de que acabe. La palabra “acostarse” en sus labios es veneno con sabor a miel. Directamente entre las piernas.
- ¡Voy!
Tengo la certeza de que todo esto acabará fatal – al fin y al cabo voy a acostarme con una mujer enfadada que sabe utilizar un bisturí de precisión y tiene conocimientos profundos de anatomía – pero me siento atraído a la llama que me destruirá como los turistas que frenan cuando ven un accidente solo porque quieren ver la sangre. Soy igual. Huelo la sangre y necesito ver la herida.
Jo-der.
Cuando cruzo el umbral de su habitación me doy cuenta hasta qué punto va a ser una noche que merecerá un capítulo exclusivo en mi autobiografía titulado “una nueva forma de tortura: dormir con Dana Scully”. Se ha quitado el jersey, el verde del pijama es de una intensidad que solo refuerza ese color marfilíneo de la piel, el rojo descarado de los labios y el pelo revuelto. Acostada sobre la almohada, tapada con las sábanas en la cintura y enfrascada en rellenar los informes del caso con las gafas puestas mientras ME ESPERA para entrar en la cama, Dana Scully es lo más inalcanzablemente sexy que he visto en toda mi vida.
Malo. Maaaalo, dice una parte de mi cerebro.
Bueno. Bueeeeno dice la otra. No estoy segura de que esa parte sea de mi cerebro.
Acabo de darme cuenta de un pequeño detalle que, ni suele ser tan pequeño, ni tiene buena pinta porque si solo VERLA acaba de mandar un mensaje a mi entrepierna, me pregunto qué pasará cuando me tumbe en ese espacio libre de la cama que me está llamando a gritos y parece un templo sagrado y pueda olerla junto a mí. Respirando. Toda. La. Noche.
Especialmente teniendo en cuenta –aquí viene el detalle- que siempre –sí, siempre- descargo un poco de energía antes de acostarme. Sí, de ESA manera. Sí, SIEMPRE. Es una costumbre. Una compulsión. Llámese como se quiera. Soy, luego me masturbo. Que me juzgue el que quiera.
Maaaalo.
Hacía mucho que no era víctima del síndrome que amenaza mi futuro cercano. En el instituto lo llamábamos “dolor de huevos”. Seguramente tendrá algún nombre más científico pero por desgracia preguntárselo a Scully no parece una opción sensata.
Mierda. Tendría que haberme encargado del inminente problema ANTES de meterme a la cama con ella porque hacerlo DESPUÉS o DURANTE va a estar complicado.
Con ella en la cama.
Solo esas palabras hacen que sienta cómo flojea el suelo bajo los pies.
Scully observa (censura) por encima de las gafas. Me taladra con su mirada rayos láser y tengo la incómoda sensación de que mis pensamientos flotan en el aire de la habitación, transparentes como el cristal, bochornosamente expuestos a la luz de su juicio inquisitorial, mientras los suyos siguen siendo para mí ese misterio al otro lado de un cristal que puedo rozar pero jamás traspasar.
Me pregunto qué estará pensando.
***
Me pregunto qué estará pensando.
No, en serio.
Cuando se trata de trabajo no es difícil de adivinar. Al fin y al cabo esa cabeza es el Agujero Negro de la Lógica, el cementerio de elefantes de la sensatez. Cuando una idea razonable se siente vieja y enferma visita la mente de Mulder y se queda allí a morir, acompañada por los esqueletos de miles de ideas que una vez fueron sensatas y ahora están muertas. La máquina de los delirios. ¿Cómo no adivinar lo que estará pensando? Basta imaginar una posibilidad ilógica, imposible, surrealista y absurda y esperar a que Mulder diga algo ligeramente más idiota.
Pero eso es en el trabajo.
Esto es Alabama.
Esto es una habitación compartida.
Esto va a ser una cama para dos y no tengo NI IDEA de en qué estará pensando.
Me repito a mí misma que esto es NORMAL. ¿Cómo es esto? NORMAL. ¿Cuál es mi palabra preferida? NORMAL. Seguido de “lógico”. Seguido de “razonable”. Seguido de “helado desnatado”. Es NORMAL que haya invitado a Mulder a mi cama porque no sería NORMAL que le hiciera dormir en un sofá en el que no cabe o que le obligara a dormir en el suelo porque Mulder no está mal –para decirlo suavemente- pero tampoco tiene trece años como para dormir sobre un suelo de madera en el que habitan especies que se debieron extinguirse hace tiempo en el resto de estados de la unión. Me gustaría ver aquí a un par de criptozoólogos y leer sus conclusiones. Así que es –repetidlo- NORMAL que Mulder y yo –dos personas adultas- vayamos a compartir cama solo porque yo lo he decidido.
Naturalmente, no tiene nada que ver con que me pasara un cuarto de hora en esta habitación tratando de contener impulsos homicidas, convenciéndome de que Mulder no era el culpable de que su cama se rompiera o de que todos los paletos de este cuchitril sean unos desagrables holgazanes que no saben hacer la o con un canuto pero se creen por encima de todas las mujeres. Naturalmente no-tiene-nada-que-ver con que hiciera un esfuerzo por ser sensata y resolutiva y me decidiera a bajar a recepción para ayudarle con el problema de su cama solo para encontrarme a Mulder clavando la mirada en las tetas de una futura Miss Alabama que emitía una onda expansiva de feronomas que incluso los radares de Frohike en Washington deben haber detectado.
No tiene nada que ver con que este orangután, simio, cabeza de chorlito, pene pensante de porquería estuviera radiografiando a una chica que podría ser su hija –vale, su sobrina- y desnudándola mentalmente.
NADA.
No ha habido ninguna aparición sorpresa y furibunda de la Scully territorial.
Nada que ver con celos de intensidad ocho en la escala de Richter.
NADA.
Ni hablar.
TODO. NORMAL.
No estoy enfadada.
No estoy enfadada y lo repetiré hasta que me lo crea.
Estoy furiosa.
Meto la cabeza en mi informe y respiro con normalidad, tratando de conciliar el hecho de que en este momento algo que sé que es el trasero de Mulder se está apoyando en la cama. En la misma cama en la que estoy YO. En esa cama. No pasa nada. Solo es el trasero de Mulder. Solo el trasero en el que me gustaría pegarle. ¿Puedo pegarle? ¿Puedo pegarle y ver cómo enrojece una de esas nalgas y después lamer suavemente hasta que pase el dolor? ¿Puedo dejar de pensar ese tipo de cosas? Dios mío, se me está notando en la cara. ¿Se me está notando en la cara? ¿Qué demonios dice mi cara? ¿Me está traicionando? Porque mi cerebro dice “no pasa nada, Dana, solo vas a dormir con tu compañero” y el resto de mi cuerpo dice “yewha!”
Mulder se recuesta en la cama.
Dios mío.
Hace calor.
En esta habitación hace calor y en Alabama hace calor pero no tengo calor porque haga calor. No es por eso, señor. Porque solo tengo calor en un sitio concreto, en el límite entre las piernas y mis fantasías. Y no tiene nada que ver con los grados Farenheit. Lo que experimento se mide en grados Mulder. Muchos grados Mulder.
No debo levantar la cabeza del informe. Bajo ningún concepto.
Espero que Mulder haya sabaido interpretar mis pocos sutiles señales y se digne a no hablar.
Por favor. Sé que diga lo que diga, solo conseguirá molestarme más. Por favor, Mulder.
- ¿Te has fijado en la hija del recepcionista?
Antes de matarle, tengo que torturarle. Antes de matarle, tengo que torturarle. Antes de matarle, tengo que tor-tu-rar-le. ¿De verdad me ha preguntado eso? ¿DE VERDAD?
- No tan bien como tú-. Respondo apretando los dientes. - Me he olvidado mi mirada de rayos X en casa.
Cállate, cerdo. No somos compañeros de instituto. ¿Se ha pensado que soy un hombre? ¿Uno de sus colegas de campamento de verano con el que poder compartir litera mientras habla de lo buena que está alguna de las chicas de los cursos superiores? ¿De verdad me considera asexuada hasta el punto de tratarme como a un chico? ¿De verdad es tan tonto?
Aquí estoy yo, pensando en cómo debe ser sentir su culo bajo la lengua y aquí está él, planeando cómo acostarse con otra.
- Estaba fijándome en el parecido con su padre.
Y si alguna vez ha habido una excusa ridícula e infantil para mirarle las tetas a una chica, esta es la más ridícula y la más infantil.
- No hay ningún parecido, Scully, ¿te has fijado? Es un expediente X.
No puedo creer que siga con esta chorrada del parecido.
- No. No me he fijado – mi tono apesta tanto a celos que trato de disimular siendo tan fría como el hielo, si ahora alguien pusiera un térmometro en mis paalbras, explotaría el mercurio. - Pero estoy segura de que si le presentas a Skinner el caso le parecerá tan fascinante que podrás quedarte un par de días para investigarlo.
Estoy segura de que tendría planes para esos días.
- Ah, no, mientras no tengan duchas ejerzo mi derecho constitucional a no visitar Alabama.
JA.
Ja, ja y otra vez ja. Cuánto encanto, Mulder. De verdad, qué gracia y qué simpatía. Fin de la ironía.
Sí, claro. DUCHAS. Ya hemos dejado claro que muy por encima del hecho vergonzoso de que en este pueblo me traten peor que al estiércol, la verdadera tara de Appel City es no contar con un buen sistema de duchas. Naturalmente. Ante todo, Mulder, me alegro de que tengas claras tus prioridades.
- Dime una cosa. En el fondo, te alegra de que esté caso haya resultado un fraude.
Me arrepentiré pero no puedo evitar levantar la mirada del informe.
MIERDA.
Mala idea. Mala, mala, mala.
Tienes los ojos más verdes de lo normal.
- ¿Me notas especialmente alegre, Mulder?
- Venga ya. Prefieres que sea un fraude y no un caso de actividad satánica legítima.
¿Quieres que te enseñe verdadera actividad satánica legítima, idiota?
- No sé qué decirte, Mulder, puesto que el FBI en cincuenta años de historia no ha conseguido documentar un solo caso de actividad satánica legítima. Ni uno- recalco. – Nunca. Jamás.
Suspira. Profundamente. Arranca el aire de mis pulmones para meterlo en los suyos. Profundamente. Y entonces hace eso. Eso que a veces a veces. Mirarme intensamente como si buscara algo que no quiero enseñar. Fruncir el ceño con suavidad, mirarme de arriba abajo rápidamente, volver sus ojos a los míos. Y taladrar todas mis defensas anti Mulder.
Baja el tono de voz. Lo baja tan que se convierte en alcohol y aguardiente, hunde las raíces en la tierra, excava en lo profundo de mi estómago y emerge espesa como el chocolate, precipitándose en mi estómago.
- Scully- murmura. En ese tono de voz que debería estar prohibido. - ¿No te gusta Alabama, verdad?
Dios mío, exijo una explicación. Exijo que alguien me explique por qué cuando Mulder dice “Alabama” parece que está diciendo algo obsceno, peligroso, posiblemente ilegal. Exijo que diga “¿no te gusta Alabama?” en mi oído, mientras mete la lengua dentro y me desabrocha los botones del pijama.
- Digamos que a Alabama no le gusto yo.
Mi voz es seca, tal vez ligeramente vulnerable. Como si Mulder hubiera encontrado una fractura en mí y ahora solo le quedara excavar dentro.
- Ella se lo pierde.
Chorreando la voz. Murmurando en la cama.
Por favor. Por favor, Mulder, ten piedad. Una cosa es tu flirteo estúpido y compulsivo en horas de oficina y otra cosa es decir memeces de cuyas consecuencias en mi organismo no eres consciente metido en la cama. Son dos cosas distintas. Son dos deportes distintos. Son dos torturas completamente diferentes.
Vapor, calor, humedad. Mulder envía gas a mi cuerpo. Noto un golpe de calor en la cara y cómo me deshago por debajo de la cintura.
Cierro los ojos con fuerza. Mañana me dolerá la cabeza.
Y entonces noto el silencio. No silencio. Silencio.
Escarcha, hielo, una presencia viva en la habitación, mirándonos, evaluándonos, tomando notas de pie frente a nosotros. Un silencio de manos largas y afiladas, nos echa el aliento y enfría la habitación hasta que la humedad empieza a formar rumores bajo la cama.
¿Por qué no habla?
¿Por qué no dice algo?
Acabo de descubrir que hay algo peor y que me hace sentir más incómoda que su constante balbuceo. Ese silencio criminal en el que no sé qué está haciendo o pensando. Que diga algo. Cualquier cosa. No puede hacerme sentirme pero.
Lo que sea, Mulder.
- Oye, si le digo a Frohike que me he acostado contigo no se lo va a creer, ¿te importa que te llame para confirmar tu versión?
Excepto eso.
- Buenas noches, Mulder.
Fin de la conversación.
Yo estoy aquí pensando en que Mulder debe estar oliendo el efecto que tiene en mí desde su lado de la cama, cerrando las piernas con fuerza para sentir cierta fricción y él está pensando en Frohike. En Melvin Frohike, el antídoto contra la lujuria.
Me tumbo de lado en mi parte de la cama, procurando ponerme justo en la esquina, intentando desafiar las leyes físicas y aumentar el espacio entre nosotros. Lo hago tan bien que se podría aparcar un camión de mercancías entre nosotros. Dejo el informe en la mesilla, apago mi luz y cierro los ojos con fuerza para convencerme de que estoy sola en mi cama. Sola. Como siempre. Ausente de Mulder. Ausente de mí.
Creo que le dejó sin palabras, solo con la luz de su mesilla.
Sorprendido de que su compañera de juegos no esté dispuesta a una de nuestras amigables charlas verbales de carácter festivo que a Mulder le erotizan hasta el extremo y considera tan divertidas como arrancarme un ojo para merendar. Lo siento, Mulder. Dana no juega.
Se mueve. Busca postura. Noto su calor. Me pregunto si esto es tan normal que roza lo absurdo. ¿Puede suceder? ¿Puede algo ser tan normal que realmente no sea normal para nada? Yo creo que puede. Y que acaba de pasar. Probablemente sea culpa mía haber acabado frustrada y harta con la fuente de mi frustración a veitincinco centímetros de mí, moviéndose, respirando, volviéndome loca, pero creo que si se analiza con detenimiento no será fácil concluir que la culpa la tienen Mulder y Alabama, en ese orden.
Ruiditos.
No deja de hacer ruiditos.
Se mueve, se sigue moviendo, creo que se inclina hacia su mesilla, oigo un ruido electrónico, se enciende la tele e incluso con los párpados cerrados noto cómo se apaga la luz y quedamos alumbrados solo por la iridiscencia del monitor. Azul y verde, roja y amarilla.
- ¿Te importa que ponga la tele?
Típico de Mulder preguntarlo DESPUÉS de haberla puesto.
- No.
Y típico de mí mentir y decir que no cuando SÍ me importa que la ponga. Benditas sean las mujeres que pueden pedirle a un hombre que haga algo sin sentir que se aprovechan de su condición o muestran debilidad. Benditas.
Malditas.
Creo que es un documental. Está tan bajo que apenas puede escucharse pero creo que es un documental. Tal vez no puede dormir si no ve figuras desnudas. Aunque sean figuras de animales sobre cuatro patas.
Si solo dejara de moverse. Si solo dejara de hacer esos ruidos, por el amor de dios. ¿Es que no sabe callarse ni siquiera cuando ESTÁ callado? Respira con intensidad, le oigo mover la boca, lo juro, no son imaginaciones mías. Le estoy oyendo pensar. ¡Y no deja de moverse! ¿Cómo voy a concentrarme en que no existe si no deja de moverse?
- Mulder, si estás incómodo, estoy segura de que Miss Manzanas Asadas todavía está dispuesta a hacerte un hueco en su cama.
Celos. Celos, celos, CELOS.
Apesto a celos.
Me odio por ello. Me odio y no puedo evitarlo. Es como si mis emociones estuvieran lejos de mí, ardiendo y revoloteando ajenas a mi propia voluntad.
No tengo control.
- ¿Y dormir con el Troll? Ni hablar. Si me gustara la zoofilía, estaría saliendo con Frohike.
- No te preocupes, estoy segura de que ella tenía otros planes para pasar la noche que no incluían a su padre.
Veinte segundos.
- ¿Qué estás insinuando?- pregunta.
Como si no lo supieras.
- Una mujer te ofrece su cama, Mulder, ¿qué crees que estoy insinuando?
Veinte segundos más. Se lo está pensando. ¿Se lo está pensando? ¿Por qué? ¿Por qué hasta que se lo he dicho no se le había ocurrido que ella pudiera estar coqueteando? Por dios. Si tenía su escote metido en la cara de Mulder. No puede ser que no se diera cuenta.
- No creo que estuviera insinuando nada.
Evalúo su tono: no hay ironía, no hay sarcasmo, sino franqueza. Sin adulterar, sin edulcorar. Franqueza de Mulder cien por cien.
No se había dado cuenta.
¡No se había dado cuenta!
Le invitan a SU CAMA y no se da cuenta. Esto es lo pasa cuando tienes su aspecto. Esto es lo que pasa cuando mides uno ochenta y todo lo que dices parece una insinuación sin que lo intentes apenas. Yo, cuando intentan coquetear conmigo me doy cuenta. De hecho es imposible que no lo haga porque suelo acabar en comisaría con un hombre mono o en el hospital con un tatuaje venenoso. Mulder lo pasa por alto. Claro, a mí solo se me insinúan cada vez que hay Juegos Olímpicos. A Mulder le pasa de manera tan habitual que es como respirar. ¿Cómo iba a darse cuenta? Él tiene otras cosas en las que pensar.
- Al fin hemos encontrado una cosa en la que Fox Mulder no cree y, ¿tiene que ser ESTA?
- ¿Crees que me ofreció una cama porque se estaba insinuando?
Parece genuinamente sorprendido.
Mierda.
Mierda, mierda y mierda.
Me he dado la vuelta. He abierto los ojos y me he dado la vuelta y ahora le estoy viendo y está fabuloso. Increíble. Bajo la luz del televisor. En camiseta y sombras. Dibujado a carboncillo y fuego. Pelo revuelto, mirada soñolienta y cansada, media sonrisa abofeteable. Cien por cien Mulder. En la cama, cubierto con una sábana solo a medias y una pierna fuera, con el mando a distancia en una mano y mi corazón en la otra.
Soy lava. Me tiemblan las piernas.
Y tengo una revelación.
Nunca he estado enfadada con él. Durante todo este caso, durante toda esta interminable noche, en este interminable motel. Nunca. Frustrada, sí. Impotente, sí. Rabiosa, sí. Enfadada no. Excitada sí. Sí. ¡SÍ! Celosa. Totalmente. Y sexualmente frustrada. No puedo llamarlo por otro nombre porque no tiene otro nombre. Desde que llegué aquí y todos esos orangutones empezaron a tratarme como al Anti-Eros y Mulder siguió siendo profesional y agradable ajeno a los murmullos que despertaba. Desde ese mismo momento todo esto no tuvo nada que ver con estar enfadada y todo con estar frustrada.
Tengo calor y me preguntó qué han sentido otras mujeres que han estado en la cama con él antes en una situación mejor. Y me arde la piel, Mulder. Y noto cómo me late el corazón entre las piernas. Lo noto.
Me controlo.
Las monjas de mi colegio solían decir que si dios hubiera querido que siguiéramos los impulsos de la carne, nos habría hecho hombres a todos. No eran de la liga sufragista, que se diga, pero me enseñaron un par de cosas sobre autocontrol.
Me autocontrolo. Respiro.
- Mulder, creo que era bastante evidente. Y no puedo creer que no te dieras cuenta. – Y solo para hacerme daño, añado. - ¿Es que no sabes nada de las mujeres?
Me arrepiento nada más decirlo.
Solo hay algo peor que estar enfadada con alguien que apenas se entera. Estar enfadada con alguien que está igualmente enfadado. Noto mi puñalada en su espalda y ese velo que cae sobre su mirada.
- No.- El tono es duro, de pronto. - Es evidente que no. De hecho, ¿por qué no me haces un mapa Scully? Porque tú me has invitado a tu cama y si te estás insinuando no me gustaría perdérmelo.
- Es diferente- subrayo y creo que estoy roja hasta la raíz del pelo.
- ¿Es diferente? – pregunta.
- Es diferente- mascullo. Cada letra me cuesta trabajo.
Y si tengo que repetirlo otra vez más, ver reducida a un solo adjetivo una relación de siete años, me suicidaré.
- Muy bien- dice. - Me alegro de que estemos de acuerdo por una vez.
- No más que yo.
Creo que esta es la conversación más tonta que he tenido nunca. Si se presentara a un concurso de conversaciones estúpidas la dejarían fuera para que las otras conversaciones idiotas del mundo tuvieran una oportunidad de ganar.
- Buenas noches, Mulder.
- Buenas noches, Scully.
Estoy a punto de darme la vuelta y volver a mi postura. Encerrarme en mí misma como una concha y repetir “es un cerdo, es un cerdo, es un cerdo” hasta que se me pase esta repentina fiebre por él cuando de repente, el sonido apagado del televisor llega hasta a mí y me doy cuenta de que es MI habitación y es MI cama y no tengo por qué escuchar ningún programa que MULDER haya elegido. Al fin y al cabo no es porno, no creo que lo eche de menos.
Extiendo la mano hacia él, cojo el mando a distancia y apago.
En realidad, esa es mi intención. Extender la mano, coger el mando y apagar.
La primera parte va bien. Extender la mano, entre la segunda y la tercera algo falla y el mundo se detiene, se pone de puntillas y sale despacio de la habitación para dejarnos sin suelo bajo los pies.
Toco algo. Mi mano sigue extendida y es algo rígido y está cerca de las manos de Mulder y no es el mando. Dios mío no-es-el-mando-del-televisor. Rígido. Sobre su estómago.
No es el mando.
Mi cerebro emite una señal a la mano.
Es una señal repentina, dolorosamente rápida. Todo el sistema central da la voz de alarma y el cerebro dice “aparte de ahí, mano del demonio” y la mano lo recibe. Capta el mensaje, lo escucha, lo veo, lo lee, da un par de vueltas alrededor, lo examina y no-se-aparta.
No es el mando.
Y tardo no un segundo, sino ligeramente más de un segundo en procesarlo. Y hay un momento. Un instante en el que se decide el rumbo del universo y el nacimiento de las estrellas. Solo un momento que se alarga más de lo necesario en el que mi mano está ahí, rozando eso-que-no-es-el-mando mientras piensa que podría cogerlo. Realmente podría hacerlo. Cerrar los dedos, cerrar la mano, notar el tacto y el espesor y el grosor y, ¿por qué no? Tal vez mover la mano un poco solo para ver su reacción, solo porque hace tanto tiempo desde la última vez que tal vez haya olvidado cómo se hace.
Un instante.
Demasiado largo.
Cuando aparto la mano, cuando la retiro de pronto, como si tuviera calambre, es demasiado tarde.
Se ha tenido que dar cuenta.
Dios mío que no se haya dado cuenta.
Dios mío, que se haya dado cuenta.
Se ha tenido que dar cuenta y estoy aterrorizada. Aterrorizada en una habitación, con Mulder, un mando a distancia, mis inseguridades y su pene en erección.
- Sc...- comienza a decir. Tono de voz ligeramente histérico que me pone ligeramente histérica.
- ¡Lo siento!- le interrumpo. Y antes de que diga “no quería....”, Mulder se adelanta.
- No importa- juraría que su voz era menos aguda hace treinta segundos. – No pasa nada.
Exacto. No pasa nada. Mi frase favorita en el mundo.
- No, claro. No pasa nada.
Excepto que me arde la mano. Como si tuviera esa sensación fantasmal de su pene grabada a fuego. Su pene. Su pene en erección. De Mulder. Pene. Erección. Mulder. Polla. Mulder. Erección. Está claro que habrá un antes y un después en esta relación ahora que El Pene ha hecho notar su presencia. Siempre supimos que El Pene estaba ahí, uno de esos conocimientos residuales que flotan en la periferia de una relación pero ahí no solo está ahí, sino AHÍ, a pocos centímetros de mí. Si extendiera la mano de nuevo podría tocarla. Caliente, tensa, rígida.
¿Por qué? ¿Por qué es? ¿Por el documental? ¿Por la noche y las sábanas y la cama? ¿Por la chica de la recepción? ¿Por las imágenes de rinocerontes desnudos que despiertan en él alguna respuesta pauloviana de adicto a la pornografía?
¿Por mí?
¿Por mí o por cualquiera?
Dios mío, ¿y si es por mí? Mi mente no me deja avanzar en las condicionales. No, no puede.
Estoy tan tensa sobre la cama que no noto el colchón debajo del cuerpo. Casi levitando. Intento pensar en otra cosa pero Mulder+pene+erección es todo lo que pienso.
Y ese pensamiento venenoso se cuela dentro de mí. Como una gota de sangre en un cuenco de nata.
¿Por qué no?
Ceder. Acercarme, meter la mano dentro del calzoncillo, tal vez sacar un poco la lengua – solo un poco, no pasa nada si es solo un poco- y probar a qué sabe. Es solo una idea pero lo pienso y siento calor en la mandíbula.
¿Por qué no?
- Scully...
Su voz destruye el silencio. Rasga todos mis miedos. No tengo idea de qué va a decir y cualquier posibilidad me da pánico.
- Mulder, no pasa nada.
- Vale. – Pausa, no se mueve, no sé qué piensa. – Vale, sí.
Vale.
Silencio. Ruido del televisor. Vale. Sombras azules y grises. Vale. Su erección. Vale.
- ¿Quieres que pase algo?
No ha dicho eso.
Siento el salto del corazón en la garganta.
No ha dicho eso.
Y luego de nuevo otro giro acrobático de la garganta al estómago.
No ha dicho eso.
Cuando el corazón vuelve al pecho retumba como la filarmónica de Viena.
Lo ha dicho. Tumbado sobre la cama. Inmóvil. Lo ha dicho.
¿Quieres que pase algo?
No tengo valor para contestar. Solo puedo estirar la mano. Y esta vez no busco el mando a distancia.
Esta vez, impulsada por instintos que nunca me habían asaltado con esta intensidad, presa de una especie de angustia histérica y de raíces tan sexuales que me están empezando a asustar, estiro la mano para buscar esa erección tormentosa. Estiro la mano, la encuentro exactamente donde estaba y sin pensar en lo que estoy haciendo, desconectada de la parte de mi cerebro que trabaja de ocho a ocho, cierro la mano y noto el calor a través del calzoncillo.
No es una excusa pero de verdad que siento un golpe de sangre tan intenso entre las piernas que creo que soy yo la que está teniendo una erección, a punto de eyacular.
Mulder no se mueve, no hace un solo ruido, un solo sonido.
Está tumbado sobre la cama, completamente vulnerable y completamente rígido y empiezo a pensar en todo esto como en un experimento científico. No pasa nada. Es todo normal. Solo quiero saber qué se siente al tocarle. Normal. Científico. Cierro la mano, la tela del calzoncillo me quema las yemas de los dedos y o mi mano es muy pequeña o había olvidado cómo podía llegar a engordar un pene en erección.
Oh, dios, sí. Grueso. Caliente. Sí.
Empiezo a mover los dedos suavemente, de arriba abajo solo por curiosidad. Solo por saber si todavía sé hacerlo.
Mulder emite un ruido.
Algo apenas perceptible. En el fondo de la garganta, poco más que un amago de un ruido.
Acompañado de un ligero movimiento. Casi fantasmal.
- Sssh. Cállate.
Yo. Mi voz. Apenas la reconozco porque estoy respirando con tanta intensidad que cuesta distinguir mis propias palabras pero soy yo. Ordenando a Mulder que se calle porque si habla, todo esto será real y , probablemente, tendré que dejar de tocarle y enfrentarme a la realidad de que esto es Alabama. Y la verdad es que no estoy preparada porque algo se ha abierto, Mulder. Algo se ha roto dentro de mí y ahora, después de siete años, esta es la única opción que me queda. De verdad. Esta es la única opción. Aunque no estés pensando en mí, aunque todo esto sea el mayor error de mi vida, aunque lo estropee todo.
Tocarte es mi única salida.
- Cállate-repito.
No sé por qué. No hace falta porque no ha hecho ningún amago por hablar. ¿Quién iba a decir que su centro de obediencia estaba entre los pantalones?
No sé explicar qué está pasando o qué estoy sintiendo. Es como si fuera la primera vez que toco a un hombre. Teniendo el cuenta el tiempo desde la última vez, podría decirse que es la primera vez en esta vida. La vida después de los Expedientes X. Después de Mulder.
El calzoncillo tiene dos botones delante y una abertura que se parte como gajos de naranja cuando suelto primero uno y luego el segundo. En penumbra apenas puedo distinguir esa silueta que me atrae irremediablemente. Y sin embargo, -es patético, es vergonzoso, tiene demasiado poder sobre mí,- pero sin embargo, noto cómo se me hace la boca agua y algo que no es la boca, entre las piernas. Se ablanda. Se humedece. Flojea.
Si me acerco, noto el estómago de Mulder subiendo y bajando –como si respirara en bocanadas- y distingo el perfil en blanco y negro de esa erección. Tengo que morderme los labios para no gemir. Solo verle en camiseta y con el calzoncillo desabrochado está siendo la mejor experiencia sexual de toda mi vida. La electricidad entre nosotros me está atormentando. Está viva. Casi no me deja abrir los ojos.
Totalmente a mi merced, Mulder se deja tocar.
Me deja tocar.
Le acaricio con las puntas de los dedos. Y dios, es tan suave que no hay palabras. Como si fuera acero sobre el que alguien ha echado harina. Es sólida y tan caliente que parece líquida. Es enorme y ligeramente curvada al final. Dejo pasear los dedos, de arriba abajo, paseando suavemente sobre los testículos. Tan suave. No es un medio para conseguir excitarle. Solo es Mulder y siento curiosidad.
Contiene el aliento.
Todavía no sé lo que piensa y ya no sé si me importa.
Cierro la mano. Arde. Y le acaricia tan despacio, es un ritmo tan lento que parece un disco con las revoluciones adormiladas. Al mismo ritmo al que hemos ido nosotros durante siete años. Lento como tardes de oficina rellenando papeleo, lento como todo este ritual de apareamiento intelectual que hemos perfeccionado con los años. Lento para sentir las venas, el peso, el balanceo de la sangre, sus esfuerzos por contener cualquier sonido. Lento. El pulgar. Lento. Rodeando la punta. Lento, Mulder, lento.
Así es cómo nos deshacemos.
Acerco la boca porque si no lo hago me muero. No sé qué aspecto tengo arrastrando el cuerpo hacia él, mechones de pelo casi cubriéndome la cara, párpados tan pesados que apenas puedo abrirlos y parece que voy a llorar. No importa. Mulder está caliente e incluso en la sombra catódica de este televisor mudo puedo ver el contraste de mí mano acariciándole –blanca, mate, marfil- y su pene engordando – moreno, intenso, violento-.
Solo una vez. Solo probar.
Saco la lengua, solo un poco. Lo suficiente para rodear el contorno de la punta, por encima de mi propia mano. Mulder da un salto sobre la cama y sé que está a punto de hablar. Esta vez, cuando le hago callar creo que es únicamente porque me excita la idea de obligarle a hacer ese esfuerzo. Por mí.
- Calla. No te muevas.
Cuando hablo, mis labios le rozan y el impulso es tan fuerte que no puedo controlarlo. Tengo que meterla dentro de la boca. Tengo que hacerlo. Nunca había sido así. Sexo oral o lo que sea. Nunca había sido así. Siempre eran preliminares, algo que haces para recibir algo a cambio. Pero en este momento, no espero nada, no quiero nada. Solo el pene de Mulder entre los labios, el mejor sabor, la mejor textura, la mejor sensación de toda mi vida. Solo quiero sacar toda la lengua y chupar mientras empiezo a notar cómo entra en la boca, ardiendo, llorando las primeras gotas de semen.
Creo que he gemido. No estoy segura. Es tan suave y dios es tan Mulder que no estoy segura de nada. Solo sé que sabe a sal, tierra mojada, sábanas calientes, insinuaciones y pornografía. Me da escalofríos desde la lengua hasta los pies. Temblores. Hay cuatro sabores. Agrio, salado, dulce y amargo. Y hay un quinto que los sintetiza todos.
Mulder.
Y entonces lo hace.
Abre las piernas. Solo un poco. Y levanta la pelvis de la cama. Solo un poco. Embistiendo en mi boca solo un poco, como si llevara años luchando por resistirse, atado con cadenas a sus propias limitaciones y no pudiera aguantar un segundo más sin hacer un movimiento. Y gime. En contra de mis órdenes. Solo un poco. Desde el fondo del estómago, un gemido vulnerable, masculino y casi desesperado que me derrite y me obliga -quiera o no quiera- a acariciarle los testículos con una mano, acariciarle con la otra de arriba abajo y besarle con la boca abierta y toda la lengua. Un beso que hubiera sido obsceno de ser boca contra boca y que ahora mismo ni siquiera tiene definición. Semen en vez de saliva. Tan suave como una volcán en erupción. Succiono. Serpenteo. La lengua, los labios. Succiono.
- Scuuuullyyyy – parece que llora mi nombre. – No puedo callarme. Scully, por dios.
Levanto la mirada. Tengo la mitad de su sexo en la boca y no sé qué es lo que ve él pero yo veo a un hombre desesperado, que parece a punto de romperse y se agarra a las sábanas como si fuera a caer al vacío de soltarse un solo segundo.
Cuando retiro la boca ambos oímos una especie de sonoro pop!
- Scully déjame tocarte.
- ¿No querías hablar?
- ¿No quieres que te toque?
Mi estómago responde sí, haciendo un curioso giro acrobático. Quiero que me toque. Ahora. Quiero que me toque ahora. Quiero que me desnude y que me toque y se me ocurren un millón de sitios y sin embargo, tengo la sensación de que a él se le ocurrirán un millón más. Quiero que me toque sin contemplaciones ni preliminares, que meta un par de dedos dentro de las bragas y acabe con esta agonía en menos de un minuto, que es exactamente el tiempo que necesitaría. Pero no puedo hacerlo todo a la vez y ahora mismo no podría dejar de lamerle aunque me fuera la vida en ello.
Y todavía estoy enfadada.
- Quiero que hables.
Llámalo cambio brusco de política.
Estoy de rodillas entre tus piernas Mulder y quiero que no te calles. ¿No hablas tanto normalmente? ¿No tienes siempre una pregunta impertinente, una teoría desafiante? Habla ahora, genio de Oxford, habla ahora.
No sé qué me ha poseído. En lugar de quitarle los calzoncillos tiro de ellos y los lanzo a la esquina más remota de la habitación. Cuando agacho la cabeza noto cómo cae mi pelo sobre su estómago. No me importaría que pusiera las manos en ese pelo y me acariciara mientras yo le hago el amor con la boca pero esto tiene reglas y una regla es que en cuanto me toque perderé todo el control y si necesito algo, necesito el control.
- ¿Qué hable? – Caracoleo con la lengua, erupta en un gemido.
- Mulder, háblame.
Llega un momento en el que crees que has llegado a tu límite. Que no podrías estar más excitada y nadie podría ser más sexy que Mulder. Entonces, por primera vez en siete años, por primera vez desde que le conoces, Fox Mulder te obedece. Y empieza a hablar. Tumbado en la cama, con las piernas abiertas y rendido a la desesperación. Y entonces te das cuenta de que estás completamente equivocada. Puede ser más sexy.
Puedo estar más excitada.
Oh, dios, Mulder, qué me estás haciendo.
**
Tenía diez años. Aquella vez de la mantis religiosa. Cuando me encontré con ese insecto de cuerpo extraño y cabeza extraterrestre y sentí el impulso de gritar. Si grité o no como una chica es todavía objeto de debate. Lo que más recuerdo es lo que sentí después. Culpa y una especie de sensación confusa, como si despertara en medio de una estación de tren y no supiera qué hacía allí. Me sentí culpable y confuso. Porque ante las maravillas de la naturaleza revelándose yo sentí pánico en lugar de asombro. Me había equivocado de emoción. Sentí lo mismo con quince años cuando mis padres me arrastraron al funeral de una prima que no conocía. Vi toda aquella estancia –ataúd incluido- de plañideras desconocidas llorando con trajes de luto y tuve que morderme la lengua hasta el borde de la sangre para aguantar un repentino ataque de risa. Totalmente ajeno a mi control. No sé de dónde vino pero suma uno y más uno y aquí estoy, años después, todavía aterrorizado a equivocarme de emoción en el peor momento.
Es un miedo profundo a arrepentirme cuando todo ha pasado pensando, ¿por qué me lo he perdido?
Y ahora, esto.
Ahora esta Scully. ¿Quién es esta Scully? ¿Dónde ha estado los últimos siete años? ¿Cómo demonios hemos llegado aquí y qué me he perdido! Si lo viera en una película no me lo creería. Todo es borroso. Discutimos, ¿nos peleamos? Es difícil decirlo. Lo único que hago es estar metido en la cama con ella pensando en cómo alargar el momento hasta que decida apagar la luz y se termine un sueño demasiado breve. Y ella está enfadada y no sé por qué y, de pronto, un roce que creo que es casual pero que se alarga algo más de lo que la casualidad haría razonable. Y después, su mano. Joder, la mano de Scully acariciándome el paquete y dios, no dejes que me equivoque esta vez, no dejes que haga algo que lo estropee.
La naturaleza se revela y tengo miedo de sentir pánico. De equivocarme en algo y despertar solo, en medio de otra estación sin nombre. Quiero tocarla y no quiere que la toque y ¿qué haces cuando todo es tan repentino y no sabes si un solo movimiento lo mandará al carajo? Puede que se me salte la tapa de los sesos. Hace tanto tiempo que solo somos mi mano y yo que creo que voy a explotar. No puedo moverme y no puedo hablar.
Scully no me deja hablar. No entiendo por qué. No entiendo nada. No me deja hablar pero puedo verla agachada frente a mí bajándome los calzoncillos y jo-der. Puedo verla lamiéndome. Scully. Lamiéndome.
Por favor no quiero despertar todavía. Por favor, no quiero cagarla esta vez.
Toda la superficie de su lengua. Toda mi sangre entre las piernas.
- Quiero que hables.
- ¿Qué hable?
¿Con qué parte del cerebro se supone que tengo que hablar? ¡Dana Scully me está lamiendo! No es que no quiera hablar, es solo dios, por dios, es difícil cuando estás tan rígido que crees que vas a estallar y una mujer a la que has deseado en silencio durante siete años y con la que no pensabas que tuvieras una oportunidad, menos que nunca ESTA NOCHE, te acaricia los testículos con una mano y te come la polla con la boca.
- Mulder, háblame.
Mira vidriosa en penumbra, mechones pelirrojos sobre la cara. Labios color del caramelo líquido, ligeramente fuera de sí. El que pueda negarle algo que levante la mano si es que no está ocupado pegándose un tiro.
No sé qué quiere que diga, no sé si podré decir algo. Espero que los dioses del sexo me dejen algo de sangre en el cerebro. Espero que no me dejen estropearlo metiendo la pata con mi enorme bocaza.
- Hay cincuenta y dos estados en la Unión y nunca pensé que ocurriría en Alabama. Pensé en Wisconsin, California, Washington pero nunca Alabama. – Scully para. Solo un momento cuando empiezo a hablar y ese momento que se estira y se alarga está cargado de electricidad. Creo que se está preguntando qué carajo digo. Sí, yo también, Scully. – Pensé que podría ser en Oregón. Como el final del círculo y esta vez cuando te quedaras en ropa interior, podría arrodillarme, y comerte despacio y de rodillas, sin quitarte la ropa, Scully. Solo apartando las bragas lo bastante para meter la lengua.
Scully baja la boca, siento cómo me deslizo en la garganta. Gime. Voy a correrme. Succiona. Sube. Scully gimiendo conmigo dentro es la muerte. De verdad. La muerte. Tengo que conseguir que lo haga otra vez.
A cualquier precio.
- Podría haber sido en Alaska. ¿Te acuerdas de Alaska?
No lo puedo evitar. Tengo que tocarle el pelo. Solo un poco. Solo esa sensación de seda entre los dedos. No la empujo, lo juro, solo necesito tocarla. Estoy a dos segundos de un orgasmo, necesito algo de contacto.
- Tenía que haberte desnudado en aquel congelador, Scully. Tenía que haberte tocado todo el cuerpo, mirar debajo de la piel hasta encontrar lo que te hace perder el control.
Creo que dice algo. Creo que dice mi nombre. Suena algo como mmmlldrrr. Me vibra todo el cuerpo. Gracias a quien sea que no le enseño a no hablar con la boca llena.
- ¿Qué me dices de
Voy a correrme en cualquier momento. Debería avisarle. Avisarle sería lo correcto. Es lo que haría cualquiera que no fuera un pervertido. Es lo que debería querer solo que no quiero que pare. ¿Cómo voy a querer que pare si cada vez que me callo escucho esa especie de sonido húmedo y nasal que está haciendo, chupando y lamiendo y matándome lentamente? No es que no quiera hacer otras cosas. Tres billones de cosas. Pero esto es como hundirte en el océano y respirar agua sin ahogarte.
He soñado con ello demasiadas veces. Si parara tendría que suicidarme. Tendría que hacerlo. Si no me deja tocarla después, tendré que amenazarla con contárselo a Skinner. Al fumador. A su madre. Si no la toco tendré un infarto.
- Scully...
Es médico. Tiene que haberse dado cuenta de lo que va a pasar. Tengo que avisarla. No dejes que pare.
Se separa. Me mira con algo tan intenso como el odio y bastante más peligroso. Fuera de sí. Tan excitada que resulta agresivo.
Joder. No solo es el shock de ver a Scully como un ser sexual. Es el shock de ver a Scully como la persona más sexual que he tenido la suerte de tener ninguna en mi cama.
Dios bendiga Alabama.
- ¿Qué?- irritada por la interrupción, esa es mi chica.
No sé por qué, en medio de la experiencia sexual más surrealista e intensa de toda mi vida, sonrío. Otra vez un error en el cálculo de las emociones, seguro. Pero saber que incluso ahora tiene mal genio me hace feliz. Porque es Scully. Es MI Scully.
- Mulder, ¿qué?
Si sobrevivo a esta noche vas a tener que soportarme el resto de tu vida, Scully.
No le digo eso.
- Creo que voy a correrme en Alabama.
Juraría que se aguanta pero que finalmente cede y veo esa sonrisa que no había visto jamás. Podría ser lujuria. Podría ser maldad. Podría ser amor. Agacha la cabeza despacio, veo cómo saca la lengua, brilla en la punta una gota de semen, hiperventilo y pierdo la noción del tiempo, me veo a mí mismo desde fuera, hundiéndome en las profundidades de su garganta. Succión, sus manos, la lengua, todo tan intenso como si hubiera tomado drogas y cada emoción estuviera amplificada hasta el infinito. No es una mamada, señor, es fusión nuclear y es la idea de que Scully quiere que pase y de que no va a parar hasta que pase –hasta que me corra en su boca- lo que finalmente me hace rendirme. Me marcho, me voy, me estoy yendo y cuando todo se vuelve blanco y después negro y después brillante, los labios de Scully siguen allí, a pesar de que no puedo controlarme y embisto, a pesar de que no sé cuánto está durando, a pesar de que debería estar muerto por la intensidad de este momento, a pesar de que debería estar ahogándola, a pesar de todo Scully sigue allí, desde el principio hasta el final, hasta que sentir las caricias de su lengua lamiendo lo que queda de mí y sus manos acariciando una erección que va desapareciendo en la niebla empieza a ser demasiado. Demasiado, Scully. Demasiado.
Le digo que pare. O eso creo. No se si me salen las palabras. ¿Qué son las palabras? ¿Se ha roto también esta cama? ¿Me he hundido en el suelo? ¿Todavía tengo cuerpo?
Se levanta. Se levanta y la quiero. Se levanta, se lleva la mano a la cara para limpiar restos de saliva y supongo que algo más que saliva y la quiero. La quería antes pero era un chiste comparado con lo que siento ahora.
¿Nos podemos casar en Alabama? No me he querido casar en mi vida y ahora podría ponerme de rodillas y darle un anillo de brillantes. En serio. Criar hijos y cerdos en una granja con esta diosa. Y sería feliz.
Todavía sigo quieto. Todavía sigue mirándome. Misma mirada vidriosa, mismo respirar errático pero algo en la mirada que parece dudar. Y lo más increíble es que no creo que esté dudando porque se arrepienta de lo que ha pasado, sino porque cree que yo podría arrepentirme.
Pensaba que no podía ser y sin embargo, la quiero más.
- ¿Puedo tocarte ahora?
No contesta. ¿Por qué no contesta? ¿Es un shock? Por favor, no tengas miedo ahora, Scully. Ahora ya no hay vuelta atrás.
- ¿Confías en mí?
Le lleva un momento. Y luego despacio, como si fuera una niña ante un domador de leones, asiente.
Ahora o nunca, Mulder.
He recuperado cierta sensación de control sobre mis extremidades, que ya no parecen de goma. Al menos no del todo. Antes de que cambie de opinión, me incorporo y demuestro que no me entrenaron en el FBI solo para rellenar papeleo, sino también para el combate cuerpo a cuerpo. Un par de movimientos y yo estoy arriba, ella está debajo, apenas hay espacio entre nosotros. No es muy difícil. Soy más grande, ella es más pequeña –creo que “menuda” es la expresión políticamente correcta pero no veo que tenga nada de malo ser pequeña cuando tienes la medida exacta para caber en mi corazón-. Además, creo que en este momento, aliviada la tensión momentáneamente mi mente funciona con algo más de sangre que la suya.
No puedo creer que Scully esté excitada debajo de mí. No lo puedo creer.
Se suele decir “es como un sueño hecho realidad” pero no suele significar nada. ESTO es como un sueño hecho realidad.
Le desabrocho los botones del pijama con facilidad. Arquea la espalda cuando le empiezo a besar el cuello. Hunde los dedos en mi pelo cuando le acaricio un pecho y murmuro en su oído.
- No voy a hacerte nada que no te guste. Te lo prometo.
Creo que va a decir algo pero no le doy tiempo porque por primera vez, nos besamos. No puedo creer que hayamos hecho todo eso y sin embargo no nos hayamos besado pero supongo que somos impredecibles, y este primer beso que borra de mi memoria todos los besos que hubo antes, sabe a mí. Amargo y salado, yo, en labios de Scully. Y luego ella. Dulce, afrutada, femenina. Nos besamos y es un batalla suave de lenguas, en su boca, en la mía, en la suya de nuevo, lenguas entre los dientes, lenguas entre los labios, lenguas deslizándose mientras consigo bajarle el pantalón del pijama a medias. Entre el vapor de la habitación, me separo unos milímetros, compruebo que casi no tiene fuerzas para abrir los ojos y sí, aquí es donde he querido tenerla siempre.
Exactamente aquí.
Le separo los labios con un dedo, cuando me mira, el dedo es mi lengua. Tan adentro de su boca como es posible sin ahogarme en el intento. Un beso incendiario que dura toda la noche y nos deja abrasados.
- Abre las piernas, Scully, voy a hacer que te corras.
**
Deberían embotellar esa voz. Embotellarla y guardarla en un almacén secreto de la CIA donde nadie pudiera cogerla. Ponerle una etiqueta que dijera “atención, cuidado, no acercarse, peligro de combustión humana espontánea. Provoca lujuria en proporciones peligrosas para la salud y la estabilidad mental”. Puede que las cosas que te hace sentir Fox Mulder cuando te habla con ESA voz al oído se puedan resumir con palabras pero deben ser palabras escritas en algún idioma que todavía no se ha inventado.
Cuando le dije que hablara no me di cuenta pero solo quería oír esa voz. Diciendo cualquier cosa. No se me ocurrió que “cualquier cosa” sería tan excitante.
Todo. Todo lo que dice es excitante.
Abro las piernas.
No sé cómo ha acabado mi ropa en un rincón de la habitación y la boca de Mulder escribiendo diagramas chinos en mi cuerpo. Orejas, cuello, más abajo, la nuca, la mandíbula, un pecho y el otro, círculos y vueltas y el estómago, dios, Mulder, un poquito más abajo, por favor, por favor, solo un poquito más abajo.
- ¿Quieres correrte, Scully?
Estoy asintiendo. Eso me convierte en un ser patético. Me da igual.
No podría llevarle la contraria aunque lo intentara. Creo que lo llaman hipnosis. No creía en la hipnosis pero Alabama ha acabado con todas mis creencias, lo siento.
Ahora creo en Mulder y en esa voz.
Ahora creo en Mulder y en sus pompas y en sus obras y en su forma de acariciarme el interior de los muslos con la mano como si no estuviera desnuda con mi sexo a veinte centímetros de su cara. Como si todo fuera terriblemente inocente. ¿Cómo puede hacer eso? Es esa mezcla. Siempre ha sido esa mezcla entre emociones infantiles y adultas lo que le ha hecho tan atractivo. Siempre.
Y si no me toca YA le mataré. De verdad.
Lo necesito tanto que hago algo humillante. Levanto las caderas para acercar mi pubis a su cara. Solo me falta suplicar. Espero que no tenga que suplicar.
Sonríe.
Todavía quiero matarle.
- ¿Es ahí donde tengo que tocarte?
Bastardo. Bastardo engreído de mierda. Si no estuviera incoherente le cantaría las cuarenta. Pero no. No puedo enfadarme porque Mulder no se limita a preguntar. Mulder deja de acariciarme los muslos y esos dedos –sí, dios, por fin- esos dedos me separan los labios interiores, deslizándose en un interior tan húmedo que podría ser lava. Electricidad. Corriendo por todo mi cuerpo.
Siento calor. Y sin embargo, tengo escalofríos.
- ¿Así?
Estoy tan mojada que cuando me penetra con un dedo es casi imposible distinguir algo más que un cosquilleo. Gas subiendo en forma de burbujas hasta el cerebro.
- ¿Mejor así?
Dos dedos. Mejor. Mucho mejor. Dentro y fuera. Sí, sí, sí. No pares. No sé si hablo en voz alta. Me da igual. Mulder curva ligeramente esos dedos y le siento dentro de mí. En todas partes. En partes que no existían hasta que él las descubrió. Tengo calambres desde el culo hasta las puntas de los dedos de los pies. Es como si llevara no un rato, sino siete años excitada.
Sigue hablando.
- Quiero acariciarte con la lengua, Scully.
No pensé que fuera posible pero le oigo y me derrito. Cuando pensaba que no quedaba nada sólido dentro de mí, me derrito.
- ¿Me dejas tocarte con la lengua?
- Sí.
Renqueante. Algo desesperada. No parezco yo.
- Mulder, por favor, bésame.
Lo hace antes de que acabe. Tal vez esté tan desesperado como yo. No sé si eso es posible pero no importa porque ahora Mulder está ahí. Donde todo empieza, donde todo acaba y donde todo se vuelve húmedo, vaporoso y final. Mulder está ahí, penetrando tan despacio que parecen pequeñas partículas eléctricas partiéndome en dos y está ahí, besando con la punta de la lengua el extremo donde todo se vuelve irracional y desafía a la ciencia. Fox William Mulder me acaricia el clítoris con la lengua en extensos círculos concéntricos que se vuelven cada vez más intensos y más cerrados, más fuertes y más rápidos, descansan, vuelven a abrirse, vuelven a cerrarse, acaban con mi identidad, me dejan reducida a gemidos, ronroneos, sonidos que no pensé que podían salir de mí. Mejor que hundirse en agua caliente después de una travesía en el desierto, mejor que helado de limón con chocolate templado, mejor que el amanecer después del apocalipsis, mejor que nada, mejor que todo, mejor. Lo mejor. El mejor. Mulder me come despacio y siento cómo me despedazo, devorada milímetro a milímetro, temblando bajo el ataque de una boca que solo debería dedicarse a mí. El resto de su vida. A mí.
El orgasmo es tan inevitable, que casi puedo rozarlo con la punta de los dedos. Viene y va, se acerca, como una ola que juega con la orilla para seguir creciendo. Se aleja solo para asomar con más fuerza, más eléctrica, mayor y nada, NADA podría detenerlo. Hay veces que necesito concentrarme para poder llegar al final, hacer esfuerzos titánicos para no perder el ritmo. Hoy podría pasar un elefante con lunares amarillos por esta habitación y nada podría evitarlo.
Es Mulder. La cabeza que veo cuando entreabro los ojos, miro mis piernas abiertas y trato de alargar esto un par de minutos es Mulder.
Y al final, eso es lo que acaba provocando que el mejor orgasmo de toda mi vida. Que es Mulder. Una lengua que va cada vez más rápido y unos labios que parece cada vez más dentro, más cerca, más suaves y unos dedos que me parten en dos, me hacen delirar de fiebre pero sobre todo, lengua y labios y dedos es Mulder, concentrado en mí, más íntimo que la muerte, besándome entre las piernas.
Exploto.
Líquido, volcánico.
Exploto una vez y otra y otra vez más. Sacudida tras sacudida. Temblores sísmicos. Corriéndome en su boca. Desnuda y sin ningún control. Por primera vez en años, sin ningún control sobre mis emociones. Todo lo que estaba atado dentro de mí, se suelta, se contrae, se corre y se vuelve gelatinoso.
Me estoy corriendo y parece que no acaba nunca.
Dios mío, no sé si han sido demasiados años, es verdad que estoy en mi pico sexual, me he acostado con inútiles hasta ahora o Mulder es mejor de lo que pensaba, pero no sé cómo he vivido sin esta intensidad hasta ahora.
Tardo, minutos –largos, sólidos minutos- en ser capaz de empezar a pensar de nuevo. Tirada sobre la cama, respirando a bocanadas, el corazón latiendo a un ritmo frenético en el pecho, debo parecer una loca.
Creo que eso en el fondo del pecho son ganas de llorar. ¿Tal vez ganas de reír? Yo no lloro. Yo no río. Tal vez he dejado de existir en ese orgasmo, evaporada por el placer y al refundirme de nuevo me estoy convirtiendo en alguien distinto, lleno de emociones nuevas. Me siento abierta, expuesta, distinta.
- Estaba celosa.
- ¿Qué?
No sé de dónde ha salido. No sé por qué lo he dicho. Es como si se hubiera soltado un resorte de represión en mi interior y sintiera la necesidad de empezar de cero.
- Anoche estaba celosa por la chica de recepción. Y antes de eso, en realidad. Por eso no me gusta este sitio.
- ¿Qué?
Perplejo. Todavía respirando con dificultad.
- Las mujeres de aquí te tratan como a un Dios y los hombres me tratan a mí como si tuviera la peste.
De verdad que no sé qué me ha poseído para confesarlo. ¡Ni siquiera me ha preguntado! Una voz dentro de mí dice “cállate, Dana, no seas débil, no seas patética”, pero el resto de mí, tumbado en esta cama, temblando y post-orgásmico no puede parar.
- ¿Qué?
Por tercera vez. Mulder no da crédito. Le he visto hablar de las relaciones familiares de los poltergeist mientras se come un café y un donut pero mi humillante confesión, que ni siquiera debería estar haciendo es algo que supera su límite para lo que es verosímil. ¿Por qué no me extraña?
Procesa esta información que aparentemente este sorprendente en grado sumo. Durante un buen rato. Después parece tranquilo, pierde algo de energía nerviosa, apoya el codo en la cama, la cabeza en la mano y me regala una mirada balsámica.
- Scully, la gente tiende a sentirse amenazada cuando se encuentran con alguien que no solo es extraordinaria en su trabajo, sino extraordinaria en todo lo que decide hacer y simplemente, cuando no hace nada, es en sí misma extraordinaria.
Lo dice sin más.
Sin darle demasiada importancia. Mulder es así. Dice algo así, te rompe el corazón, te entrega el suyo en un paquete de cristal y no le da importancia. No sé cómo lo consigue. Reparar cosas en mí que ni siquiera creía que estuvieran rotas. Mirarme y hacerme sentir como si de verdad fuera extraordinaria.
Mi ataque de celos, visto desde esta nueva perspectiva parece una humillante chiquillada.
En sí misma extraordinaria.
Creo que me acabo de sonrojar. Sé que me acabo de sonrojar.
Y acabo de darme cuenta de que me he comportado como una mala bicha demasiado rígida durante todo este caso.
- ¿Por eso estabas cabreada?
Todavía ruborizada hasta la raíz del pelo, asiento.
- ¿Estabas celosa de una chica a la que he visto durante medio minuto?
Dicho así suena todavía peor. Ni siquiera puedo sostener su mirada. Parece divertido. ¿Es divertida mi suma vergüenza y mortificación, Mulder?
- ¿Sabes? Podrías decir algo humillante para hacerme sentir mejor.
Milagrosamente, lo hace. De nuevo, sin darle importancia.
- Krycek me besó una vez.
No acabo de oír eso.
- ¿Qué!
Todavía tiene la camiseta puesta y una envidiable forma física a juzgar por lo que veo –y me mira con un solo ojo- por debajo de su camiseta. Vaya. Parece que una ronda no ha sido suficiente para acabar con sus reservas de testosterona acumuladas durante años.
- ¿Recuerdas cuando te conté que Krycek entró en mi apartamento y me advirtió de una guerra civil entre naciones alienígenas?
Huelga decir que lo recuerdo. ¿Quién podría olvidar algo así?
- Te apuntó con un arma, lo recuerdo.
La mitad de mi cerebro le escucha. La otra mitad está admirando esa erección como si estuviera hipnotizada. No sé qué hacemos hablando de Krycek pero puede llegar a ser incómodo.
- Bueno, pues, soltó el arma, dijo algo en ruso y me besó en la mejilla. Y luego se marchó.
- ¿Krycek?
- Krycek me besó.
Nos miramos. Desnudos –yo algo más que él- en una cama de un motel perdido. Y vuelvo, de pronto, por un instante siete años atrás en el tiempo. Retrocedo hasta un despacho lleno de trastos, en un sótano al que nadie quiere acercarse. Hay un intelectual creído y pagado de sí mismo dándose la vuelta, lleva gafas y tiene demasiado encanto para mi propio bien. Compartimos una noche de tormenta y confesiones y eso –la noche, la tormenta, las confesiones- establece un vínculo que a veces tiembla, pero todavía no ha conseguido romperse.
Siete años después, este intelectual demasiado pagado de sí mismo sigue teniendo demasiado encanto, una avasalladora seguridad en sí mismo y al mismo tiempo, una descorazonadora inseguridad. No sé cómo lo hace pero todo lo que sale de él resulta sexy.
Siete años. Empezó por confesarme que su hermana había sido secuestrada por fuerzas extraterrestres aliadas con nuestro gobierno y siete años de mentiras, conspiraciones, fenómenos paranormales, enfermedades mortales, periodos en coma y besos frustrados después, aquí estamos, con otra confesión absurda y bastante más superficiales. Desnudos, sudados, todavía nosotros.
Todavía nosotros dos. Solo Mulder y Scully. Solo nosotros y por algún motivo, todo lo que me da pánico, todo lo que ha evitado que esto ocurriera antes, parece superficial, lejano y poco importante.
Solo es Mulder. Abrumador, mayor que la vida misma. Pero solo Mulder.
Le quiero en este momento, como si fuera la primera vez.
- ¿Krycek te besó?
- Fue muy extraño, Scully. Creía que debías saberlo. Por si vuelve a hacerlo.
Siempre me ha hecho gracia. Nunca me he reído porque no quiero darle esperanzas. Pero el sexo me ha atontado y en este momento me cuesta trabajo no reírme.
- ¿Tienes más confesiones parecidas que hacer, Mulder? ¿Algo sobre tú y Skinner que deba saber?
- Algo, pero pasó hace tiempo y Walter y yo decidimos no hablar de ello.
Se acerca a mí. Y a pesar de todo, me hace sentir cosquillas en el estómago. Su mirada se vuelve repentinamente más seria, el tono vuelve a oscurecerse. Flirtea, sospecha.
- ¿Qué me dices de ti? ¿Algo sobre tú y Skinner que yo deba saber?
Bromea pero parece celoso. No, en serio. De verdad. EN SERIO. Celoso de Skinner. Le juzgaría pero teniendo en cuenta cómo me he comportado durante este caso, sería hipócrita. Es horrible pero sus celos absurdos me hacen sentir menos absurda.
- En realidad, hay algo- confieso. Parece aterrorizado. Es casi divertido. – Una vez le besé.
Ahora no parece aterrorizado, sino lívido. Probablemente sintiendo nauseas. Blanco.
- ¿Besaste a Walter Skinner? ¿Nuestro jefe? ¿Calvo? ¿Mayor? ¿Como de mi estatura?
Pánico en su voz.
Esta es mi pequeña venganza de tres segundos por todas las veces que las secretarias han sido amables con él y bordes conmigo.
- Eso hice. Cuando fuiste tan idiota como para irte solo a las Bermudas, poniendo en peligro tu vida y mi salud mental, Skinner me dijo cómo encontrarte. – Se calma ligeramente. - Estaba tan emocionada que le di un beso. – Y Skinner es bastante más alto que tú.
- Espero que fuera sin lengua. Y medimos lo mismo- murmura. - Aproximadamente.
Por favor.
- Lo que pasa es que Skinner lleva alzas en los zapatos. - Mulder parece compungido y esto es lo más infantil que nos ha ocurrido nunca. – Y yo no me haría ilusiones, creo que está liado con su secretaria.
Para ser alguien que apenas se habla con el resto de sus compañeros, Mulder siempre se sabe los últimos cotilleos.
- Mi gozo por convertirme en señora de Skinner en un pozo. Yo que pensaba ser la primera dama del FBI cuando Skinner llegara a director.
Es horrible admitirlo y me convierte en un ser horrible pero esa nube enrarecida en su mirada que dice claramente “celos” me consuela. Saber que no soy la única que tiene reacciones absurdas y desproporcionadas. Sí, me consuela. Mal de muchos, consuelo de agentes del FBI hiperterritoriales.
- Si tuviera que votar por un futuro director del FBI te votaría a ti antes que Skinner. En serio. En diez años tú serás la directora y yo el tío que le suplica a tu secretaria para que me atiendas solo durante cinco minutos.
Si no fuera porque parte de él está expresando un miedo profundo a que yo le abandone igual que le ha abandonado todo el mundo, sería monísimo.
No, espera. ES monísimo.
¿Acabo de utilizar la expresión “monísimo”?
Dios. Algo de sexo y estoy de vuelta en el instituto.
- Si soy directora del FBI siempre tendré cinco minutos para ti, Mulder. – Sonríe, y sonrío. Hemos sonreído más en los últimos diez minutos que en los últimos siete años. Es preocupante. – Aunque solo cinco minutos.
Se acerca todavía más. Tan cerca que tenemos que hacer un esfuerzo para no tocarnos.
- ¿Te han dicho alguna vez que eres una mandona?
- Cállate.
Se calla.
Me besa.
Siete años esperando. Merecían la pena.
Toda la tensión sexual vuelve y en cuanto los labios de Mulder rozan los míos, noto su mano en la cintura, bajando hacia las nalgas, y su lengua rozando la mía, estoy otra vez en ese punto en el que solo quiero que se frote contra mí y acabe con ese dolor intenso entre las piernas. AHORA.
Dejó de pensar. Burbujas de champagne en el cerebro. Lengua de Mulder en la boca. Apasionadamente suave, deliciosamente erótica, la sensación más íntima que se puede experimentar. ¿Cómo voy a pensar? Es la misma boca que ha dicho toda clase estupideces dentro de los límites de mi espacio personal. Me he tocado demasiadas veces en la cama pensando en esa boca.
Siete años. Son muchos años.
Ahora es mía y meter la lengua dentro no puede compararse a nada. Nunca. Nada.
Bailamos en la cama. Rodamos sobre el colchón. Mulder arriba, yo arriba, de lado, sentados, tumbados, nos besamos, peleamos con su camiseta, la tiramos al suelo, perdemos la noción del tiempo y del espacio, de la identidad y la cordura. Nos besamos y “besar” no tiene sentido, no significa nada. Lo significa todo. Todo se reduce a esto. Juntos, desnudos. Mis piernas alrededor de su cintura. Mulder gimiendo. Mulder rígido. Mulder frotándose contra mí y esa fricción masculina, levemente violenta, casi adolescente. Somos como animales que se frotan y, ¿quién iba a decir que sería tan increíble? ¿Quién iba a decir que efectivamente esas novelas de tapas blandas tienen razón y llega un momento en que lo único que quieres gritar es “a la mierda los preámbulos y tómame de una vez”?
Podría haber sido diferente.
Si esa cama no se hubiera roto, yo podría estar en esta cama, pensando en él, tocándome, mordiéndome los labios para no hacer ningún ruido, imaginando que él está en su habitación, tocándose, mordiéndose los labios para no hacer ningún ruido, tal vez, ¿imaginándome a mí?
Me cuesta trabajo dejar de besarle pero todo se precipita y pronto no me quedará capacidad para hablar. Así que necesito decirlo ahora.
- ¿Piensas en mí?
A veces nos entendemos sin palabras. Esta vez no.
- ¿Qué?
Qué demonios. Meto una mano entre nosotros, encuentro lo que buscaba, le acaricio con toda la mano, le oigo gemir.
- ¿Piensas en mí? – repito, sin dejar de tocarle.
Me ha parecido verle asentir, desesperado, con los ojos cerrados, sudando. Sexy. Creo que ya he dicho que e s difícil ser más sexy. No voy a decir imposible porque este trabajo te enseña a no decir imposible a menudo.
Poseída por lo que supongo que es una presencia satánica que demuestra que este caso NO era un fraude, le beso la nuca a grandes lametones, le muerdo las orejas, murmuro.
- Enséñame cómo lo haces.
Gime con un sonido tan animal y tan intenso que creo que va a correrse así y ahora. No estoy segura de por qué quiero verle pero quiero y tal vez sea verdad que soy una mandona. Tal vez quiero demostrarle a Tom Colton y a este pueblo que no soy frígida. Tal vez solo quiero verlo. Cómo se toca, con una sola mano y la maestría que dan los años, sin quitarme un ojo de encima, más rápido y más fuerte que mis caricias.
- ¿De verdad piensas en mí cuando lo haces?
Usa su propio pulgar para rodear la punta y extender un poco de humedad. Parece una mano enorme, en una erección caliente, gruesa, creciente.
- Claro. Cuando no pienso en Krycek.
- No era eso lo que...
...esperaba oír, quiero decir. Pero me interrumpe.
- Todo el tiempo- en un suspiro. – Pienso en ti todo el tiempo.
Es inevitable. Tengo que sentirle dentro de mí. Igual que en las estúpidas novelas rosa. Tengo que tenerle dentro de mí y morderme la lengua para no decir alguna obscenidad poco típica de mí. Estoy a punto de decirlo. Me aguanto.
No quiero precalentamientos ni torturas. Quiero esa erección y sé exactamente dónde.
Maniobramos apenas un segundo. Estoy tan mojada que podría acostarme con un caballo. Aunque la imagen mental es tan desagradable que la deshecho inmediatamente. Mulder está encima de mí, solo dos milímetros y estaría dentro.
- Espera.
Para inmediatamente. Como si se hubiera quedado paralizado. Es capaz de creer que no quiero seguir.
- Deja que me dé la vuelta.
Me mira con algo que puede ser incredulidad mezclada con una lujuria totalmente pornográfica. Como si no diera crédito y al mismo tiempo, no quisiera estar en ningún otro lugar del mundo. En realidad, estoy a punto de explicarle que si prefiero hacerlo de espaldas es porque la penetración resulta más placentera para la mujer en esta postura, pero una explicación científica está fuera de lugar y Mulder parece tan excitado que no quiero desilusionarle siendo razonable.
Se coloca en mi espalda.
En esta postura es un poco más difícil. Solo un poco. Un segundo.
Después es perfecto.
Un deslizamiento intenso.
Centímetro a centímetro hasta que no cabe nada más. Hasta el corazón. Hasta el fondo del estómago. Centímetro a centímetro. El deslizamiento de las placas tectónicas en el centro de la tierra. Casi doloroso. Tanto placer es una crueldad. Aprieto todos mis músculos internos y la intimidad es intoxicante. Aprieto más, como si quisiera retenerle conmigo y la sensación cuando embiste es lo-mejor-que-me-ha-pasado-nunca.
Balbucea mi nombre, embiste cada vez más rápido. Lo noto todo. La fricción, esa especie de dolor sordo cuando golpea, el choque de sus testículos contra mí. Todo. Lo cerca que está Mulder. Todo.
Sin pensarlo mucho acompaño sus embestidas con el movimiento de mis propios dedos. Me sorprende lo mojada que estoy. El contraste eléctrico de sensaciones. Mulder deslizándose dentro y fuera, golpeando contra algún punto en mi interior que me deja la mente en blanco cada vez que da con él y los dedos, provocando centelleantes oleadas de placer femenino en otro punto distinto de la galaxia del sexo.
Esas dos sensaciones me mantienen al borde del orgasmo. Mulder, corriéndose mientras habla, me envía al otro lado.
noparesnoparesnoparesnoparesnoparesnoparesnopares
Podría ser yo. Creo que es él. No estoy segura. Exploto, desde el culo hasta el corazón de Alabama, exploto. Todo mi cuerpo. Fusión, calor, y líquido. Exploto y me contraigo. Un temblor tras otro, hasta que me quedo sin fuerzas, exhausta, incapaz de pensar en nada coherente.
No encuentro palabras que sean capaces de explicar cómo me siento. Así que no digo nada. Le oigo respirar, abrazado a mí, murmurando palabras inconexas, hasta que se queda dormido. Creo que pasan varias horas sin que piense en nada, incapaz de conciliar el sueño, demasiado en paz conmigo misma como para rendirme al cansancio, disfrutando de las sensaciones de mi cuerpo, como si acabara de nacer.
Fuera de la habitación cantan los grillos.
Que nadie lo diga muy algo pero creo que me está empezando a gustar este sitio.
**
**
Unos días en Alabama pueden hacer estragos por la capacidad mental de una persona. O eso o el sexo después de siete años ha acabado con mis neuronas porque cuando oigo ese pitido familiar tardo al menos ocho timbres en reaccionar y pensar “teléfono” y luego un par de timbres más hasta que se me ocurre sacar la mano de las sábanas y cogerlo, murmurar “diga” y darme cuenta de que tengo agujetas en el brazo. Me quejaría pero son agujetas producto de hacer abdominales con Scully desnuda debajo. Merece la pena.
- Buenos días, agente- braman al otro lado.
Me incorporo como si llevara un resorte mecánico en la cintura. Es mi respuesta ante una dosis de Skinner. Soy como un perro de Paulov entrenado para escuchar sus sermones.
- Sí, señor.
- ¿Mulder?
No parece un sermón. Parece intrigado.
- Sí, señor.
- ¿Me ha cogido el teléfono en la habitación de la agente Scully?
Mierda. ¿qué había dicho sobre pensar despacio? Miro alrededor. Una milésima de segundo y efectivamente Scully no está. Pánico. ¿Por qué no está? Su maleta sigue aquí, su ropa sigue aquí, aguzo el oído, no parece que haya nadie en el baño y probablemente se ha escapado dejándome una nota. “Lo siento, Fox, siete años han sido demasiados”. Me llamará Fox en su nota, solo para fastidiar. Lo estoy viendo.
- Mulder, ¿sigue ahí?
Sí, señor. Estoy reflexionando sobre la total falta de sentido de mi vida a partir de ahora. Disculpe que me entretenga.
- Estoy aquí- murmuro.
Y entonces escucho cómo Skinner dice algo sobre el caso y cómo no consigue localizarla en el móvil y cómo la cobertura es un desastre en esta ciudad y me aguanto las ganas de contarle que además, ¡no tienen duchas! y que no sabe lo peor pero ¡Scully me ha abandonado, señor!
Cómo se puede pasar del éxtasis a la miseria en una noche, por Fox Mulder.
- Dígale que espero su nuevo informe por fax al mediodía.
- ¿Qué?
- Mulder, ¿está borracho? Quiero que Scully me envíe el nuevo informe al mediodía para que decida sobre el caso, ¿me ha oído ahora?
Digo que sí. No entiendo un pito.
Cuelga. Cuelgo. El reloj despertador marca las diez. ¿Las diez! Tenía que salir de aquí a las seis para coger un avión y no he dormido hasta las diez desde el colegio. ¡Las diez! ¿Por qué Scully no me ha despertado?
Porque te ha abandonado.
Ah, sí es verdad. Tengo que agradecerle a mi inconsciente que me lo recuerde. Ahora solo queda desayunar, vestirme, hacer testamento y suicidarme. ¿Dónde está mi corazón? ¿Todavía late? ¿Es eso que pesa y duele en el pecho?
Intento despejarme. Ponerme en pie, contar las agujetas, sentir el efecto devastador de Scully en mi cuerpo, pensar que ha sido la primera y última vez que amanezco oliendo a ella, intentar lavarme en esa bañera del demonio, vestirme, pensar.
Lo de pensar es lo que peor se me da.
Bajo a recepción como un zombie. Mírame, Alabama. Hace unas horas era el ser más feliz sobre la faz de la tierra, y ahora doy pena. Ni siquiera la ausencia de troll / presencia de ninfa en recepción me hace sentir mejor. Cuando me da los buenos días con esa musicalidad acariciante quiero echarme a llorar y gritar “Scully no estáaaaa”. Soy un hombre adulto reducido a llorica. Me temo que es lo que he sido siempre.
- Buenos días, agente Mulder. Usted también querrá desayunar, me imagino. ¿Ha dormido bien?
Ha sido increíble. Durante un momento creí que me iba a correr con tanta intensidad que me condecorarían con la medalla al mérito. Pero creo que a ella no le interesa saberlo y me parece que ha mencionado algo sobre el desayuno.
- ¿La agente Scully ya ha desayunado?
- Sí, señor. Bajo temprano y se marchó pronto.
Al menos ha cuidado su alimentación. Es típico de Scully abandonarme después de tomarse el desayuno. El desayuno es la comida más importante del día.
- ¿Y sabe a dónde se marchó?
¿Sabe si dijo algo como “dejo un hombre desnudo e inconsciente por la fuerza de mi descarga sexual en el piso de arriba”? ¿¡Es que nadie sabe nada?!
- A la biblioteca.
A mi espalda. Ha sido su voz –aflautada voz de canela y limones aromáticos- a mi espalda. Es como volver a casa, ducharme después de un día bajo el aguacero, meterte en sábanas limpias con chocolate caliente en las manos. Me giro y la veo y está espectacular. Sin maquillaje, con un traje que ya llevaba ayer y una especie de brillo en la mirada que nunca había visto antes. Esa luz se debe ver en todos los estados de la unión. Con sus papeles en la mano y una sonrisa algo nerviosa. Está increíble.
- Buenos días, Mulder.
Quiero hablar. Pero solo me sale decir “bababababatequierobabababa”. Algo así.
- ¿Ya has desayunado?
Balbuceo. Debo parecer idiota.
- Iba a hacerlo.
Te quiero, no me abandones.
- ¿Te acompaño y te cuento las novedades sobre el caso?
Sí, señora. Le diría a todo que sí. En serio. No solo por el sexo, creo que es la mezcla entre haberme acostado con ella, estar enamorado y haber creído que iba a perderla lo que me ha dejado en un estado de memez absoluta, incapaz de decir que no, siguiéndola a todas partes como un perrito faldero. Debería sentir algo de vergüenza por esta repentina sensación de sumisión absoluta pero es Scully. No siento vergüenza. ¡Solo quiero que no me abandone! Y a ser posible volver a acostarme con ella. Si puede ser.
No parece enfadada. No me ha abandonado. Eso son buenas señales.
Me acompaña a desayunar. Eso tampoco es malo.
Mientras la recepcionista-ahora-convertida-en-camarera nos sirve Scully saca un fajo de papeles y se moja la comisura de los labios. Es un tic nervioso, lo cual significa que está nerviosa pero para mí, ahora mismo es un gesto que dice “estos son los labios que podrías estar besando, Mulder, estos son los que anoche lamieron tu cuerpo”. Me concentro en beber el café sin tirarlo. Hay tensión. ¿Va a dejarme? ¿Y si realmente le beso en la boca?
Señala los papeles sobre la mesa.
- No te lo vas a creer si te digo lo qué he encontrado en la biblioteca.
Así que vamos a hablar del caso que teóricamente se cerró ayer. Ajá. Bien. Somos Mulder y Scully, nos hemos intercambio fluidos durante toda la noche y estamos hablando del caso. Todo normal.
- Ni siquiera voy a creerte si me dices que hay biblioteca en este sitio.
Ignora mi broma. Concentrada. Todavía hace eso del labio. Me desconcentra. Pruebo el café pero me sabe a ella. ¿He mencionado que tiene unos labios asombrosos y que si antes era difícil no prestarles atención, ahora es imposible mirarlos sin recordar qué aspecto tenían cuando me lamían de arriba abajo?
- De hecho es biblioteca y archivo municipal. He investigado en la revista del condado. Resulta que hay testimonios de actividad satánica, supuestas misas negras y extraños rituales con animales desde mediados de los años sesenta.
No sé cómo lo hace pero escucho todos esos datos y me estoy excitando. Me solía pasar antes pero ahora que sé cómo gime cuando está a punto de correrse es un poco más intenso y cada más difícil de controlar cuando me detalla lo que ha descubierto.
- Hay una coincidencia. He hecho un listado con los momentos de mayor actividad satánica. Corresponden casi al cien por cien con la presencia de soldados en maniobras en este estado.
Ha estado investigando.
Actividad satánica.
En un sitio que odia.
Tengo que sonreír.
- ¿Crees que los militares del ejército americano rinden culto a Satanás?
Levanta una ceja. Esto está bien. Esto es normal. Esto es nosotros. Podemos hacerlo. Sé que podemos hacerlo. Aparearnos como gorrinos y luego trabajar. Scully, podemos hacerlo.
- Aunque la mayoría de los habitantes de este planeta te contestarían que sí, creo que no. Pero también creo que hay una relación. – Toma aire, todavía parece nerviosa pero gana confianza cuando habla de un caso, cuando puede agarrarse a los datos y la ciencia para seguir teniendo fe. - Tal vez los habitantes de Apple City llevan tiempo viendo algo, maniobras nocturnas, por ejemplo y lo que creen ver alimenta una leyenda urbana que pasa de generación en generación.
Leyendas urbanas.
Me sé unas cuantas. Podría recitárselas. Desnudos. Al oído. Podría.
- ¿Quiere decir cómo esa leyenda de la pareja que se lo monta en un coche con un asesino suelto por el bosque y luego encuentran un garfio clavado en el capó?
Inesperadamente, sonríe. No se aguanta una sonrisa. No contiene un arrebato de espontaneidad. No, señora. Scully baja la mirada levemente y sonríe. Repentino, increíble, radiante.
Estoy tan enamorado que ya ni siquiera es gracioso.
Creo que si me hicieran un análisis de sangre descubrieran regalices y chucherías.
- Le he pedido a Skinner un día más para quedarnos a aclarar de una vez lo que está pasando. Hay una base de entrenamiento de los marines a cuarenta kilómetros de aquí. Podríamos hacer un par de preguntas incómodas.
Hay un matiz de rebeldía cuando dice “preguntas incómodas”. Ah, sí. Esta es mi chica.
- ¿Quieres ir a preguntarle al ejército sobre maniobras nocturnas y actividad satánica?
Me mira fijamente. Soy suyo. ¿Ya he dicho que soy suyo? No valgo mucho pero lo que hay, todo suyo.
- Quiero aclarar este caso- contesta. Y para provocarme un infarto, añade un tono abierto, sugerente, casi lascivo. - Con una mentalidad abierta.
Directamente a los genitales. Scully habla y yo y el Pequeño Gran Mulder tenemos la bandera izada, listos para el abordaje. Erecciones en público. Sí, los científicos le llaman “síndrome de Scully”. Es bastante común.
- Scully ¿cuándo has pensado en esto?
Traga saliva. Deletrea con intención.
- Anoche.
- Anoche. ¿Cuándo exactamente? Y por favor, al responder ten en cuenta que es mi ego lo que está en juego.
Dos sonrisas en un minuto. Es un record personal. Estoy empezando incluso a ser optimista con toda esta situación. Yo. Optimista. En Alabama. ES un expediente X.
- Después, Mulder. Pensé en ello después.
Después. Qué gran palabra. Después significa asumir que hubo un “durante”. Eso que no vamos a fingir que no paso. Podemos asumir que pasó. Incluso por su manera de comportarse, podemos asumir que volverá a pasar.
No sé rezar pero estoy rezando.
- No podía dormir- dice. -Y estuve pensando que no le he dado una oportunidad justa al caso.
¿Eso estuvo pensando? Mientras mi mente era mermelada y yo pensaba “scullybuenasexobuenolaquieroquierocasarmeconella”? Es bastante triste darme cuenta de que el sexo me reduce a un estado mental gelatinoso mientras a ella le refresca las ideas sobre un caso. Supongo que esta es la diferencia esencial entre hombres y mujeres.
¿Eso estuvo pensando? ¿En serio?
- ¿Eso estuviste pensando?
Asiente.
- Quiero demostrar que no existe actividad satánica legítima. Y descubrir por qué todo el mundo en este cuchitril cree que sí la hay. Al fin y al cabo, si lo creen es por algo. Quiero saber por qué.
Quiere saber por qué. Quiere darle una oportunidad a este caso. A pesar de que odia este sitio, no cree en la actividad satánica legítima, hay dos millones de informes que le dan la razón y en ningún momento le ha interesado el tema.
Esta es. La mujer de la que me enamoré. Obstinadamente eficaz. Noble hasta el absurdo, leal por sobre todas las cosas.
Si sintiera el corazón más grande se me saldría por la boca, reventaría el pecho y rompería todas las tazas del desayuno.
- Reconócelo, Scully. En el fondo te gusta Alabama.
Es mi manera de decir te quiero.
- ¿Más café?
Y eso es una camarera / recepcionista interrumpiendo el desayuno más importante de toda mi vida. Sí, sigue siendo tan guapa como ayer. Sí, todavía me preguntó qué hace aquí en lugar de estar pasando modelos de Lacroix en París, pero ahora mismo, ¿cómo puede interrumpirnos, mirarme con su taza de café como si me importara un cuerno alimentarme ahora o durante el resto de mi vida?
- No, gracias.
- ¿Piensan quedarse una noche más, agente Mulder? ¿Prefiere que le prepare la cuenta?
Sonríe. No sé si vamos a quedarnos una noche más, con franqueza. ¿Por qué me pregunta a mí si es Scully la que decide? No tengo ni idea, así que miro a Scully y entonces ocurre. Una especie de pequeña revelación personal. Mi compañera de trabajo, recientemente algo-más-que-compañera tamborilea los dedos con irritación y mira a la Portadora del Café como si en esa cafetera llevara un cartel que anuncia que Einstein era un fraude y las pulseras magnéticas dan la vida eterna.
Va a sonar raro pero me acabo de caer del guindo.
El enfado, Alabama, su sobredimensionada reacción a mi habitual presencia irritante.
Scully estaba celosa.
No, espera. Es mejor que eso. Scully estaba celosa de mí.
Si no fuera porque es verdad parecería mentira. Por Dios. Estoy literalmente a sus pies, lamiendo el suelo que pisa y ella está celosa. En este pueblo en el que todos los hombres tienen miedo de ella porque sus pequeñas masas encefálicas no pueden conciliar el concepto “mujer atractiva” y unirlo a “mujer con pistola”. En este lodazal en el que ella destaca como una NINFA, Scully está celosa. Dana Scully. Es como si yo estuviera celoso por aquel cara conejo inculto ignorante no-le-llego-a-la-suela-de-los-zapatos-a-esta-mujer Sheriff Hartwell.
¿Es realmente tan insegura?
La camarera espera su respuesta.
- No sé decirle, la verdad. La agente Scully lleva en este momento el peso de la investigación. Yo solo estoy de prácticas.
Dice “oh”. Como si fuera realmente sorprendente. Tal vez en la jerarquía social de este sitio lo sea. Eso no es lo sorprendente. Lo sorprendente es que Scully se acaba de ablandar ante mí, como si se deshiciera y se volviera a rehacer. Y creo que esa mirada significa que sí, está noche habrá reestreno.
Dios mío. Soy gilipollas. Realmente soy gilipollas. Todo este tiempo, algo he hecho o dejado de hacer que le ha hecho sentir en segundo plano. Y aún así ella se acostó conmigo. Joder, Scully. ¿Cómo puedes soportarme?
- Parece que nos quedaremos una noche más- dice.
Es una promesa. Me parece una promesa.
Al fin y al cabo sigue habiendo solo un colchón. La camarera se marcha por donde ha venido. Adiós, muñeca.
- ¿De prácticas?- pregunta Scully.
- Sí, señorita.
Lo digo afinando mi mejor imitación del Sheriff Hartwell.
- ¿Y yo estoy al cargo?
- Sí, señorita.
Siempre lo ha estado pero al parecer no se había dado cuenta hasta ahora. ¿Qué parece ahora que empieza a darse cuenta? Señoras, señores, mamíferos de Alabama, parece feliz. Nota: Hacerla feliz más a menudo. ¿Dignidad? ¿No habíamos dicho que la dignidad era que Scully me mirara ASÍ? Pues eso.
Se levanta.
Me levanto.
- Tenemos que darnos prisa para llegar a esa base antes del mediodía.
- Sí, señorita.
Sale del comedor. Cruza la recepción. Desde la calle llega un calor abrasivo, húmedo casi mortal. No podría importarme menos. La sigo. Hasta el fin del mundo y, aparentemente, hasta la habitación. Cuando sube las escaleras me fijo en ese balanceo suave de sus nalgas bajo la falda. Mis manos recuerdan la sensación táctil de tocarlas y sienten calambres. Tienen síndrome de abstinencia de Scully. Una droga demasiado dura para simples manos mortales.
En el interior de la habitación, hay una cama deshecha y mil preguntas esperando su turno.
- Se me olvidaba. Ha llamado Skinner esta mañana.
No sé por qué bajo el tono de voz. Hay algo en el ambiente. Como si este sitio, por efecto de lo que ha ocurrido aquí fuera un santuario. Todavía huele a nosotros. Ha habido otras cosas antes que olían a ella, supongo que algunas que olían a mí. Nosotros es distinto. Nosotros es mejor y más intenso.
- ¿Skinner? ¿Y qué ha dicho?
Voy a contestar. Tengo toda la intención pero la parte de mi cerebro que piensa en Scully y que a partir de ahora llamaré la parte “Alabama” de mi cerebro toma el control y en lugar de contestar avanza dos pasos, me obliga a acercarme, serpentear una mano detrás de su cintura y atraerla hacia mí, besarla con esa desesperación que sentimos los adictos después de horas sin una dosis de narcóticos pelirrojos que gimen suavemente cuando les separas los labios con la lengua y te deslizas al interior, hundiéndote en el interior carnoso de una planta carnívora.
Scully me devuelve el beso. Todavía me cuesta acostumbrarme.
Se separa. Debería ser un delito separarse.
- ¿Skinner te ha dicho eso?
No hay mucha gente que lo sepa pero Dana Scully tiene un gran sentido del humor.
Asiento.
- Me ha dicho “escuche, Mulder, de ahora en adelante quiero que bese a la agente Scully siempre y cuando ella lo ordene, a usted le apetezca o alguno de los dos esté en Alabama”. – Creo que mi imitación de Skinner le hace gracia. - Ya sabes lo estricto que es. No me gustaría desobedecerle.
- ¿En serio? Me sorprende tanto respeto por el principio de autoridad.
Encojo los hombros. Todavía no la he soltado. Todavía no me lo puedo creer. Si fuera más feliz vomitaría. Sí, todavía quiero encontrar la verdad. Sí, claro, todavía me preocupa la posibilidad de vida extraterrestre en el planeta pero hace menos de veinticuatro horas desde que puedo besarla. Necesito adaptarme a la felicidad.
- Soy un agente federal, Scully. Me tomo muy en serio la jerarquía y el respeto por las leyes.
Sonríe. La mejor sonrisa que nadie haya visto nunca y solo es para mí. No hay nadie más en esta habitación, tiene que ser para mí. Bueno, de hecho hay algo que parece una cucaracha colándose en el baño pero no creo que Scully la haya visto.
- En ese caso, tengo que darte una mala noticia porque creo que hemos infringido la ley del estado.
- ¿De verdad?
Asiente.
- Deberías saber que Alabama es uno de los estados que todavía mantienen leyes contra el sexo consensual entre adultos, entre ellas leyes específicas contra el intercambio buco genital o sexo oral.
Scully ha dicho sexo oral. El niño de tres años que vive dentro de mí está a punto de tener un ataque de risa floja.
- ¿Alabama? ¿Estás segura de eso, Scully?
- Junto con Florida, Idaho, Louisiana, Mississippi, Virginia, Utah y ambos estados de Carolina. Además de Tejas, Kansas, Missouri, y Oklahoma que mantienen leyes exclusivamente contra el sexo consensuado entre personas del mismo género. Todos estos estados mantienen también una legislación que prohibe expresamente la sodomía entre personas homosexuales o heterosexuales.
Es capaz de decirlo todo de la misma manera que recita las leyes de la termodinámica y los principios de la Física. De la misma manera que memoriza rituales de magia negra de todo el planeta a pesar de que ni siquiera cree en la magia negra.
Soy el tío con más suerte en todo el sistema solar.
En serio. Y hablo con conocimiento de causa sobre la vida en otros planetas. De hecho conozco la vida en otros planetas mejor que en este mismo.
Creo que Scully es una compensación kármica por el resto de mi vida. El mismo destino que me jodió en el pasado la puso en mi camino. Salgo ganando.
- Scully, ¿quieres casarte conmigo?
Ni siquiera creo que sea una broma o lo haya sido nunca.
Su respuesta es besarme. A mí. Con todo lo que lleva dentro y tal vez, algo más. Cuando nos separamos, solo puedo decir yewha.
- Me temo que no puedo casarme sin pedir permiso. El reglamento del FBI indica que los agentes solo pueden contraer matrimonio después de haber informado a sus superiores.
- Recítame otra de esas normas y te doy una patada en el culo.
- Qué rebelde.
Nos vamos juntos de la habitación. Ella y yo. Juntos. Y me ha besado. Y no ha dicho “voy a presentar mi dimisión, Mulder”. Tampoco “eres un verdadero desastre en la cama, Mulder y soy médico, así que sé de lo que hablo”. Es más, no ha dicho “no puede volver a ocurrir”. De momento, soy consciente de que deberíamos hablar de todos estos cambios monumentales y sé que hacemos de “disfuncional” la palabra clave de nuestra relación y estoy seguro de que antes de que acabe el día la acabaré cabreando sin saber por qué. Pero la cama sigue rota y creo que empiezo a sospechar que existe una manera bastante agradable de mejorar su humor, así que perdóname, señor, por ser optimista y rezar para que está noche esté de nuevo bastante enfadada conmigo como para hacerme un hueco en la cama.
- ¿Sabes? Si vamos a ir a esa base, creo que hay una granja de camino, donde aparecieron unos círculos en el maíz. Podríamos echarle un vistazo.
- ¿Estás intentando que me enfade a propósito?
Me conoce demasiado bien.
- No puedo evitarlo, Scully. Me excito cuando te enfadas.
Me contesta sin mirarme. Todavía no está cabreada pero no hay que desistir, tengo todo un día por delante.
- Cállate, Mulder.
- Sí, señorita.
Que lo que Alabama ha unido, no lo separe el hombre. Amén.
(fin)
Última nota aclaratoria: Actualmente el Tribunal Supremo de los Estados Unidos ha sentado jurisprudencia y abolido la penalización de la sodomía. Lo cual no hubiera sido necesario si en primer lugar alguien no hubiera penalizado lo que la gente haga dentro de su casa, con sus órganos genitales y bajo mutuo consentimiento. En fin. Cosas de Alabama.
Unlimited Hosting
Unlimited Space and BandWidth,
Free Domain ,Free Site Builder, PHP/MySQL
www.GridHoster.com