TEXTOS DE MARÍA TERESA

DON QUIJOTE DE LA MANCHA

En un lugar de la Mancha de  cuyo nombre no quiero acordarme, vivía un hidalgo fascinado por la lectura.

Alfonso Quijano rondaba entre los cincuenta años. No tenía muchas ocupaciones y todos sus ratos de ocio los dedicaba a la lectura; le encantaban las novelas y los libros de caballerías. Solo ganaba dinero de los campos que él tenía.

En  el pueblo lo conocían como un hombre bueno. Era amigo del cura y del barbero.

El hidalgo vivía con su criada que pasaba de los cuarenta años y con su sobrina que no llegaba a los veinte.

Alonso llegó a vender parte de sus tierras para seguir leyendo libros de fascinantes caballeros. Llegó un momento que se le secó el cerebro y se volvió tarumba. Se creía todas las historias que contaban sus libros.

Un buen día de Julio se levantó y tubo una gran idea, se haría caballero andante. Se puso su armadura que un día llevaron sus abuelos bisabuelos;  y cogió una lanza y una espada que habían hecho polvo en una esquina de su cuarto de lectura.

Como un buen caballero él también amaba a una princesa que se llamaba Aldonza Lorenzo, tenía una peca sobre la boca que parecía un bigote y tumbaba  a un cerdo con solo una mano. Pero él se la imaginaba que se llamaba Dulcinea del Toboso, que era rubia como el oro, la piel blanca como el marfil y había sido criada entre algodones…

Maritere Pintanel

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CUENTO

Marta era una niña muy risueña, también le encantaba gastar bromas.

A Marta le encantaba poner su árbol de navidad. Lo solían poner ella, su madre y su perrita “Deisy” les ayudaba… bueno más que ayudar, incordiaba.

El árbol de Marta era de color verde, como todos los pinos, y sobre él colgaban bolas de todos los colores. Durante las navidades iban colgando todas las felicitaciones que recibían de familiares y amigos.

Ese año para Marta iba a cambiar. Tenía que pasar las navidades en el Pirineo, en casa de una tía. Allí se reuniría toda la familia. Era su primer año fuera de casa, en el Pirineo Aragonés, y lo que más le preocupaba a Marta era que iba a estar lejos, muy lejos, lejísimos de su amado árbol.

A Marta no le preocupaba tanto estar con su tía Loreto, y, como no le quedaba otro remedio, se fueron, y ni adornaron su casa, ni pusieron el Belén y tampoco sacaron del armario el árbol de Marta.

Cuando llegaron a casa de su tía les recibió con amabilidad. Cuando descargaron el equipaje, Luís, el padre de Marta, se echó una cabezadita, el viaje había sido muy largo.

Loreto no había adornado la casa y le pidió a Marta y Isabel, la madre de Marta y hermana de Loreto, que si le podían ayudar a montar el árbol. María, la prima mayor de Marta, estaba en clase de piano pero en media hora llegaría y darían un baño a Deisy.

Cuando Loreto sacó de una caja el árbol a Marta le pareció rarísimo. No era verde era en un tono rojizo y las bolas eran blancas, lo único que le pareció original fue una estrella fugaz  que colgó su madre sobre la punta del árbol.

María le contó a Marta que sabía lo que estaba sufriendo. Ella el año anterior había pasado la Navidad en Valladolid. También había sufrido mucho, por no poner su árbol, pero se acostumbró. Aunque no puso su árbol, lo puso en Valladolid.

Después de Navidad, cuando Marta llegó a su casa, recordó las palabras de su prima y se sintió mucho mejor.

Nunca más, pasara las navidades donde las pasara, tuvo miedo no poder poner el árbol. Fuera donde fuera nunca iba a dejar de poner ni una sola bola de cualquier árbol de navidad. 

 

María Teresa Pintanel Raymundo

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RESUMEN DE UN LIBRO

SOPABOBA

 

 

 

Érase una vez un niño que se llamaba Juanito y siempre había sido el primero de la clase. Para él y para su familia sería una decepción que este año no lo fuera.

Su padre siempre le decía al empezar el curso:

-         Juanito, yo siempre fui el primero de la clase y no espero una cosa diferente de ti.

-         Cariño, ¿qué profesor te toca este año? – le decía su madre.

-         Me toca a Don Manuel

Lo único que habñia oído hablar de él es que era un profesor que dejaba hacer lo que querían sus alumnos.

A la mañana siguiente Don Manuel se había levantado con el pie izquierdo. Al sonar el despertador se le habían caído las gafas de la mesilla, al intentar apagarlo. Al levantarse le pisó la cola al gato y le dio un fuerte arañazo en la pierna. Y cunado se miró al espejo tenía sólo tres pelos y la cara de dormido.

Cuando iban a la escuela se encontraron por el camino Don Manuel y Juanito.

-         Buenos días, Don Manuel – dijo Juanito

Pero Don Manuel ni le miró. Cuando llegaron a la escuela Juanito le agarró en la puerta.

Al llegar a la clase todos los niños estaban gritando.

Juanito se sentó al lado de Paula, su compañera de pupitre

Don Manuel, mientras desayunaba en su casa, se quemó la lengua con el café; estaba pensando en un plan que iba a poner en marcha con sus alumnos de ese año.

Nada más entrar a la clase se puso a cuatro patas en su mesa y empezó  a ladrar.

En ese momento Juanito se empezó a reír con una risa que no le gustaba a ninguno de sus compañeros. Pasaron cinco minutos y Juanito seguía riendo, y su profesor ladrando.

Cunado Don Juan dejó de ladrar y se bajó de la mesa y Juanito se quedó de piedra.

Don Manuel llamó a su padre a la oficina. Su padre trabajaba en una oficina de tráfico y, para ir a buscar a su hijo al colegio, tenía que pedir permiso. Toda esta conversación la tuvieron al teléfono.

 

María Teresa Pintanel Raymundo.

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