Textos basados en la mitología griega

Aracne, la tejedora

Eco y Narciso
El Rey Midas
La Caja de Pandora
Las aventuras de Ulises
Jasón y el vellocino de oro

Aracne, la tejedora

 

Hace mucho tiempo, cuando había que hacer todos los tejidos a mano, vivía Aracne, una estupenda tejedora. Eran tan buenos los tejidos, que la gente los compara por buenas sumas de dinero. Para ver cómo tejía Aracne, algunas tejedoras y sastres viajaban desde muy lejos sólo para eso.

Aracne hacía que la lanzadera volara de un lado a otro y sus dedos parecían más que tocaban un instrumento que coser un paño.

  Un día, los amigos de Aracne le dijeron:

-         Los dioses te han dado un don increíble.

-          ¡¿Qué me va a enseñar los dioses?! Yo tejo mejor que cualquiera de ellos –dijo Aracne.

-         Si se entera la diosa Atenea… -susurraron sus amigos, pálidos a causa del miedo.

-         No me importa que me oiga –dijo Aracne- tejo mejor que ella.

  Una anciana que examinaba un paño de Aracne le preguntó:

-   ¿Crees que ganarías un concurso entre Atenea y tú?

-          ¡Pues claro!

  El pelo de la vieja comenzó a flotar. Luego se transformó en una luz dorada. Un golpe de viento se llevó sus harapos, y se pudo ver un peto de plata. Luego empezó a crecer hasta que la gente le llegaba por los codos. No había duda: era Atenea.

 

-          Pues haremos el concurso- dijo Atenea.

-          Bueno, pues que así sea. Veremos quién es la mejor tejedora- dijo Aracne, con un poco de miedo.

 

Las lanzaderas iban y venían a mucha velocidad.

 

Atenea dibujaba el monte Olimpo. Se podían ver a los dioses heróicos, bondadosos, bellos, etc. Luego dibujó a todos los animales. Los hacía tan reales, que querían acariciar los gatitos y los caballos.

Aracne, dibujaba a los dioses tan tontos como los mortales, y los animales tan reales como los de Atenea.

Al final, Atenea se acercó al tapiz de Aracne.

 

-          Tú ganas- reconoció la diosa- pero tu orgullo es mayor que tu habilidad. Y tu insulto a los dioses es imperdonable.

-          Te mereces que te castigue con algo ejemplar.

 

Entonces le metió la lanzadera en la boca. Y transformó a Aracne. Se le pegaron los brazos al cuerpo y se hizo más pequeña hasta transformarse en araña. Todavía salía un hilo de la boca de Aracne, del que le colgó Atenea.

 

-          Tus tejidos serán preciosos, pero la gente los romperá- dijo Atenea.

Javier Cebollada

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Eco y Narciso

  Todas las diosas del monte Olimpo eran muy silenciosas: Hera, Diana… pero había una entre ellas, Eco, que no paraba de hablar.

  Un día, Hera le riñó:

  - Otra vez, has vuelto a hablar, nunca paras. Para que aprendas, como siempre quieres tener la última palabra, no podrás decir otra cos que las últimas palabras.

  - …últimas palabras- respondió Eco.

  Eco se marchó corriendo y muy triste del Olimpo, y cuando llegó al pie del monte, vio a un pastor llamado Narciso que estaba con sus ovejas. Era muy guapo, tenía cabellos rubios, y solo al verle se enamoró de él. Eco no le podía decir nada, pero le seguía a todas partes con un ramo de flores.

  - ¿Te puedo ayudar en algo?-preguntó Narciso.

  - …en algo- repitió Eco.

  - ¡No me sigas más!

  - …sigas más- replicó Eco.

   Como después de mucho tiempo Narciso seguía sin hacerle caso, Eco adelgazó y perdió toda su belleza. Cuando Narciso la vio así, le dijo:

  - ¡Fuera de aquí! ¿Crees que me gustas? ¡Estás horrorosa! ¡Mírate!

  - … mírate- dijo Eco.

  - Encantado-contestó Narciso.

  Eco se marchó al bosque y, por su tristeza, siguió adelgazando hasta que desapareció y solo quedó su voz que ahora arrastra el viento. Mientras tanto Narciso seguía mirándose en el agua. Allí permaneció mucho tiempo.

  Hera decidió perdonar a Eco y envió a unas ninfas a buscarla.

 - ¡Eco! ¡Eco!-llamaban las ninfas

 - …Eco…Eco- se oía como respuesta del viento.

  Pero las ninfas sólo encontraron una flor amarilla al borde del lago que se inclinaba hacia el agua.

  - ¿Cómo se llamará?- preguntaban las ninfas.

  - Narciso… Narciso…-respondió el viento.

  Desde ese día llamamos narcisos a las flores amarillas que encontramos a la orilla de los lagos, inclinándose hacia el agua como enamoradas de su propio reflejo.

Javier Cebollada

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El Rey Midas

 

Hace mucho tiempo había un rey que se llamaba Midas y era tan estúpido como avaricioso.

Un día hubo un concurso de música entre Apolo y el dios Pan. Pidieron a Midas que fuera el juez, pero como Midas era amigo de Pan, incluso antes del concurso, sin haber escuchado ninguna de las dos músicas, ya decidió que ganaría Pan aunque era mucho mejor la música de Apolo.

Cuando acabó el concurso Midas dijo que pan era el que mejor tocaba, que su música era la mejor… Y siguió elogiando la música de Pan hasta que Apolo se enfadó y apuntó con su dedo mágico a Midas. Si te parece que Pan toca mejor que yo debes tener algún problema en las orejas, dijo Apolo.

A mí no me pasa nada en las orejas, están perfectamente, contestó Midas.

¿Ah, no?, eso lo cambiamos ahora, dijo Apolo.

Midas regresó a su casa y le empezaron a picar las orejas. Se fue a mirar en el espejo y observó que se le estaban transformando las orejas. Se iban estirando y les crecía pelo hasta llegar a tener unas orejas de burro.

Después de un rato Midas pensó que podía taparse las orejas de burro con un gorro para que nadie las viera.

Midas no se quitaba el gorro ni para dormir y como todo el reino le veía con el gorro siempre puesto, creyeron que era la última moda.

Pero había una persona a la que no podía ocultar sus orejas de burro: su barbero. Midas le obligó a que no contase a nadie su secreto.

Como el barbero no podía ocultar el secreto corrió a las afueras del pueblo, cavó un hoyo muy hondo, metió la cabeza y dijo: ‘El rey Midas tiene orejas de burro’.

Mientras, Midas ayudó a un sátiro que se había perdido. El sátiro, en agradecimiento, dijo que le iba a conceder un deseo. Midas, en lo primero que pensó fue en que todo lo que tocara se convirtiera en oro.

El sátiro le preguntaba si estaba seguro y Midas insistía. Al final, el sátiro se fue.

Midas pensó ‘Bah, me habrá engañado y fue tirarle una piedra. Cuando la tocó se convirtió en oro. Siguió tocando las cosas y se convertían en oro. Pidió a sus criados un banquete y cuando se llevó la comida a la boca notó que era de oro. Entonces llegó su hijo y al abrazarle se convirtió también en oro. Entonces se encerró en su habitación y pidió a los dioses que deshicieran el deseo.

Vio al sátiro por la ventana: -Ya te avisé que ése no era un buen deseo. Para deshacerlo te tienes que bañar en el río y mojar todo lo que has convertido en oro con esa agua.

Midas obedeció al sátiro y a partir de ese día, cuando un fuerte viento azotaba la hierba que crecía junto al río, se oía claramente: ‘el rey Midas tiene orejas de burro’.

Javier Cebollada

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La caja de Pandora

Cuando los dioses vivían en el monte Olimpo, Zeus, el rey de los dioses, mandó a Prometeo y Epimeteo crear seres. Epimeteo creó a todos los animales, y Prometeo, con un poco de barro hizo al primer hombre.

- Será parecido a los dioses y caminará a dos patas-

Cómo ya habían dado todos los dones a los animales, Epimeteo subió al cielo y cogió una chispa de fuego. Cuando Zeus se enteró se enfadó mucho y castigó a Prometo. Lo encadenó a unas rocas y mandó a un águila que le comiera las entrañas.

Zeus creó una mujer con ayuda de otros dioses, y la llamó Pandora. Llamó a Epimeteo y le dio a Pandora como esposa. De regalo de boda le dio una caja de madera cerrada con un candado y una llave y le dijo que nunca debía abrirlo. Todo el mundo vivía feliz porque no había enfermedades, ni tristeza...

Pero Pandora quería saber qué había en la caja y quería abrirla. Epimeteo le decía que no le prestara atención a la caja. Un día cuando Epimeteo salió Pandora escuchó una voz :

- Déjanos salir-

Pandora se dio cuenta que venía de la caja y se acercó a ella. La voz seguía insistiendo que le dejase salir. Pandora al principio no quiso, pero luego abrió la caja.

Pandora abrió la tapa y… ¡ZAS! ,salió la Enfermedad, la Crueldad, el Dolor, la Vejez, la Decepción , el Odio, los Celos, la Guerra y la Muerte. Todos se escaparon por la ventana y se esparcieron por la Tierra. Pandora cerró rápidamente la tapa pero ya sólo quedaba una criatura.

-Pandora, Pandora, déjame salir, soy la Esperanza-

Al principio Pandora dudó pero como la Esperanza le dijo que sin ella no se podrían soportar todos los males que habían salido antes, Pandora la dejó salir.

Prometeo , encadenado, escuchaba cómo las desgracias se extendían entre los humanos y sufría mucho.

De repente, Prometeo vio una pequeña luz blanca, la Esperanza. Se posó sobre él y le dio fuerza y pensó que no estaba todo acabado y quizás algún día las cosas podrían mejorar y que alguien lo liberase.

El águila intentó picotear la Esperanza, pero pudo escapar y revolotear por el mundo

Javier Cebollada

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Las aventuras de Ulises

Después de los años de guerra contra Troya, el rey de Ítaca podía volver a su hogar, como muchos otros guerreros. Ulises y los suyos zarparon rumbo hacia Ítaca.

Había poco sitio para los alimentos, así que guardaron unas vasijas de vino troyano en la proa de su pequeño barco. Cuando tomaron este vino, descubrieron que era muy fuerte.

Al rato hubo una gran tormenta que llevó al rey de Ítaca y sus guerreros a una isla desconocida.

-Subamos a esas cuevas. Estarán habitadas. También debemos demostrar que venimos en son de paz, así que coged una tinaja del vino troyano y dejad vuestras armas en el barco.

Entraron en una cueva. En un lado había una buena fogata. Se sentaron a esperar, hasta que llegó un pastor con unas ovejas de tamaño gigantesco. Lo pequeño eran las ovejas, porque el pastor no era nada menos que un cíclope. Tapó la cueva, se dio la vuelta, vio a los visitantes y exclamó.

-¡Comida a domicilio!-y se tragó a un hombre escupiendo su ropa, como si fuera el hueso de una oliva.

-¡No comas a mi gente! ¡Hemos venido en son de paz!-dijo Ulises.

-¡Me como lo que me apetece porque soy Polifemo! ¿Tú quién eres?

-Yo soy… eh… Nadie. Ahora déjame marchar, que no quiero darte el regalo que he traído.

-¿Dónde está ese regalo?

Ulises le mostró la tinaja y Polifemo se la bebió de un trago.

-Un buen regalo, Nadie.

-Entonces déjanos salir.

-¡Ni hablar! Os comeré mañana.

Empezó a reír como un borracho y calló al suelo dormido.

Muchos intentaron mover la roca en vano, y acabaron desesperándose. Ulises afilaba el bastón de pastor. Esto le costó toda la noche, pero al final la calentaron al rojo vivo y… esto no se lo recomiendo a los lectores más sensibles: le clavaron el bastón afilado y al rojo vivo en su único ojo. Polifemo despertó gritando, y sus amigos le escucharon.

-¿Hay alguien más allí dentro?

-Nadie está conmigo.

-¿Qué te pasa, Polifemo?

-¡Nadie me ha herido!

-¿¡Entonces para que molestas!?

Polifemo buscó al rey de Ítaca y sus secuaces. Abrió la puerta de la cueva he izo que las ovejas salieran, mientras palmaba sus espaldas para encontrar a sus enemigos. Ulises y los suyos se colocaron debajo de las ovejas de forma que huyeron sanos y salvos. Cuando consiguieron llegar al barco Ulises gritó:

-¡Polifemo, fui yo, Ulises quién te cegó!

-¡Pues yo soy hijo de Poseidón, y le diré a mi padre que te destruya!

Poseidón escuchó esto y envió con un maremoto al barco del rey de Ítaca a una isla llena de flores en la que había una casa. Ulises se quedó atrás mientras entraban los hombres invitados por una mujer. Los hombres se sentaron a la mesa y les sirvió pan, miel y vino. La mujer les tocó con una vara de oro y mediante les daba empezaron a comer como cerdos, ya que en cerdos se habían transformado. Ulises decidió entrar no sin antes meterse una flor blanca y pequeña en la boca. Circe, pues así se llamaba la mujer le trató como a los demás, le dio pan, miel y le tocó con la vara de oro en la cabeza.

-Esta flor me protege de la magia-dijo Ulises enseñándole la flor.

-Un día, Ulises, un adivino me dijo que un hombre llamado Ulises me derrotaría. Me rindo ante ti.

-Si así es, vuelve a convertir a esos cerdos en hombres.

Así hizo Circe, y le suplicó a Ulises que la amara.

-Mi mujer, Penélope me espera en Ítaca. Pero me quedaré un año.

Al pasar el año, antes de marcharse, Circe le dijo que tenía que pasar por las sirenas y por el remolino de Caribdis. Circe les dijo que para no escuchar el canto de las sirenas que se pusieran cera de abejas en los oídos. Ulises fue atado al mástil, porque sentía curiosidad por el canto de las sirenas. Al rato Ulises escuchó un canto bellísimo: eran las sirenas. A el le parecieron preciosas, y ordenó que le desataran. Los marineros no le oyeron. Al alejarse desataron a Ulises.

-¿Qué visteis?

-Mujeres con cuerpos de buitre, subidas a rocas y rodeadas de huesos.

Ahora tocaba pasar por Caribdis. Según la mitología era un monstruo que succionaba todo a siete millas a la redonda dos veces al día y escupía todo dos veces al día. Bueno, pues pasaron a la hora menos peligrosa de día, pero Poseidón todavía seguía enfadado. Empujó el barco hacia atrás hasta que llegó a Caribdis. El barco fue succionado. Por suerte, Ulises se aferró a un matorral que crecía allí. Aguantó cinco largas horas hasta que el remolino escupió los restos del barco. Se agarró a una tabla. Durante nueve años estuvo guiado por las olas hasta que un barco le subió a bordo y le llevó a Ítaca.

Penélope esperaba mientras tanto. Miraba por la ventana pero Ulises no llegaba. Príncipes pedían la mano de Penélope. Decían que abría muerto.

-Elegiré marido cuando acabe de tejer mi velo de novia.

Penélope tejía todo el día, pero por la noche lo descosía.

Un día, un pretendiente le descubrió.

-Mañana elegirás marido, te guste o no.

Penélope tenía que elegir marido. Todos comían y bebían mucho del banquete que habían preparado. El perro de caza de Ulises era ciego y esquelético. Nadie le prestó atención, excepto un mendigo.

-¿Te acuerdas de mi, viejo amigo?

Y el perro murió feliz en su regazo. Parecía haber esperado a que llegara su dueño para morir. El mendigo entró a pedir comida, pero sólo Penélope le dio algo de comida.

-Elige marido, Penélope- decían todos los invitados.

-Poned las hachas en pie sobre la mesa, y el que consiga atravesar las correas con una flecha con el arco del rey, será mi marido.

Cogieron el arco de Ulises y lo intentaron doblar y encordar, pero ninguno pudo, excepto el mendigo. Una vez hecho esto todos los pretendientes probaron pero ninguno lo consiguió. Después de insistir, dejaron al mendigo. Pero en vez de apuntar a las hachas, el mendigo mató a todos los pretendientes.

-¡Escuchad, he vuelto para limpiar mi casa de vosotros!

Penélope volvió y le dijo con frialdad al mendigo:

-Mandaré que te hagan tu cama.

-Me gustaría dormir en la mía.

-¿Prefieres qué la mueva al dormitorio?

-¿Cómo la vas a mover si está tallada en el árbol que sostiene el tejado?

Penélope cayó a sus brazos y dijo:

-Tenía que asegurare de que eras tú y eres el único que puede saber eso. Bienvenido a casa, Ulises.

Javier Cebollada

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Jasón y el vellocino de oro

 

Hace mucho tiempo gobernaba en Yolco Esón. Su hermano menor, Pelias, le tenía envidia por esto y encarceló a su hermano y se quedó con el trono. Años más tarde, el hijo de Esón, Jasón, fue a luchar contra Pelias para devolverle el trono a su padre. Pelias no luchó contra él, sino que le dijo:

-Si consigues el vellocino de oro, le devolveré a tu padre el trono.

Pelias sabía que nadie había conseguido la piel de ese carnero, que custodiaba el rey Etes. Jasón aceptó y partió en busca del mejor constructor de barcos del mundo.

-Construye el mejor barco que haya navegado en la tierra. Voy a por el vellocino de oro.

-¡Dicen que está guardado por un dragón que no duerme!

-Entonces acabaré con él.

El barco se llamó Argos, que es "veloz" en griego. Los mejores héroes del mundo se convirtieron en argonautas, la tripulación del Argos. Pero Jasón no sabía hacia dónde ir. Se apoyó en el mascarón de proa y… ¡el mascarón le habló!

-El rey Fineo sabe dónde está el vellocino de oro. Ve a hablar con él para saberlo.

Fineo vestía con harapos, estaba delgado y viejo. Tenía muchísima ropa y comida, a pesar de su estado. Los criados les sirvieron la comida. Pero por la ventana aparecieron unos pájaros, cuyas cabezas eran de mujer. Se llevaban la comida y atacaban a todos.

-¡Son las arpías!-dijo Fineo.

Los argonautas tuvieron una intensa lucha con las arpías, hasta que huyeron al mar y no volvieron.

Jasón le dio comida al rey y le pidió que le dijera dónde estaba el vellocino.

-¡No lo intentes! Está protegido por un dragón que no duerme, en Cólquide, más allá de las rocas chocantes.

Jasón y sus hombres pusieron rumbo a las rocas chocantes. Cuando llegaron se quedaron asombrados. Eran dos rocas gigantescas que chocaban entre ellas y al hacerlo caía fuego.

-Si nos fijamos el las gaviotas podremos pasar-dijo Jasón.

Así lo hicieron y consiguieron pasar. Un tiempo después llegaron a Cólquide. Jasón se presentó ante Etes.

-Tengo que conseguir el vellocino de oro-dijo Jasón.

-Te dejo intentarlo, pero mis soldados no te dejarán. ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

Sacó unos dientes de dragón y los tiró al suelo. Cuando tiraba uno al suelo, crecía un soldado armado. En poco tiempo había cien soldados por argonauta. Aún así los argonautas derrotaron a todos los soldados.

Jasón fue a los jardines a por el vellocino. En la puerta se encontró a la hija del rey.

-Necesitarás mi magia para derrotar al dragón. Cásate conmigo y te ayudaré.

-Eres muy hermosa y me casaré contigo. Pero debo conseguir el vellocino de oro yo sólo.

Jasón siguió su camino, y por el encontró huesos humanos. Llegó a un árbol en el que encontró el vellocino. Debajo estaba el dragón, que no tenía párpados. El dragón atacó a Jasón y cuando Jasón le atacó, su espada se rompió. El dragón abrió la boca para comérselo, pero Jasón le clavó su espada rota en la boca. Al ver que causaba efecto, repitió esto una y otra vez hasta que acabó con él. Cogió el vellocino y se marcho con la hija del rey.

Cuando llegó, Pelias tuvo que soltar a Esón. La hija del rey le dio a Esón una pócima para que se rejuveneciera y pudiera gobernar Yolco. Se durmió durante tres días y tuvo efecto. Pelias suplicó a Medias (pues así se llamaba) que hiciera lo mismo con él. Y lo hizo. Pelias durmió durante tres días, tres semanas, tres meses, tres años… en realidad nunca despertó.

Medea y Jasón se casaron, y Jasón llevo siempre una capa forrada de oro.

Javier Cebollada

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