Philip Schlesinger/Nancy
Morris
La rica producción intelectual latinoamericana sobre cuestiones de medios
de comunicación social e identidad se ha pasado por alto en gran medida fuera
de esta región. En este artículo se ponen de manifiesto las visiones de algunos
de los teóricos latinoamericanos más eminentes sobre los temas de identidad,
cultura y comunicación.
INTRODUCCIÓN
La identidad colectiva está
en el fondo de todos los debates en la teoría cultural contemporánea (1).
Aunque cada vez se discute más en todo el mundo la remodelación de la identidad
cultural mediante procesos de comunicación, y se lee y analiza ampliamente la
obra de los investigadores norteamericanos y europeos, los trabajos de sus
colegas en otras partes no atraen la atención que merecen. Tal es el caso de
Latinoamérica, cuya rica producción intelectual sobre cuestiones de medios de
comunicación social e identidad se ha pasado por alto en gran medida fuera de
esta región.
Nuestro objetivo en este
documento es poner de manifiesto las visiones de algunos de los teóricos
latinoamericanos más eminentes sobre los temas –relacionados entre sí– de identidad, cultura y comunicación, además de ofrecer
un comentario sobre estos trabajos desde la perspectiva de los investigadores
que trabajan en Europa y los Estados Unidos. Resulta de especial interés hasta
qué punto el Estado se considera capaz o necesitado de regular cultura y
comunicación.
Comenzamos con un sucinto
bosquejo del contexto de la investigación latinoamericana reciente sobre estos
temas, indicando cómo continúa en pugna con el legado de las teorías de la
dependencia y las hipótesis racionalistas acerca del papel de la intervención
del Estado en el dominio de la cultura. La influencia en nuestros días de las
inquietudes culturales posmodernas, posnacionales y
globales sobre el pensamiento latinoamericano es innegable y lo ha marcado
profundamente en la pasada década. A continuación, estudiamos recientes
trabajos de Jesús Martín-Barbero, Néstor García Canclini
y Renato Ortiz, investigadores latinoamericanos que se fajan con las
consecuencias teóricas de la descentralización del Estado nacional y la crisis,
más amplia, de cultura política que ésta ha engendrado. Finalmente, dado que la
experiencia europea en el campo del audiovisual se invoca en ocasiones como
contrapunto positivo a la latinoamericana, examinamos brevemente algunas
disyuntivas clave relativas a la comunicación y la cultura en el proceso de
formación de
LATINOAMÉRICA
Las Historias de los países
de Latinoamérica, definidos aquí como las veinte antiguas colonias españolas y
portuguesas de las Américas y el Caribe, han sido
turbulentas desde su independencia de sus respectivas potencias coloniales, la
cual, en la mayoría de los casos, se produjo a principios del siglo XIX. En el
siglo XX, los regímenes autocráticos dieron lugar a intentos de democracia
limitada seguidos de pronunciamientos entre los años 60 y los 80, cuando la
mayoría de los países de la región fluctuaron entre dictaduras militares y
sistemas políticos democráticos. En la actualidad, con la excepción de Cuba,
todos los países latinoamericanos poseen gobiernos salidos de las urnas, aunque
algunos de ellos, como Colombia, México y Perú, son un tanto precarios y están
bajo amenaza interna. En toda Latinoamérica, la relación entre los Estados y
los medios han variado desde el mutuo apoyo hasta el enfrentamiento ideológico
y el total control gubernamental de los medios bajo ciertos regímenes
autoritarios. Hoy, los medios son propiedad privada en la mayoría de los casos
y se rigen por el libre mercado (Fox, 1996: 184). Social y económicamente, la
región se caracteriza por enormes discrepancias en la distribución de la
riqueza y por sus continuos esfuerzos para modernizar su infraestructura,
mejorar sus niveles de vida y promover el desarrollo económico.
Al igual que sus colegas de
otros lugares, a los investigadores latinoamericanos les preocupa el papel de
los medios, el Estado y la cultura popular en la sociedad; la relación mutua de
cada uno de estos factores y el proceso de formación de la identidad, así como
la relación de todos ellos con las fuerzas de globalización y desterritorialización. Estos temas se han elaborado en un
campo intelectual conformado por condiciones específicas de Latinoamérica: el
continuado status de Tercer Mundo de la región, la historia
latinoamericana de inestabilidad política y gobiernos autoritarios, y su
heterogeneidad social, en especial la mezcla de herencia española e india
descrita por el término mestizaje. En muchas investigaciones se reitera
un aspecto: la búsqueda de medios y sistemas adecuados para la tarea de analizar
la sociedad contemporánea teniendo en cuenta las peculiaridades de lo
latinoamericano. El más importante de tales sistemas ha sido el modelo de
dependencia del análisis político, económico e histórico, el cual ha influido
poderosamente sobre el discurso intelectual latinoamericano de los tres últimos
decenios.
La inquietud acerca de los
procesos y resultados de los esfuerzos de modernización engendró el sistema de
dependencia, importante y original contribución de los investigadores
latinoamericanos. Este modelo, surgido en los sesenta, postulaba que el
subdesarrollo no era debido al fracaso de las economías estatales de los
países, sino al entrelazado sistema económico global. Los países desarrollados
centrales no se lucran simplemente explotando a los periféricos, el capitalismo
industrial empuja a los países no industrializados a una continua y subordinada
posición de dependencia (Cardoso y Faletto, 1979: xxii).
En lo que respecta a los
medios de comunicación social y la cultura, el planteamiento de dependencia
concluía que los sistemas de comunicación estaban condicionados por los
intereses norteamericanos de comunicación y que tal dominio era, finalmente,
destructivo para las culturas e identidades locales (Beltrán, 1976: 127). Esta
crítica al imperialismo cultural, ahora familiar, alcanzó importancia en
Latinoamérica a principios de los setenta. El argumento del imperialismo
cultural sostenía que los productos mediáticos importados (normalmente de los
Estados Unidos) contenían ideas conducentes al declive de los estilos de vida y
valores tradicionales. Un argumento de este tipo subyace en el estudio de Mattelart y Dorfman, precursor en
su género, sobre las historietas de Disney, Para
leer al pato Donald:
¿Por qué Disney es una amenaza?...Porque este producto de Disneylandia...es importado, junto con tantos otros objetos
de consumo al país dependiente...Importando un producto... importamos también
las formas culturales de esa sociedad. (1972: 155-6).
El punto de vista de que
las formas culturales importadas debilitan el sentido propio de un país y
erosionan su identidad nacional no es exclusivo de Latinoamérica o de los
países en vías de desarrollo. Durante años, Francia ha sido el paladín de este
pensamiento. El finado presidente Miterrand afirmaba
"el derecho de cada país a crear sus propias imágenes", sosteniendo
que "una sociedad que abandona los medios de representarse a sí misma
tarda poco en ser avasallada" (cita. en Goodell,
1994: 26). Este comentario, hecho en relación con el debate de si incluir o no
los productos audiovisuales en el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y
Comercio (GATT), indica que las variantes del argumento del imperialismo
cultural han continuado formulándose hasta el presente, tanto en Latinoamérica
como en otros lugares. Últimamente, sin embargo, estos argumentos han sido en
cierta medida desplazados por la noción de globalización, término al que
algunos reconocen que "sugiere que la interconexión e interdependencia de
todas las zonas globales ocurre de forma mucho menos premeditada que el control
intencionado atribuido al imperialismo" (Tomlinson,
1991: 175).
¿HACIA UN NUEVO ORDEN
MUNDIAL DE
En la década de los
setenta, la perspectiva del imperialismo cultural apoyaba una creciente percepción
en el Tercer Mundo de los desequilibrios de los noticiarios internacionales y
de los flujos mediáticos mundiales. En Latinoamérica, "la primera región
del Tercer Mundo en identificar como conjunto ciertos problemas en sus sistemas
de medios nacionales" (Fox, 1988: 6), se reunieron en 1976, auspiciados
por
Los flujos de comunicación
han cambiado desde el informe de
POLÍTICAS NACIONALES DE
COMUNICACIÓN
Un aspecto de la
resistencia de los políticos e intelectuales latinoamericanos a la dependencia
del imperialismo cultural fue la defensa de políticas nacionales de
comunicación concebidas para contrarrestar el dominio de la cultura
norteamericana. Los argumentos de tales políticas, especialmente prominentes en
los setenta, se basaban en dos hipótesis clave: en primer lugar, que es posible
aplicar una política de actuación racional en el terreno cultural; en segundo
lugar, que la producción cultural regional o nacional tendrá un efecto
integrador sobre las sociedades que la consuman.
Aunque aún se encuentran
exponentes de esta perspectiva, tales argumentos han ido pasando de moda y
perdiendo persuasión a medida que se ha ido reajustando el papel del Estado
nacional y su capacidad para ejercer el poder en el contexto de una economía
global, de bloques de comercio transnacionales y estructuras de alianza
política. Los análisis de política de comunicación en Latinoamérica, al igual
que en Europa, han estado cada vez más influidos por el contexto transformador
de la transnacionalización o globalización. No
obstante, persiste la línea de argumento de la política nacional de
comunicación, lo que ofrece una vara con la que medir los recientes cambios de
pensamiento.
Según parece, los
partidarios de un planteamiento intervencionista deben por fuerza intentar la
negociación con las nuevas realidades y comprobar qué queda después del
planteamiento racionalista del análisis de políticas. Varios trabajos recientes
muestran con claridad –aunque con intensidades distintas–
el alcance y límites del pensamiento involucrado. El Tratado Norteamericano de
Libre Comercio (NAFTA) establecido en 1993 entre Estados Unidos, Canadá y
México ha sensibilizado a los investigadores mexicanos sobre el posible impacto
cultural de una zona de libre comercio. Javier Esteinou
Madrid, preocupado por cómo la "fase de integración mundial" de la
economía global afectará a la posición de México en un mercado global, da a
esto una interpretación más bien apocalíptica. Para él, el Estado ofrece un
débil instrumento de control sobre la identidad y cultura nacionales (1993:
78). El nuevo modelo de consumo –argumenta– exige
medios electrónicos para crear nuevas condiciones subjetivas: en efecto, la
televisión se concibe como una máquina para producir un individualismo
orientado al mercado. Desde el punto de vista nacionalista y estatista –afirma Esteinou–
México se enfrenta a una "conquista espiritual colectiva" en la que
las nuevas mercancías que vienen de fuera equivalen a las lentejuelas y
abalorios traídos por los conquistadores españoles hace cinco siglos con el
ánimo de cambiar baratijas por nuestros metales preciosos" (1993: 80).
México, según Esteinou, está experimentando una segunda
"evangelización comercial de nuestra identidad" a través del GATT y
del NAFTA. Por lo tanto, el Estado ha de intervenir mediante una "política
racional" de televisión; se precisa una política de comunicación
nacionalista para oponerse al impacto fragmentador
del medio. La concepción de la televisión es instrumental; se considera como un
educador colectivo que necesita promover "el conocimiento de la gente en
lo que respecta a los problemas a los que nos enfrentamos como sociedad".
Esto, a su vez, conducirá a una "amplia cultura para la supervivencia
nacional", opuesta a concepciones culturales elitistas (1993: 82). La
comunicación se considera así como parte de una nueva política cultural,
esencial para la supervivencia nacional, análoga al control de los recursos
naturales e industrias estratégicas de la nación:
En la actualidad, con el
proceso de apertura de las fronteras culturales del país mediante las nuevas
tecnologías de la información, para que el Estado mantenga su soberanía
ideológica debe elevar la actividad cultural, la identidad nacional y sus
instrumentos de difusión colectiva, tales como los medios de comunicación
social, al rango de campos estratégicos. (Esteinou
Madrid, 1993: 85).
El investigador peruano
Rafael Roncagliolo describe el cambiante escenario de
las comunicaciones globales en forma muy similar aunque con una respuesta
ligeramente más flexible. En su opinión, política, economía y cultura necesitan
un replanteamiento; el Estado nacional, continente clásico de poder en estos
diferentes dominios, se enfrenta a un profundo desafío.
En la esfera política, el
proceso de transnacionalización se caracteriza por la
capacidad de las entidades transnacionales para reducir la autonomía de los Estados,
tanto centrales como periféricos. En el ámbito económico, esta etapa se
caracteriza por una organización global, en lugar de nacional, de las
actividades productivas. En lo cultural, este mismo proceso conduce a lo que McLuhan llama "la aldea global" –una comunidad
global de receptores nacidos de la expansión centralizada del mercado mundial
de servicios y bienes de la información (Roncagliolo
1994: 272).
Por lo tanto, para Roncagliolo, es la transnacionalización
lo que recontextualiza las políticas nacionales de
comunicación y define la agenda en la que investigación y análisis han de
"dialogar con los Estados" (1994: 270-271). Repasando la historia de
la investigación latinoamericana este investigador concluye que los intentos
anteriores de formular políticas nacionales de comunicación y los esfuerzos
para luchar "contra el colonialismo de la información" no dieron
resultado y sugiere que, a despecho de pasados fracasos no ha desaparecido la
necesidad de la intervención estatal. "En la actualidad, el problema de
las políticas nacionales de comunicación es en Latinoamérica más acuciante que
nunca... simplemente porque el desarrollo de nuevas tecnologías ha creado una
nueva situación y un desafío que los Estados (y el sector privado) no pueden
pasar por alto" (1994: 270). Se exige ahora un nuevo realismo: por
ejemplo, es equivocado suponer que las nuevas tecnologías son meramente
opresoras, en lugar de reconocerles posibilidades progresistas.
El argumento se centra
sobre cómo la producción de los medios puede relacionarse con la integración
cultural y actuar como contrapeso de las importaciones; junto con la producción
audiovisual para mantener la identidad cultural en el ámbito nacional, en
Latinoamérica debe haber también intercambios regionales, "los cuales
abaratarían los costes de producción en la región, en favor de una integración
latinoamericana pluralista y auténtica" (1994: 274). Se trata de un
argumento regionalista, a la par que nacionalista, suponiendo, por supuesto,
que no exista oposición entre los intereses propios de estos ámbitos.
Al igual que en Europa y
otros lugares, los que propugnan un papel continuista de la intervención del
Estado nacional en los campos de la política cultural y de medios, han tenido
que enfrentarse a un ascendente neoliberalismo. Esta salida revisionista del
argumento de dependencia se ha presentado de modo bastante explícito, por
ejemplo, en el trabajo del investigador brasileño José Marques de Melo, el cual ha señalado el papel representado por países
como Brasil y México como importantes exportadores de telenovelas y música.
Para Marques de Melo, una de las consecuencias de la
dictadura militar en Brasil, y de los derechos especiales que otorgó a la
cadena de televisión Globo a cambio de su cooperación en esta etapa, fue que
ello permitió a la televisión crear una conciencia de lo brasileño (1995: 320).
El crecimiento logrado en estas condiciones ha permitido a los exportadores
brasileños desarrollar mercados exteriores, aunque se reconoce que las
exportaciones han contribuido relativamente poco a los beneficios de Globo.
Bajo este argumento de
mercado hay un nacionalismo indudable. Marques de Melo
escribe con evidente orgullo de la emulación de la producción brasileña y del
mercado internacional latinoamericano para escritores y adaptadores de guiones.
La intervención del mercado, y no la del Estado, se considera como auspiciadora de la visión de Sean MacBride
en cuanto a un orden mundial más justo de la información y la cultura. No
obstante, es discutible cierta forma de estatismo, que tanto en Brasil como
México implica una manipulación del mercado, que ha permitido el crecimiento de
los gigantes mediáticos, alentando la dominación de Globo y Televisa (Sinclair, 1986; Mattelart y Mattelart, 1987).
En otro artículo, Marques
de Melo, de modo totalmente consciente, reajusta los
términos del informe MacBride argumentando que el
final de
Es precisamente este
aprovechamiento positivo de la apertura del mercado lo que esforzadamente
combate Roncagliolo (1995). Para él, esto representa
la integración en la economía global, pero sin defensas. También persigue este
investigador relativizar el argumento nacionalista señalando que los países
latinoamericanos dominantes en la exportación –Brasil y México–
constituyen excepciones. Indica Roncagliolo que ahora
hay nuevos exportadores, en especial Argentina y Venezuela, pero que la mayoría
de los países latinoamericanos continúan siendo importadores netos de bienes
culturales. En suma –manifiesta– "todos los
países de Latinoamérica son dependientes, pero algunos son más dependientes que
otros" (1995: 338). En su opinión aún no ha tenido éxito en Latinoamérica
una forma distintiva de integración; la mezcla televisiva está dominada por
empresas privadas, con radiodifusión pública y estatal en sus márgenes, y aún
hay allí una seria carencia de producción nacional. Todo campo público
emergente –afirma– tendrá que surgir de abajo, en el
nivel de la producción local y comunal (1995: 341-342).
En el trabajo de Armand Mattelart (1994) se halla
un rechazo similar a aceptar el apartamiento de las
estructuras clave del poder mediático y cultural. Mattelart
sostiene que una de las consecuencias conceptuales del pensamiento en términos
de globalización es la eliminación de la diferencia. Para él, la asunción de la
libertad de expresión (encarnada al menos en algunas formas de hibridad
–concebida como nuevas combinaciones de elementos culturales, autoexpresivas) es meramente la libertad de expresión
comercial. El mercado libre está ligado al populismo, que es –según sostiene
este investigador– la base de una teoría de la
audiencia activa que en sus versiones más radicales tiende a igualar la
adquisición de poder con el propio consumo; tales planteamientos tienden a
dejar a un lado cuestiones de subordinación cultural.
Las posturas de Roncagliolo y Mattelart son en
muchos aspectos similares a la de Beatriz Sarlo. La
suya podría ser tildada de populismo auténtico, en la que el ejercicio de la
libertad de elección tiene lugar justo en la base:
Es importante que, si la
hibridación es efectivamente un modo de construcción cultural, los materiales
que entren en su caldera puedan ser elegidos de la manera más libre que sea
posible, más igualitaria desde el punto de vista institucional y económico. (Sarlo, 1994: 132) (2).
Esta perspectiva reconoce,
en algún sentido, la existencia de la hibridación. No obstante, también
exige que apreciemos las dimensiones de poder de las formaciones culturales,
las determinaciones que estructuran y están incluidas en las formas culturales.
Es decir, la hibridad ha pasado desde el dominio de la libertad al de la
necesidad.
Este argumento está
claramente articulado en el trabajo del sociólogo de la cultura mexicano Jorge
González, que parte de una crítica del supuesto racionalismo de la política de
actuación cultural, el cual él considera basado en el método de prueba y
desacierto y en una ratificación posterior que responde a las presiones en
atención de intereses en competencia. Su investigación está animada por un
doble deseo. En primer lugar, desea probar y demostrar la validez de una
sociología cultural reflexiva, inspirada en gran medida en el trabajo de Pierre
Bordieu, en el cual la objetivación de las
dimensiones de la cultura está emparejada con el reconocimiento de la
subjetividad de la acción y el significado. En segundo término, como rechazo
consciente de la investigación social orientada hacia el cliente, apunta a
añadir un conocimiento sistemático de la oferta cultural disponible en México e
investigar cómo se llega a ésta desde diversos ámbitos y cómo se utiliza en los
diversos grupos sociales. Más recientemente, el autor ha vinculado expresamente
este proyecto a un fin de interés general: apoyar la autonomía nacional:
Colaborar al reforzamiento
de una cultura de la información, como recurso estratégico para el crecimiento
y un desarrollo más independiente y autónomo de México, es sin duda el telón de
esta empresa". (González, 1995: 157).
Se considera que un
conocimiento fidedigno para realizar una "cartografía de los recursos
culturales" es la base de una intervención política creíble. Este proyecto
se lleva a término resueltamente dentro de un marco nacional de referencia, no
en uno latinoamericano. A este respecto, el trabajo de este investigador va en
una dirección completamente opuesta de las de otros teóricos aquí estudiados,
que han considerado lo nacional un marco de análisis cuestionable.
No obstante, al igual que
ellos, González concibe la cultura como objeto de disputa, sujeta a las
relaciones de poder. Sostiene que las prácticas culturales que están en la raíz
del consumo, especialmente aquellas que se producen en el ambiente familiar
–aunque también aquellas difundidas por una serie de instituciones–
son "siempre de situación y funcionan ligadas a la memoria" (1994:
15). La familia y su gobierno a través de la genealogía y la memoria se convierte en el foco de un encuentro con los bienes
culturales más esenciales, es decir, aquellos suministrados por las
instituciones religiosas, educativas, de bienestar, artes y medios de
comunicación social. En este trabajo se estudian también los lugares públicos
de consumo de alimentos, compra de provisiones y esparcimiento.
Lo anterior se apoya en los
estudios anteriores de González (1987; 1993), en los que la metáfora de la
navegación cultural tiene gran importancia. En este terreno, está interesado en
cómo las diferentes formas y lugares de la cultura, tales como santuarios,
ferias regionales y telenovelas, han sido consumidas de diversa forma y
atacadas por diferentes grupos sociales. El interés de González acerca de las
estratificaciones e interacciones del consumo le han llevado lejos del modelo
de hibridad y le acercan a una sociología de gustos y usos colectivos,
diferenciada estructuralmente, alejada de los cantos de sirena del posmodernismo. Su reciente formulación de una cartografía
cultural longitudinal está firmemente enraizada en relaciones derivadas
históricamente del poder (1995: 142). Indudablemente, esto constituye una
vuelta hacia la estructura y la sistemática.
MEDIOS Y CULTURA POPULAR
Muchos analistas
latinoamericanos siguen advirtiendo de los peligros del dominio de los medios y
la homogeneización cultural; a ellos se han unido otros investigadores que
ponen de relieve cómo la cultura popular burla el poder de las industrias
mediáticas internacionales y da cauce a demandas e intereses populares. En
tanto que esta importante corriente revisionista del análisis cultural en
Latinoamérica reconoce que los países de esta región importan la mayoría de sus
películas y gran parte de su programación televisiva de los Estados Unidos, y
que la cultura global está profundamente imbricada en la vida cotidiana, se ha
producido un giro de gran transcendencia en los
argumentos.
En muchas sociedades, los
numerosos canales alternativos de expresión que no están controlados por las
transnacionales ni por el Estado incluyen actividades como reuniones vecinales,
altavoces a bordo de vehículos y fotocopias y cuadernillos informativos (newsletters). Tales canales de comunicación han sido
especialmente importantes en la reciente historia de Latinoamérica, ofreciendo
salidas a la creatividad popular, por no mencionar la resistencia durante las
etapas dictatoriales represivas. El florecimiento de medios alternativos fue
una importante consecuencia de la censura impuesta por los regímenes militares
a los principales medios de comunicación (Fox, 1988: 182). La importancia de
tales medios a pequeña escala ha llevado a los analistas latinoamericanos a
valorar de nuevo la relación entre medios de comunicación social e identidad.
Dos movimientos cruciales
han conformado el análisis de los medios, el Estado y la cultura popular. En
primer lugar, se ha producido una amplia revaluación
del papel de la cultura popular en la formación de la identidad, la cual
implica profundas consecuencias para el pensamiento por medio de las relaciones
entre pueblo y Estado nacional en Latinoamérica. En segundo término, el mismo
papel del Estado nacional como ejemplo de soberanía política y cultural se
enfrenta a un amplio desafío, el cual ha dejado sin responder algunas preguntas
acerca del ámbito y ejercicio del poder cultural.
Como se desprende de lo
dicho, ha habido una continua preocupación acerca de que la identidad
latinoamericana estaba siendo sofocada por los medios comerciales de los
Estados Unidos y otros productos (Morris, 1995, cap. 6 para el caso de Puerto Rico). Normalmente, en este
estilo de argumento, se supone que sabemos lo que es la identidad nacional –no
se trata como algo problemático– y también
normalmente se sostiene que es objeto de efectos negativos.
El intento de aclarar las
cuestiones de identidad con un grado mucho mayor de refinamiento que el modelo
simplista propio de cierto pensamiento de dependencia es característico del
compromiso subyacente en los analistas culturales que estudiamos. Este
desarrollo conceptual de teorías de identidad se emprende como parte de una
nueva estimación radical de los persistentes argumentos sobre la dependencia
cultural latinoamericana en el contexto de la hegemonía global norteamericana.
La identidad no es meramente un objeto afectado por fuerzas externas, sino que
ha sido repensado como un campo de actuación complejo.
El argumento que se
desarrolla acerca del hibridismo de las identidades latinoamericanas forma
parte –según algunos sostendrían– de un acercamiento
a la teoría posmodernista en Latinoamérica. Por ejemplo, Beverley
y Oviedo, en su introducción a una reciente antología, han estudiado la
emergencia de una variante regional del posmodernismo
–por más que en Europa hay muchas– como resultado de
crisis de los proyectos nacionalistas y de reformismo izquierdista. La clásica
preocupación marxista con el papel dominante de la ideología y las estructuras
de sostenimiento del imperialismo cultural se considera anticuada, lo que lleva
a la consecuencia de que debemos aceptar "el desafío de la cultura de
masas y de los medios de comunicación social en lugar de considerarlos simplemente
como escenarios de producción de falso conocimiento" (Beverley
y Oviedo, 1993: 12). Lo anterior es inseparable de la pregonada sustitución del
pensamiento de dependencia en muchas partes.
DE
El libro de Jesús
Martín-Barbero De los medios a las mediaciones (1987; traducción al
inglés, Communication, Culture and Hegemony: From
the Media to Mediations, 1993a) ha sido el punto de referencia de un
importante desplazamiento de foco en la investigación cultural latinoamericana.
Su mensaje político subyacente es que existen olvidados métodos de
participación en la vida cotidiana y que tales formas de acción ofrecen puertas
de entrada a la cultura dominante y la estructura del poder, subvirtiéndola si
es preciso, y destinándola a otros usos.
Martín-Barbero ha señalado
una ruptura con las inquietudes acerca de la homogeneización de la cultura
debido a su transnacionalización, y expresa dudas
sobre las propias categorías de nación y Estado, inquiriendo si el centrarse
sobre la política de actuación pública era el mejor medio para comprender el
funcionamiento de la cultura popular. Martín-Barbero ofrece una amplia
concepción de la comunicación, que va mucho más allá de lo que concierne a los
medios en sí mismos hasta la propuesta de que la mediación se convierta en una
categoría esencial para el análisis. Esto acarrea el estudiar cómo se negocia
la cultura y de qué modo es objeto de transacciones en una serie de contextos,
entre ellos el cine, la prensa popular, la televisión, la radio, el circo, las
actuaciones musicales y otros muchos. Martín-Barbero sugiere que la naturaleza
sincrética de las prácticas populares es de gran importancia en Latinoamérica.
Tales prácticas contribuyen tanto a preservar las identidades culturales como a
adaptarlas a las modernas demandas. En el fondo, por lo tanto, el interés por
las mediaciones es un discurso sobre la formación de identidades.
Los trabajos posteriores de
Martín-Barbero han partido de las posturas reflejadas en su libro. Muchos de
ellos continúan siendo sugerentes e hipotéticos, una provocación para
ulteriores análisis e investigaciones, más que firmemente concluyentes. Pueblan
el terreno conceptual con una terminología característica: se abandona la
ideología dominante y entran en escena las identidades transnacionales y la
ciudadanía cultural. Se proponen cuestiones (si no se resuelven) relativas a
los distintos medios y sus cometidos característicos en la constitución de
identidad, el papel del Estado nacional y lo que queda de las ideas dominantes
de la comunidad política y la soberanía cultural. Una consecuencia de este
análisis de los procesos de formación de la identidad cultural es que "la
industria cultural, produciendo nuevos híbridos resultantes de la desaparición
de fronteras entre la cultura popular y la elitista, entre lo tradicional y lo
moderno, lo nacional y lo extranjero, está reorganizando las identidades
colectivas y las formas de diferenciación simbólica" (1993a: 26).
Recientemente, en una serie
de artículos, Martín-Barbero (p.ej. 1993b, 1993/4) ha
profundizado más en un terreno ahora familiar: ha argumentado que necesitamos
pensar acerca de la identidad cultural latinoamericana en relación con la
cultura popular, y que esta cultura ha modificado profundamente las formas de
expresión de la cultura de masas. En una formulación esclarecedora, sugiere que
"la comprensión del proceso de comunicación de masas implica reconocer la
rearticulación de las fronteras simbólicas y cómo estas nuevas fronteras
confirman el valor y poder de las identidades colectivas" (1993b: 26). Por
supuesto, esta perspectiva meramente abre la cuestión de cómo se relacionan
colectividades y medios, en lugar de decirnos cómo se realizan realmente los
cambios.
Martín-Barbero identifica
la comunicación de masas como el ámbito crucial de discursos en pugna, el cual,
para la izquierda "incluye la punta de lanza del imperialismo y la pérdida
de la identidad nacional" y para la derecha "es el mayor ejemplo de
decadencia y degradación moral" (1993b: 25). Asimismo argumenta este
investigador contra un punto de vista mediacéntrico,
y sugiere que los procesos de comunicación deben abordarse desde la base de los
movimientos sociales en lugar de partir de supuestos acerca del poder de los
medios. En suma, los significados no se descodifican simplemente de acuerdo con
las intenciones de la cultura dominante (3).
En el campo de la cultura
popular, la música se percibe como una forma clave de expresión, que ha
emigrado y se ha recombinado. Martín-Barbero destaca también el importante
papel de la radio como sostén del sentido cotidiano de las clases populares en
la sociedad urbana (1993b: 22) (4).
La televisión es un medio íntimamente ligado –en especial a través de la telenovela– con "las vidas, temores y esperanzas de la
gente" (1993b: 22).
Un nuevo tema –que como se
verá despierta ecos en todas partes de la teoría cultural norteamericana contemporánea– tiene que ver con lo que se llama memorias desterritorializadas; esto es, la producción de culturas y subculturas ligadas a los mercados mediáticos comerciales
de carácter transnacional. Se hace aquí una distinción entre culturas escritas,
unidas directamente a las lenguas y por tanto al territorio y "las
culturas de las imágenes y música de televisión y vídeo", las cuales
producen nuevas comunidades culturales difíciles de comparar o comprender en relación
con un territorio dado. Se trata no sólo de nuevas culturas, sino esencialmente
culturas de la juventud, tachadas con frecuencia de antinacionales porque no
tienen raíces en un territorio determinado. Sin embargo, no son tanto
antinacionales como una nueva forma de percibir la identidad. Son identidades
con ámbitos temporales más cortos y precarios, con una flexibilidad que les
permite aglutinar ingredientes de diferentes mundos culturales. (1993b: 27) (5).
Lo anterior pone sobre el
tapete algunas cuestiones vitales acerca de la sostenibilidad
y significado de tales comunidades transnacionales apoyadas en la cultura
juvenil –en oposición, digamos, a las comunidades étnicas transnacionales. Sin
embargo, es evidente la ruptura con la problemática de una hegemonía cultural
impuesta desde fuera. La transnacionalización se
considera como un factor de dislocación, no de homogeneización de culturas, y
en este contexto es difícil ver cómo se puede imponer una identidad colectiva
dominante en el ámbito nacional por medio de medidas políticas públicas
adoptadas por el Estado.
En su último trabajo,
Martín-Barbero (1993/4) cuestiona de raíz la capacidad de acción del Estado
para realizar cualquier medida de control importante en el terreno de la
comunicación. El investigador argumenta que las nuevas tecnologías de los
medios son esenciales para lograr un nuevo modelo social y que la modernización
de Latinoamérica necesita ser entendida en sus propios términos en lugar de
verse a través del prisma de otras experiencias, como la europea (6).
En esta versión de la
modernidad, con nuevas formas de sociabilidad y sensibilidad, los medios,
especialmente la televisión, ofrecen "cierta visión global de la ciudad y
la sociedad, haciéndolas comprensibles y, hasta cierto punto, racionales para
un público fragmentado"(1993/4: 43, en cursiva en el original). No
obstante, la cultura contemporánea de los medios es ahistórica
y discontinua, aspecto que, potencialmente, tiene profundas consecuencias para
el sentido que una sociedad tiene sobre sí misma.
Martín-Barbero invita
asimismo a una reflexión sobre los viejos modelos de cultura política, en la
que "las necesidades de comunicación deben concebirse como un espacio
decisivo para redefinir lo público y construir la democracia" (1993/4:
44). En una etapa anterior de modernización –observa este autor–
los medios "fueron decisivos para formar y difundir la identidad y
sentimiento nacionales" (1993/4: 44). Las economías nacionales entraron
entonces en el mercado internacional y el proyecto político de formar un
"sentimiento nacional" fue asumido especialmente por la radio, que
actuó como mediadora entre el Estado y las masas urbanas, que se transformaron
en pueblo y después en nación.
Sin embargo, ahora se ha
invertido este proceso: los medios devalúan lo nacional, las memorias se han desterritorializado, las imágenes se han desnacionalizado y
la juventud se siente atraída por la música y el vídeo. Con esta perspectiva,
la dicotomía entre nacional y antinacional ha sido sustituida por la
fragmentación y segmentación de los mercados, proceso que tiene lugar tanto en
ámbitos locales como globales. La consecuencia, se argumenta, es que desde un
punto de vista global, lo nacional se ve como provincial y lastrado por el
estatismo, mientras que desde un punto de vista local se percibe a la nación
como centralizadora. Estas presiones combinadas implican que no hay
posibilidades de definir las fronteras de una cultura nacional común, mantenida
por la soberanía del Estado.
Comparadas con las
soluciones estatistas propuestas por otros analistas
–tales como las contenidas en la tradición de la política de comunicación nacional– este es un desmontaje radical del potencial de
los Estados para controlar procesos de gestión cultural en beneficio del
mantenimiento de la identidad cultural. Por lo tanto, no deben sorprendernos
comentarios posnacionales como éste: "es la
categoría misma de frontera la que ha perdido sus referencias y con ella la
idea de nación que inspiró toda una configuración de lo cultural" (1993/4:
45).
Al mismo tiempo, sin
embargo, Martín-Barbero sostiene que lo nacional constituye un espacio
estratégico de resistencia a la dominación global, que permite conservar viva
la memoria de las gentes y que ofrece un ámbito de diálogo entre las
generaciones. Mantiene asimismo este autor que en Latinoamérica, largamente
unificada culturalmente por la radio y la música, hay también elementos
culturales transnacionales que atraviesan las fronteras de los Estados. No
obstante, en la nueva situación, la región se está unificando en el seno de una
economía global regida por el mercado, un proceso de integración en el que
interpretan un papel esencial las tecnologías de la información y la
comunicación. Para los latinoamericanos, los medios audiovisuales son
esenciales para ofrecerles imágenes de sí mismos, de suerte que las empresas de
medios como Globo en Brasil y Televisa en México, son de vital importancia, en
las que la publicidad y el drama cobran formas clave para las audiencias
latinoamericanas.
Una consecuencia importante
del argumento bosquejado anteriormente es que la defensa de la cultura
latinoamericana ha pasado del Estado nacional a la empresa privada nacional
(aunque también al mismo tiempo transnacional). La entrada en el mercado global
de empresas como Globo y Televisa ofrece una garantía de vitalidad cultural
porque se han afianzado en un sector crucial de producción y distribución. Sin
embargo, esta posición en el mercado se logra realmente mediante la disolución
de la especificidad cultural y un desplazamiento del concepto de calidad desde
los contenidos significativos a valores de producción elegantes. No obstante,
si estas empresas privadas son ahora los nuevos paladines de la latinoamericanidad, ¿cómo se compagina esto con las
cuestiones de política pública? El imaginario latinoamericano se está remodelando
al margen de los presupuestos del interés público. Es indudable la repercusión
del pesamiento posmoderno sobre este argumento, y
ello acarrea consecuencias posnacionales de peso.
En su obra más reciente,
Martín-Barbero (1996) trata el tema de lo que denomina "descentramiento
cultural" y la complejidad de identidad contemporánea que ello produce.
Empieza con una pregunta provocativa "¿Desde dónde debemos pensar en la
identidad?"; la centralidad o perifericidad del
sujeto –sugiere– influye en los asuntos que se
discuten y sobre nuestras percepciones de si simplemente hemos de vivir con la
diversidad o pensar más fundamentalmente en términos de supervivencia cultural.
En un breve paralelo,
Martín-Barbero describe
Mientras que las fronteras
se han hecho móviles, Martín-Barbero alerta en contra de una interpretación
optimista del movimiento hacia una comunidad global. No obstante –apunta– no debemos caer en una interpretación
catastrofista. Lo que propone este investigador es que entendamos las
identidades contemporáneas como palimpsestos: formaciones estratificadas en las
que el fangoso pasado se discierne a través de los velos del presente. Esta
metáfora se utiliza para abarcar las tensiones entre el reconocimiento del
descentramiento cultural en algunos terrenos y el persistir de la pertinencia
de la territorialidad basada en el Estado. De modo creciente, este doblegarse
al impacto de la posmodernidad ha ido unido en la
teoría cultural latinoamericana a un reconocimiento más decidido del vigente
peso de las colectividades más antiguas y del sistema estatal.
Para Martín-Barbero, hay en
la actualidad dos lugares estratégicos para pensar sobre la identidad: la
nación y la ciudad. La nación ha rebasado sus fronteras y la cultura
latinoamericana ha perdido su vinculación orgánica con la lengua y el
territorio. La crisis de lo nacional se presenta también como una crisis de
legitimidad política y de conocimiento científico social. Esto se traduce en
una crisis global de representación, en la que se cuestiona en profundidad el
propio lenguaje para representar con sentido a las colectividades. Por lo
tanto, lo que ahora se llama "lo público" en algunos sentidos se ha
extendido y, sin embargo, se ha debilitado. Existe un nuevo espacio público en
el que se han realineado políticos, intelectuales y comunicación, aunque esto
no equivale a mayor participación democrática en el seno de las sociedades
nacionales.
La ciudad, afirma
Martín-Barbero, se está desintegrando y sufre crecientes intentos de
racionalización, proceso que acompaña a una desterritorialización
en aumento y una pérdida de los sentimientos de pertenencia de sus habitantes.
La sociedad de la información –se sostiene–
privilegia la circulación de datos en lugar de los encuentros personales, lo
que presta a la ciudad mediada una entidad virtual. Siguiendo a Benjamin, Martín-Barbero apunta que los medios audiovisuales
han constituido un nuevo sensorio de experiencia privatizada. Ha habido un
desplazamiento de los públicos hacia las audiencias. No obstante, dentro de
esta perspectiva distopiana existe un atisbo de
emancipación, ya que hay nuevas formas de asociación en la cultura electrónica,
especialmente entre los jóvenes. El consumo de la cultura popular, las
relaciones lúdicas con las nuevas tecnologías de la información y las
solidaridades generadas por la música son elementos de un movimiento opuesto,
presagios de la nueva plasticidad humana.
HIBRIDAD CULTURAL
En formas muy similares a
las de Martín-Barbero, Néstor García Canclini
argumenta que los medios de comunicación social no han barrido las formas
tradicionales de expresión cultural, sino que han contribuido a una
remodelación que ha transformado y desplazado los modos anteriores de concebir
la cultura: "Lo masivo, lo popular y lo elitista ya no se encuentra en sus
lugares habituales. Lo tradicional y lo moderno de mezclan continuamente"
(1992: 30-31).
En sus planteamientos sobre
las culturas híbridas, García Canclini comparte con
Martín-Barbero la necesidad de una nueva formulación teórica vinculada por el
rechazo de la doble problemática del imperialismo cultural y la política
nacional de comunicación. Más recientemente, cambiando el acento, García Canclini ha empezado a estudiar las relaciones entre
formaciones culturales cambiantes y la política pública.
En su sintética obra Culturas
híbridas (1989); en inglés Hybrid
Cultures 1995a), García Canclini trata del
impacto de lo que denomina hibridación de la cultura mundial sobre las
concepciones establecidas sobre modernidad de modernización en América Latina.
Utiliza este término porque le permite designar "diversas mezclas
interculturales" –no sólo las raciales, a las que tiende a limitarse mestizaje– y porque acepta la inclusión de nuevas formas de
hibridación mejor que sincretismo, término que la mayoría de las veces se
refiere a fusiones religiosas o movimientos simbólicos
tradicionales"(1995a: 11, nota 1). El libro de García Canclini
es también un argumento para reflexionar sobre los planteamientos
disciplinarios en un contexto que exige interdisciplinariedad (1995a: 4).
Constituye, por otra parte, un compromiso con el impacto de la posmodernidad –descrita como "no una etapa o tendencia
que sustituye al mundo moderno sino una forma de señalar las actuales
incertidumbres teóricas y socioculturales" (1995a: 9).
El contexto general de esta
obra es el de un inacabado proceso de modernización económica y política en
Latinoamérica en el que las políticas nacionales incompletamente tuteladas por
el Estado han chocado contra la transformación de los "mercados
simbólicos" acaecida después de los ochenta. La actual nueva mezcla de lo
refinado, lo popular y lo masificado es fruto de la expansión urbana. Desde
este punto de vista inicial, en cierto modo diferente, García Canclini llega a una conclusión compartida con
Martín-Barbero: las formas tradicionales de la vida política y la cultura
urbana han entrado en declive y los medios "se han convertido en los
constituyentes dominantes del significado público de la ciudad, en aquellos que
estimulan un ámbito público de imaginario desintegrado" (1995a: 210).
García Canclini
apunta que el periodo contemporáneo se caracteriza por dos procesos: En primer
lugar, la descolección de bienes simbólicos,
esto es, el reordenamiento individual de productos culturales en función del
gusto personal y no de los cánones de consumo establecidos y consagrados
socialmente. En este cambio de las reglas un día establecidas las nuevas
tecnologías de reproducción –fotocopiadoras, magnetoscopios, vídeos y videojuegos– tienen un papel principal como proveedoras de
medios para que los individuos compongan sus nuevas colecciones de productos
culturales. Este movimiento tiene un profundo impacto en la producción
artística que ahora tiende a carecer de "referencias de legitimidad"
(1995a: 243).
Junto con lo anterior se da
un proceso de desterritorialización que
implica "las pérdidas de la relación natural de la cultura con los
territorios geográficos y sociales, y al mismo tiempo ciertas relocalizaciones parciales de producciones simbólicas
antiguas y nuevas" (1995a: 228-229). Se ofrecen los ejemplos del auge de
Brasil como exportador de cultura y la emigración a gran escala de mano de obra
latinoamericana a los Estados Unidos.
Sin embargo, en contra de
la mayoría del pensamiento posmodernista, García Canclini
sostiene que las cuestiones fundamentales sobre "la identidad y lo
nacional, la defensa de la soberanía y la injusta apropiación de conocimiento y
arte no desaparecen. Los conflictos no se diluyen...se colocan en un registro
diferente, multilocal y más tolerante, y se repiensa
la autonomía de cada cultura" (1995a: 240-241). Este punto se expresa con
la mayor claridad cuando Canclini afirma: "Es
cuestión de analizar cuáles son las consecuencias políticas de pasar de una
concepción bipolar y vertical de las relaciones sociopolíticas a otra
descentrada y multideterminada" (1995a: 258,
en cursiva en el original).
El ejercicio del poder en
este marco reconfigurado no desaparece, sino que se vuelve sesgado y se
desplaza el modelo de culturas bien definidas: "hoy, todas las culturas
son fronterizas" (1995 a: 261). Por tanto, lo que esto acarrea es la necesidad
de una perspectiva analítica pluralista de la modernidad latinoamericana, en la
que la incompleta modernización del Estado y la sociedad coexiste con la posmodernidad: las culturas populares y elitistas, con sus
raíces tradicionales, pertenecen a lo moderno, en tanto que la cultura de masas
es posmoderna, una "matriz de organización-desorganización de experiencias
temporales" (1995a: 274). Esta realidad cultural más heterogénea no debe
concebirse como democrática, ni capaz de evadirse de los manejos de "viejos
y nuevos dispositivos de concentración de hegemonía" (1995a: 280). Estas
últimas observaciones, que no llegan a ser una crítica elaborada, subrayan sin
embargo el decidido rechazo a celebrar toda visión posmoderna, sino que ésta se
convierte en parte del dilema contemporáneo.
En un estudio afín, se
sugiere la ruptura de las relaciones establecidas entre clase social,
estratificación cultural y el consumo de mercancías simbólicas. En otra
formulación, se apunta que existen ahora temporalidades precisas: la cultura
industrial pertenece al aquí y ahora y quizás integra el desplazamiento de las
poblaciones hacia la posmodernidad; sin embargo, la
persistencia de culturas populares y de elite de tipo más tradicional, ofrece
asimismo cimientos para memorias colectivas enraizadas en la historia.
En cuanto a la forma en que
se conciben las identidades culturales y nacionales, García Canclini
se pregunta sobre las relaciones entre identidad y territorio, señalando tres
consecuencias de importancia. En primer lugar, la reorganización de la cultura
y los puntos de intersección de la identidad indican el cambio de las reglas
rectoras de las relaciones sociales y es necesario interrogarlas de diferente
modo. En segundo lugar, ya no hay una simple coalescencia de lo nacional y lo
popular. Ello se debe a que no existe un espacio hegemónico nacional, la
"nación" (es decir, imaginamos que el Estado) se ha disuelto en una
densa red de estructuras económicas e ideológicas" (1989: 19). Por último,
García Canclini reflexiona sobre las relaciones entre
identidad y territorio. La elaboración de la identidad colectiva tiene aún
lugar, predominantemente, dentro de marcos territoriales, pero hay una
importante debilitación de las relaciones entre los productos culturales y sus
lugares de origen. Por ejemplo, la emigración de millones de latinos a los EEUU
y el desplazamiento de la cultura latinoamericana hacia Norteamérica no encajan
en el modelo unidireccional del imperialismo cultural. Los nuevos circuitos
culturales y las mudadas relaciones que acarrean plantean cuestiones de gran transcendencia sobre identidad, nacionalidad, la defensa de
la soberanía y la apropiación de la cultura.
El análisis posterior de
García Canclini (1995b) entra en el terreno de la
ciudadanía cultural, la cual –al igual que en otros trabajos similares de
Australia, Canadá y Europa– parece ser ahora uno de
los términos de moda (véase p.ej. Murdock,
1992; Turner, 1994). En tanto que el argumento acerca
de las culturas híbridas se inclinaba hacia el impacto desvertebrador
de las nuevas pautas de consumo, hay ahora un intento de plantear cómo la
hibridad cultural percibida puede incorporarse a un proyecto político.
Podríamos analizar esto como el paso necesario para sustituir el anticuado
proyecto de una política de comunicación nacional, desbordado por las nuevas
relaciones internacionales de comunicación.
Para García Canclini, la globalización ha desplazado por completo las
relaciones entre economía y cultura. Se invoca la ciudadanía como posible
contrapeso al impacto de las relaciones neoliberales de mercado. Sin embargo,
no es esta la concepción habermassiana en la
que se separa el consumidor irracional del actor político racional; en su
lugar, se trata de un argumento para considerar conjuntamente consumo y ciudadanía
y, por lo tanto, transformar nuestro pensamiento sobre ambos. Con arreglo a
esta concepción, la ciudadanía cultural provoca un desplazamiento de la idea
formal de la calidad de miembro de un Estado a las prácticas informalmente
restringidas de pertenencia que se relacionan con grupos dados (1995b: 19).
En tanto que García Canclini trae a colación los debates sobre el
multiculturalismo en los EEUU, su objetivo va más allá de la lucha por el
reconocimiento de las diferencias. Lo esencial de este argumento reside en el
enlace entre diversidad cultural, política cultural y la reforma del Estado en
un contexto en el que las identidades están pasando de lo moderno a lo
posmoderno: "Las identidades modernas eran territoriales y casi siempre
monolingüísticas...las identidades posmodernas son transterritoriales y... La clásica definición socioespacial de identidad, referida a un
territorio particular, necesita complementarse con una definición sociocomunicacional" (1995b: 30-31; en cursiva
en el original).
La cultura popular
posmoderna, basada en la comunicación, se considera –mucho más que la herencia histórica– un recurso para entrar en el ámbito público como
objeto de política cultural y de identidad. La estrategia analítica de García Canclini no se basa en argumentar que todo ha cambiado,
sino en señalar cómo los distintos circuitos socioculturales se relacionan de
diversos modos con los procesos de transnacionalización.
En esta relación, el investigador distingue entre la cultura de elite,
territorial-histórica, comunicación social y, por último, sistemas restringidos
de comunicación e información (1995b: 32-33). Utiliza estos diferentes
circuitos para diferenciar entre grados de integración en procesos de
desarrollo internacional. De acuerdo con ello, sugiere:
La competencia de los
Estados nacionales y de sus políticas culturales disminuye a medida que
transitamos del primer circuito al último. A la inversa, los estudios sobre
consumo cultural muestran que cuanto más jóvenes son los habitantes sus comportamientos
dependen más de los dos últimos circuitos que de los dos primeros. En las
nuevas generaciones las identidades se organizan menos en torno de los símbolos
histórico-territoriales, los de la memoria de la patria, que alrededor de los
de Hollywood, Televisa o Benetton
(1995b: 33).
Esta tipología puede tener
sus limitaciones, pero apunta una forma potencialmente fructífera de distinguir
el impacto de lo global en varias instancias de una sociedad dada. En el fondo,
es otra manera de subrayar que no podemos suponer que todos los grupos sociales
se mantienen en la misma relación con todos los medios y que los horizontes
históricos de diferentes clases y generaciones pueden diferir de modo
totalmente radical, sin que necesariamente compartan ningún principio general
de coherencia. La perspectiva podría ampliarse si pensamos en términos de zonas
que son relativamente más cerradas o abiertas, o, de nuevo, en términos de
velocidades relativas de transformación de sectores culturales diferentes y la
medida en que continúan teniendo dominio sobre la población nacional.
Para García Canclini, la cuestión de la identidad colectiva se formula
actualmente así:
Las naciones y las etnias
siguen existiendo. Están dejando de ser para la mayoría las principales
productoras de cohesión social. Pero el problema no parece ser el riesgo de que
las arrase la globalización, sino entender cómo se reconstruyen las identidades
étnicas, regionales y nacionales en procesos globalizados de segmentación e
hibridación intercultural. (1995b: 113).
Cabe preguntarse si es
realmente cierto que la mayoría ya no tiene a las naciones-Estados como
referencia de identidades colectivas y cómo podría probarse esta aseveración.
Este planteamiento, aunque no sugiere francamente que el Estado nacional ha
sido sustituido, tiende sin embargo a degradar fuertemente lo nacional.
García Canclini,
en consecuencia, nos propone una doble tarea: entender las formaciones posnacionales y al mismo tiempo la remodelación de las
culturas nacionales (1995b: 109). El investigador nos ve en un doble
movimiento, primero de desterritorialización
(dirigido por las estrategias de la mercadotecnia internacional y del cine
reventador mundial) y, segundo, de reterritorialización
basada en movimientos sociales y medios locales. Según este argumento, se
relativiza el espacio nacional y se rechazan las ideas fundamentalistas de
identidad como lo monocultural. La tarea es hallar
las herramientas transdisciplinarias de análisis que
permiten seguir adelante. En todos los casos, medios e identidad necesitan
situarse en las nuevas relaciones entre multimedia y multicontextualidad
(1995b: 114).
La obra más reciente de
García Canclini (1995b) traza paralelos expresos
entre Europa y Latinoamérica. Sostiene que tanto Europa como Latinoamérica son
suburbios de Hollywood, aunque los europeos resisten
ahora con más ánimo las invasiones de su espacio. Durante la fase de conclusión
de las negociaciones del GATT a finales de 1993,
Podríamos cuestionar lo
anterior, a la vista del curso actual de las políticas europeas de actuación,
en las que consideraciones industriales y técnicas tienen mayor peso que las
cuestiones tocantes a la democracia y la cultura (ver Schlesinger
y Doyle, 1995). García Canclini
señala asimismo que el terreno del debate ha pasado del cine y la televisión al
campo de los multimedia y que se necesita una política de actuación sobre estos
últimos que abarque toda la gama de sistemas de comunicación, dado que los
cambios en los sistemas de distribución sobrepasarán cualquier sector más
parcial.
Este planteamiento abre
algunos puntos de comparación directos entre Europa, Latinoamérica y los EEUU.
Asimismo, subraya la conexión entre teorizar sobre identidad cultural y
formular una política de actuación cultural. García Canclini
sigue en detalle el modelo supranacional de intervención de
MÁS ALLÁ DE
El marco de referencia de
Renato Ortiz es el del ámbito nacional de Brasil, país en el que la identidad
nacional ha sido siempre una cuestión política. Dentro del espacio nacional
siempre hay en pugna, apoyadas en intereses, interpretaciones de lo que
constituye lo nacional, en las que entran en juego las cuestiones de la
legitimidad del poder: "En verdad, la lucha por la definición de lo que
sería una identidad auténtica es una forma de limitarse las fronteras de una
política que busca imponerse como legítima" (1985: 130) (7).
Repasando la historia de
los intentos de definir la cualidad de lo brasileño, Ortiz se distancia de una
tradición de esfuerzos esenciales para destilar el carácter brasileño, y
advierte el problema del marxismo al analizar el nacionalismo. Sin embargo, de
todas las teorías marxistas, considera como vía más fructífera el intento de Gramsci para teorizar lo nacional-popular, en buena medida
porque para el teórico italiano, el problema se resolvió enteramente, de modo
análogo, con respecto a las dificultades de la construcción del Estado en su
propio país. Más que otra cosa –afirma Ortiz– la
cuestión nacional es parte del problema del Estado: "La relación
ente lo nacional y lo popular se manifiesta dentro de un marco más amplio, el
Estado" (1985: 130).
La consideración del Estado
como un marco de referencia necesario le lleva a realizar una distinción clave
entre la memoria colectiva y la memoria nacional, que describe como sigue:
La memoria colectiva es la
de la realidad vivida, la memoria nacional se refiere a una historia que
transciende a los sujetos y no se concreta inmediatamente en su vivir cotidiano.
(1985: 135).
A grandes pinceladas, por
tanto, existe una relación de homología entre la vivencia concreta e inmediata
de las memorias colectiva y popular, al igual que hay una relación similar
entre el dominio oficial del Estado, más distante e ideológico, y la memoria
nacional. La fuerza general de esta concepción reside en que lo nacional es una
interpretación de segundo orden con respecto a lo popular. Es posible ver en
esto algo más que un parecido superficial con la manida distinción italiana entre
paese reale y
paese legale,
según la cual se percibe al Estado como remoto e ilegítimo y que las amarras
personales y colectivas más firmes se encuentran en la sociedad civil. La
identidad nacional, según este tipo de orden político es, por tanto, un atributo
del Estado, que realmente lo constituye:
El Estado es esta totalidad
que transciende e integra los elementos concretos de la realidad social y
delimita un marco de construcción de la identidad nacional. La identidad se
construye a través de una relación política. (1985: 138-9).
Por lo tanto, existe un
interés político en lograr aprobación para una versión dada de la identidad
nacional y el marketing activo de esto precisa de la mediación;
aquí, una vez más, vuelve a surgir la conocida concepción de Gramsci sobre el papel de los intelectuales como
intermediarios para ciertas clases, dado que "el proceso de construcción
de la identidad nacional se basa siempre en una interpretación" (1985:
139). Con arreglo a esta concepción, el Estado nacional adopta y universaliza
lo folclórico y lo popular. La nacionalización de la producción de los medios
tiene su utilidad cuando, en manos de importantes empresas "se transforma
en ideología que justifica la acción de grupos empresariales en el mercado
mundial. Tal vez por eso no hay grandes diferencias entre el discurso de venta
de una telenovela y los argumentos de los que venden armas al extranjero...con
tal de que ambos se consideren exclusivamente como productos
nacionales"(Ortiz, 1988: 206).
Vale la pena observar algunos
puntos. En primer lugar, está el antiesencialismo de
Ortiz, tan característico del nuevo culturalismo. En segundo, su acusada
estratificación inicial entre los dominios de lo nacional y lo popular
(conocido también como colectivo). Esta rígida clasificación y homologación ha
tenido que suavizarse frente a los conceptos posmodernos. En tercer lugar,
existe una limitación asaz cuestionable del término identidad colectiva al
ámbito de lo folclórico/popular. Podríamos argumentar que la identidad colectiva
se aplica con más propiedad a un nivel superior de generalidad y, en principio,
podría abarcar toda colectividad.
En su obra más reciente,
Ortiz (1996) se ocupa de las consecuencias sobre las identidades colectivas de
lo que denomina –siguiendo la formulación de Braudel–
modernidad mundial. En el fondo de este argumento está la proposición de que
los principios clásicos de integración, territorialidad y centralidad que se
han sostenido para caracterizar a la nación –y para poner las bases de la
identidad nacional– han sido en buena medida
desplazados por los procesos de globalización.
Ortiz comienza rastreando
las raíces intelectuales de las teorías de la identidad nacional basadas en la
antropología, la sociología y la filosofía política. Con arreglo a las ideas
del carácter en la antropología cultural (como se hallan en la obra de Benedict y Kroeber, por ejemplo),
la psicología modal de las sociedades tribales se transformó masivamente en una
idea de carácter nacional. En ella estaba implícita la idea de nación como
personalidad singular.
Ortiz señala que una
solución de este planteamiento ontológico se encuentra en la sugerencia de Lévi Strauss de que la identidad
no es una esencia sino algo virtual, un movimiento conceptual que nos hace
pensar en términos de relaciones producidas. A la luz de lo anterior, Ortiz
ofrece una definición de identidad como sigue: "construcción simbólica que
se hace en relación con un referente". Estos referentes pueden ser
diversos: cultura, nación, raza, color de la piel o género. Este cambio a un
concepto de la identidad como construcción simbólica en lugar de algo
preexistente para ser descrito –argumenta el investigador–
elimina la cuestión sobre si una identidad es auténtica o falsa. Esto es
coherente con su primitivo argumento. Sin embargo, se ha alejado del modelo
claramente binario de colectividades a las que puede asignarse identidad.
Volviendo al concepto de
nación de Mauss –idea decimonónica de pueblo
estatizado con un territorio y base material en la economía mundial–
Ortiz observa acertadamente que tiende a adelantar la formación de la
nación-Estado, la cual, empleando la formulación de Otto Bauer,
se ha convertido ahora en una comunidad de destino. Ortiz aprueba la idea de Gellner de que la nación es un producto de la modernidad,
en particular del desarrollo industrial. Con respecto a esto, la experiencia de
la pertenencia se deslocaliza a medida que se nacionaliza (en bastante medida a
través de las formas de comunicación, desde el ferrocarril al telégrafo y a los
medios de comunicación social). No obstante, la nación no es una esencia
indiferenciada, sino una formación contradictoria y en cierta medida precaria.
Según Ortiz, la clásica nación-Estado es "no sólo una entidad
político-administrativa, es un ámbito de producción del significado". Así,
en esta fase de desarrollo podríamos, usando un tropo weberiano
–como hace Ortiz– argumentar que la nación posee un
monopolio sobre la definición del significado. Esto es también una repetición
de su posición primitiva.
Ortiz reitera su idea de
que la clásica nación-Estado "no es sólo una entidad
político-administrativa, sino un ámbito de producción del significado" . Sin embargo, sostiene, siguiendo a Giddens, que necesitamos ir más allá de la forma de
nación-Estado y señala la repercusión del proceso de desencaje, la dislocación
del espacio y del tiempo que es un aspecto de la modernidad en sí misma. Las
contradicciones inducidas por la globalización significan que la identidad
nacional pierde su monopolio de producir el significado.
Lo anterior lleva a la
propuesta de que ahora pensamos en términos de modernidad mundial. Ortiz (en
contra de algunos defensores del posmodernismo)
señala cuidadosamente que no se refiera a la cultura global ni a la identidad,
sino a cómo "el movimiento de desterritorialización
hacia fuera de las fronteras nacionales acelera las condiciones de movilidad y
desencaja. Cita el autor ejemplos de este proceso, como la cultura compartida
por la juventud que transciende las fronteras nacionales, y la difusión de
pautas de consumo y gustos de la clase media. Hace asimismo referencia al modo
en que la música afro-brasileña-caribeña ha sobrepasado las fronteras del
Estado nacional y al auge de las luchas lingüísticas y regionales en
Latinoamérica, en la que agrupaciones de rango inferior han reclamado nueva
identidad. Los tres principios de integración, territorialidad y centralidad ya
no pueden reproducirse a sí mismos.
Al intentar definir lo que
significa este movimiento –este descentramiento–
usando el término de Martín-Barbero, Ortiz adopta la distinción de Certau entre estrategia y táctica. La estrategia actúa en
lugares determinados, en tanto que la táctica lo hace en los márgenes, y son
básicamente actividades liminares. Esta incertidumbre, se argumenta, es lo que
ahora caracteriza a las identidades: en término de García Canclini,
se vuelven negociadas.
Una vez más, mientras
reconoce la importancia del impacto del cambio, Ortiz insiste en que hay una
jerarquía de relaciones. La diversidad –sostiene– no equivale
a democracia; la modernidad mundial ofrece a los grupos sociales múltiples
referentes, y éstos los usan de diferentes maneras. Sin embargo, la
disponibilidad en el ámbito internacional, el uso y la adaptabilidad de un
conjunto de símbolos compartidos para la construcción de la identidad no debe
interpretarse automáticamente como un impulso democratizador.
Traducir el panorama
sociológico en términos políticos es engañoso. La sociedad global, lejos de
incentivar la igualdad de las identidades, está surcada por una jerarquía,
clara y despiadada. Las identidades son diferentes y desiguales, porque sus
artífices, las instancias que las construyen, ocupan diferentes posiciones de
poder y legitimidad.
Aquí hay una clara
divergencia con respecto al argumento más reciente de García Canclini, en el que la política y una sociología pluralista
tienden a converger.
VISIÓN DESDE EUROPA
En los últimos años, tal
como hemos mostrado, se ha producido una mudanza del pensamiento en una
vertiente de la teoría cultural latinoamericana que traspasa los límites
establecidos por los planteamientos de dependencia. Esto ha acarreado el dejar
a un lado el problema de la dominación hegemónica de la cultura popular por los
Estados Unidos y, al mismo tiempo, un intento de reinterpretar el papel de la
cultura y su relación con las identidades colectivas. En la línea de análisis
representada por los trabajos revisados aquí, es esencial la perceptible
desarticulación entre la cultura popular y el Estado nacional, y el creciente
reconocimiento de la influencia de las nuevas tecnologías de los medios de
comunicación social sobre las colectividades. La emigración y la creación de
comunidades electrónicas se consideran de vital importancia para trascender los
límites establecidos durante largo tiempo y relativizar las fronteras. En
realidad, esta últimas, desde esta perspectiva, ya no
se ven como recintos total y eficazmente vigilados por los Estados, sino que
ellas mismas están en movimiento. En este punto reside el impacto más
importante de la perspectiva posmoderna: el mundo se ha hecho liminar.
Sin embargo, junto a nuevos
y ampliados espacios mediáticos, continúan existiendo antiguos marcos de
identidad colectiva –quizás "coexisten" sería una palabra adecuada
para expresarlo– y son las dislocaciones entre estos
diversos modos de ser colectivos, antiguos y modernos, los que parecen causar
nuevos problemas de coherencia sociocultural, anunciando nuevas oportunidades
de afiliación. Por lo tanto, cabe extraer una conclusión clara: que desde importantes
puntos de vista, los espacios de al menos algunas identidades colectivas se
están desterritorializando y que esto apunta
hacia una realidad posnacional. De esto se desprende
que la cultura, la nación y el Estado ya no están (suponiendo que algún día lo
estuvieran) alineados de acuerdo con los principios clásicos del nacionalismo.
Una reacción a lo anterior
es declarar el fin del papel del Estado en la gestión de la cultura. Tal
respuesta puede verse en la inicial pérdida de atracción de la política de
comunicación nacional como instrumento de defensa cultural y de promoción de la
integración social. El hincapié en la vitalidad sincrética de lo popular, desde
varios puntos de vista, ha hecho parecer ocioso el papel del Estado. Pero hay
indicios suficientes de que –si el Estado se concibe como una entidad nacional
o incluso política continental– no se puede
prescindir tan fácilmente de dicho papel. El reconocimiento de los
desplazamientos de identidad posnacionales ha
necesitado de un creciente reconocimiento de la importancia continua (aunque
modificada) del Estado nacional. Además, a medida que ha aumentado la decepción
sobre la capacidad del mercado para ofrecer calidad cultural, se ha hecho
también patente que el papel de la política pública forma parte del conjunto.
Ciertamente tal es ineludiblemente el caso, como Marjorie
Ferguson ha observado recientemente: "mientras
que la retórica del mercado global se adhiere al universalismo cultural, la
realidad política local es el nacionalismo económico", y este último
necesita un instrumento político.
Aunque muchos de los puntos
señalados en el análisis cultural de Latinoamérica tienen ecos al otro lado del
Atlántico, en Europa su articulación está condicionada de otra manera por las
formas culturales, políticas y económicas que se dan en el terreno intelectual.
Los intentos de
Sin duda existe en ambas
orillas del Atlántico un paralelo que hay que estudiar entre las inquietudes
sobre las identidades colectivas suscitadas por la liberalización del comercio.
El Tratado de Libre Comercio Norteamericano (NAFTA), régimen que regula bienes
y servicios, contiene referencia concreta a las industrias culturales. Al igual
que ocurrió en
Desde el exterior –al menos
en los últimos años y en cuanto a las negociaciones comerciales se refiere–
Por contraste,
La evolución de
Vista la gran diversidad
sociocultural de Europa, no es de extrañar que una línea de la política de
actuación de
Por otra parte, desde un
punto de vista europeo, sería conveniente insistir sobre la vigencia de la
importancia del Estado nacional, como categoría analítica y vital actor
político. En la línea del análisis cultural latinoamericano ya expuesta, el
Estado aparece deliberadamente borroso porque su propia evitación está en el
núcleo del estudio. Sin embargo, en Europa, como en Latinoamérica, la condición
de Estado y la de nación han estado unidas durante los dos últimos siglos, con
diverso éxito, en un modelo dominante de organización política. Aunque los
caminos europeos emprendidos hacia el logro de la condición de nación-Estado
han sido diversos y están siendo sometidos a vivos debates por los
investigadores, es evidente que esta forma política sigue siendo apremiante.
Por lo tanto, a despecho de las discusiones actuales sobre el posnacionalismo, la sacudida que siguió a
Apenas si hemos necesitado
que se nos recordaran las vigentes posibilidades de la condición nacional como
modo de expresión colectiva a raíz de la desintegración de la antigua Unión
Soviética, el sangriento hundimiento de la antigua Yugoslavia o el llamado
"divorcio de terciopelo" en Checoslovaquia. En cada uno de estos
casos, una federación supranacional se ha decantado hacia naciones-estados, en
algunos casos no sin importantes y continuados conflictos llenos de violencia.
Además, la reunificación alemana ha reformado una vez más de modo sustancial el
mapa de Europa. Por lo tanto, es un punto vital que el espacio político
nacional europeo esté totalmente relacionado a través del Estado con las
concepciones del espacio cultural nacional.
Tal es el acertijo que
AGRADECIMIENTOS
Los autores agradecen a
Traducción: Carmen del Pulgar
NOTAS
BIBLIOGRAFÍA