De las hegemonías a las apropiaciones
Formación del campo latinoamericano
de estudios de comunicación
Jesús Martín-Barbero
Introducción
El campo de estudios de la
comunicación se forma en América Latina del movimiento cruzado de dos hegemonías:
la del paradigma informacional/instru-
mental procedente de la investigación norteamericana, y la de la crítica
ideológica y denuncista en las ciencias sociales
latinoamericanas. Entre esas hegemonías, modulándolas, se insertará el
estructuralismo semiótico francés. Hacia fines de los años sesenta la
modernización desarrollista propaga un modelo de sociedad (Sánchez Ruiz,1986) que convierte a la comunicación en el terreno de
punta de la “difusión de innovaciones” y en el motor de la transformación social:
comunicación identificada con los medios masivos, sus dispositivos
tecnológicos, sus lenguajes y sus saberes propios.
Del lado latinoamericano,
”En América Latina la literatura
sobre los medios masivos de comunicación está dedicada a demostrar
su calidad, innegable, de instrumentos oligárquico-imperialistas de
penetración ideológica, pero casi no
se ocupa de examinar cómo son recibidos sus mensajes y con cuáles efectos
concretos. Es como si fuera
condición de ingreso al tópico que el investigador olvidase las consecuencias no
queridas de la acción
social para instalarse en un hiperfuncionalismo de
izquierdas” (Nun,1982). La confrontación durante los
años setenta de esos dos reduccionismos produjo una
peligrosa escisión entre saberes técnicos y crítica
social, y una verdadera esquizofrenia entre posiciones teóricas y prácticas
profesionales. La inserción del
estudio de la comunicación en el ámbito de las ciencias sociales posibilitó en
esos años la tematización
de la complicidad de los medios en los procesos de dominación pero
significó también la reducción del
estudio de los procesos de comunicación a la generalidad de la reproducción
social, condenando las
tecnologías y sus lenguajes a un irreductible exterior: el
de los aparatos y los instrumentos. De esa
amalgama esquizoide no permitieron salir ni los aportes de
lo que se leyó, especialmente en los textos de Adorno, fueron argumentos
para denunciar la complicidad
intrínseca del desarrollo tecnológico con la racionalidad mercantil. Y al
identificar las formas del proceso
industrial con las lógicas de la acumulación del capital, la crítica legitimó la
huida: ¡si la racionalidad
de la producción se agota en la del sistema no habría otro modo de escapar
a la reproducción que siendo
improductivos! El sesgo de esa lectura encontró justificación en el más importante de
sus textos póstumos
al afirmar que “en la era de la comunicación de masas el arte permanece
íntegro cuando no participa en
la comunicación” (Adorno, 1980).
Tampoco los aportes de la semiótica permitieron
superar la escisión. Al descender de la teoría general
de los discursos a las prácticas de análisis, las
herramientas semióticas sirvieron casi siempre al reforzamiento
del paradigma ideologista:
“la omnipotencia que en la versión funcionalista se atribuía a los medios pasó
a depositarse en la ideologia,
que se volvió dispositivo totalizador/ integrador de los discursos. Tanto el
dispositivo del efecto, en la versión
psicológico-conductista, como el mensaje o el texto en la semióticoestructura-
ralista, terminaban por referir el sentido de los procesos de comunicación a una
inmanencia hueca de lo social: la de la inevitable manipulación o la fatal
recuperación por el sistema” (Martín Barbero, 1987) La investigación de la
comunicación en esos años no pudo superar su dependencia de los “modelos
instrumentales” y de lo que Mabel Piccini (1987) ha
llamado “la remisión en cadena a las totalidades”, que hacían imposible abordar
la comunicación como dimensión constitutiva de la cultura y por tanto de la
producción de lo social.
A mediados de los ochenta la
configuración de los estudios de comunicación muestra cambios de fondo que
provienen no sólo ni principal mente de deslizamientos internos al propio campo
sino de un movimiento general en las ciencias sociales. El cuestionamiento de
la “razón instrumental” no atañirá únicamente al
modelo informacional sino que pondrá al descubierto
la hegemonía de esa misma razón como horizonte político del ideologismo
marxista. De otro lado, la globalización y la “cuestión trasnacional” desbordará los alcances teóricos de la teoría del
imperialismo obligando a pensar una trama nueva de territorios y de actores, de
contradicciones y conflictos. Los desplazamientos con que se buscará rehacer
conceptual y metodológicamente el campo de la comunicación provendrán tanto de
la experiencia de los movimientos sociales como de la reflexión que articulan
los estudios culturales. Se inicia entonces un corrimiento de los linderos que
demarcaban el campo de la comunicación: las fronteras, las vecindades y las
topografías no son las mismas de hace apenas diez años ni están tan claras
(Martín Barbero, 1989). La idea de información -asociada a la innovación
tecnológica- gana legitimidad científica y operatividad mientras la de
comunicación se desplaza y aloja en campos aledaños: la filosofia,
la hermenéutica. La brecha entre el optimismo tecnológico y el escepticismo
político se agranda emborronando el sentido de la crítica. Desde América Latina el corrimiento de los
linderos del campo se traduce en un nuevo modo de relación con y desde las
disciplinas sociales, no exento de recelos y malentendidos, pero definido más
que por recurrencias temáticas o préstamos metodológicos por apropiaciones:
desde la comunicación se trabajan procesos y dimensiones que incorporan
preguntas y saberes históricos, antropológicos,
estéticos. Al mismo tiempo que la sociología, la antropología y la ciencia
política se empiezan a hacer cargo, ya no de forma marginal, de los medios y de
los modos cómo operan las industrias culturales. De la historia barrial de las
culturas cotidianas en los sectores populares en el Buenos Aires de comienzos
de siglo (L.Gutiérrez y L.A.
Romero,1985), a la historia de las transformaciones
sufridas por la música negra en Brasil en el recorrido que la lleva de las
haciendas esclavistas a la ciudad masificada y su legitimación por la radio y
el disco como música urbana y nacional (Squef y Wisnik,1983). De la antropología que da cuenta de los
cambios en el sistema de producción y en la economía simbólica de las
artesanías (García Canclini,1982)
a la que indaga permanencias y rupturas en los rituales urbanos del carnaval
(Da Matta,1981) o en los juegos del alma y del cuerpo
en las prácticas religiosas (Muñiz Sodré,1983). De la
sociología que investiga el lugar que ocupan los medios en las transformaciones
culturales (J.J.Brunner/C.Catalán/Barrios,1989)
a la tematización de los medios en los consumos y las
políticas culturales (García Canclini, 1994
y1987). Tan decisiva como la asunción
explícita del “tema” de los medios y las industrias culturales por las
disciplinas sociales resulta la conciencia creciente del estatuto transdisciplinar del campo, que hace evidente la multidimensionalidad de los procesos comunicativos y su
gravitación cada dia más fuerte sobre los movimientos
de desterritorialización e hibridaciones que la
modernidad latinoamericana produce.
En esa nueva perspectiva, industria
cultural y comunicaciones masivas son el nombre de los nuevos
procesos de producción y circulación de la cultura, que corresponden no sólo a
innovaciones tecnológicas
sino a nuevas formas de la sensibilidad. Y que tienen, si no su origen, al
menos su correlato más decisivo
en la nuevas formas de sociabilidad con que la gente enfrenta la
heterogeneidad simbólica y la inabarcabilidad
de la ciudad (García Canclini,1989). Es desde las
nuevas maneras de juntarse y excluirse, de des-conocer
y re-conocerse, que adquiere espesor social y relevancia cognitiva lo que
pasa en y por los medios y las
nuevas tecnologías de comunicación. Pues es desde ahí que los medios han
entrado a constituir lo público,
a mediar en la producción de imaginarios que en algún modo integran la desgarrada
experiencia urbana
de los ciudadanos (Martín Barbero,1996): ya sea sustituyendo la teatralidad
callejera por la espectacularización
televisiva de los rituales de la política o desmaterializando la cultura y
descargándola de su espesor histórico mediante tecnologías que, como las redes
telemáticas o los videojuegos, proponen la hiperrealidad
y la discontinuidad como hábitos perceptivos dominantes.
Transdisciplinariedad en el estudio de la comunicación no significa la disolución de sus
objetos en los
de las disciplinas sociales sino la construcción de las articulaciones
-mediaciones e interteextualidadesque
hacen su especificidad (Fuentes,1994). Esa que hoy ni la teoría de la
información ni la semiótica,
aún siendo disciplinas “fundantes”, pueden construir
ya. Como las investigaciones de punta en Europa
y en Estados Unidos (M. Wolf,1990 y 1994; Grossberg,
Nelson,Treichler,1992) también las latinoamericanas
presentan una convergencia cada día mayor con los estudios culturales en su
capacidad de analizar las
industrias comunicacionales y culturales como matriz de desorganización y
reorganización de la experiencia
social (Brunner, 1995; Ianni,1996)
en el cruce de las desterritorializaciones que
acarrean la globalización
y las migraciones con la fragmentaciones y relocalizaciones
de la vida urbana. Una experiencia que viene
a echar por tierra aquella bien mantenida y legitimada separación que
identificó la masificación de los
bienes culturales con la degradación cultural permitiendo a la élite adherir fascinadamente a la modernización
tecnológica mientras conserva su rechazo a la democratización de los públicos y la
socialización de la
creatividad. Es esa misma experiencia la que está replanteando las relaciones entre
cultura y política
justamente a partir de lo que ésta tiene de espesor comunicativo: no sólo por la
mediación decisiva que
hoy ejercen los medios en la política sino por lo que ella tiene de trama de
interpelaciones en que se
constituyen los actores sociales (Landi,1984 y 1992). Lo
que a su vez revierte sobre el estudio de la
comunicación masiva impidiendo que pueda ser pensada como mero asunto de mercados y
consumos,
exigiendo su análisis como espacio decisivo en la redefinición de lo público y la
reconstrucción de la
democracia.
Al mismo tiempo que la comunicación ocupa el centro
de los nuevos modelos de sociedad, en el campo
teórico se produce un replanteo de las categorias que acotaban lo social. Desde América Latina se
esboza
en los últimos años un mapa de las mediaciones entre
sociedad y comunicación cuyos ejes son la socialidad,
ritualidad, institucionalidad y tecnicidad (Martín
Barbero, 1990). Socialidad es la trama de relaciones
cotidianas que tejen las gentes al juntarse y en la
que anclan los procesos primarios de interpelación y
constitución de los sujetos y las identidades (M. Hopenhayn, 1994; B. Sarlo, 1994),
que es lo que constituye
el sentido de la comunicación como cuestión de fines
y no sólo de medios. Pues en el comunicar se juegan
y expresan dimensiones claves del ser social: tanto aquellas
en que la colectividad se hace y permanece,
como aquellas en que estalla la lucha por horadar el
orden o se tejen las cotidianas negociaciones con el
poder (N. Lechner, 1988).
Ritualidad es lo que en la comunicación hay de construcción del nexo simbólico:
a la vez repetición e innovación, anclaje en la
memoria y horizonte abierto. Es lo que en el intercambio
hay de forma y de ritmo. Al religar la interacción a
los ritmos del tiempo y a los ejes del espacio, la
ritualidad pone reglas al juego de la significación
introduciendo el mínimo de gramaticalidad que hace
posible expresar y compartir el sentido (N. Richard,
1994;R Reguillo, 1996). Y el
activar el ciclo -que
nunca es mera inercia o repetición sino la larga
duración en que se anudan los destiempos- la ritualización
conecta la aceleración de la comunicación con el
tiempo primordial del origen y el mito (Gruzinski,
1994).
La institucionalidad atraviesa la comunicación
convirtiéndola en urdimbre y supervivencia de la civilidad
(G.Rey, 1997; M.A.Garreton,1994). Pero esa
institucionalidad pertenece a dos órdenes contrapuestos:
el que desde el Estado configura a los medios de
comunicación como “servicio público”, y el que desde
el mercado convierte la” libertad de expresión” en
libre comercio. Desde uno y otro se priorizan valores
que antagonizados debilitan
la autonomía de las instituciones comunicativas ya sea confundiendo la
defensa de los derechos colectivos con la estabilidad
de lo estatal o la de la libertad de expresión con la
iniciativa y los intereses privados. Al mediar en la
constitución de lo público y en el reconocimiento
cultural la trama institucional de la comunicación
hace parte del lazo ciudadano (H. Schmucler y M. C.
Mata,1992). Tecnicidad
nombra lo que en la sociedad es no sólo instrumento sino sedimentación de
saberes y dimensión constitutiva de las prácticas. Superando la escisión que en
el pensamiento occidental
opone el interior al exterior y la verdad a su
manifestación, la antropología ve en la técnica un organizador
perceptivo: aquello que en las prácticas articula la
transformación material a la innovación discursiva
(Piscitelli, 1992 y 1995).
Con lo que la tecnicidad más que a aparatos nos remite al diseño de nuevas
prácticas, y más que destrezas la tecnicidad es
competencia en el lenguaje (Piccini,1988).
Confundir la
comunicación con las técnicas o los medios es tan
deformador como pensar que ellos son exteriores y
accesorios a la (verdad de la) comunicación, lo que
equivaldría a desconocer la materialidad histórica
de las mediaciones discursivas en que ella se
produce.
Desde la globalizada percepción del
espacio y el tiempo, que instauran la economia-mundo
y la red de
los flujos electrónicos, se produce un doble desafío a pensar: el de una
descentralización que concentra
poder y el de un des-enraizamiento que hibrida las
culturas, la mundialización desde dentro y la relocalización
política de la diferencia cultural del lugar.
“El globo ha dejado de ser una figura astronómica
para adquirir plena mente una significación histórica”,
afirma el brasileño O. Ianni
(1996) para marcar la nueva significación que adquiere el mundo cuando ya
no es pensable desde la que hasta ahora fue la
categoría central en las ciencias sociales, la del Estadonación.
Pues la globalización no puede ser pensada como mera
extensión cuantitativa o cualitativa de la
sociedad nacional. No porque esa categoría y esa
sociedad no sigan teniendo vigencia -la exasperación
de los nacionalismos, los regionalismos y localismos
así lo atestiguan- sino porque el conocimiento
acumulado sobre lo nacional responde a un paradigma
que no puede ya dar cuenta ni histórica ni
teóricamente de toda la realidad en la cual se
insertan hoy individuos y clases, naciones y nacionalidades,
culturas y civilizaciones (O. Ianni,
1996). Desde la geografía, otro brasileño, Milton Santos, plantea que
es la falta de categorías analíticas y de historia
del presente las que nos mantienen mentalmente anclados
en el tiempo de las relaciones internacionales cuando
lo que hoy estamos necesitando pensar es el mundo:
el paso de la internacionalización a la mundialización. Y son precisamente las tecnologías de
comunicación
·
satélites, informática, televisión-
las que, al transformar el sentido del lugar en el mundo, tornan opacas
las relaciones que lo estructuran haciendo de un mundo tan intercomunicado
algo opaco. Opacidad que pone en primer plano la contradictoria ambigüedad que
atraviesa el espacio y la velocidad que nos hacen perceptible un mundo que
convierte a la cultura en el gran vehículo del mercado. Pues más que unir lo
que busca una globalización enferma es unificar, y “lo que hoy es unificado a
nivel mundial no es una voluntad de libertad sino de dominio, no es el deseo de
cooperación sino de competición” (M.Santos, 1993). El
espacio se globaliza pero la dimensión mundial es el mercado.
De ahí la necesidad de diferenciar,
por más intrincadas que se hallen, las lógicas unificantes
de la
globalización económica de las que mundializan la cultura. Pues la mundialización
cultural no opera
desde afuera sobre esferas dotadas de autonomía como lo nacional o lo local.
La mundialización es un
proceso que se hace y deshace incesantemente. Y en ese sentido sería impropio
hablar de una ‘cultura
global’ cuyo nivel jerárquico se situaría por encima de las culturas nacionales
o locales. “El proceso de
mundialización es un fenómeno social total, que para existir se debe localizar,
enraizarse en las prácticas
cotidianas de los pueblos y los hombres” (R.Ortiz, 1994).
La mundialización no puede confundirse con
la estandarización de los diferentes ámbitos de la vida que fue lo que
produjo la industrialización, incluido
el ámbito de la cultura, esa “industria cultural” que fue el objeto de la
crítica de los de Frankfurt. Ahora
nos encontramos ante otro tipo de proceso, que se expresa en la cultura de
la modernidad-mundo, que
es una nueva manera de estar en el mundo. De la que hablan los hondos
cambios producidos en el mundo
de la vida: en el trabajo, la pareja, la comida, el ocio. Es porque la
jornada continua ha hecho imposible
para millones de personas almorzar en casa, y porque cada día más mujeres
trabajan fuera de ella, y
porque los hijos se autonomizan de los padres muy
tempranamente, y porque la figura patriarcal se ha
devaluado tanto como se ha valorizado el trabajo de la mujer, que la comida ha
dejado de ser un ritual
que congrega a la familia, y desimbolizada la
comida diaria ha encontrado su forma en el fast-food. De
ahí que el éxito de McDonald’s o de las pizzas Hut hable menos de la imposición de la comida
norteamericana
que de los profundos cambios en la vida cotidiana de la gente, cambios que
esos productos sin duda
expresan y rentabilizan. Pues desincronizada de los
tiempos rituales de antaño y de los lugares que
simbolizaban la convocatoria familiar y el respeto a la autoridad patriarcal, los
nuevos modos y productos
de la alimentación pierden la rigidez de los territorios y las costumbres.
Reconocer eso no significa
desconocer la creciente monopolización de la distribución, o la descentralización
que concentra poder y
el desarraigo empujando la hibridación de las culturas. Ligados
estructuralmente a la globalización
económica pero sin agotarse en ella, se producen fenómenos de mundialización
de imaginarios ligados
a músicas, a imágenes y personajes que representan estilos y valores desterritorializados y a los que
corresponden también nueva figuras de la memoria.
Mientras el espacio de lo nacional se diluye a golpes
del emborronamiento de las fronteras y la fragmentación
de las memorias, hay algo a lo que el proceso de
globalización le ha devuelto, paradójicamente, su valor:
el territorio del lugar. “La nación de Renan ha muerto y no volverá”, ha escrito Perre Nora (1992). No
volverá porque el relevo del mito nacional por la
memoria supone una mutación profunda: un pasado que
ha perdido la coherencia organizativa de una historia
se convierte por completo en un espacio patrimonial.
Es decir, un espacio más museográfico que histórico.
Y una memoria nacional edificada sobre la
reivindicación patrimonial estalla, se divide, se
multiplica. Ahora cada región, cada localidad, cada grupo
étnico o racial reclama el derecho a su memoria. Lo
que complementa O. Monguin (1994) afirmando que
lo que paradójicamente celebran los lugares de memoria
es el fin de la novela nacional. El cine, que
durante la primera mitad del siglo XX fue el heredero de la vocación nacional de
la novela -pues el
público, como afirma C. Monsiváis (1976), no iba al
cine a soñar, sino a aprender, sobre todo a aprender
a ser mexicanos- lo ven ahora las mayorías en el televisor de su casa. Al
mismo tiempo que la propia
televisión se convierte en un reclamo fundamental de las comunidades regionales y
locales en su lucha
por el derecho a la construcción de su propia imagen, que enlaza así con el
derecho a su memoria, de que
habla P. Nora.
Y frente a ese emborronamiento del espacio nacional,
la globalización produce un profundo proceso de
reconstitución de lo local. Para M. Santos (1996) se
trata de la imposibilidad de habitar el mundo, y de
insertarnos en lo global, sin algún tipo de anclaje
en el espacio y en el tiempo. El lugar significa nuestro
anclaje primordial: la corporeidad de lo cotidiano y
la materialidad de la acción, que son la base de la
heterogeneidad humana y de la reciprocidad, forma
primaria de la comunicación. Pues aun atravesado
por las redes de lo global, el lugar sigue hecho del
tejido y la proxemia de los parentescos y las
vecindades.
Lo cual exige poner en claro que el sentido de lo
local no es unívoco: pues uno es el que resulta de la
fragmentación, producida por la des-localización que
impone lo global, y otro bien distinto el que asume
el lugar en los términos de Michel
De Certeau (1980), esto es el lugar que introduce
ruido en las redes,
distorsiones en el discurso de lo global, a través de
las cuales emerge la palabra de otros, de muchos otros.
Ahí está -por más tópico que resulte- la palabra del
comandante Marcos introduciendo la gravedad de
la utopía en la levedad de tanto chismorreo como
circula por Internet. Y los usos que de esa misma red
hacen hoy multitud de minorías y comunidades
marginadas o grupos de anarquistas. Y sobre todo la
vuelta de tuerca que evidencia en las grandes
ciudades el uso de las redes electrónicas para construir
grupos que, virtuales en su nacimiento, acaban territorializándose, pasando de la conexión al encuentro,
y del encuentro a la acción.
Entre la necesidad del lugar y la inevitabilidad
de lo global, cada día más millones de hombres habitamos
la glocalidad de la ciudad:
ese espacio comunicacional que conecta entre sí sus
diversos territorios y los
conecta con el mundo, en una alianza entre
velocidades informacionales y modalidades del habitar
cuya
expresión cotidiana se halla en “el aire de familia
que vincula la variedad de pantallas que reunen
nuestras
experiencias laborales, hogareñas y lúdicas” (C.
Ferre, 1996). Pero la fuerza de la ciudad virtual reside
menos en el poder de las tecnologías que en su
capacidad de acelerar, de amplificar y profundizar tendencias
estructurales de nuestra sociedad. Como afirma F.
Colombo (1983) hay un evidente desnivel de vitalidad
entre el territorio real y el propuesto por los massmedia. “La posibilidad de desequilibrios no deriva del
exceso de vitalidad de los media, antes bien proviene
de la débil, confusa y estancada relación entre los
ciudadanos del territorio real”.
La reconfiguración de la
experiencia urbana encuentra su más decisivo escenario en la formación de un
nuevo sensorium: frente a
la dispersión y la imagen múltiple que, según W. Benjamin
(1982), conectaban
“las modificaciones del aparato perceptivo del
transeúnte en el tráfico de la gran urbe” con la experiencia
del espectador de cine, los dispostivos
que ahora conectan la estructura comunicativa de la televisión con
las claves que ordenan la nueva ciudad son otros: la
fragmentación y el flujo. Pues mientras el cine
catalizaba la “experiencia de la multitud” -era en
multitud que los ciudadanos ejercían su derecho a la
ciudad- lo que ahora cataliza la televisión es por el
contrario la “experiencia doméstica” y privada de la
casa, que es desde donde cada día más gente realiza
hoy su inserción en la ciudad.
Hablamos entonces de fragmentación
para referirnos no a la forma del relato televisivo sino a la desagregación
social, a la atomización que la privatización de la experiencia televisiva
consagra. Constituida en el centro de las rutinas que ritman lo cotidiano, en
dispositivo de aseguramiento de la identidad individual y en terminal del videotexto, la video-compra, el correo
electrónico y la teleconferencia33, la llave televisión/computador convierte el
espacio doméstico en el territorio virtual por excelencia: aquél en que más
hondamente se reconfiguran las relaciones de lo privado y lo público, esto es
la superposición entre ambos espacios y el emborronamiento de sus fronteras.
Del pueblo que se tomaba la calle al público que iba al teatro o al cine la
transición era transitiva y conservaba el carácter colectivo de la experiencia.
De los públicos del cine a las
audiencias de televisión el desplazamiento señala una profunda transformación:
la pluralidad social sometida a la lógica de la desagregación hace de la
diferencia una mera estrategia de rating. Y no
representada en la política, la fragmentación de la ciudadanía es tomada a
cargo por el mercado: ¡es de ese cambio que la televisión es la principal
mediación! Por flujo televisivo
entendemos el dispositivo complementario de la frag- mentación: no sólo la discontinuidad espacial de la escena
doméstica sino la pulverización del tiempo que produce la contracción de lo
actual. Y que afecta tanto al continuum del
palimpsesto televisivo como a la forma de la representación: lo que retiene al
telespectador es más el ininterrumpido flujo de las imágenes que el contenido
de la programación. Pero, como dice B. Sarlo (1994),
la experiencia de flujo televisivo estaba incompleta sin el zapping,
ese control remoto mediante el cual cada uno puede nómadamente armarse su
propia programación con fragmentos o “restos” de noticieros, telenovelas,
concursos o conciertos. Más allá de la aparente democratización que introduce
la tecnología, la metáfora del zappar ilumina
doblemente la escena social. Es con pedazos, restos y desechos de objetos y saberes que buena parte de la población arma los cambuches en que habita, teje el rebusque con que sobrevive
y enfrenta la opacidad de la ciudad. Y
hay también una eficaz travesía que liga los modos de ver desde los que el
televidente explora y atraviesa el palimpsesto de los géneros y los relatos con
los modos nómadas de habitar la ciudad. Tanto los del emigrante al que le toca
seguir indefinidamente emigrando dentro de la ciudad a medida que se van
urbanizando las invasiones y se valorizan los terrenos, como los de la banda
juvenil que periódicamente desplaza a lo largo y lo ancho de la ciudad sus
lugares de encuentro. A donde en últimas remite el flujo televisivo es a la
forma misma de la vida en la ciudad, especialmente de los más jóvenes, y es de
ella de donde saca su verdadero sentido el zappar:
pues en nuestras barriadas populares urbanas tenemos camadas enteras de jóvenes
“cuyas cabezas dan cabida a la magia y a la hechicería, a las culpas cristianas
y a su intolerancia piadosa, lo mismo que a utópicos sueños de igualdad y
libertad, así como a sensaciones de vacío, ausencia de ideologías,
fragmentación de la vida y tiranía de la imagen fugaz y el duro sonido musical
como único lenguaje de fondo” F. Cruz Kronfly (1994).
No puede pensarse la complejidad de
los desafíos que entraña la globalización sin colocar ahí una mínima reflexión
sobre las secretas complicidades entre el sentido de lo universal que puso en
marcha la modernidad de
3. ¿Para dónde va la investigación de fin de siglo?
Malos tiempos éstos para la prospectiva, pero quizá
por ello sea aun más necesaria. Pues nos obliga a
romper la tramposa inmanencia del presente continuo a
que nos condena la ausencia de utopías, y el
consiguiente ensimismamiento de los discursos,
exigiéndonos un mínimo horizonte de futuro desde el
que comprender los procesos que dotan o despojan de
sentido a los discursos. Hoy, menos que nunca,
lo que pasa en la investigación latinoamericana de
comunicación puede entenderse o valorarse al margen
de las rupturas y recreaciones de la socialidad: de los chantajes económicos y las perversiones
sociales
que disfraza la “apertura económica”, del vaciado de
significación que sufre nuestra democracia, de la
sintomática centralidad de las comunicaciones en los
proyectos de privatización, de la absorción de la
esfera pública por los medios masivos.
Dos escenarios se configuran como decisivos: el de
las contradicciones de la integración regional y el
de la desestructuración del
espacio nacional. En la era de la globalización la integración de los países
latinoamericanos implica su inevitable integración a
la pura y dura lógica de una economía-mundo en
la que toda alianza es para competir y fragmentar. Y
en esa lógica la creación de grupos de países -desde
el TLC de los del norte hasta el Mercosur-
produce la paradoja de fortalecer a los que están dentro y
debilitar a los que quedan fuera fracturando la
solidaridad regional, lo que se hace aun más flagrante en
las modalidades de inserción excluyente de los grupos
regionales en los macro-grupos del Norte, del
Pacífico o de Europa.
Sometidos al movimiento globalizador
las exigencias de competitividad entre los grupos prevalecen sobre
y devalúan las de cooperación y complementariedad
regional. El segundo escenario es el de la desintegración
social y política de lo nacional. ¿Cómo construir
democracia en países donde la polarización social se
profundiza?, ¿pueden revertir las instituciones
políticas los procesos de concentración del ingreso, la
reducción del gasto social, el deterioro de la esfera
pública?, ¿qué viabilidad pueden tener proyectos
nacionales cuando los entes financieros
trasnacionales sustituyen a los Estados en la planificación del
desarrollo?, ¿cómo reconstruir ahí sociedades civiles
en las que reencuentren sentido los intereses colectivos
y formas de ciudadanía que no se agoten en el consumo? El crecimiento de la desigualdad atomiza la
sociedad deteriorando los mecanismos de cohesión
política y cultural, y desgastadas las representaciones
simbólicas “no logramos hacernos una imagen del país
que queremos y por ende la política no logra fijar
el rumbo de los cambios en marcha” (N. Lechner, 1987). Nada de extraño tiene entonces que hasta
las,
en principio democratizadoras, dinámicas de
descentralización resulten más atomizantes que
participativas,
y que la justa defensa de las identidades locales
desemboque en rupturas de la solidaridad nacional.
Entretejidas a esos escenarios se percibe la
formación de atmósferas culturales cuyas mediaciones matizan
tanto el grave pesimismo que carga la visión social
de las macrotendencias como el ligero optimismo que
permea la mirada comunicacional, fascinada por las
maravillas tecnológicas. La primera atmósfera se
forma en la convergencia de la fascinación
tecnológica con el realismo de lo inevitable: la hipóstasis de
la eficiencia y la eficacia se traduce en “una
cultura del software que permite conectar la razón instrumental
a la pasión personal” (M. Hopenhayn,
1994). Con una multiplicidad de paradojas densas y desconcertantes:
la convivencia del derroche estético de los centros
comerciales con las condiciones insalubres e inhabitables
de los barrios de invasión, la opulencia comunicacional con el debilitamiento de lo público, la más
grande
disponibilidad de información con el palpable
deterioro de la educación formal, la continua explosión
de imágenes con el empobrecimiento de la experiencia,
la multiplicación de signos y el déficit de sentido.
La convergencia entre sociedad de mercado y
racionalidad tecnológica disocia la sociedad en “sociedades
paralelas”: la de los conectados a la infinita oferta
de bienes y saberes y la de los excluidos cada vez
más
abiertamente tanto de los bienes como de la capacidad
de decidir. Lo que remite a una segunda atmósfera:
la cultura de la privatización, con su dimensión
económica -exaltación del mercado a instancia globalizadora
y dinamizadora de lo social-, su conversión de la
política en intercambio y negociación de intereses y
su legitimación cultural: identificación de la
autonomía del sujeto con el ámbito de la privacidad -en el
que resguardarse de la masificación- y el del
consumo, con el que construirse un rostro reconocible
socialmente. Tercera atmósfera: el malestar
latinoamericano en la modernidad. La desmitificación de las
tradiciones y las costumbres desde las que, hasta
hace bien poco, nuestras sociedades elaboraban sus
“contextos de confianza” (J. J. Brunner,
1994) desmorona la ética y desdibuja el hábitat cultural. Ahí
arraigan algunas de nuestras más secretas y enconadas
violencias. Pues las gentes pueden con cierta
facilidad asimilar los instrumentos tecnológicos y
las imágenes de modernización pero sólo muy lenta y
dolorosamente pueden recomponer su sistema de
valores, de normas éticas y virtudes cívicas. El cambio
de época está en nuestra sensibilidad pero “a la
crisis de mapas ideológicos se agrega una erosión de los
mapas cognitivos” (N. Lechner,
1995). No disponemos de categorías de interpretación capaces de captar
el rumbo de las vertiginosas transformaciones que
vivimos. Sólo alcanzamos a vislumbrar que en la crisis
de los modelos de desarrollo y los estilos de
modernización hay un fuerte cuestionamiento de las jerarquías
centradas en la razón universal, que al trastornar el
orden secuencial libera nuestra relación con el pasado,
con nuestros diferentes pasados, permitiéndonos
recombinar las memorias y reapropiarnos creativamente
de una descentrada modernidad.
4. Reconfiguraciones del
campo
¿Cómo están traduciendo los
estudios de comunicación los desafíos y sensibilidades que esos escenarios y
esas atmósferas plantean? ¿Y en qué movimientos, conflictos o estrategias del
campo se reflejan? En los últimos años
la institucionalización del campo de la comunicación en América Latina es un hecho
notorio y contradictorio, que ha producido cambios cualitativos y hecho emerger
nuevas tensiones. De un lado, está el número creciente de investigaciones, el
volumen y calidad de las publicaciones, la conformación en algunos países de
amplias comunidades de investigadores, los convenios de investigación entre
países, la presencia internacional de sus instituciones académicas, la cualificación de los posgrados. De otro, se ha ido configurando una densa
tensión: la que plantean los diferentes modos de entender y efectuar la
relación entre investigación y mercado. Lo que ahí está en juego no es una
reedición de los “viejos” conflictos entre teoría y práctica, o entre saberes técnicos y crítica social, sino algo mucho más
ambiguo y escurridizo, ligado a los desconciertos y escapismos que alimentan
las atmósferas culturales del fin de siglo. La combinación de optimismo
tecnológico con escepticismo político ha fortalecido un realismo de nuevo cuño
que se atribuye a sí mismo el derecho a cuestionar todo tipo de estudio o
investigación que no responda a unas demandas sociales confundidas con las del
mercado o al menos mediadas por éste. Se acusa entonces al trabajo académico e
investigativo de la década de los ochenta de improductivo, de no haberse
insertado en los ritmos del cambio tecnológico y económico, de haberse
divorciado de los requerimientos profesionales que hace la nueva sociedad.
Desde otro ángulo esa posición representa una muestra de la sofisticada
legitimación académica que ha logrado el neoliberalismo en nuestros países: el
mercado fagocitando las demandas sociales y las dinámicas culturales
deslegitima cualquier cuestionamiento de un orden social que sólo puede darse
su “propia forma” cuando el mercado y la tecnología liberan sus fuerzas y sus mecanismos.
Lo que torna altamente sospechosa una búsqueda de institucionalización en la
que, el afán por tener un campo propio se hace a costa de algo que, hasta en
Estados Unidos, está siendo hoy cuestionado: la utilización de la investigación
no como foco de comprensión sino como instrumento de legitimación que “negocia
alcance teórico por territorio académico” (J. D. Peter,
1986). Lo que conduce a uno de los investigadores latinoamericanos que más ha
luchado en y desde su país por la consolidación de la comunidad investigativa
en comunicación, a afirmar: ”La difícil y nunca
consolidada constitución disciplinaria del estudio de la comunicación, que
tantas desventajas ha acarreado a sus practicantes, es precisamente la
condición de posibilidad de su nuevo desarrollo. No haber tenido la posibilidad
en América Latina de haberse convertido en una ‘ciencia normal’ como diría Kuhn, es lo que ahora proporciona la movilidad necesaria
para seguir persiguiendo su objeto y generando socialmente sentido sobre la
producción social del sentido (...) conservando el impulso crítico y utópico
que ha caracterizado a este campo en América Latina” (R. Fuentes, 1994). Ligado al anterior se configura otro ámbito
de tensiones: en la medida en que la institucionalización de un campo supone su
especialización disciplinaria, la especificidad latinoamericana que se expresa
en la propuesta de insertar la investigación de comunicación en el espacio de
las ciencias sociales y en el desarrollo de los estudios culturales, suscita
últimamente polémicas descalificaciones. De un lado, el propósito de focalizar
como eje de los estudios la trama social de los procesos comunicativos es visto
como un obstáculo a la delimitación del “objeto propio” de la disciplina,
objeto que estaría hace tiempo definido por el paradigma informacional
y el análisis semiótico; y del otro, el esfuerzo por asumir la envergadura y el
espesor cultural de la massmediación es confundido
con un culturalismo que despolitizaria los procesos
olvidando el peso de las estructuras de poder. Desde ambos lados la transdiciplinariedad se ha convertido en catalizador de
malestares y sospechas, siendo acusada ya sea de la falta de rigor y seriedad
metodológica que lastraría la investigación latinoame-
ricana, impidiéndola alcanzar su mayoría de edad, o
de devaluar la importancia de lo empírico en la compleja tarea de construcción
de los “nuevos objetos”. Y, sin embargo, lo que ha movilizado más fecundamente
la investigación latinoamericana de comunicación en los últimos años han sido menos
los cambios internos al propio campo que el movimiento de reflexividad
producido en las ciencias sociales y el empate con la reflexión que viene de
los estudios culturales. Más que por recurrencias temáticas o préstamos
metodológicos, esa inserción se ha producido por apropiaciones: desde la
comunicación se trabajan procesos y dimensiones que incorporan preguntas y saberes históricos, antropológicos, estéticos, al mismo
tiempo que la sociología , la antropologia
y la ciencia política se empiezan a hacer cargo, ya no de forma marginal, de
los medios y de los modos como operan las industrias culturales. De la historia
de las transformaciones sufridas por la música negra en Brasil, que la llevan
de las haciendas esclavistas a la ciudad masificada donde se produce su
legitimación cultural como música nacional, a la antropología que indaga
continuidades y rupturas en los rituales urbanos de la protesta política, y a
la sociología que investiga el lugar que ocupan los medios ocupan en los
consumos y las políticas culturales. La conciencia creciente del estatuto transdisciplinar del campo5 no hace sino dar cuenta de la multidimensionalidad que en nuestra sociedad revisten los
procesos comunicativos y su gravitación creciente sobre los movimientos de desterritorialización e hibridaciones que en Latinoamérica
cataliza y produce la modernidad. Transdisplinariedad
que en modo alguno significa la disolución de los problemas-objeto del campo de
la comunicación en los de otras disciplinas sociales sino la construcción de las
articulaciones e intertextualidades que hacen posible
pensar los medios y las demás industrias culturales como matrices de
desorganización y reorganización de la experiencia social y de la nueva trama
de actores y estrategias de poder.
Aunque las temáticas de los
congresos y los encuentros latinoamericanos de comunicación en los noventa
Identidad e integración (Felafacs, Acapulco, 1992), Comunicación y libre comercio (Alaic, Sao Paulo, 1992), Propuestas metodológicas (Alaic,Guadalajara, 1993),
Modernidad y democracia (Felafacs, Cali, 1994)
dibujan un mapa de preocupaciones sentidas y consensos institucionales, ellas
no alcanzan a dar cuenta cabal de los desplazamientos que tensionan y dinamizan
el campo. La conflictiva riqueza de esas dinámicas pasa a mi
ver por otro mapa: el que dibujan los textos que otean el horizonte del nuevo
siglo. Empezando por las investigaciones
que indagan el des-ordenamiento y des-centramiento de
lo cultural.
Introducido en primer lugar por la
globalización económica que replantea la identificación de periferia
con exterioridad: es desde dentro de nuestros países, en el espacio de lo
nacional y lo local, donde la
cultura se mundializa, pues globalización no equivale a una mayor difusión de
productos sino a la
rearticulación de las relaciones entre países desde una des-centralización que
concentra poder, y un desenraizamento
que hibrida las culturas. Pero lo que verdaderamente está en juego en la
hibridación (N. García Canclini, 1990) no es sólo asunto de nuevos mestizajes sino
la reorganización del campo cultural desde una lógica que desancla las
experiencias culturales de los nichos y repertorios de las etnias y las clases
sociales, de las oposiciones entre modernidad y tradición, modernidad y
modernización (J. J. Brunner,
1995), espesando la mediación tecnológica que emborrona las demarcaciones entre
arte y ciencia, trabajo y juego (A. Piscitelli, 1994
y 1995), entre lo oral, lo escrito y lo electrónico (A. Ford,
1994), abriendo un desafío radical a las inercias teóricas, a las barreras
entre saberes sociales, y planteando no sólo “nuevos
objetos” de investigación sino nuevo modos de concebir las luchas entre mercado
y producción simbólica, entre cultura y poder, entre modernización y democratización.
Una especial reconfiguración de lo cultural es la que
produce el universo audiovisual, y particularmente la televisión (O. Landi, 1992), al constituirse en dispositivo radicalizador del desanclaje que
produce la modernidad, redefine las jerarquías que normaban la cultura y
también sus modalidades, niveles y lenguajes. Con la deslegitimación que ello
opera en el campo de los intelectuales (A. Pagni/ E. von der Walde,
1996): al cuestionar los paradigmas del saber que sustentaba la cultura
letrada, y las autoridades en que cristalizaron viejas formas de dominación
simbólica, los intelectuales ven hoy tensionada su figura entre el experto
académico y el neopopulista de mercado; y descolocada
por la del analista simbólico (J. J. Brunner/G:Sunkel, 1993) que replantea la tarea del investigador
social y el intelectual al insertar la crítica no en la distancia de los
riesgos que conlleva toda intervención en lo social sino en la dinámica que
necesita toda sociedad para no anquilosarse.
En un segundo plano estratégico se ubican los procesos de massmedia-ción de la política: la
asimilación del discurso político al modelo de comunicación que propone,
especialmente, la televisión -identificando lo público con la escena mediática-
y su incidencia en los nuevos modos de representación política (G. Sunkel, 1989) y de
conformación de ciudadanía (R. M. Alfaro, 1995). Agotadas las generalidades en
torno a la espectacularización de la política, hacia
donde apunta el análisis que avizora el futuro es a dar cuenta de los dispositivos
específicos que en la televisión conectan con la emergencia de una nueva
cultura política. Esa que exige pensar los modos en que los medios entran no a
sustituir sino a constituir, a formar parte de la trama tanto del discurso como
de la acción política, pues densifican las dimensiones simbólicas, rituales y
teatrales que siempre tuvo la política, y hacen parte de las nuevas formas del
reconocimiento y la interpelación de los sujetos y los actores sociales. Lo que
desplaza la investigación de los mecanismos que oponen “la plaza a la platea”
(M. C. Mata, 1992), es decir, a la escena mediática, para enfocar más bien las
tensiones entre ambas, los usos que la política en la plaza hace de los medios
-sus modos de mirar a la cámara (F. Crucees, 1998)- y los movimientos de resemantización mediante los cuales la escena mediática
transforma el sentido de la acción política en representación, reduciendo la
publicidad -el acto de hacer público- a mera visibilidad (G. Rey, 1997). Y
también la que desplaza el punto de vista de la política formal para investigar
el papel del consumo en los otros modos en que se construyen identidades y
ciudadanías: esas prácticas socioculturales que configuran formas de
reconocerse y de satisfacer necesidades, rituales de distinción y modos de
comunicación, pues en el consumir no sólo derrochamos y exhibimos, nos
alienamos y sometemos, sino también reelaboramos el sentido de lo social,
redefinimos la significación de lo público al publicar lo que creemos
socialmente valioso, rehacemos lo que percibimos como propio, nos integramos y
nos diferenciamos (N. García Canclini, 1995). La ciudad-espacio de comunicación aparece
como otra atalaya desde la que vislumbrar cambios de fondo. La estrecha relación entre expansión/
estallido de la ciudad y crecimiento/densificación de los medios y las redes
electrónicas, está exigiendo pensar la envergadura antropológica de los cambios
en los modos de estar juntos, esas nuevas socialidades
que empatan con los nuevos escenarios urbanos de comunicación. Escenarios ubicados a múltiples niveles y
conformados por ingrediente bien diversos.
Los que corresponden al
desequilibrio generado por una urbanización irra- cional y especulativa que se
hace visible en el empobrecimiento de las solidaridades e interacciones
vecinales, la reducción de la
ciudad usable por los ciudadanos y su compensación por la cultura a domicilio y
la reinvención de unos
lazos sociales en los que se entreteje la información que circula por las
redes internacionales con la
necesidad de pertenencia y de arraigo local. Los escenarios que trazan los
imaginarios desde los que la
gente siente y se representa su ciudad: acontecimientos, personajes, mitos
fundadores, lugares, olores y
colores, historias, leyendas y rumores que la narran e identifican siguiendo
topografías y trayectos bien
diferentes de los que manejan los planificadores (A. Silva, 1992); y al mismo
tiempo modernización,
tensión entre memorias étnico-locales y memorias trasnacionales, produciendo un
mosaico cuya figura
remite menos a las regularidades que pautan los expertos que al desorden y al
caos que experimentan en
su habitar los ciudadanos (C. Monsiváis,1995). O
los escenarios de la ciudad-acontecimiento que, al
trastornar la cotidianidad inerte, sacan a flote la fragilidad de moderno orden
urbano poniendo al descubierto
la corrupción que enlaza la explosiva ineficiencia de los servicios
públicos -inundaciones que dejan en
la calle miles de habitantes por mal estado de las redes de alcantarillado
o escapes de gas que vuelan
barrios enteros- con los dispositivos subterráneos del poder; y también el
espesor comunicacional de las
estrategias de supervivencia y de conformación de identidad ciudadana entre los
marginados (R. Reguillo,
1995). Y los nuevos escenarios de
los jóvenes, constituidos a la vez desde la homogenización inevitable
del vestido, la comida, la música, y una profunda necesidad de
diferenciación que se expresa en los signos
con que tejen sus grupalidades: del “hoyo” fonqui al punk, de la salsa barrial a la discoteca in, del conciertoritual
tecnológico y coreográfico al rock artesanal, en que se dicen las nuevas
sensibilidades, las estéticas de lo desechable, las nuevas sonoridades, sones,
ruidos y ritmos de la ciudad, la experiencia de las pandillas ante la cotidiana
presencia de la muerte en las calles, la exasperación de la agresividad, la
soledad hostil, la desazón moral, el desarraigo (C. Monsiváis,
1989; A. Salazar, 1990; M. Margulis, 1994).
Finalmente, otro foco de avizoramiento del trabajo futuro: la recepción/uso de
medios y el consumo
cultural. Especialmente polémico, e incluso para algunos desgastado, el estudio
de los procesos de
recepción resulta doblemente ambiguo y también fuertemente revelador de algunos de
los cambios más
de fondo en la investigación de comunicación. Pues confundida con la etapa
que, en la escuela norteamericana
se adjudicó primero al paradigma de los “efectos” y después al de “usos y
gratificaciones”, se pierde lo que desde América Latina se busca plantear: la
recepción/consumo como lugar epistemológico y metodológico desde el que
repensar el proceso de comunicación. Pero al identificar esa propuesta, en no
pocas investigaciones, con una especie de hipóstasis de la recepción, se acaba
confundiendo el rescate de su actividad con el sofisma de “todo el poder al
consumidor”. De lo que se trata, aunque quizá aún no se haya logrado, es sin
embargo de indagar lo que la comunicación tiene de intercambio e interacción
entre sujetos (J. Martín-Barbero, coord. 1991; M. W. de Sousa,
org. 1994; G.Orozco,
coord.1994 y 1996) socialmente construidos, y ubicados en condiciones y
escenarios que son, de parte y parte aunque asimétricamente, producidos y de
producción, y por lo tanto espacio de poder, objeto de disputas, remodelaciones
y luchas por la hegemonía (M. C. Mata,1995; M. I. Vassallo
Lopes, 1996). Y de otro lado, se trata de comprender
las formas de socialidad que se producen en los
trayectos del consumo (S. Ramirez/S. Muñoz, 1996), en lo que éstos tienen de
competencia cultural, hecha pensable desde una etnografía de los usos (VV. AA.
1994) que investiga los movimientos de ruptura y de continuidad, de enraizamiento y deslocalización,
así como las memorias cortas y largas que los atraviesan y sostienen. Perspectiva que resulta especialmente prospectiva
al aplicarla a los trayectos culturales de la generación joven, esos que se
constituyen en gran medida en la conexión/desconexión con las tecnologías y su
capacidad de insertarse en la velocidad de los tiempos.
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