CAPITAL

DOS MURALES LIBIDINOSOS DEL SIGLO XX

Carlos Monsiváis

I. 1900-1960

"He aquí en maldad he sido formado,

y en pecado me concibió el Centro de la Ciudad"

¿Hasta qué punto es otra la ciudad de México al desaparecer las atmósferas

religiosas tan determinantes durante siglos, especialmente las enderezadas

contra el pecado? En el siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX, un

gran equilibrio emocional de los que se consideran provincianos (y por

tanto payos, aféresis de payasos, sujetos del ridículo desde la óptica de

los capitalinos) es la posesión de un sistema de alarmas: ante los daños

morales que acechan y se desencadenan en la gran ciudad. "Viajero detente

y cuida tu salud espiritual. Has llegado a la región más liberada del

temor de Dios, a la gran orgía que atrae a los incautos con la abundancia

de actos licenciosos". Al hablar de la capital, los escritores

décimonónicos acuden sin remedio a las admoniciones, y su moralismo se

funde en la creencia sincera en el pecado. La carne es débil y nada la

debilita tanto como el sinfín de oportunidades de la urbe.

Invocado para su extinción, el pecado más ostentoso atraviesa a la ciudad

de lado a lado y se deja arrinconar en los ghettos. A las prostitutas no

se les permite en los pueblos salir de las "zonas rojas" y en la capital

no pueden ejercer su oficio fuera del territorio libre de virtudes, el

ámbito cedido al pecado. Y por pecado se entiende casi todo: el adulterio,

el onanismo, la prostitución, las miradas de codicia carnal, la cópula

fuera del matrimonio, la cópula dentro del matrimonio sin propósitos

reproductivos, la blasfemia, el matrimonio sólo por lo civil, la mala

educación impartida a los hijos, el levantarle la voz a los padres, la

inasistencia a misa, el olvido del diezmo y de la confesión regular. Como

un rosario infinito, la lista se alarga a causa de la ubicuidad de los

delitos teológicos, esa sombra que es el otro yo de la conducta, esa señal

de los hacinamientos donde se peca por falta de espacio. Al irse a la

capital, los hijos reciben la bendición de los padres y un diluvio de

consejos. (Las hijas se quedan en casa para recibir el alud de

admoniciones que se reinicia cuando se casan).

La literatura del período de Porfirio Díaz, se esfuerza por describir

alucinadamente la Ciudad del Pecado en crónicas o narrativas que ¾ a la

vez¾ invitan y delatan. (Y esta literatura es alucinada, porque ya se

intuye la mercadotecnia) Lo más frecuente es el recuento de la

prostitución, de esos fantasmas de la carne pintarrajeados y lúgubres, de

risas inhumanas y aspecto demencial, que bailan o se agitan en cabarets

ínfimos y piqueras, en los sitios a donde ningún porfirista llevaría a su

madre, a sus hermanas, a sus amigas, a sus novias, a sus vecinas... a

donde, para acabar pronto, a donde un porfirista acudiría solo o en grupo,

ese complot de soledades ansiosas.

* * *

¿Cómo se reconoce el pecado? Por el estremecimiento moral, un reflejo

condicionado de todos los tiempos. Lo vivido en un cabaret o en una

aventura es más o menos convencional y "propio de la condición humana".

Pero el pecado enciende los atractivos de lo prohibido, y esto circunda a

lo sexual de los peligros metafísicos que trascienden y explican las

condenas sociales. Hoy, el Vaticano, en acto expropiatorio de la teología

protestante, reconoce que el infierno no es un lugar sino la ausencia de

Dios, y con esto el territorio de los demonios pierde casi todo su poder

inhibitorio clásico, el concedido por llamas y tridentes y repetición

hasta el hartazgo del mismo suplicio. Pero hace cien o hace cincuenta

años, aún muy extendida la fe en el Maligno, la creencia en el infierno es

el más difundido de los cinturones de castidad, muy en especial entre las

mujeres. "Vivir en falta", "vivir demeritado a los ojos de Dios", es

asunto que no se toma a broma. A la Ciudad del Pecado se ingresa por los

sacudimientos teatrales del sentimiento de culpa.

* * *

La necesidad de limpiar a diario su conducta, induce a los habitantes

permanentes de la Ciudad del Pecado a ser muy religiosos, o si se quiere

muy rezanderos. Es famosa la devoción de las prostitutas por la Virgen de

Guadalupe, y sus visitas a la Basílica encabezadas por sus madrotas

(todavía no madames). Pecar no es sinónimo de vivir de espaldas al

arrepentimiento, sino, por lo común, pecar es también prepararse para el

arrepentimiento, ese pago en abonos de la iniquidad. El "Vete y no peques

más" de los curas es de hecho una invitación a regresar pronto al

confesionario, y escuchar el dictum eclesiástico: lo trascendente de la

conducta equivocada no es su carácter ilegal, que casi da lo mismo, sino

pecaminoso. Así como en los westerns el pelotón de caballería salva al

regimiento rodeado de sioux o de apaches mescaleros, así también la

extremaunción alcanza en su lecho de muerte a los pecadores, y la

comparación no es tan grotesca si se tiene en cuenta lo que se ha dicho y

se ha creído del infierno.

* * *

En la geografía orgásmica, a la Ciudad del Pecado la integran en la

primera mitad del siglo XX, el Centro (todavía no Histórico), la zona

prostibularia, las casas de citas (tan famosas como la de Graciela Olmos,

La Bandida, o tan frecuentadas como el congal de Meave), la calle del

Órgano, los cabaretuchos, los alrededores del exconvento de Las Vizcaínas,

la "viva y venenosa" avenida de San Juan de Letrán. También cuentan los

sitios del relajo que se olvida de persignarse: los bares de lujo, las

carpas o los teatros con las encueratrices de giros sicalípticos, las

fiestas populares. (La palabra sicalíptico es en sí misma sicalíptica) Y

tienen garantizada su condena eterna los espacios del "ligue

contranatura", la avenida San Juan de Letrán o la Avenida Juárez. Y el

conjunto de la Vida Nocturna es el otro nombre del horizonte del pecado.

Le escribe Renato Leduc a la capital:

Si aún albergas doncellas, permanezcan intactas

en la Escila y Caribdis de cine y cabaret.

Que tus horizontales se conviertan en santas...

Las horizontales (las prostitutas) son la representación más vívida y

frecuente del pecado, entendido como el alejamiento de Dios, y, más

precisamente, descrito como la falta absoluta de respetabilidad. ¿Quién

respeta a los y las que, además de su carencia de amistades prestigiosas,

ignoran los Mandamientos? No desearás la mala fama de tu vecino. Nada tan

conveniente en los rincones del desafuero, como el recordatorio virulento:

el pecado es una ofensa contra Dios, mientras que el delito es tan sólo

una violación de la ley civil. El ingreso a la Ciudad del Pecado se da a

través del libre albedrío, y por eso los pecaminosos de antes no habrían

entendido el discurso de la Teología de la Liberación sobre el "pecado

estructural". ¿De qué hablan? Pecado es básicamente sexo, y allí la única

estructura son los cuerpos. Si en la Doctrina el lugar del sexo es el

matrimonio, en la práctica el sexo es la hora de la amnesia doctrinaria.

Según San Agustín, el pecado original se transmite a través del acto

sexual; según los profesionales y los espontáneos del pecado, la salvación

que más afecta (la de los sentidos) se efectúa a través del sexo, mientras

más implacable mejor.

Nada seculariza tanto como aceptar las consecuencias del deseo, y hacer

uso deleitoso del sentimiento de culpa. Escribe López Velarde:

Mi virtud de sentir se acoge a la divisa

del barómetro lúbrico, que en su enagua violeta

los volubles matices de los climas sujeta

con una probidad instantánea y precisa.

López Velarde sitúa a la zona prostibularia con una frase magnífica: "el

perímetro jovial de las mujeres". Por lo común, la retórica no da para

tanto, pero allí se filtra la legitimidad del apetito fornicatorio, que al

nacer culpabilizado nace también absuelto, mediante un trámite con la

burocracia del cielo. "Pequé, porque no todos han de ser santos. Me

arrepentiré, porque no todos han de condenarse."

* * *

Un gran momento de la Ciudad del Pecado, quizás su época de oro en el

siglo XX mexicano, es el sexenio de Miguel Alemán (1946-1952). Allí todo

confluye: la impresión de que sin desveladas la modernidad sabe a regaño,

la plétora de cabarets para los más diversos gustos y capacidades

adquisitivas, el esplendor de rumberas y "exóticas", el auge del cine

nacional (200 películas en 1950), el apogeo del mambo como vibración

urbana, la visión de la sociedad como la conga gigantesca que encabezan

artistas y políticos-empresarios, la reconversión de la prostituta en

"dama de compañía" del amanecer, el triunfo del bolero y la emergencia de

José Alfredo Jiménez. Por supuesto, la mitología suele no describir los

sucesos reales, pero sí lo considerado intensamente real. Se festeja y se

premia con risas el exceso, tan elemental o ingenuo como hoy parezca, y

avasalla la sensación de alcanzar distintas vidas en una sola noche, esa

fantasía sin la cual la Vida Nocturna se burocratiza, ese magno vuelco

anímico que permite de un golpe descender al pecado y ascender a las

recompensas de la falta de límites. Recuérdese un bolero triunfal de ese

momento:

Yo no sé si es prohibido

si no tiene perdón,

si me arrastra el abismo

sólo sé que es amor.

Yo no sé si este amor es pecado

que tiene castigo,

si es faltar a las leyes honradas

del hombre y de Dios,

sólo sé que me arrastra a la vida

como un torbellino,

que me arrastra y arrastra a tus brazos

con ciega pasión.

Es más fuerte que yo, que mi vida,

mi credo y mi sino,

es más fuerte que todo el respeto

y el miedo hacia Dios.

Aunque sea pecado te quiero,

te quiero lo mismo

aunque a veces de tanto quererte

me olvido de Dios.

Ante la canción, los clérigos se movilizan y procuran que no se transmita

por la radio. Ya es tarde. En 1950 la Ciudad del Pecado es tan arrogante y

ha crecido tanto, que se da el lujo de la provocación, segura de los

desbordamientos que duplican o centuplican las fuerzas del Yo, de la vida,

de los credos, del sino. En su versión de este bolero, Mae West, el gran

mito de la sensualidad paródica, lo oye en labios de un tenor enloquecido,

y enriquece la interpretación con anotaciones: "Come on, Sin to me, baby,

Sin to me". Es suficiente. Si ya no se cree tan desmedidamente en el

pecado, sí en su escenificación, en la hoguera psíquica donde alguien se

precia de faltarle a las leyes honradas del hombre y de Dios, con tal de

alcanzar la plenitud.

* * *

San Agustín escribió alguna vez: "El pecado es una palabra, un acto o un

deseo contra la ley eterna". De seguro así es, pero la definición es tan

inmensa o tan grandilocuente que no le da cabida a lo minúsculo: los

cabarets, las calles donde las putas hacen el trottoir, los prostíbulos,

las casas de asignación, las vecindades en donde se soporta la presencia

de hetairas o joteretes, las "casas chicas", los "departamentos de

soltero". Los eclesiásticos, para que se aprecie su llamado al crujir de

dientes, dividen la materia de condenación: pecados espirituales o

carnales; pecados de corazón, de lengua, de obra; pecados de exceso o de

defecto; pecados mortales y veniales; pecados capitales: soberbia,

avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Pero la catalogación no

produce el efecto deseado. Al cesar la dictadura del Catecismo del Padre

Ripalda (las promesas de la lluvia de fuego que sólo se suspende si se

memorizan los preceptos), nada más queda en pie la distinción entre

pecados mortales y veniales, en abstracto. Por lo demás, ¿a quién le

afecta el aletazo del castigo próximo en el momento de entregarse a la

gula, la pereza o la lujuria? El pecado original, en el idioma urbano que

se extiende fervorosamente, es ya el incumplimiento del deseo.

* * *

El solitario ante el pecado. Fue monaguillo o incluso quiso ser sacerdote,

o sus padres lo educaron en el temor de Dios. Pero el solitario es ganoso,

y a esas horas sólo se concentra en sus ganas, para evitar que lo devoren.

Si es 1920, todavía lo perturba el susto ante la sífilis, esa metáfora

llagada del pecado. Si es inmediatamente después de la penicilina, lo

conforta su resignación ante las inyecciones. Como sea, el hambre sexual

trasciende los cercos teológicos, el solitario negocia con la prostituta,

y al ocurrir el post-coitum, en esa fatiga que tanto se aprecia, retorna a

la conciencia el pecado, como un surplus magnético. Si el pecado es tema

diferido durante el placer espasmódico, el recuerdo del pecado aquilata el

brillo de la transgresión.

* * *

A ella le perturba no sentirse perturbada. Al perder la virginidad sin

matrimonio de por medio, ¡y en un pueblo pequeño!, carente de honra,

flechada por las murmuraciones, no le quedó más remedio que irse a la

ciudad y entregarse en brazos del pecado. En esas condiciones, ¿qué hombre

digno le iba a dar su honesto nombre? Se acomodó bien, o no la pasa mal,

pero al pensar en su familia sufre. ¿Qué hizo ella para merecer tanto

desprecio? Ni siquiera su rendición fue voluntaria, el otro la forzó, pero

sus padres no quisieron oírla, y tuvo que huir. Y no se arrepiente, porque

¡qué deslumbramiento! Las luces y los sitios abiertos hasta tardísimo, y

la familiaridad con los desconocidos y la intimidad con las compañeras de

trabajo a los cinco minutos. No cabe duda: el pecado tiene sus atractivos.

Ella ni se imaginaba esta ciudad que se expande en las noches, al amparo

de la franqueza, el placer, el alquiler de cuerpos. Cuántas cosas a la

vez. Ella nunca había dicho tantas palabras prohibidas con tanto gusto,

palabras más fuertes que las acostumbradas en su pueblo. Ni duda. El

pecado sin las malas palabras como que no sabe. A la medianoche y en la

madrugada sólo se antoja decir chingaderas y carajadas. A lo mejor está

bien usarlas en la mañana, pero con luces bajas se aprecian mejor, es lo

único sabroso que se ocurre, es como vengarse de todas las represiones,

carajo, puta madre, qué maravilla.

* * *

Te puedes ir con quien tú quieras,

con quien tú quieras

te puedes ir.

Pero el divorcio porque es pecado

no te lo doy.

¡Qué padre! Que la tipa se revuelque en el fango con quien le dé la gana,

pero que no pretenda concesiones blasfemas. A la Ciudad del Pecado la

habilitan o la promueven los convencidos de la rectitud, los virtuosos

profesionales. Sus condenas y diatribas le otorgan la dimensión perfecta a

los que viven "alejados de Dios": de aquí a que se arrepientan la van a

pasar bien, sensacional. Para sus residentes de tiempo completo, la Ciudad

del Pecado tiene sus lados opresivos y crueles, pero sus visitadores

esporádicos le encuentran divertidísima, la experiencia infaltable, el

exceso cuyo recuerdo tonifica en los días amargos de la virtud y la

solemnidad.

Paréntesis a modo de seña de la transición

Ya para 1960 la escenografía espiritual se modifica: el pecado no puede

seguir siendo el motor de la Vida Nocturna, el vigor de la secularización

no lo admite. Sin demasiados cambios externos, todo o casi responde a

otras interpretaciones. A la Parranda, esa identificación de la bruma

alcohólica con la hazaña, esa disponibilidad para la inmersión en la

borrasca, la sustituye el Reventón, que mezcla alcohol y droga, y eleva su

sistema de canjes: al temor a la condenación eternal lo suplanta el terror

al sida; a la confianza en los poderes regeneradores de la madrugada, la

reemplaza el temor a la delincuencia y a la policía. Y el pecado, esa

prolongación de las creencias en la Vida Nocturna deja de ser "el cristal

con que se mira". Si ya no pecaminosos, los escenarios se vuelven

pintorescos y el transgresor deviene el turista en su propia tierra.

II. 1990-1999

La noche popular: paseos, riesgos, júbilos, necesidades orgánicas,

tensiones, especies antiguas y recientes, descargas anímicas en forma de

coreografías

Somos los sueños recurrentes de la cama.

James Merrill

La luz del día ubica con dureza a la grotecidad, el mal gusto, las

imperfecciones corporales, los grados del riesgo físico. Pero si el día

exagera o es clasista o es catastrofista, la noche, más ecuánime, elimina

los rasgos defectuosos, matiza las incongruencias, se desentiende de los

peligros (ni modo de quedarse siempre en casa, que esta vida no es

convento o reclusorio), perdona a lo malhecho por Dios o por la falta de

ejercicio, atempera lo subalimentado o lo sobrealimentado, le añade pasos

de rumba a la excitación. Todo, claro, a partir de cierta hora.

En la Noche Popular transitan los reacios a la seguridad extrema, la

sociedad de consumo (sección discotheques burguesas) y la inspección

detallada del vestuario ajeno. No todos ellos carecen de dinero, y hay

hordas de clase media y se localizan algunos burgueses, pero lo constante

es el registro de límites: "Ora regreso a estos antros hasta la quincena

próxima". Y si se vuelve es por la ansiedad de agenciarse algo, lo que

sea, de aquí a que se acabe la juventud. (Y la juventud se acaba cuando

viene a menos la ambición de nunca dormir) Antes, en épocas sin televisión

y sin violencia a la vuelta de la esquina, la Noche Popular fue requisito

garantía de conciencia urbana y rito de pasaje generacional de los

jóvenes de recursos escasos; hoy es asunto de aquellos tan intrépidos como

para anhelar aventuras y con personas desconocidas, en los días en que la

gente llega a tenerle pánico a las experiencias con su propia pareja, no

obstante los veinte o treinta años de casados o tal vez por eso.

Geopolítica del relajo y el deseo: la ciudad de México tendrá catorce o

veinte millones de habitantes, pero sus ofertas extremas (¡Hartas

sensaciones a bajo precio!) no van más allá de dos mil o tres mil

cantinas, veintenas de cabarets con y sin table dance, dos o tres sitios

de burlesque, treinta o cuarenta lugares gay, una plaza mariachera y la

demanda de libertades y audacias antes impensables, o antes irrealizables

por inconcebibles. A esta geografía del deseo y la avidez, podría

llamársele nueva Noche Popular, fechándose su inicio en 1990 ó 1991, no a

pedido de nadie en rigor, sino a resultas de lo evidente: en comparación

al de otras épocas, el público de la medianoche escasea, pero la malicia y

el desparpajo extremo sustituyen con creces a la inocencia y la confianza.

Nadie se perturba así nomás, ni se escandaliza ante su falta de reacciones

escandalizadas. Los sobrevivientes del viaje hacia el fin de la noche

quieren acción, y únicamente la cruda o el coraje de haber sido asaltados

los conducen a la zona del arrepentimiento. Quién me manda desertar de mi

tele. Esa sí que no me falla ni en los apagones.

El show a la antigua se acabó. Ni caso de salir del vientre materno para

aburrirse con variantes del teatro frívolo, ellas y ellos allí, nosotros

acá sentaditos. Por eso los empresarios acuden a la interacción o como se

le diga a la participación vivísima de los asistentes. Quien no interpreta

algún papel se siente parte de una televisión descompuesta. Las

inhibiciones se desmoronan y el qué dirán corre a cargo de tiempos más

felices, cuando uno creía importarle a los demás. Y las autoridades, al

tanto de que prohibir es centuplicar la conducta censurada, o, versión

menos benévola, al tanto de la rentabilidad de la corrupción, dejan que la

gente se aproveche de ese espectáculo inconcebible, ellos mismos, más

algún estímulo adicional que bien puede bailar y cantar pero sin

pretensión alguna.

La transición: la Noche Fiscalizada

A un solo hombre, el Regente del Distrito Federal Ernesto P. Uruchurtu

debe adjudicársele, un tanto míticamente, el "adecentamiento" de la Vida

Nocturna. Con el pretexto de custodiar el salario de los obreros,

Uruchurtu, en doce de sus catorce años de mandato, impone el límite de la

una de la mañana para mantener abiertos los establecimientos, prodiga

redadas o razzias, convierte al chantaje policíaco en la cuota de los

noctámbulos, pretende crear el "pecado civil". Del esplendor legendario

del período de Miguel Alemán se pasa a la solicitud tímida de existencia.

En 1966, el nuevo sustituto de Uruchurtu trastorna las disposiciones de la

tutela gubernamental por las necesidades comerciales. Desaparece el

horario del cuidado salarial, se abren lugares, disminuye la

obligatoriedad de las razzias, pero tarda en volver la confianza porque se

ha extinguido la mitología que la produjo, y la ciudad es demasiado grande

como para dejar intacta la distribución zonal del pecado. Los adolescentes

ya no recurren por fuerza a las prostitutas o las empleadas domésticas

para ceder su virginidad, porque la virginidad de sus compañeras pierde su

carácter inexpugnable; el cabaret deja de ser el sitio clásico para

escenificar la pérdida de los sentidos; el Reventón se desenvuelve a gusto

en departamentos y casas. Y la Vida Nocturna, por más intensidad que

preserve, no recupera su impulso mitológico.

Nuevas especies: el Sexo en Vivo

Ya para 1995, con forcejeos breves y desesperados los shows de Live Sex le

salen al paso a la escasez de recursos. ¡Sexo en Vivo! Al alcance de

cualquier pupila lo antes reservado para algunas orgías. En el Centro

Histórico, a eso se dedican, por ejemplo, La Chaqueta, La Corneta, La

Diabla, La Bruja, El Catorce, y el atractivo de esta modalidad son los

amateurs, más que dispuestos al encuere, ansiosos de divulgar el axioma de

fin de siglo: los secretos del cuerpo son más radicales que los del alma,

porque para el alma existe a cualquier hora el perdón de los pecados, pero

el cuerpo debe apresurarse si quiere que le rindan fruto los ejercicios y

las dietas estrictas. Con el Sexo en Vivo se produce el translado de

atmósferas: lo privado se hace público; lo público, horas o minutos antes

tan privado, se expresa en los directamente involucrados como jactancia, y

en los demás como algo que disminuye su condición impositiva nomás porque

físicamente los excluye. El Sexo en Vivo en México no es, como en otras

ciudades del mundo, el hecho morboso y comercial que beneficia a los

turistas, sino un proyecto turístico-comercial a cargo de la comunidad

efímera que cada noche le imprime al ver follar a unos cuantos un carácter

teatral, tan degradado como se quiera pero espontáneo, único y, sobre

todo, irrepetible, aunque los acontecimientos del día anterior y del día

siguiente se le parezcan en demasía.

El Eje Central: La lumpenización del porvenir

En buena medida, los antros en el Centro Histórico se ubican en las

inmediaciones del Eje Central, en los tramos alguna vez llamados San Juan

de Letrán, Aquiles Serdán, Santa María la Redonda. Este perímetro fue el

recinto del pintoresquismo, del México que se negaba a desaparecer por

lealtad a las tradiciones visuales y acústicas, y es hoy la apoteosis de

lo irredimible: comerciantes ambulantes, puestos de comida tan peligrosa

como la delincuencia, alcohólicos errabundos o teporochos a los que ya

nadie elige como personajes cinematográficos, grupos de jóvenes en pos de

la gran hazaña: emborracharse sin dinero. Al alcance de su bolsillo todo

lo que a usted, señor o señora con posibilidades adquisitivas, le

horroriza. Que su criterio consumista evalúe videocasettes y casettes

piratas, saldos de ropa, montañas de calcetines y camisetas, perfumes y

desodorantes, compact-discs, suéters anteriores a cualquier diseño de

ropa, ofertas de temporadas lejanísimas Y lo típico ahora es el aire de

vencidos que todo lo devora y humaniza, cortesía de los seres que hasta

aquí llegaron, los vendedores y los clientes intercambiables (uno vende lo

que no quisiera poseer, otro compra lo que le disgusta), las masas que

fluyen sin cesar con tal de que su vida transcurra a la deriva.

El Catorce (Estampa de 1998)

Ventajas y desventajas del Ahora

Bailas por antojo que al mancebo engríe;

Salvador Díaz Mirón

El fin del siglo incluye, por si alguien argumenta a favor de la lluvia de

fuego que arrase a los pecadores, la proliferación de sitios gay, que

antes del uso del término, prestigioso por internacional, se enfrentaban a

las razzias continuas y a la revocación y la renegociación de las

licencias de los establecimientos cada tres meses. Como de soslayo, la

ciudad admite la existencia numerosa de otra minoría, y en la calle de

Ecuador, donde estuvieron unos baños públicos de reputación no

necesariamente higiénica, y donde aún se intuye el Comala espectral de

toallas y jabones y jadeos homoeróticos, está el Catorce, o Las Adelitas,

un cobertizo de la permisividad reciente, de clientela con mirada de

scanner, de mujeres que por razones laborales no se dan el lujo de elegir

a sus amantes (léase putas), de personas que al salir del closet

abandonaron su perfil ambiguo, de jóvenes para quienes el Ligue es el

altar en el que ofendan los años y las obsesiones, de periodistas a la

caza del gran reportaje de lo marginal, estudiantes de la UNAM inmersos en

la tesis impactante y, al último pero convertidos en decoración central,

de un contingente apreciable de jóvenes de aspecto aguerrido, de lo que

antes la burguesía medrosa llamaba la soldadesca. ¿Por qué no? El reparto

se explica porque cuando lo prohibido deja de serlo se vuelve durante un

tiempo lo irrefrenable. Venga a ver cómo venimos a divertirnos con lo que

no imaginábamos. Venga a ver cómo estrenamos, y con nosotros mismos, la

amplitud de criterio. La moda impulsa la tolerancia, la tolerancia se

sonroja al ver lo que está de moda.

El 14 es un galpón que, sin proponérselo, recrea un cabaret de allá por

1947 (versión de película mexicana empobrecida), con sus esquinas y

escondrijos y luces tan tenues que ahondan la oscuridad. No hay cover. La

cerveza a sesenta centavos de dólar. En la entrada unas mesas, algunas

reproducciones del Archivo Casasola, entre ellas Pancho Villa con su

esposa doña Luz Corral, un bar, un juego mecánico, algún poster de un

fenómeno de la genitalia (nada más afrentoso que la distancia entre un

fenómeno priápico y los resentidos sexuales) Y luego, entrando en

materia, se despliega un híbrido de discotheque y cabaret, con un espacio

que se comprime los fines de semana, cuando oscila entre quinientos y mil

habitués.

En el 14 se apretujan las personas suficientes como para que sólo consigan

moverse los grupos compactos, mientras los individuos se paralizan. La

gran mayoría son jóvenes, y si el aspecto es confesión laboral de ellos

la mitad por lo menos son soldados, o albañiles o mecánicos. Las mujeres

se mueven y festejan con risas su insólita condición minoritaria. En la

pista cuarenta o cincuenta parejas apenas si se observan de reojo al

compás de la música techno, los vallenatos, las cumbias, los merengues,

las redovas, la salsa... trópico para qué les diste los reflejos

condicionados del ardor. No hay tensión en la atmósfera, tal vez porque el

Ligue ya no causa tensiones, si alguien dice sí o dice no da igual, son

billones los que, de seguro, hacen sexo en este preciso instante, y son

tantos los que no lo hacen y piensan golosamente en ello, que el ligue

extravía su dimensión cabalística y se incorpora a ese campo no reconocido

de lo afrodisíaco: las estadísticas. ("Nomás de saber que tantos lo hacen,

me excito. Uno ya no es parte de la Humanidad, sino de los Récords

Guinness").

Al irse alejando el Super Yo de la censura, los asistentes se atreven a lo

que en su pueblo natal o en casa de sus padres (no de todos ellos) les

amedrentaría. Aquí fajan, bailan como no reconociéndose a sí mismos, y no

les inmuta lo antes calificado de "cruda moral al despertar". En un

cabaret, se viene a lo que se viene… Sí, debo recomponer la frase.

También, los cabarets, templos de la religión del Ligue, se han

secularizado, y si ligar ya no es un acto devocional como cuando "la

Salida Nocturna" era la gran recompensa psíquica. Ahora el Ligue, en todo

caso, exige, y cada vez más, reflexiones mercadotécnicas y talleres de

sexología. Aunque los presentes no lo tengan siempre presente, el sida es

el paréntesis entre el deseo y su realización, entre el disfrute de las

libertades y el pago por anticipado de su ejercicio. Sí, júrenlo, al

sentimiento judeo-cristiano de culpa lo sustituye el espasmo de terror al

recordar la mañana siguiente el olvido de los condones.

Cuando la gana llega la gana gana, pero a la incontinencia fornicatoria la

controla o modula en alguna medida el temor a las consecuencias. ¿Quién lo

hubiera pensado? Entre el deleite y su ejecución, un detallito de

precaución. Con noticias puntuales o sin ellas, el sida ha ido asumiendo

las funciones de censor estricto, el responsable de la teatralización del

sexo, el de la consigna no por tan desoída menos urgente: "Sin el hulito,

no vale nada la vida, la vida no vale nada." El signo de frustración

clásico, el voyeurismo, es hoy el balcón del sexo seguro. ¡Santa

exhibición de las inhibiciones! En lugar del jolgorio del pecado, la

inminencia del virus. Qué tema tan poco cabaretero y divertido. Si el

cliente es sensato, modificará la letra del bolero: "Yo sé que soy, / una

aventura menos para ti". Si no, se lanzará al abismo porque ya lo habita,

no tomo precauciones porque a quién le importa mi vida, no me cuido porque

de algo se tiene uno que morir, el sexo es como la ruleta rusa… ¿Y qué tan

enterados están los bucaneros del acostón de los detalles de "la

enfermedad del siglo"? ¿Leerán las noticias sobre inhibidores de proteasa,

protocolos, dietas? ¿O el valor irresponsable los inmuniza y los protege

de la información? ¡Oh dioses! Volverán las oscuras golondrinas… pero la

época feliz o desprevenida cuando el látex no era el velo del mundo, esa,

no volverá. Si el sexo es un riesgo, el sida desexualiza el morbo. Si el

morbo persiste, es porque el voyeurismo es un equivalente del condón.

Nueva especie: Los Chacales

Desde el ingreso al antro, la palabra no deja de oírse: "¡Viste aquel

chacal? ¡Qué chacalazo!" ¿Y qué es un chacal y de dónde proviene la

comparación zoológica? En la jerga de los entendidos, el chacal es el

joven proletario de aspecto indígena o recién mestizo, descrito

históricamente como Raza de Bronce, y rebautizado por la onomatopeya del

sarcasmo: Raza de Bronce Clang! Clang! Si se quiere un resumen, el chacal

es la sensualidad proletaria, el gesto de hosquedad que los expertos en

complacencias descifran como "el atractivo del riesgo", el cuerpo que

proviene del gimnasio de la vida, del trabajo duro, de los talleres

automotrices, de las fábricas, de las polvaredas del futbol amateur (o

"llanero"), de las caminatas exhaustivas, del correr por horas entonando

gritos bélicos, del avanzar a rastras en la lluvia para sorprender al

enemigo que algún día se apersonará. Y es la friega cotidiana y no el afán

estético lo que decide la esbeltez.

El chacal tiene por hábito, o eso da a entender sentirse deseado así nadie

lo contemple. Tan es así que en sus recorridos por el salón va

incorporando el deseo ajeno a sus movimientos, se detiene para atesorar

envíos lascivos, camina como requerido de más espacio para acomodar junto

a su cuerpo las apetencias que desata. Eso pasa en las sociedades

racistas: en diversos sectores, lo admitan o no, el prestigio sexual de lo

nativo se acrecienta, porque es una rareza que sean mayoría o porque son

como uno pero sin dinero, y por tanto deben ser más auténticos a la Hora

de la Hora. El chacal no mira para no regalar su mirada, pero se deja

mirar para ascender en su autoestima.

Llevó tiempo admitir la deseabilidad de los chacales, exigencia en un

principio de los aristocratizantes anhelosos del Buen Salvaje, del

contraste de clases y el erotismo del slumming. Durante más de medio

siglo, el proletario (el naco) atractivo fue pieza muy apreciada de la

cacería sexual. Pero al incrementarse el valor del cuerpo y apreciarse en

forma unánime las aportaciones escultóricas del deporte, el culto al

futbol y el ejercicio obligatorio, le tocó a la publicidad para burgueses

fijar los códigos del atractivo masculino y a los proletarios les

correspondió apropiarse de la estética nice del reclamo: las camisetas

entalladas, los jeans ajustados y convenientemente rotos, las gorras de

beisbol al revés. Los de Abajo sólo se reservaron la mirada hostil o

indiferente que sin embargo invita. Y acto seguido, decenas de miles de

chavos de colonias populares y de zonas campesinas hicieron suyo el lema

erótico de todos los tiempos: "El que no enseña no vende". A partir de

allí emerge la figura del chacal, de ningún modo el prostituido, no

siempre el inaccesible.

Sin decirlo, se acredita una alternativa al modelo grecolatino, cuyo

público no se intimida con los peligros tras de la apariencia, y no se

inmuta ante el presentimiento de algo fatal. Sí, ya saben los audaces que

si le entran a la mezcla de clases sociales y con chacales, es At Their

Own Risk, ¿Pero quién niega la valentía de las víctimas en potencia?

¿Quién en el instante del Ligue recuerda a Pasolini y a su victimario,

Giuseppe Pelosi alias El Rana? El que lo hace suele quedarse en su casa

viendo Saló.

El Catorce

"¿Nomás eso trajiste para que se te viera?"

De pronto el río de la calle se puebla de sedientos seres

Xavier Villaurrutia

Son las dos y media de la mañana, y en la pista sólo se quedan tres

muchachas con perfil de prostitutas, es decir, con envíos de abulia al

torbellino sexual que las rodea. Están allí como si se aburrieran en otro

lado y eso es parte de su habilidad. El maestro de ceremonias lúbricas

invita a hacerles compañía y casi por generación espontánea se elige a

cuatro chacales. A lo que te truje, se cancela cualquier tentación de irse

a pausas con el strip-tease y, SHAZAM!, en unos segundos ya están como

Dios los trajo al mundo o los sustrajo de la nada. Así está bien. La

Entrega Inmediata es lo propio de la prisa histórica.

Sin atender el daño irreparable a los egos de los espontáneos, la

concurrencia aprueba o desaprueba los ofrecimientos genitales, y no se

acuerda de que con la vara que mides serás medido. Ocasionalmente hay

aplausos y premios guturales, pero lo prevaleciente es el choteo:

- ¿Con eso piensas conquistar el mundo?

- ¡Este nació para decepcionar!

- ¡No está, salió a comer!

- ¡Llegaste tarde al reparto! Quien te manda ser impuntual.

- Yo que tú me quejaba con Dios.

- ¡No la escondas, que no es delito!

- ¡Y eso que anda de buenas!

- ¡Vitamínate!

Los nudistas no acusan recibo de las heridas mortales a su presunción. Y

el animador lanza su repertorio de frases trepidantes. La consentida por

el público es la que anuncia el sexo en vivo:

¡Y LLEGOOÓ EL LECHERO!!

El reacomodo de sillas anuncia la disposición teatral y el ingenio porno.

¡Pasen a lavar cazuela!

Las prostitutas se mueven en la pista, con el sopor de la rutina. Poco a

poco los jóvenes se desinhiben. El maestro de ceremonias coopera.

Y ella quiere un hombre, y ella quiere dos.

Ya desnuda por entero, la joven se pasea de un lado a otro y sin que la

obstaculice prejuicio alguno sobre la celulitis. El animador la persigue

con un grito que es un homenaje floral.

¡CA-SHON-DA!!

Y la Cashonda quiere un hombre.

Con maestría, las chavas les enfunden a sus galanes de ocasión los

respectivos condones, y luego, acceden por un instante a la fellatio o se

zambullen en el faje, ese dato privado que, por así decirlo, al salir a la

luz se marchita. El faje es goloso pero calmado, si tal cosa es posible,

si es concebible un relámpago sin apuros, y luego de forcejeos y

encimamientos brevísimos, se procede a la copulación. "¿Dónde quedó la

intimidad?", me pregunto un tanto retóricamente mientras los jóvenes

fornican, tal y como establecen las reglas del "órale que hay chance", y

tal y como dictamina la ambición metódica de pasarla bien precipitándose

en el orgasmo, esa muerte diminuta que se expande en el sueño.

Si su formación es moralista, el visitante de Las Adelitas se estremece a

cuerpo tendido, ¿pero qué moralista desciende nueve o cincuenta círculos

infernales para desbaratarse de horror ante el pecado, o quién, si

permanece más de diez minutos en el sitio, expulsará a los mercaderes del

congal? Por lo pronto, nadie abandona la Cueva de las Abominaciones, ni se

aturde visiblemente con el Sexo en Vivo. En el cine o frente a la

videocasettera sería distinto, porque la pornografía es ya un dispositivo

anti-utópico, con esos cuerpazos que le quitan la mala fama al Vicio

Solitario, e inyectan el deseo en cuerpos que, en vista de las

comparaciones, no se lo merecen. Tal vez por eso no es muy adecuado hablar

de shows pornográficos. En una videocasettera o en una revista, la

pornografía sugiere y ordena; en la realidad, el Sexo en Vivo si no

forzosamente desexualiza, sí aleja de las obligaciones compulsivas. Y es

tal el efecto retardado de la censura que ver a una pareja en pleno motín

genital parece un acto de pornografía extraído de un videocasette mal

grabado.

Las malas noticias: la pérdida de la Noche

Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera

Y el grito de la estatua desdoblando la esquina Xavier Villaurrutia

A la Noche, en el vocabulario urbano, se le ha definido como el tiempo a

la disposición del azar y la diversión. La Noche, en el diccionario

mitológico en boga hasta hace unos años, era lo ilimitado, el trazo de las

formas que desembocan en la sensación de plenitud heterodoxa. El que se

"perdía en la noche" quebrantaba el conformismo y engañaba a lo

previsible. Y hacía buen uso del espacio nocturno el que al despertar a

media mañana se preguntaba "¿De quién es este departamento?", ya

convencido de haber arruinado su porvenir. "La noche de anoche, qué noche

la de anoche". En las películas, el desventurado se encontraba con el

cuerpo de una mujer asesinada; en la realidad, se descubría sin ropa,

reloj y cartera.

Ya no más. La violencia urbana y la delincuencia le han puesto sitio a la

Noche, y salir, así sea en territorios de la seguridad, es arriesgarse a

despertar a media mañana preguntándose: "¿En qué hospital estoy?"

Encerrados a siete llaves y cuatro sistemas de alarma en sus hogares, los

desalojados de la Noche la mitifican y la satanizan alternativamente. "Era

una pérdida de tiempo/ Sí, pero era la mejor pérdida de tiempo". Y nada ha

sustituido a la Vida Nocturna, porque fue la zona por excelencia del

riesgo voluntario, y el placer de lo desconocido. Y su epitafio es la

televisión prendida hasta el amanecer.

El Catorce

A batallas de amor, campos de látex

¡La presa viva! ¡el pico ensangrentado!

¡el ala pronta! ¡el ímpetu del vuelo!

Y un delirar de cumbres y centellas

Porfirio Barba Jacob

Quien fornica delante de una multitud distribuye noticias detalladas de su

técnica más personal y renuncia para siempre al misterio, a esos enigmas

de lo íntimo que han dependido del testimonio siempre parcial de una sola

persona. Eso fue hace un muy buen rato, cuando uno le cedía a los otros el

privilegio de revelar la intimidad. Nunca más. "Si es mi intimidad me toca

divulgarla." Antes del Sexo en Vivo supongo, en el tiempo en que el

proclamador de sus técnicas amatorias le vendía el alma al diablo, la

inhibición habría causado estragos, y con risas habría culminado el vano

esfuerzo de excitarse ante los demás. Pero el fin de lo privado concentra

la energía y los jóvenes coitadores se sumergen en el abandono de sus

alrededores, porque en la megalópolis es paisaje remoto todo lo que no sea

la pareja o la familia o el grupo de los cuates. Claro, es complicado eso

de hacerlo en una pista de baile, ¿pero qué no habrán visto aquellos de

los presentes que duermen en cuartos junto a ocho o diez personas, qué no

sabrán del ruiderío tan triste de los cuerpos vecinos cuando se aman? En

el orbe de las paredes frágiles, el sonido simultáneo de las acometidas

sexuales se divide en partes iguales. Para los pobres, el fin de lo

privado se inició desde siempre, y nunca nadie, en la aglomeración de los

cuartuchos, dijo en serio: "Que se cierre esa puerta que no me deja estar

a solas con tus besos".

Me atrevo a una inferencia: en el 14 los soldados, o que así se dejan ver,

no piensan en lo que les rodea, porque en su tradición lo que les rodea

nunca se ha detenido a pensar en ellos. Vienen a soltar vapor, a beber

unas cuantas chelas y a lo que se pueda, si "lo que se pueda" les admite

los chistes y el uso libérrimo del tiempo ("Espérate tantito, no te

impacientes. Nomás otra"). Se entregan al ritmo, al frenesí, al disfrute

de la amistad calenturienta, a la ansiedad de darle su chance a la libido,

al meneíto y a la sed. No se consideran gays, se le irían a golpes a quien

así los calificara. Tan sólo obedecen al instinto para no convertirse en

estatua de sal.

Aquí en la pista se coge furiosamente y a mí qué, es asunto suyo, un coito

es igual a otro, imagínense los que habrá en China en este mismo segundo,

y por eso los asistentes, si se dignan hacerlo, no emiten la alegría

salvaje que celebra a los fornicadores, más bien los considera fragmentos

de un documental a lo The National Geographic Magazine o Discovery

Channel. La permisividad se desborda en el hartazgo y el más feroz de los

actos sexuales les resulta a quienes no intervienen, un episodio de la

burocracia en Borneo. El mensaje es inequívoco: acontecimiento sexual que

me excluye es un hecho sermonero y fastidioso.

Aquí las parejas son homo y bi, con algo de hetero, todo conforme al

Código Napoleónico y sus variantes que ¾ por ejemplo¾ no especifican el

sexo de los acompañantes en las pistas de baile. La mayoría es gay, lo que

modifica la mecánica del deseo insatisfecho, al añadirle el hábito de las

penumbras. Por lo demás, aquí se baila lo de moda hace unos meses en las

discos del Pedregal, y se retienen incluso anacronismos gustadísimos como

"La Macarena", ese adocenamiento pop del flamenco que hace años arrasó, y

como "No rompas mi corazón", con Caballo Dorado, esa vuelta a las

cuadrillas. ¡Ah! La música tecnoindustrial robotiza los movimientos y

moderniza el alma, ¡Ah! El auge de las discotecas del pópolo se explica:

son la continuidad de los dancings, aunque sin la tecnología que asombra a

los que pagan cuentas descomunales en las discos burguesas.

No es la pobreza, o no es únicamente la pobreza lo que se opone a la

uniformidad en el planeta. A estos jóvenes, el ánimo forjado en el

hacinamiento y la falta histórica de oportunidades, les infunde la

voluntad de convertir el baile incesante en estilo de vida, algo más que

destreza y bastante más que el mero empleo del tiempo libre. No se vive

para bailar, se baila para vivir lo de otra manera jamás obtenible: la

sensación de lo contemporáneo, ese fervor psicotecnológico que le infunde

fuego a la pista.

Nueva especie: el stripper

¿Qué fue primero: el gimnasio o el stripper, el gym o el joven que se

afana por hallarle las dimensiones laborales al narcisismo? Sin bíceps,

tríceps y pectorales ni cómo alquilar la imagen a la concupiscencia. El

stripper, especie con no más de diez años de implantación, tiene a su

disposición unos cuantos requisitos laborales: aspecto agradable o

pasaderito, ejercicios que se noten, energía coreográfica (nunca lo mismo

que talento), mínima sensualidad al desprenderse de la ropa y para no

contrariar y no alborozar conceder los toqueteos fugaces a sugerencia del

animador.

Dénle una probadita, pero no se me estacionen.

El stripper puede o no ser gay. Sí, obligadamente, es flor de la fábrica

de cuerpos deseables, el gimnasio. Con dotación ostensible (a veces), con

"abultamiento de realidades" (hay técnicas), y redondeado a golpes de

pesas, el stripper busca convertir su desnudez en algo muy ofensivo a sus

espectadoras y espectadores, a los que se invita a reflexionar: "¿Por qué

estas pulgas nunca brincan en mi petate? Nomás de acordarme de lo que me

ha tocado en suerte". (Nada atrae tanto como los cuerpos que, por

comparación, insultan a los cuerpos a los que se tiene acceso). Y como

todas las nuevas especies, el stripper, masificado, va de más a menos. Al

comienzo, eran pocos y a todos se les aplaudía. Se inauguraban los

Chippendele y cualquier stripper ocasionaba desvaríos. Luego, el ritmo

de crecimiento de gimnasios y de criterios amplios prodigó forzudos e hizo

de la condición de sex symbol el capital de inicio del encandilamiento de

la gente. "Si te traen ganas en privado es como si nadie se fijara en ti.

Debes ser públicamente apetecible", fue el mensaje difundido en esos

vestíbulos de la experiencia que son las conversaciones casuales. Además

de la paga, que de algo sirve, la gran ventaja del desnudo masculino a

granel es la reelaboración del deseo, tal y como lo señalan anuncios

espectaculares, video-clips, obras de teatro, películas, programas de

televisión, artículos El cuerpo, de acuerdo a los criterios en boga, ya

no sólo es el espejo del alma, es el alma misma. Lo buenísimo ha

desplazado a lo espiritual, porque gimnasios del espíritu sí que no se

encuentran.

Hay riesgos. Lo propio de todo espectáculo reiterado es la conversión de

los espectadores en jueces. (Si Lady Godiva pasea a diario como Dios la

trajo al planeta, los pueblerinos que se habían negado a verla reaparecen

como jurados implacables). No importa. En los strippers se equipara la

desnudez total con la disponibilidad. Así no pase nada, quien se quita la

ropa simboliza el quickie, el rapidito, el orita regreso, el "eso y un

vaso de agua no se le niega a nadie". Y ese salto de lo encubierto a lo

adquirible, alegra a la nueva generación de tarzanes en la selva de

cemento.

El Catorce

Permiso para un leve sobresalto

Ya desnudo por entero, el stripper se desplaza con vitalidad aeróbica al

ritmo de Proyecto Uno y su rola "El tiburón": No pares, sigue, sigue/ No

pares, sigue sigue. ¡Ay qué ganas tiene Onán de compañía! Puede que no la

pase mal solo, pero no tiene a quién comentarle sus talentos. En las

canciones retorna el apremio sexual, en obediencia a la nueva mayoría,

adversaria de las ambigüedades, y convencida de que a la hora del acueste

o del baile, la música es el gran acicate, el mánager de la pelea contra

el silencio, que nulifica la vida. Y las letras son cómo no

afirmarlotécnica y filosofía:

Un poquito más suave,

Un poquito más suave,

Un poquito más duro,

Un poquito más duro,

Un poquito más duro.

El stripper insiste en su ronda calisténica, y dos muchachas y un joven le

besan el sexo, así, a la carrera, en acta fetichista que al rozar la

genitalia cree expropiarla. Los simulacros de fellatio combinan a la

perfección la audacia, el secuestro de un amuleto gestual la jubilación de

las inhibiciones ancestrales, y en caso de los muy enterados y perversos

el ensayo de la pieza Anteo y la Tierra, aquella en donde el personaje

mitológico revive al contacto con un elemento clave de la Naturaleza. (Las

frases anteriores pecan de retóricas, ¿pero cómo decir que para esta

concurrencia de los genitales mana la vitalidad?). El stripper se ve un

tanto distante, tal vez quiere un antro de más clase, los hay donde posan

de estatuas helénicas todas doradas, o donde el aprecio se acompaña de la

negociación, o donde se les quiere como antes, es decir, con la supresión

educada del jadeo.

Masificación de una especie: Los travestis

Este que ves, engaño colorido

Sor Juana Inés de la Cruz

Si algo manejan con destreza los travestis es su apropiación de una meta

esencial de las mujeres: el triunfo en el espectáculo. Lo principal, se

dice, ya no es el ejercicio del dolor y la ternura, o la maternidad

ilimitada. Hoy, la mujer más mujer es la que atrae más reflectores, la que

renunció a la cocina por invadir el proscenio. En contra de las

suposiciones habituales, los travestis no imitan a la Mujer, esa criatura

que desde Eva busca su espacio propio, sino a la Mujer de Éxito, categoría

sujeta a las más encomiásticas parodias, creaciones y recreaciones. Canta

el coro de La Cage aux Folles (comedia musical): "We are what we are, and

what we are is an illusion". Sí, pero en el orbe de la apariencia engañosa

la ilusión no es la femineidad a secas, sino la fantasía básica del género

en desventaja, la hembra que arroba a la concurrencia, y durante unos

minutos obtiene la suspensión de la incredulidad del público, que

vislumbra, y esta vez ya permanente, al objeto de su idolatría. De lo

femenino, el travesti elige a la minoría victoriosa, los Ídolos o las

Divas que, en la cumbre, se salvan del destino de las demás.

Desde 1980 o 1985, quién será jamás preciso con las fechas de la moda, se

han masificado los travestis en el mundo. Se dejan ver en la televisión,

se divierten y se prostituyen en las calles, se multiplican en los shows

de hoteles, discotecas y cabarets. Y la duda se entromete: ¿no será el

travestismo de clases populares, por lo demás casi el único existente, un

método de aproximación indirecta a la fama? Hoy, en el corazón de los

humanos la nueva meta es ser distinto de acuerdo a las estadísticas

("Creémelo, por votación universal, resulté la persona más humilde y

modesta de la tierra"), y los travestis, en su parodia de las

celebridades, actúan el rapto anímico de la fama. "Me apoderaré del alma

de la celebridad durante cinco minutos".

No siempre ha sido así. En un tiempo, se divinizaron los estilos, y esto

explica las imitaciones de Bette Davis o Joan Crawford o Marilyn Monroe.

Luego, al ya permitirse el show travesti en México, se produjo el apego a

las divas internacionales, Donna Summer o Madonna o Grace Jones. Eso

también cedió el paso a lo nacional en su formato televisivo, no

únicamente las cantantes de ranchero Lola Beltrán y Lucha Villa, de voz

subyugante y de guardarropa típico que invita al modelaje, sino la

pantalla chica es la fuente de los tres deseos el escaparate de la

actualidad, los ídolos en serie: Ana Gabriel, Yuri, Thalía, Fey, la

martirizada Selena. Suplantar o recrear a la hispana Mónica Naranjo, por

ejemplo, es transladarse a la Movida madrileña sin moverse del sitio, es

apoderarse de los movimientos de las mujeres libres.

¿Qué pasa con los travestis? No son, se afirma, ni siquiera el uno por

ciento de la gente gay, tal vez el .0005 por ciento, pero son lo más

llamativo y la parte que el prejuicio identifica por el todo. Son sí, los

que peor la han pasado y la pasan, los que con tal de obtener la mínima

aceptación han renunciado a cualquier identidad personal. Son la

apropiación constante de lo que no son, la actuación incesante, el

interpretar lo femenino con ironía reverente o respeto sarcástico, el

estudio científico del maquillaje, la supremacía en el bordado, el

depositar las revelaciones de la profecía en los vestidos, los zapatos de

tacón alto, los postizos, en la observación a la vez exacta y satírica de

voces y andares y miradas y manierismos que fueron de las mujeres y hoy le

pertenecen, por celo ortodoxo, a las Vestidas.

Y detrás de cada escenificación, del fasto y el delirio humilde en las

noches de las discos, están las historias personales marcadas por

humillaciones y vergüenzas familiares y tradiciones de marginalidad. El

travesti se arriesga en demasía, son legión los asesinados y torturados y

golpeados, son los depositarios del torrente de burlas y menosprecios, los

que para sobrevivir asumen a fondo la visión degradada que se les impone.

"Me digo de todo para que ya no me digan nada". Esto desemboca en las

borracheras, la droga, la aplicación suicida de silicones, el espectáculo

patético que suelen dar "porque eso se espera de nosotros". Pero la madre

llorosa, el padre colérico, la familia demudada, el cuartucho, todo lo

atrozmente vivido, se disipa al anunciar el maestro de ceremonias: "Y con

ustedes la sensualidad hecha mujer"

El Catorce

La clientela: qué viejo lo de ayer

El travesti interpreta a Lucha Villa y es tan perfecto en su femineidad

que ni siquiera usa play back. Al principio, me creo en presencia de una

mujer que sólo así encontró trabajo. Víctor Victoria. Al fin y al cabo, el

aire travesti es fácil de obtener, basta con ser femenina a la antigua

"enérgicamente lánguida" se habría dicho otrora y luego imaginarse a una

señora de sociedad que le da por imitar a artistas de moda. Afino mi

hipótesis: es un travesti que por estrategia laboral se hace pasar por

mujer que se traviste. Víctor, Victoria, Víctor. Atiendo a otra hipótesis

alucinada: ¿no será un delincuente heterosexual que, en su huida de la

justicia, se hace pasar por lesbiana que se traviste para disimular sus

inclinaciones? Me detengo al borde del extravío de las identidades, y

reconozco lo convincente de la voz, cualquiera que sea su origen.

Las canciones son señalización comunitaria al galope. El público las corea

sin errores, y uno se pregunta: ¿a qué horas se aprenden todo esto? ¿Les

habrán implantado en el cerebro el chip del Hit Parade nativo de todas las

épocas? Pregúntenle al que sea por una canción, y les dará la ficha

discográfica, y si le apuran, el mes y el año de la grabación. No hay

duda: la Noche Popular es memoriosa. E ingeniosa. La joven que dice ser

estudiante de Economía, y viene con amigos y amigas de Ciencias Químicas,

se solidariza con la canción de Lucha Villa tan insondablemente repetitiva

("¿Para qué, para qué, para qué, para qué llorar?"), y modifica la letra,

afinando su obscenidad: "Tú,/ me la vas a hundir/ Te lo juro por mi madre/

me la vas a hundir/ Tú crees que soy cobarde/ me la vas a hundir./ Te

apuesto lo que quieras/ que tú a mí me la hundes", y se ríe como para que

se ruboricen sus maestras de secundaria.

Al 14, o a rincones semejantes, una vez depositadas las novias, o una vez

extenuado el apetito de lo chic, llegan algunos yuppies de sociedad. En

otro tiempo el smoking fue indispensable, pero la violencia urbana no

admite presunciones y se resignan a la chamarra de no tan buen ver, al

abandono del reloj y a la disposición al Ligue, esa señal de la intrepidez

de madrugada. ¡Qué curioso! Lo privado no está en vías de extinción, al

contrario, y véanse las fortunas hechas expropiando lo que era de todos,

pero en lo tocante a los sentimientos, lo privado ha perdido terreno, y lo

sigue perdiendo. La chava de la mesa de junto no deja afirmarle en voz muy

alta a su compañero que vienen al 14 porque si no, ni hablar de estímulos

sexuales para más tarde. "Dáte cuenta, ¿ves? A él le gustan los chavos, y

sólo cuando de plano comprueba que le pueden hacer caso se fija en mí. Y

algo pasa, porque si viene conmigo no le hacen caso y nos sacamos de onda

los dos". Y qué importa la sociedad, si ahora las murmuraciones nada más

se dan a la hora de los comerciales, y entre idas a la cocina. ¿No se han

fijado que los verdaderos grandes chismes florecen lejos de los aparatos

encendidos?

Nueva especie: El Güigüi

Un espejuelo de melosas luces

Enrique Molina

A la calle la anima ritualmente la actividad de los dos jóvenes. Están

siempre al acecho, encomenderos de la belleza ajena, celestinas del sexo

industrial. Son los güigüis, otra de las nuevas tribus de la noche, los

publirrelacionistas más aforísticos del rumbo, los psicoanalistas

instantáneos que adivinan al ganoso tras la fachada del solemne, al

indeciso que se oculta en el paso del distraído, al curioso que le dobla

la mano al indeciso. Para que el paseante termine siendo cliente, la

oferta del güigüi es conminatoria: éntrenle, porque si no se pierden lo

mero bueno. ¿Y qué es lo mero bueno? Si usted no lo sabe a esta edad ya

nunca lo sabrá.

;Abierto, caballero. Va a empezar la variedad.

;Pásele, pásele, va a estar de lujo, y si no le piache le devolvemos el

orgasmo.

No le saque, no tenga miedo, no se lo va a comer el hoyo negro.

Aquí todo al gusto del cliente. Usted manda, mi estimado.

Güeras a pasto, nunca se han juntado tantas güeras. Y ni una oxigenada.

Tanga show, mi amigo, Topless y tangas, ¿qué más se le antoja?

Llévese a una chica, también puede llevarse a la cajera.

El güigüi hace honor a su nombre (La palabra viene de gua-gua-guá, el

coloquialismo que designa la acción de hablar en demasía), se acerca a los

automóviles, ronda las esquinas, distribuye volantes. En los fosos urbanos

es el encantador de serpientes, que le ofrece a la falta de curiosidad un

rostro de insistencia, y les entrega a escépticos y ansiosos el menú de

los paraísos de unas horas. Publicista móvil y noctívago, va creando el

espectáculo horas antes del arribo del cliente. Al avisar de la carnalidad

inminente, el güigüi, y por así decirlo, ya arrojó al piso casi todas las

prendas de vestir de sus objetos del pregón, horas antes del show.

El table dance: "A gusto del cliente"

Hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos

que nos depara en vano su carne una mujer.

Porfirio Barba Jacob

En 1991 aparecen los lugares de table dance. El objetivo: enfrentar sin

dilación a los clientes con los hechizos frontales de las hetairas del

amanecer. (Nótese en esta retórica el tributo a la censura de 1954). El

table dance resulta una idea visual y táctil cuyo tiempo ha llegado, y de

la Zona Rosa, y sus compromisos turísticos, transita a demasiados sitios

en el DF y en las regiones. Allí se encuentra con la persecución

implacable de los alcaldes del Partido Acción Nacional, que no soportan la

idea de mujeres desnudas, de hombres lúbricos, de padres de familia

insomnes. En Monterrey, Guadalajara, Mérida, los alcaldes panistas cierran

lugares, acosan a los propietarios, amonestan a la sociedad; y son

derrotados paulatinamente. El table dance es horrible, mis señoras, pero

si hay quien se proponga frecuentarlo, a la mejor echa mano del argumento

de su mayoría de edad.

En la capital, el asunto es más fácil o menos enredado. ¡Ah, feligresías

del Caballo de Hierro, el Florencia, el Keops, el Evento, el Quid, el

Olímpico, el Follies Bergere, el Cadillac, el Baccará, el Manolo, el Rey!;

Aquí al Keops por ejemplo se llega tarde, bien servido, iluminado como se

decía antes, y las chavas, solícitas, complementan el extravío. Se esparce

la pura tanga o el desnudo total, la onda bichi, andar como Dios nos trajo

a ese gran table dance del mundo.

Aislado, el cuarentón fija la mirada con tenacidad incomparable. Como

todos, es criatura de las apetencias devoradoras, pero la falta de control

social acrecienta la sinceridad de su semblante. La apetencia no nada más

lo regocija, también lo vivifica. En el mundo post-freudiano el hambre

sexual no engendra complejos, sino, más bien, crea vínculos amistosos con

las frustraciones. Quién quita y los traumas son la única familia

absolutamente leal que nos queda.

¿Cuál es el cambio más significativo? Bueno, queda poco de la represión

tradicional de las libertades, y lo actual es el miedo físico a ejercer

las libertades. La table-dancer se desempeña con ardor mecánico ante el

cliente, al que suele negársele el derecho al manoseo sistemático, lo que

tratándose de premuras sexuales equivale a cancelarle al ahorcado el

derecho al pataleo. Pero también no es lo mismo aferrarse a un cuerpo para

que nos aparten de inmediato, a pagar por un table dance privado. Eso es

romper las reglas del juego, renunciar a los placeres del robo y la

audacia. Es inútil el table dance si no se almacenan los deseos. Las

reglas de juego donde dan lo mismo el voyeurismo y el apresuramiento

carnal (ver sin tocar, tocar sin profundizar en el recorrido de la piel,

privar a las manos del derecho artístico a las esculturas del cachondeo),

hacen del table dance una moda festiva, la de los condenados a repetir

eternamente los ademanes del apetito reprimido.

Los dos señores con facha de burócratas, nulifican su cansancio y se

alegran paulatinamente. "¡Qué bien está esa chava!", dicen casi al unísono

señalando a dos bailarinas. Oh My God! Ambos, así como los ven, están más

que convencidos de su sex-appeal, o eso se desprende de su repentina

necesidad de galanura. Por la vereda que se estremece,/ al ritmo de su

cartera. La chava nomás vestida de su arrojo se trepa a la mesa. Lo que se

vea que suene. A dilatar pupilas. Aquí nada de Gypsy Rose Lee, y si hay un

Let me Entertain You, será directo, organizacional como murmuran los

animadísimos burócratas, que ya creen alojar entre sus brazos al génesis

femenino. Los atributos al alcance de la vista y del tacto y el paladar.

Evoco el lunch time de los bares de Tijuana y Ciudad Juárez en los años

sesenta, esos mediodías cuando los clientes emprendían la frecuentación

gastronómica del sexo femenino. ¡Lunch Time! A darle que es mole de olla.

En la noche popular, un sitio de table dance es, en stricto sensu, un

lanzadero de manos. Los burócratas se deslumbran, no porque en su código

el acercamiento sea lo de más o el faje importe tanto como las vibraciones

del banquete inminente, sino por lo irrepetible del agasajo a mil por hora

que - de lunes a viernes- en algo neutraliza la travesía del tedio y la

resignación. Oh My God!

"No jale que nos cobija"

La nueva Noche Popular se extiende al amparo de los abismos de la economía

y del desempleo, y en su rijosidad y su exhibicionismo y su inermidad,

mantiene un rasgo esencial de la capital: la conversión del desamparo en

alucinación, lo que trasciende a sitios de mala muerte, medios

gangsteriles, abusos y estafas, y va más allá de las urgencias de espacio

de las minorías. En provecho de quienes así lo soliciten, una ciudad de

estas proporciones requiere del relajo como el gran idioma público de la

sobrevivencia. Al disminuir la vida nocturna, la metrópolis renuncia a su

moralismo persecutorio, no es rentable, ya se le olvidó, si le hace caso

se queda hablando sola. La ciudad es tolerante con tal de que la dejen ser

indiferente, y es indiferente para que no le recuerden que se volvió

demasiado tolerante.

Y todo esto, ya se sabe, a partir de cierta hora.

 

 

 

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