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Miércoles Marzo 10, 2004
Estimado D J. C. Suárez de Tangil
Tengo un amigo que es a mi conciencia lo que Pepito Grillo era a la del muñeco
Pinocho: no me deja ni un momento de sosiego.
Así que después de haberle escrito las anteriores misivas sobre el tema
del Arte de la Comunicación y de evocar unas cuantas veces a mi
“profe” Catalina, con flor blanca y todo, me percaté de que en todo
ese arroz con pollo faltaba su elemento principal: el pollo. Entonces
decidí, antes de hacer cualquier otra cosa, tratar de aclarar y aclararme
algo tan fundamental como es ¿por qué se producen las deficiencias señaladas
en las citadas comunicaciones?.
Y, lógicamente, fui a parar a lo que la “profe” llamaba “las cuatro
fases del aprendizaje” y que ella, en sus acostumbradas “Guías de
estudio” (en realidad eran resúmenes o compendios para facilitar a los
estudiantes la concreción y la fijación de los conocimientos y que daba
a cada uno, junto a alguna nota alusiva), nos entregó en una fría mañana
en la que nuestras neuronas se resistían al ejercicio matutino.
La guía hablaba de un señor llamado Abraham Maslow que, según se decía,
había propuesto un famoso sistema conceptual que permitía entender el
aprendizaje de cualquier cosa, sobre la base de cuatro fases, a las que
llamó: a) Incompetencia inconsciente; es decir, “no sabemos que no
sabemos”. b) Incompetencia consciente: “sabemos que no sabemos”. c)
Competencia consciente: “trabajamos sobre lo que no sabemos”. d)
Competencia inconsciente: “no tenemos que pensar en lo que ya
sabemos”.
¿Qué ejemplo concreto nos puso la “profe” para hacer “aterrizar”
aquellos conceptos un tanto abstractos? Fácil: un niño pequeño que quería
andar en “bici”.
En la primera fase o de incompetencia inconsciente, el chaval ve a otro
montando su bici, pero él no sabe que no sabe andar en ella. Que es lo
mismo que un político o cualquier otro conferencista o comunicador que no
tiene la menor idea de lo que son las habilidades de la comunicación
interpersonal.
En la segunda fase es donde se identifica o reconoce que se es
incompetente en algo, lo cual, decía la “profe” Catalina, suele ser
brusco; algo así como que el chaval de la historia se sube en la bici
pensando en que eso es “pan comido” y se da un porrazo que le hace ver
las estrellas. Casi lo mismo que le pasaría al conferencista de esta
pincelada si usted le dice que tiene un gesto o que emplea las muletillas
o que su poca habilidad de nivel y variedad vocal producen aburrimiento en
su auditorio.
Ya en la tercera fase, el chaval, decidido a montar en su bici y
consciente de que no sabe hacerlo, comienza poco a poco el aprendizaje,
pensando y razonando cada paso que va dando en el proceso; mientras,
nuestro político-conferencista-comunicador, que también es ya consciente
de lo de las muletillas, la monotonía, etc., también trabaja en tratar
de eliminar tales malos hábitos o falta de habilidades en su comunicación.
Y ¡al fin!, en la cuarta fase, las habilidades estudiadas, aprendidas y
asimiladas comienzan a desarrollarse de manera automática y en un nivel
inconsciente. Algo parecido a un acto reflejo (de hecho, conducir, comer,
etc., se consideran actos reflejo). Es decir, nuestro chaval estaría ya
montando en su bici, mientras que al mismo tiempo pudiera estar haciendo
otras actividades, como hablar con una amiga que esté paseando a su lado;
por su parte el político-conferenciante o comunicador una vez que domina
su falta de habilidades, no tendrá que concentrarse en hacerlo (lo cual,
por supuesto, no se si es bueno o malo para nosotros).
Es muy probable que los conferencistas que usted nos mostró en su
programa “Al Límite”, no lean esta pincelada y es una verdadera lástima
porque estoy convencido que los ayudaría a mejorar sus habilidades de
comunicación interpersonal y a nosotros, los receptores de sus mensajes,
a comprender lo que a veces no entendemos o viceversa.
Orestes
Martí
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