|
Orestes Martí: Según algunos medios de prensa al concluir su visita de tres días
a Israel y los Territorios ocupados, el Presidente de los EE. UU. George Bush
manifestó: "Algún día, espero que como resultado de la conformación de un
Estado palestino, no haya muros y puntos de control y las personas puedan
moverse libremente en un Estado democrático, y esa es la visión". Dicen que
después -y sin sonrojo- hizo una observación, que muchos consideran una "broma
de mal gusto", sobre los puntos de control de los israelíes cuando dijo que su
caravana no tuvo problemas para pasar -faltaría más, ¿no?-; dicen que dijo "Se
alegrarán de saber que toda mi caravana de 45 automóviles pudo cruzar sin ser
detenida, pero no sé si sucede lo mismo con las personas comunes y corrientes"
(¿Cinismo, desvergüenza o imbecilidad? ¡Vaya usted a saber!).
Con ese mismo "timbre" -que no se sabe si es de cinismo o desvergüenza-, se
afirma que el Primer Ministro israelí -Ehud Olmert- dijo que el concepto de
detención de la expansión de los asentamientos de Israel en tierras palestinas
sólo se aplica a aquéllos que Israel no desea conservar; lo que equivale a decir
que consideran seguir haciendo lo que les venga en ganas. Hay que recordar que
en su momento, Israel aceptó detener la construcción de "asentamientos" -a tenor
de los establecido en la "Hoja de Ruta" que respalda el Gobierno norteamericano-
pero continuó con dichas construcciones en Jerusalén Este y en grandes
"asentamientos" en Cisjordania.
Mientras que Bush hablaba con la boca grande y pedía se pusiese fin a la ocupación
israelí y al desmantelamiento de los asentamientos "no autorizados" en
Cisjordania y se estableciera un "Estado palestino viable", continuaba apoyando a su
socio principal en la zona, para que éste mantenga los grandes bloques de
asentamientos judíos (en exclusivo) que de acuerdo con las posiciones
palestinas, harían inviable el establecimiento de la paz.
Bush pidió además -por primera vez- que se estableciera un fondo de
indemnización para los palestinos que fueron expulsados de sus hogares en 1948
-el valor de las tierras se calcula en miiles de millones de dólares-, pero sin
dar detalles sobre el mismo.
Por su parte, en Gaza, la Organización Hamas desestimó la visita de Bush. Sami
Abu Zuhri, miembro de dicha organización, declaró: "Bush reiteró sus promesas
vacías, las cuales no despiertan ninguna esperanza en nosotros los palestinos,
porque ya nos ha hecho muchas promesas que nunca cumplió, y no lo hará ahora en
sus últimos días en la Casa Blanca. Condenamos las declaraciones del Presidente
palestino cuando habló sobre cumplir con todas las consecuencias al pueblo
palestino". Otros analistas han señalado que aunque el presidente de la Autoridad Nacional
Palestina, Mahmoud Abbas, y el primer ministro de Israel, Ehud Olmert, acordaron
hacer el mayor esfuerzo para concretar este año un acuerdo de paz que asegure la
existencia de un Estado palestino independiente, el objetivo parece más lejano
que nunca. El viaje de Bush a la zona -tardío lo describieron varios especialistas y analistas
internacionales-, constituyó para otros una reorientación política en Oriente
Medio de la primera potencia nuclear del mundo, que refleja un cambio
estratégico tras recientes reveses políticos de ese país en dicha región.
Unido a todo lo anterior, la situación de empantanamiento en Irak -donde un
destacado analista señaló que un año después que Bush anunciara un significativo
aumento de la presencia militar de su país, el buen juicio de esa estrategia es
objeto de disputas en los propios EE.UU.- y el "incidente" surgido con Irán -que
recuerda sospechosamente el del "Golfo de Tonkin" y del que el Pentágono admitió
posteriormente que quizás se equivocó al acusar a las lanchas iraníes de amenazar a
los buques de guerra estadounidenses- hace de la zona un polvorín y por ello un
centro de atención de analistas de política internacional.
Con tales elementos vuelvo a dirigirme a D Adrián Mac Liman con la petición de que
nos haga una valoración sobre estos temas y nos hable de los posibles escenarios
para 2008, en Oriente Medio.
Adrián MacLiman: Más allá de lo meramente
anecdótico, las bromas de mal gusto y el cinismo del Presidente Bush durante su
visita a Israel y los Territorios palestinos, nos ha llamado la atención el
cambio experimentado en la postura del actual inquilino de la Casa Blanca frente
al conflicto israelo-palestino. En realidad, no se trata de una nueva
orientación de la política exterior estadounidense, sino más bien de una tímida
evolución a nivel meramente semántico. Durante la gira, Bush no aludió ni una
sola vez al “Estado judío”, término empleado por la Administración republicana a
partir de 2001, a petición expresa del general Sharon. Más aún: el presidente
estadounidense hizo caso omiso de las tan cacareadas resoluciones 242 y 338 del
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, limitándose a criticar veladamente
la “ocupación iniciada por los israelíes en 1967”.
Curiosamente, Bush habló del derecho de retorno de los refugiados, tema clave
que bloquea desde 1994 las consultas entre israelíes y palestinos, sin tomar
partido a favor de ninguna de las partes. Pero en este caso concreto, la
ambigüedad lingüística se limita a ocultar la opción de la diplomacia
estadounidense, partidaria de una solución crematística del problema, es decir,
de la renuncia por parte de los casi 4 millones de refugiados palestinos al
derecho de retorno a cambio de simples compensaciones económicas. Esta sería,
recordémoslo, una de las variantes contempladas por las potencias occidentales
(Reino Unido, Suecia, Noruega, etc.) durante las consultas celebradas después de
la Conferencia de Madrid. Una solución descartada en su momento por el primer
Presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Yasser Arafat.
Aunque el dignatario estadounidense haya reiterado la postura primitiva de su
equipo en cuanto a las futuras fronteras entre Israel y el Estado Palestino, es
decir, la necesidad de tomar como punto de partida los confines establecidos
tras el armisticio de 1949, se “olvidó” la siempre socorrida alusión a los
“cambios que reflejen el estado de cosas actual”, mero eufemismo destinado a
avalar la política de asentamientos – sean estos legales o ilegales – llevada a
cabo por los sucesivos Gobiernos de Tel Aviv.
Otro detalle importante: Bush recalcó el hecho de que las cuestiones políticas y
religiosas entorpecen el diálogo sobre el futuro de Jerusalén. Con ello, el
Presidente norteamericano se aleja de la tradicional postura de su
Administración, que defendió en reiteradas ocasiones las tesis israelíes:
Jerusalén es judía y será indivisible.
Pese a esa complicadísima gimnasia mental, la argumentación de George W. Bush no
convenció a los palestinos ni a la mayoría de los Gobiernos árabes. Y ello, por
la sencilla razón de que los habitantes de Gaza y Cisjordania dudan de la
imparcialidad de los Estados Unidos y de su deseo sincero de acabar con el
conflicto o, mejor dicho, con las raíces de éste, mientras que la opinión
pública de los demás países de la zona teme que el hipotético arreglo ideado por
la Casa Blanca se parezca mucho más a una solución “a la afgana” o “la iraquí”.
No hay que olvidar que durante la gira por las capitales de Oriente Medio el
caballo de batalla de Bush fue… “el terrorismo patrocinado por el régimen
islámico de Teherán”.
En este contexto, cabe preguntarse si las buenas palabras del Presidente no
sirven, en realidad, para forjar una nueva alianza bélica. Esta vez, el blanco
sería otro gran país productor de petróleo: la República Islámica de Irán.
Personalmente, estimo que los comentarios sobran.
Orestes Martí: Le
agradezco su tiempo y sus reflexiones y seguramente volveremos a dialogar sobre
Oriente Medio próximamente.
*Analista de política internacional, escritor y periodista, miembro del Grupo de
Estudios Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París)
|