La Página de Orestes 


Epistolario

Carta al Director de la Televisión Independiente de Canarias El “Golpe” en Venezuela (XIII)

 

Continuemos con los hechos ocurridos el mismo día del “Golpe” y las vivencias que el Sr. Hugo Chávez (C), expuso con sus propias palabras a la periodista Martha Harnecker (P). Abordemos la parte en que se revisan los hechos ocurridos en la Isla De Orchila, donde transcurre la entrevista.

(C) “El estar aquí en Orchila me hace recordar hoy dos cosas: una grata y otra ingrata. La grata es que estuve aquí en semana santa bañándome con mi niña Rosa Inés, con María Isabel (1) y el niño Raúl. Me escapé y lo pasamos muy bonito. La ingrata es la de aquella noche en que me trajeron preso. Ya entrando la noche, comencé a darme cuenta que algo estaba pasando en el país, algo a favor de la Revolución. Lo notaba en la actitud de los militares que me custodiaban. Habían venido cambiando, comencé a sentirlos más solícitos. Llegó allí un almirante en un helicóptero y cuando entra al cuartito donde yo estaba -descalzo con un short y una franelita comiendo un pescado luego de haber trotado un rato con los sargentos que estaban en actividad- se para firme y me dice: "Presidente, vengo con una comisión especial". Ese fue otro signo, ninguno desde que me tomaron preso me decía Presidente. Luego llegó una comisión enviada por los golpistas: un general de Justicia Militar, un coronel de los golpistas y el Arzobispo. Yo estaba en aquel cuartito y ya estaba procesando escenarios, pensando qué vendrían a proponerme esas personas. Lo que quería era ganar sobre todo tiempo para tratar de tener información de lo que estaba ocurriendo en el país. Había aceptado venir a La Orchila porque como esto lo conozco sabía que, a pesar de ser una isla, aquí yo tenía más oportunidades de tener información. Hasta llegué a evaluar que si la situación no cambiaba y ellos venían a proponerme la salida del país, tal vez debería aceptar, sin renunciar al gobierno, con la idea de que desde fuera, desde algún país amigo, pudiera enterarme de qué estaba pasando en Venezuela y actuar a nivel internacional y empezar una acción. Yo quise primero hablar con el Arzobispo y le dije que me lo hicieran pasar hasta allá, y hablé con él algunas cosas, sobre todo le pregunté cómo era posible que la Iglesia Católica hubiese aceptado ese golpe contraviniendo el mandato de Cristo. Hablamos ahí un ratito. Luego salimos a la reunión. Ellos venían a traerme el decreto de renuncia para firmarlo y me dicen que hay un avión listo para sacarme del país una vez que yo la firme. Dos noches atrás ellos habían dicho que no importaba si no firmaba, que era igual de todos modos. Cuando veo esto yo dije: "Estos están en problema, esta pasando algo muy serio para que vengan aquí a poner un avión a mi disposición". Les dije que yo no podía firmar eso así, que recordaran que yo había estado dispuesto a firmar con una serie de condiciones y les repetí las condiciones que había planteado en Palacio. Yo sabía que ellos no iban a cumplirlas. Les dije primero lo de la seguridad física de todos los hombres, las mujeres, el pueblo, el gobierno: "Ustedes violaron eso, han atropellado, han detenido, quién sabe qué estará pasando allá, pero por lo poco que yo vi mientras estuve en el Fuerte Tiuna, vi que metieron preso a Tarek (2), al otro diputado, a los ministros los sacaron de sus casas casi arrastrados". "Segundo: Que se respete la Constitución, es decir, si yo renuncio tiene que ser ante la Asamblea Nacional y el Vicepresidente asume la Presidencia de la República, hasta que se llame a nuevas elecciones. Y ustedes patearon la Constitución, disolvieron la Asamblea Nacional, el Tribunal de Justicia, etcétera, así es que de qué vamos a estar hablando".

(P) ¿Y tú sabías eso?

(C)” Yo lo sabía porque en el Fuerte Tiuna, como te dije, un oficial me prestó un televisor, así que todo ese día, hasta las seis de la tarde, vi televisión. Luego, cuando me sacaron de ese a otro sitio en la noche, no supe más nada. Yo había visto que habían tomado presos al Ministro del Interior, al gobernador del Táchira; vi la auto juramentación de Carmona y todo el Decreto ese(3). La tercera condición era hablarle en vivo al país. "¡Cómo creen ustedes que yo voy a irme así!, sin decirle nada al país". Y cuarto: que me acompañaran todos los funcionarios de mi Gobierno; estos muchachos que me custodiaron años. Tampoco iban a aceptar eso porque ese era un grupo de choque que yo iba a tener a mano. Y el obispo diciendo: "Bueno Chávez, tienes que pensar en el país, tú sabes, con ese discurso..." "Bueno, yo estoy pensando en el país". Empezamos a discutir y yo ganando tiempo. Veía a los sargentos que estaban por allí con sus fusiles y lanza cohetes conversando entre ellos y mirándome de reojo; había como un nerviosismo. Y allá afuera el almirante que me trajo hasta acá, haciendo llamadas, entrando y saliendo. Presentía que algo estaba pasando, más allá de esto de la renuncia. Así que mi consigna era ganar tiempo y hablar y discutir. Entonces es cuando yo les planteo el segundo escenario, les digo: "Miren yo no voy a firmar la renuncia, no insista Monseñor. Ustedes violentaron todo esto -y les mostraba la Constitución-. ¿La falta absoluta de Presidente es lo que ustedes quieren?. Esa falta absoluta sólo es la muerte. ¿Eso es lo que quieren? La renuncia depende de mí, la muerte depende de ustedes. ¿O quieren que una junta médica me declare incapacitado mental y que esa declaratoria sea aceptada por el Tribunal Supremo de Justicia y avalada por la Asamblea Nacional? Hoy no tenemos Tribunal de Justicia ni Asamblea Nacional, no sé si habrán algunos médicos que puedan hacer eso ¿quién lo va avalar?, es que eso tampoco es viable. Les queda entonces una alternativa que se las propongo para facilitar esto, una alternativa constitucional: separación del cargo. Entonces yo les lancé una trampa interpretativa, yo sabía que monseñor no sabe mucho de leyes pero había un coronel ahí que sí es abogado y muy astuto, y me dije: "Con éste es con quién yo tengo que debatir. Él es abogado y yo no, pero él no conoce la Constitución y yo sí". Entonces le digo: "Yo puedo abandonar el cargo, aquí está la Constitución ¿leamos?, falta absoluta del Presidente de la República, tal y tal, abandono del cargo". Pero resulta que la Constitución dice que el abandono del cargo debe ser reconocido por la Asamblea Nacional, y eso yo no se los leí. "Yo soy capaz de firmar un documento que diga que yo abandono el cargo, pero no renuncio". "Bueno, pero ¿cuál es la diferencia?" El Coronel sale a consultar por teléfono seguramente y regresa con una Constitución que alguien le consiguió y él se da cuenta de la trampa. "Pero Chávez, lo que pasa es que hay un problema: la Asamblea Nacional". "Eso es problema de ustedes, pero es la única manera en que yo pueda firmar, y además tienen que permitirme un teléfono, porque si me voy a ir a México o a Cuba yo necesito hablar con el Presidente de ese país. Yo no voy a salir de aquí en un avión sin rumbo y además necesito hablar con mi esposa, mis hijos, etcétera, y algunas otras pequeñas cosas". Entonces me puse yo mismo a redactar un documento que decía: "Yo Hugo Chávez Frías, cédula de identidad tal". ¡Claro! lo redacté como yo lo había preconcebido: "Ante la contundencia de los hechos acepto que he sido removido del cargo, y por tanto lo abandono", algo así. Y este hombre mordió el anzuelo y me dijo: "¡Bueno! Chico, está bien, yo tengo que llevar para allá una cosa firmada". Entonces ellos empiezan a pasar en la computadora el documento. El oficial que escribía era uno de los que yo me había venido ganando -había estado hablando con ellos uno a uno, la mayoría eran muchachos de buena fe-, lo hacía lentamente, se equivocaba, estaba jugando a ganar tiempo. El coronel lo apuraba. Ahí yo noto que hay nerviosismo. Esto estaba lleno de sargentos de defensa y yo vi que algunos estaban asumiendo posiciones de combate, de alerta. Entonces llamo al almirante que estaba por allá afuera y le digo: "¿Qué amenaza puede haber aquí?, ¿por qué los muchachos están sacando los lanzacohetes y están asumiendo posición de defensa?" El hombre nervioso dice: "No, no Presidente, no es nada, no ha pasado nada, usted sabe que hay que custodiar su vida". Yo me quedo solo en la sala y el jefe de mi custodia, se acerca silencioso y me habla casi al oído: "Presidente, no firme nada" y se desaparece como un celaje. Me quedo pensando qué estaría pasando. Entré al baño para ganar un poquito más de tiempo y establecer rápido una estrategia. Entonces decidí no firmar. Salgo y digo: "Mire, teniente, no siga escribiendo nada ahí", y le digo al Arzobispo y a los otros "Miren, yo no voy a firmar nada definitivamente, así que muchas gracias por su visita" y entonces les eché una broma: "Si quieren quédense esta noche aquí en mi cárcel, que es de lujo y mañana se van. Lo he pensado bien, definitivamente yo no voy a irme, aquí están mi familia, mis hijos, mi mujer, mis seguidores, el pueblo... Yo no sé qué está pasando, ustedes se han negado a informarme, ni siquiera he tenido un teléfono para poder hablar con alguien, me han tenido incomunicado". Me extrañó mucho que ellos no opusieran ningún tipo de resistencia a mi idea, sino que dijeron de repente, así, rápido, "Bueno Chávez, tienes razón, nos vamos" y salieron rápido, nerviosos, pero más nerviosos estaban cuando entraron nuevamente como a los cinco minutos. El cura estaba del color de esa silla [señala], blanco, y los demás nerviosos y a los muchachos entonces yo los noté aún más tensos. El almirante viene y me dice: "Presidente hay una situación, viene un escuadrón de paracaidistas, ya están llegando" -él no sabía que venía también una fragata y unos patrulleros rápidos de la Armada-. Y yo le digo: "Pero ¿a qué vienen?". "Vienen a rescatarlo a usted". "Y tú ¿qué piensas hacer?" "No, nada, nosotros estamos aquí para custodiar su vida, no va a pasar nada, yo ya hablé por teléfono con el general Baduel -el de los paracaidistas- y le pedí que les dijera por radio a los helicópteros que aquí no va haber resistencia, aquí no va haber ni un disparo". "¡Ah! Me parece muy bueno -le dije y le pregunté "¿Y esta gente por qué se devolvió?" "¡Bueno!, porque el avión que los trajo se fue y los ha dejado aquí". Me imagino que por radio el piloto oyó que venían los paracaidistas y se fue como alma que lleva el diablo. Yo riéndome les ofrecí llevarlos en mi helicóptero. El almirante sale otra vez y se me acerca: "Mire Presidente tiene una llamada telefónica". "¿Quién me llama?". "El Ministro de Defensa". "No quiero hablar con ese almirante -el que los golpistas habían nombrado Ministro de Defensa-". "No, no es él, es su Ministro de Defensa, el doctor Rangel". Ahí me paré como un rayo y descubrí que en la cocina había un telefonito que me habían ocultado. Oír la voz de José Vicente fue como si saliera el sol en la mitad de la noche. Aquella voz encendida. "¡Bueno te estamos esperando!, después te explico". "Pero ¿dónde estás tú? Aquí, en el Ministerio de la Defensa, hemos retomado el Palacio, Carmona está preso. Para allá van los paracaidistas a buscarte, deben estar llegando, te estamos esperando, el pueblo está aquí en la calle". "¿Ha habido muertos?", "Bueno, algunos, después te explicamos". "Y ¿con quién estás tú ahí?" "Con el general López Hidalgo". "Pónmelo". Y hablé con él un rato: "Mira compadre, ¿qué ha pasado?, ¿hay muchos muertos?" "No Presidente, no se preocupe, hay algunos pero el pueblo está en la calle y nosotros controlando el ejército y las demás fuerzas". "Bueno, allá nos vemos". Entonces llamé al general de los paracaidistas, a Maracay, que fue el bastión de la resistencia. Hablé con Baduel, hablé con García Montoya, que estaban allá en el comando operacional. Me explicaron algunas cosas, pero no hubo tiempo, al ratico estaban ya los helicópteros aterrizando. No hubo ningún problema, venían unos abogados a chequear mi estado físico porque se habían corrido rumores de que me habían golpeado mucho, que yo tenía desprendido el hígado, no sé que cosa, y la gente estaba muy preocupada por eso. Bueno, yo creo que era como a esta hora cuando ellos llegaron (mira el reloj, son las 2 y algo de la mañana), porque yo llegué a Palacio cerca de las cuatro de la mañana. Así es que por eso te decía que recordaré este sitio toda la vida. Cuando reflexiono sobre el golpe del 11 de abril recuerdo las ideas de Kennedy que ya te he citado antes, quién dijo: "Los que le cierran el camino a la Revolución pacífica, le abren el camino a la Revolución violenta". Nosotros escogimos hacer la Revolución constitucionalmente, por un proceso constituyente de incuestionable legitimidad. Si en algún momento del 11 y 12 de abril dudé que una Revolución democrática y pacífica fuera posible, lo que pasó el 13 y 14 de abril -cuando esa inmensa cantidad de gente salió a la calle, a rodear Miraflores y varios cuarteles, exigiendo mi regreso- reafirmó en mí con mucho vigor la idea de que sí es posible. Claro que la batalla es dura, y será dura y difícil. Se trata del arte de hacer posible lo que ha parecido y sigue pareciendo a muchos como un imposible.

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NOTAS:

(1)  Su esposa

(2)   William Tarek Saab

(3)   Se refiere al decreto de Carmona que expondremos próximamente 

Orestes Martí

 

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