Dentro y fuera


Herman Hesse


Hab�a una vez un hombre llamado Frederick; se dedicaba a tareas intelectuales y pose�a una amplia extensi�n de conocimientos. Sin embargo, no todos los conocimientos significaban lo mismo para �l, ni apreciaba cualquier actividad intelectual. Ten�a preferencia por un cierto tipo de pensamiento, desde�ando y detestan.do los otros. Sent�a un profundo amor y respeto por la l�gica -ese m�todo admirable- y, en general, por lo que �l llamaba "ciencia".

"Dos y dos son cuatro -acostumbraba a decir-. Esto es lo que creo; y el hombre debe construir su pensamiento sobre la base de esta verdad."

No ignoraba, sin duda, que exist�an otras clases de pensamiento y cultura; pero no los consideraba como "ciencia", y ten�a una pobre opini�n de ellos. Aunque librepensador, no era intolerante con la religi�n. La religi�n estaba fundada en un t�cito acuerdo entre cient�ficos. Durante varios siglos su ciencia hab�a abarcado casi todo lo que exist�a sobre la tierra y era digno de conocerse, con una sola excepci�n: el alma humana. Con el transcurso del tiempo, se convirti� en costumbre abandonar esta materia a la religi�n, y permitir sus especulaciones sobre el alma, aunque sin considerarlas seriamente. Seg�n esto, Frederick era tambi�n tolerante en lo referente a la religi�n; no obstante, todo lo que significaba superstici�n le era profundamente odioso y repugnante. Pueblos lejanos, incultos y retrasados pod�an recurrir, a ella; en la remota antig�edad pod�a admitirse el pensamiento m�stico o m�gico; pero con el nacimiento de la ciencia y de la l�gica esas anticuadas' y dudosas herramientas carec�an de sentido.

Eso es lo que dec�a y lo que pensaba. Cuando aIg�n vestigio de superstici�n aparec�a ante �l, se encolerizaba Y sent�a como s� hubiese sido atacado por algo hostil.

No obstante, lo que m�s le irritaba era hallar tales, vestigios entre hombres de su propia clase, educados y versados en los principios del pensamiento cient�fico. Y nada le era tan doloroso e intolerable como el concepto escandaloso -que hab�a o�do recientemente formulado mulado y discutido incluso por hombres de gran cultura-, la idea absurda de que el "pensamiento cient�fico" no era posiblemente, un hecho supremo, independiente del tiempo, eterno, preordinado e inexpugnable, sino s�lo uno de tantos, una transitoria manera de pensar, no impenetrable al cambio y a la decadencia. Esa creencia irreverente, destructiva y venenosa se extend�a; ni el propio Frederick era capaz de negarlo; hab�a surgido al azar como resultado de la angustia originada en todo el mundo por la guerra, la revoluci�n, y el hambre, a la manera de un aviso, como espiritual escritura de una blanca mano sobre un blanco muro.

Mientras m�s sufr�a Frederick por la existencia de esa idea y por lo profundamente que lograba afligirle, m�s apasionadamente la atacaba, tanto a ella como a aqu�llos a quienes sospechaba sus secretos defensores, Hasta entonces s�lo muy pocas personas verdaderamente cultivadas hab�an proclamado abierta y francamente su fe en la nueva doctrina, que parec�a destinada, de lograr difusi�n y fuerza, a destruir todos los valores espirituales sobre la tierra y a provocar el caos. Pero la situaci�n no hab�a llegado a�n a tal extremo, y los dispersos mantenedores, eran tan pocos en n�mero, que cab�a considerarlos como casos singulares y exc�ntricos, elementos peculiares. Pero una gota del veneno, una emanaci�n de esa idea, pod�a ser percibida en cualquier momento. De un modo u otro pod�an surgir entre el pueblo y los medios cultivados una serie de nuevas doctrinas esot�ricas, con sus sectas y disc�pulos; el mundo estaba lleno de ellas, por doquier se ve�a amenazado por la superstici�n, el misticismo, los cultos espirituales, y otras fuerzas misteriosas, a las cuales era necesario combatir, pero la ciencia, por un particular sentimiento de debilidad, les hab�a concedido hasta el presente v�a libre.

Un d�a, Frederick visit� a uno de sus amigos, con quien frecuentemente hab�a investigado, Hac�a alg�n tiempo desde la �ltima vez que le vio. Mientras iba, subiendo por la escalera de la casa, intent� recordar cu�ndo y d�nde hab�a estado por �ltima vez en compa��a de su amigo, pero, aunque se enorgullec�a de su excelente memoria, no lo consegu�a. Imperceptiblemente molesto y malhumorado, mientras aguardaba ante la puerta de su amigo, intent� liberarse de esta sensaci�n.

Apenas hab�a saludado a Erwin, su amigo, cuando .advirti� en su cordial semblante una cierta, aunque reprimida sonrisa, que le pareci� advertir por primera vez. Apenas vio aquella sonrisa, en cierto modo burlona u hostil pese a su apariencia amistosa; record� inmediatamente lo que estuvo buscando infructuosamente en su memoria, su �ltimo y anterior encuentro con Erwin. Record� que se hab�an separado sin haber discutido, desde luego, pero con una sensaci�n de discordia interna y disgusto, porque Erwin, hab�a prestado entonces muy escaso apoyo a sus ataques contra los dominios de la superstici�n.

Era extra�o. �C�mo pod�a haber olvidado aquello por completo? Comprendi� tambi�n que �sa era la �nica raz�n de haber evitado a su amigo durante tanto tiempo, simplemente ese descontento, y que desde el principio hab�a sido consciente de ello, aunque se invent� una multitud de excusas para el repetido aplazamiento de esta visita.

Ahora se enfrentaban el uno al otro; Frederick sinti� que la peque�a grieta de aquel d�a hab�a experimentado un tremendo ensanchamiento. Intuy� que algo fallaba entre �l y Erwin, que hasta entonces siempre estuvo presente, un aura de solidaridad, de espont�nea comprensi�n de afecto incluso. Ahora exist�a un vac�o. Se saludaron; hablaron del tiempo, de sus conocidos, de su salud y -Dios sabe por qu�- a cada palabra Frederick tuvo la molesta sensaci�n de que no comprend�a bien a su amigo, de que Erwin no le conoc�a realmente, de que sus palabras estaban errando el blanco, de que no era posible hallar ninguna base com�n para una verdadera conversaci�n. Con mayor motivo por cuanto Erwin exhib�a a�n en su rostro aquella amistosa sonrisa, que Frederick estaba empezando casi a odiar.

Durante una pausa en la laboriosa conversaci�n, Fredcrick mir� en tomo suyo al estudio que conoc�a tan bien y vio una hoja de papel clavada con un alfiler en la pared. Esta imagen le conmovi� extra�amente despertando antiguos recuerdos: hac�a mucho tiempo, en su s a�os de estudiante, Erwin ten�a ese h�bito, a veces, para conservar el dicho de un pensador o el verso de un, poeta frescos en su mente. Se levant� y se dirigi� hacia la pared para leer el papel.

All�, en la bella escritura de Erwin, ley� las siguientes palabras: "Nada est� fuera, nada est� dentro; pues lo que est� fuera est� dentro".

P�lido, permaneci� inm�vil durante un momento. �All� estaba! �Eso era lo que tem�a! En otra ocasi�n habr�a ignorado aquella hoja de papel, la habr�a tolerado caritativamente como una genialidad, como una debilidad inocente a la que cualquiera estaba expuesto, quiz� como un fr�volo sentimentalismo que ped�a indulgencia. Pero ahora era diferente. Sinti� que esas palabras no hab�an sido escritas, por un fugaz impulso po�tico; no era por capricho que Erwin hubiera vuelto despu�s de tantos a�os a la pr�ctica de su juventud. �Aquella frase era una confesi�n de misticismo!

Lentamente se volvi� para mirarle al rostro, cuya sonrisa era de nuevo radiante.

-�Expl�came esto! -exigi�.
Erwin hizo un gesto afirmativo con la cabeza, lleno de amistad.

-�Nunca has le�do este dicho?

-�Naturalmente! -grit� Frederick-. Claro que lo conozco. Es misticismo, es gnosticismo. Quiz� sea po�tico, pero... �De todas formas, expl�camelo, y dime por qu� lo has puesto en la pared!

-Con mucho gusto -dijo Erwin-. El dicho es una primera introducci�n a una epistemolog�a que he estado investigando �ltimamente, y que me ha proporcionado ya muchas satisfacciones.

Frederick reprimi� su arrebato. Pregunt�:

-�Una nueva epistemolog�a? �Qu� es? �C�mo se llama?

-�Oh -contest� Erwin-, �nicamente es nueva para m�. Es ya muy antigua y venerable. Se llama magia.

La palabra hab�a sido pronunciada. Asombrado y sobrecogido por tan c�ndida confesi�n, Frederick, comprendi� con un estremecimiento, que se hallaba enfrentado cara a cara con el archienemigo, en la persona de Erwin. No sab�a si estaba m�s cerca de la rabia o de las l�grimas; le pose�a un amargo sentimiento de irreparable p�rdida. Durante una larga pausa permanecio callado.
Luego, con tina pretendida decisi�n en su voz, atac�:

-�As� que deseas ahora convertirte en un mago?

-S� -contest� Erwin sin vacilar.

-Una especie de aprendiz de brujo, �eh?

-Ciertamente.

Hubo tanta quietud que pod�a o�rse el tic?tac de un reloj en la habitaci�n contigua.

Frederick agreg� despu�s:

-Esto significa que abandonas toda relaci�n con la ciencia seria, y por lo tanto toda relaci�n conmigo.

-Espero que no sea as� -Contest� Erwin-. Pero si no hay otro remedio, �qu� puedo hacer?

-�Qu� puedes hacer? -estall� Frederick-. �Toma, rompe, rompe de una vez por todas con esa puerilidad, con esa vil y despreciable creencia en la magia� Eso puedes hacer, si deseas conservar mi respeto.

Erwin sonri� un poco, aunque tambi�n su alegr�a se hab�a desvanecido.

-Hablas como si... -Murmur�, tan suavemente que a trav�s de sus quedas palabras la irritada voz de Frederick a�n parec�a resonar por toda la habitaci�n-, hablas como si eso estuviese dentro de mi voluntad, como si me quedara elecci�n, Frederick. No es �se el caso. No tengo, ninguna elecci�n. No fui yo quien escogi� la magia: ella me escogi� a m�.

Frederick suspir�, profundamente.

-Entonces, adi�s -dijo hastiadamente, y se levant�, sin ofrecerle su mano.

-�As�,no� -exclam� Erwin-. No debes separarte de m� de ese modo. Imagina que uno de nosotros yace en su lecho de muerte -�y en verdad que as� es!-, y que debemos decirnos adi�s.

-�Pero qui�n de nosotros va a morir, Erwin?

-Hoy probablemente yo, amigo m�o. Cualquiera que desee nacer de nuevo, debe estar preparado para morir.

Una vez m�s Frederick se dirigi� a la hoja de papel y ley� el dicho.

-Muy bien -admiti� al fin-. Tienes raz�n, no sirve para nada separarnos con ira. Har� lo que deseas; imaginar� que uno de nosotros se est� muriendo. Antes de irme, quiero pedirte una �ltima cosa.

-Me alegro -repuso Erwin-. Dime, �qu� atenci�n puedo demostrarte en nuestra despedida?

-Repito mi primera pregunta, y �sta es tambi�n mi petici�n: expl�came ese dicho lo mejor que puedas.

Erwin reflexion� un momento y luego dijo:

-Nada est� fuera, nada est� dentro. Conoces el significado religioso de esto: Dios est� en todas partes.

Est� en el esp�ritu, y tambi�n en la naturaleza. Todo es divino, porque Dios es todo. Antiguamente esto recib�a el nombre de panteismo. En lo que concierne al significado filos�fico, estamos acostumbrados a separar el dentro del fuera en nuestro pensamiento; sin embargo, esto no es necesario. Nuestro esp�ritu es capaz de superar los l�mites que hemos fijado para �l, en el M�s All�. M�s all� del par de ant�tesis que constituye nuestro inundo, comienza un nuevo y diferente conocimiento... Pero, mi querido amigo, debo confesarte que, desde que mi pensamiento ha cambiado, ya no existen para m� palabras ambiguas ni dichos: cada palabra tiene decenas, centenares de significados. Y ah� empieza lo que temes... la magia.

Frederick. frunci� las cejas y estuvo a punto de interrumpirle. Pero Erwin le mir� de forma desarmante y continu�, hablando m�s distintamente:

-D�jame darte un ejemplo. Ll�vate algo m�o, cualquier objeto, y exam�nalo un poco de cuando en cuando. Pronto el principio del dentro y el fuera te revelar� uno de sus muchos significados.

Dio una ojeada en tomo a la habitaci�n, tom� una peque�a estatuilla de arcilla de un anaquel, y se la dio a Frederick, diciendo:

-Toma esto como regalo de despedida. �Cuando este objeto que coloco en tus manos cese de estar fuera de ti y est� dentro de ti, ven a m� de nuevo! �Pero si permanece fuera de ti, tal como est� ahora, para siempre, entonces esta separaci�n tuya de m� ser� tambi�n para siempre!

Frederick quiso hablar todav�a, pero Erwin tom� su mano, la estrech�, y se despidi� de �l con una expresi�n que no admit�a r�plica.

Frederick se retir�; descendi� la escalera (�qu� largo le pareci� el tiempo desde que la hab�a subido!); se dirigi� a trav�s de las calles a su casa, perplejo y angustiado, con la peque�a figura de barro en la mano.

Se detuvo frente a su morada, apret� fieramente el pu�o sobre la estatuilla durante un momento, y sinti� un irresistible impulso de romper el rid�culo objeto contra el suelo. Nunca se hab�a sentido tan agitado, tan movido por emociones antag�nicas.

Busc� un lugar para el obsequio de su amigo, y puso la figura en la parte superior de un estante de su librer�a. Por el momento la dej� all�.

Ocasionalmente, seg�n fueron pasando los d�as, la mir�, meditando sobre ella y sus or�genes, considerando el. significado que tan disparatado objeto iba a tener, para �l. Se trataba de una peque�a figura que representaba un hombre, o un dios, o un �dolo , con dos rostros, como el dios, romano Jano, modelada m�s bien toscamente en arcilla y cubierta con un tostado y algo. cuarteado barniz. La peque�a imagen ten�a un aspecto grosero e insignificante; no era desde luego una obra griega o romana; probablemente se trataba del trabajo de alguna raza inferior y primitiva de Africa o de los Mares del Sur. Los dos rostros, que eran exactamente iguales, mostraban una sonrisa ap�tica, indolente y d�bilmente burlona; el peque�o gnomo prodigaba su est�pida sonrisa de modo en especial desagradable?.

Frederick no pudo acostumbrarse a la figura. Le resultaba totalmente inest�tica y ofensiva, se interpon�a en su camino, le turbaba. Ya al d�a siguiente la tom� para dejarla sobre la estufa, y pocos d�as despu�s la traslad� a un aparador. Pero una y otra vez aparec�a en el campo, de su visi�n, como si le estuviese imponiendo su presencia; se re�a de �l fr�a y est�pidamente, se daba tono, exig�a atenci�n. Tras unas cuantas semanas la puso en la antec�mara, entre las fotograf�as de Italia y los recuerdos triviales que jam�s miraba nadie. Ahora, al menos, s�lo ve�a al !dolo al entrar o al salir pasaba junto a �l r�pidamente, sin prestarle atenci�n. Pero, tambi�n all� el objeto le fastidiaba, aunque no quiso admitirlo.

Con aquel juguete, con aquella monstruosidad de dos caras, la vejaci�n y el tormento hab�an entrado en su vida.

Un d�a, meses m�s tarde, regres� de un corto viaje. Emprend�a ahora tales excursiones de cuando en cuando, como si algo le empujase secretamente. Entr� en su casa, atraves� la antec�mara, fue saludado por la criada, y ley� las cartas que le aguardaban. Pero segu�a intranquilo, como si hubiera olvidado algo importante; ning�n libro te tentaba, ning�n sill�n era c�modo. Empez� a torturar su mente, �cu�l era la causa? �Hab�a descuidado algo importante? �Comido algo que pudiese trastornarle? Al reflexionar, descubri� que esta sensaci�n de inquietud hab�a aparecido al entrar en el apartamento. Volvi� a la antec�mara e involuntariamente su primera mirada busc� la figura de arcilla.

Un extra�o terror se, apoder� de �l al no ver al �dolo. Hab�a desaparecido. No estaba. �Se habla marchado caminando con sus peque�as piernas de barro? �Hab�a volado? �Desapareci� por artes m�gicas?

Frederick recobr� la calma, y sonri� ante su nerviosismo. Luego empez� a buscar tranquilamente por toda la habitaci�n. Al no encontrar nada, llam� a la criada. Parec�a turbada, y admiti� en seguida que se le hab�a ca�do el objeto mientras limpiaba.

-�D�nde est�?

Ya no estaba en ninguna parte. Tan s�lido, como aparentaba ser el peque�o objeto; ella lo tuvo a menudo en sus manos. Sin embargo, se hab�a roto en mil pedazos. Llev� los fragmentos a un taller, donde simplemente se rieron de ella. Luego los hab�a tirado.

Frederick despidi� a la criada. Sonri�. Se sent�a contento. �Qu� poco le importaba el �dolo! La abominaci�n hab�a desaparecido; ahora tendr�a paz. �Por qu� no habr�a deshecho el objeto a golpes desde el?primer d�a? �C�mo hab�a sufrido todo aquel tiempo! �De qu� forma indolente, extra�a, astuta, perversa, diab�lica le hab�a sonre�do el �dolo! Ahora que hab�a desaparecido, pod�a admitir la verdad: hab�a temido verdadera y sinceramente a aquel dios de barro. �No era el emblema �l s�mbolo de todo cuanto le era repugnante e intolerable de todo cuanto reconoci� siempre como pernicioso, hostil, y digno de supresi�n, un estandarte de todas las supersticiones, de todas Ias tinieblas, de toda coerci�n de la conciencia y el esp�ritu? �No representaba horrible fuerza que se siente a veces bramando en las entra�as de la tierra, ese lejano terremoto, esa pr�xima extinci�n de la cultura, ese naciente caos? �No le hab�a robado aquella despreciable figura a su mejor amigo, es m�s, no robado, sino convertido en enemigo? Ahora el objeto hab�a desaparecido. Desvanecido. Roto en mil pedazos. Acabado. Era mucho mejor que si lo hubiera destruido por s� mismo.

Eso pens�, o dijo. Y volvi� a sus asuntos como antes.

Pero la maldici�n persisti�. Justamente cuando habla conseguido acostumbrarse m�s o menos a aquella rid�cula figura, precisamente cuando verla en su lugar habitual en la mesa de la antec�mara se le hab�a hecho gradualmente familiar y nada importante, era cuando su ausencia empez� a atormentarle. S�, la echaba a faltar cada vez que cruzaba aquella estancia; ve�a constantemente el espacio vac�o donde hab�a estado, y el vac�o emanaba de aquel lugar y llenaba la habitaci�n entera.

Malos d�as y peores noches empezaron para Frederick. Ya no pod�a atravesar la antec�mara sin pensar, en el �dolo de las dos caras, sin echarlo a faltar; sintiendo que sus pensamientos estaban unidos a �l. Una, ag�nica obsesi�n creci� en su interior. Y no era simple. mente al cruzar aquel cuarto cuando se sent�a prisionero de su obsesi�n. De la misma forma en que el vac�o y la desolaci�n irradiaban del ahora vac�o lugar en la mesa de la antec�mara, aquella idea obsesiva irradiaba dentro de �l, empujaba todo lo dem�s a un lado, encon�ndole y llen�ndole de extra�eza y desolaci�n.

Una y otra vez imagin� la figura con suma claridad, para demostrarse a s� mismo lo absurdo de afligirse por su p�rdida. Pudo verla en toda su est�pida fealdad y barbarie, con su vacua pero astuta sonrisa, con sus dos caras; impulsado como por una coacci�n, lleno de odio y con la boca torcida, se descubri� a s� mismo intentando reproducir aquella sonrisa. Le incomodaba la duda de si las dos caras eran en realidad exactamente iguales. �No ten�a una de ellas, quiz� simplemente por una peque�a aspereza o cuarteo en el barniz, una expresi�n algo distinta? �Algo raro? �Algo enigm�tico? �Qu� peculiar era el color de aquel barniz ! El verde, y el azul, y el gris, pero tambi�n el rojo, se mezclaban en �l, un barniz que ahora hallaba a menudo en otros objetos, en una reflexi�n del sol de la ventana o en los reflejos ,de un h�medo pavimento.

Cavilaba mucho sobre aquel barniz, incluso por la noche. Le extra�� igualmente lo extra�a. rara, malsonante, poco Familiar, casi maligna que era la palabra "barniz". La analiz�; Reg� hasta invertir el orden de sus, Jetras. Entonces lela "zinrab". Pero, �de d�nde demonios tomaba su sonido aquella palabra? Conoc�a la palabra "zinrab", por supuesto que s�; adem�s, era una palabra hostil y mala, una palabra con perversas e inquietantes implicaciones. Durante mucho tiempo le atorment� esa pregunta. Finalmente dio con la respuesta: "zinrab" le recordaba un libro que hab�a comprado y le�do hac�a muchos a�os durante un viaje, y que le hab�a aterrado, atormentado, pero fascinado secretamente; se titulaba Princesa Zinraka. Era como una maldlci�n: todo lo relacionado con la estatuilla -el barniz, el azul, el verde, la sonrisa- significaba hostilidad, eran sin�nimos de torturas y venenos. �De qu� forma tan peculiar en otro tiempo Erwin, su amigo, hab�a sonre�do mientras pon�a el �dolo en su mano ! Una forma muy peculiar, muy significativa, muy hostil.

Frederick resisti� valientemente -y muchos, d�as no sin �xito- la tendencia obsesiva de sus pensamientos. Present�a el peligro claramente: �volverse loco! No, era mejor morir. La raz�n es necesaria, la vida no. Y se le ocurri� que quiz� eso era la magia, que Erwin, con la ayuda de aquella figura, le hab�a encantado en cierto modo, y que deber�a sucumbir en un sacrificio como el defensor de la raz�n y la ciencia contra aquellos funestos poderes, Sin embargo, de ser as!, si eso era posible, la magia exist�a, la hechicer�a exist�a. �No, mejor era morir!

Un doctor le recomend� paseos y ba�os. A veces, en busca de distracci�n, pasaba la noche en una posada. Pero no le sirvi� de nada. Maldec�a a Erwin y se maldec�a a s� mismo.

Una noche, como sol�a hacer ahora con frecuencia, se retir� temprano y estuvo inquieto en la cama, imposibilitado de dormir. Se sent�a indispuesto e intranquilo. Deseaba meditar, deseaba hallar tranquilidad, decirse cosas reconfortantes, tranquilizadoras, frases de recta serenidad y claridad. "Dos y dos son cuatro". Nada vino a su mente; en un estado casi de delirio musit� sonidos y s�labas para s�. Gradualmente las palabras se formaron en sus labios, y varias veces, sin comprender su ?significado, repiti� la misma frase para s�, como si hubiese tomado forma en �l de alg�n modo. La murmur� una y otra vez, como si absorbiese una droga, como si en ella buscase a tientas su camino hacia el sue�o que le elud�a en el estrecho sendero que bordeaba el abismo.

Pero s�bitamente, al levantar un poco la voz, las palabras que estaba musitando penetraron en su conciencia. Las conoc�a: "�S�, ahora est�s dentro de m�!" E instant�neamente comprendi�. �Supo lo que significaban, que se refer�an al �dolo de arcilla, que entonces, en aquella hora gris de la noche, se hab�a cumplido puntual y exactamente la profec�a que Erwin le hab�a hecho un espantoso d�a, que la figura que sostuvo desde�osamente en sus dedos ya no estaba fuera de �l sino dentro de �l! "Pues lo que est� fuera est� dentro".

Incorpor�ndose de un salto, experiment� como si le estuvieran haciendo una transfusi�n de hielo y fuego. El mundo vacilaba a su alrededor, los planetas le miraban fija y alocadamente. Encendi� la luz, se puso algunas ropas, abandon� su casa y corri� en plena noche hacia,la de Erwin. Vio una luz encendida en la ventana del estudio que conoc�a tan bien; la puerta de la casa ,estaba abierta: todo parec�a estar esper�ndole. Subi� precipitadamente la escalera. Penetr� con paso inseguro ,en el estudio de Erwin, y se apoy� con temblorosas manos sobre la mesa. Erwin se hallaba sentado junto a la l�mpara, bajo su suave luz, pensativo y sonriente.

Cort�smente Erwin se puso en pie.

-Has venido. Eso est� bien.

-�Has estado esper�ndome? ?pregunt� Frederick.

-He estado esper�ndote, como sabes, desde el momento en que te fuiste de aqu� con mi peque�o obsequio. �Ha sucedido lo que dije entonces?

-Ha sucedido -admiti�-. El �dolo est� dentro de m�. Ya no puedo soportarlo m�s.

-�Puedo ayudarte? -pregunt� Erwin.

-No Io s�. Haz lo que quieras. �Expl�came m�s acerca de tu magia. Dime si el �dolo puede salir de m� otra vez.

Erwin puso su mano sobre el hombro de su amigo. Le condujo hacia un sill�n y le oblig� a sentarse en �l. Luego dijo cordialmente, en un casi fraternal tono de voz:

-El �dolo saldr� de ti otra vez. Ten confianza en m�. Ten confianza en ti mismo. Has aprendido a creer en �l. �Ahora aprende a amarlo! Est� dentro de ti, pero contin�a muerto, es aun un fantasma para ti. �Despi�rtalo, h�blale, preg�ntale! �Pues es t� mismo! �No le odies, no le temas, no le atormentes! �C�mo has atormentado a ese pobre �dolo, que sin embargo eras t� mismo! �C�mo te has atormentado a ti mismo!

-�Es �se el camino de la magia? -pregunt� Frederick. Se hallaba profundamente hundido en el sill�n, como si hubiera envejecido, y su voz era d�bil.

-Ese es el camino -contest� Erwin-, y quiz� has dado ya el paso m�s dif�cil. Has hallado por experiencia que el fuera puede convertirse en el dentro. Has estado m�s all� del par de ant�tesis. �Te pereci� el infierno; aprende ahora amigo m�o, qu� es el cielo!. Porque es el cielo el que te espera. Mira, esto es la magia: intercambiar el fuera y el dentro o, no por el impulso, ni con la angustia, como t� lo has hecho, sino libremente, voluntariamente. Llama al pasado, llama al futuro: �ambos se hallan en ti! Hasta hoy has sido el esclavo del dentro. Aprende a ser su due�o. Eso es la magia

Extra�do de: "La M�quina del Tiempo".Una Revista literaria.

P�gina principal /  Inicio de p�gina

Hosted by www.Geocities.ws

1