Hab�a una vez
un hombre llamado Frederick; se dedicaba a tareas intelectuales y pose�a una
amplia extensi�n de conocimientos. Sin embargo, no todos los conocimientos
significaban lo mismo para �l, ni apreciaba cualquier actividad intelectual.
Ten�a preferencia por un cierto tipo de pensamiento, desde�ando y detestan.do
los otros. Sent�a un profundo amor y respeto por la l�gica -ese m�todo
admirable- y, en general, por lo que �l llamaba "ciencia"."Dos y dos son
cuatro -acostumbraba a decir-. Esto es lo que creo; y el hombre debe construir
su pensamiento sobre la base de esta verdad."
No ignoraba, sin duda, que
exist�an otras clases de pensamiento y cultura; pero no los consideraba como
"ciencia", y ten�a una pobre opini�n de ellos. Aunque librepensador, no era
intolerante con la religi�n. La religi�n estaba fundada en un t�cito acuerdo
entre cient�ficos. Durante varios siglos su ciencia hab�a abarcado casi todo lo
que exist�a sobre la tierra y era digno de conocerse, con una sola excepci�n: el
alma humana. Con el transcurso del tiempo, se convirti� en costumbre abandonar
esta materia a la religi�n, y permitir sus especulaciones sobre el alma, aunque
sin considerarlas seriamente. Seg�n esto, Frederick era tambi�n tolerante en lo
referente a la religi�n; no obstante, todo lo que significaba superstici�n le
era profundamente odioso y repugnante. Pueblos lejanos, incultos y retrasados
pod�an recurrir, a ella; en la remota antig�edad pod�a admitirse el pensamiento
m�stico o m�gico; pero con el nacimiento de la ciencia y de la l�gica esas
anticuadas' y dudosas herramientas carec�an de sentido.
Eso es lo que dec�a y
lo que pensaba. Cuando aIg�n vestigio de superstici�n aparec�a ante �l, se
encolerizaba Y sent�a como s� hubiese sido atacado por algo hostil.
No
obstante, lo que m�s le irritaba era hallar tales, vestigios entre hombres de su
propia clase, educados y versados en los principios del pensamiento cient�fico.
Y nada le era tan doloroso e intolerable como el concepto escandaloso -que hab�a
o�do recientemente formulado mulado y discutido incluso por hombres de gran
cultura-, la idea absurda de que el "pensamiento cient�fico" no era
posiblemente, un hecho supremo, independiente del tiempo, eterno, preordinado e
inexpugnable, sino s�lo uno de tantos, una transitoria manera de pensar, no
impenetrable al cambio y a la decadencia. Esa creencia irreverente, destructiva
y venenosa se extend�a; ni el propio Frederick era capaz de negarlo; hab�a
surgido al azar como resultado de la angustia originada en todo el mundo por la
guerra, la revoluci�n, y el hambre, a la manera de un aviso, como espiritual
escritura de una blanca mano sobre un blanco muro.
Mientras m�s sufr�a
Frederick por la existencia de esa idea y por lo profundamente que lograba
afligirle, m�s apasionadamente la atacaba, tanto a ella como a aqu�llos a
quienes sospechaba sus secretos defensores, Hasta entonces s�lo muy pocas
personas verdaderamente cultivadas hab�an proclamado abierta y francamente su fe
en la nueva doctrina, que parec�a destinada, de lograr difusi�n y fuerza, a
destruir todos los valores espirituales sobre la tierra y a provocar el caos.
Pero la situaci�n no hab�a llegado a�n a tal extremo, y los dispersos
mantenedores, eran tan pocos en n�mero, que cab�a considerarlos como casos
singulares y exc�ntricos, elementos peculiares. Pero una gota del veneno, una
emanaci�n de esa idea, pod�a ser percibida en cualquier momento. De un modo u
otro pod�an surgir entre el pueblo y los medios cultivados una serie de nuevas
doctrinas esot�ricas, con sus sectas y disc�pulos; el mundo estaba lleno de
ellas, por doquier se ve�a amenazado por la superstici�n, el misticismo, los
cultos espirituales, y otras fuerzas misteriosas, a las cuales era necesario
combatir, pero la ciencia, por un particular sentimiento de debilidad, les hab�a
concedido hasta el presente v�a libre.
Un d�a, Frederick visit� a uno de sus
amigos, con quien frecuentemente hab�a investigado, Hac�a alg�n tiempo desde la
�ltima vez que le vio. Mientras iba, subiendo por la escalera de la casa,
intent� recordar cu�ndo y d�nde hab�a estado por �ltima vez en compa��a de su
amigo, pero, aunque se enorgullec�a de su excelente memoria, no lo consegu�a.
Imperceptiblemente molesto y malhumorado, mientras aguardaba ante la puerta de
su amigo, intent� liberarse de esta sensaci�n.
Apenas hab�a saludado a Erwin,
su amigo, cuando .advirti� en su cordial semblante una cierta, aunque reprimida
sonrisa, que le pareci� advertir por primera vez. Apenas vio aquella sonrisa, en
cierto modo burlona u hostil pese a su apariencia amistosa; record�
inmediatamente lo que estuvo buscando infructuosamente en su memoria, su �ltimo
y anterior encuentro con Erwin. Record� que se hab�an separado sin haber
discutido, desde luego, pero con una sensaci�n de discordia interna y disgusto,
porque Erwin, hab�a prestado entonces muy escaso apoyo a sus ataques contra los
dominios de la superstici�n.
Era extra�o. �C�mo pod�a haber olvidado aquello
por completo? Comprendi� tambi�n que �sa era la �nica raz�n de haber evitado a
su amigo durante tanto tiempo, simplemente ese descontento, y que desde el
principio hab�a sido consciente de ello, aunque se invent� una multitud de
excusas para el repetido aplazamiento de esta visita.
Ahora se enfrentaban el
uno al otro; Frederick sinti� que la peque�a grieta de aquel d�a hab�a
experimentado un tremendo ensanchamiento. Intuy� que algo fallaba entre �l y
Erwin, que hasta entonces siempre estuvo presente, un aura de solidaridad, de
espont�nea comprensi�n de afecto incluso. Ahora exist�a un vac�o. Se saludaron;
hablaron del tiempo, de sus conocidos, de su salud y -Dios sabe por qu�- a cada
palabra Frederick tuvo la molesta sensaci�n de que no comprend�a bien a su
amigo, de que Erwin no le conoc�a realmente, de que sus palabras estaban errando
el blanco, de que no era posible hallar ninguna base com�n para una verdadera
conversaci�n. Con mayor motivo por cuanto Erwin exhib�a a�n en su rostro aquella
amistosa sonrisa, que Frederick estaba empezando casi a odiar.
Durante una
pausa en la laboriosa conversaci�n, Fredcrick mir� en tomo suyo al estudio que
conoc�a tan bien y vio una hoja de papel clavada con un alfiler en la pared.
Esta imagen le conmovi� extra�amente despertando antiguos recuerdos: hac�a mucho
tiempo, en su s a�os de estudiante, Erwin ten�a ese h�bito, a veces, para
conservar el dicho de un pensador o el verso de un, poeta frescos en su mente.
Se levant� y se dirigi� hacia la pared para leer el papel.
All�, en la bella
escritura de Erwin, ley� las siguientes palabras: "Nada est� fuera, nada est�
dentro; pues lo que est� fuera est� dentro".
P�lido, permaneci� inm�vil
durante un momento. �All� estaba! �Eso era lo que tem�a! En otra ocasi�n habr�a
ignorado aquella hoja de papel, la habr�a tolerado caritativamente como una
genialidad, como una debilidad inocente a la que cualquiera estaba expuesto,
quiz� como un fr�volo sentimentalismo que ped�a indulgencia. Pero ahora era
diferente. Sinti� que esas palabras no hab�an sido escritas, por un fugaz
impulso po�tico; no era por capricho que Erwin hubiera vuelto despu�s de tantos
a�os a la pr�ctica de su juventud. �Aquella frase era una confesi�n de
misticismo!
Lentamente se volvi� para mirarle al rostro, cuya sonrisa era de
nuevo radiante.
-�Expl�came esto! -exigi�.
Erwin hizo un gesto afirmativo
con la cabeza, lleno de amistad.
-�Nunca has le�do este
dicho?
-�Naturalmente! -grit� Frederick-. Claro que lo conozco. Es
misticismo, es gnosticismo. Quiz� sea po�tico, pero... �De todas formas,
expl�camelo, y dime por qu� lo has puesto en la pared!
-Con mucho gusto -dijo
Erwin-. El dicho es una primera introducci�n a una epistemolog�a que he estado
investigando �ltimamente, y que me ha proporcionado ya muchas
satisfacciones.
Frederick reprimi� su arrebato. Pregunt�:
-�Una nueva
epistemolog�a? �Qu� es? �C�mo se llama?
-�Oh -contest� Erwin-, �nicamente es
nueva para m�. Es ya muy antigua y venerable. Se llama magia.
La palabra
hab�a sido pronunciada. Asombrado y sobrecogido por tan c�ndida confesi�n,
Frederick, comprendi� con un estremecimiento, que se hallaba enfrentado cara a
cara con el archienemigo, en la persona de Erwin. No sab�a si estaba m�s cerca
de la rabia o de las l�grimas; le pose�a un amargo sentimiento de irreparable
p�rdida. Durante una larga pausa permanecio callado.
Luego, con tina
pretendida decisi�n en su voz, atac�:
-�As� que deseas ahora convertirte en
un mago?
-S� -contest� Erwin sin vacilar.
-Una especie de aprendiz de
brujo, �eh?
-Ciertamente.
Hubo tanta quietud que pod�a o�rse el tic?tac de
un reloj en la habitaci�n contigua.
Frederick agreg� despu�s:
-Esto
significa que abandonas toda relaci�n con la ciencia seria, y por lo tanto toda
relaci�n conmigo.
-Espero que no sea as� -Contest� Erwin-. Pero si no hay
otro remedio, �qu� puedo hacer?
-�Qu� puedes hacer? -estall� Frederick-.
�Toma, rompe, rompe de una vez por todas con esa puerilidad, con esa vil y
despreciable creencia en la magia� Eso puedes hacer, si deseas conservar mi
respeto.
Erwin sonri� un poco, aunque tambi�n su alegr�a se hab�a
desvanecido.
-Hablas como si... -Murmur�, tan suavemente que a trav�s de sus
quedas palabras la irritada voz de Frederick a�n parec�a resonar por toda la
habitaci�n-, hablas como si eso estuviese dentro de mi voluntad, como si me
quedara elecci�n, Frederick. No es �se el caso. No tengo, ninguna elecci�n. No
fui yo quien escogi� la magia: ella me escogi� a m�.
Frederick suspir�,
profundamente.
-Entonces, adi�s -dijo hastiadamente, y se levant�, sin
ofrecerle su mano.
-�As�,no� -exclam� Erwin-. No debes separarte de m� de ese
modo. Imagina que uno de nosotros yace en su lecho de muerte -�y en verdad que
as� es!-, y que debemos decirnos adi�s.
-�Pero qui�n de nosotros va a morir,
Erwin?
-Hoy probablemente yo, amigo m�o. Cualquiera que desee nacer de nuevo,
debe estar preparado para morir.
Una vez m�s Frederick se dirigi� a la hoja
de papel y ley� el dicho.
-Muy bien -admiti� al fin-. Tienes raz�n, no sirve
para nada separarnos con ira. Har� lo que deseas; imaginar� que uno de nosotros
se est� muriendo. Antes de irme, quiero pedirte una �ltima cosa.
-Me alegro
-repuso Erwin-. Dime, �qu� atenci�n puedo demostrarte en nuestra
despedida?
-Repito mi primera pregunta, y �sta es tambi�n mi petici�n:
expl�came ese dicho lo mejor que puedas.
Erwin reflexion� un momento y luego
dijo:
-Nada est� fuera, nada est� dentro. Conoces el significado religioso
de esto: Dios est� en todas partes.
Est� en el esp�ritu, y tambi�n en la
naturaleza. Todo es divino, porque Dios es todo. Antiguamente esto recib�a el
nombre de panteismo. En lo que concierne al significado filos�fico, estamos
acostumbrados a separar el dentro del fuera en nuestro pensamiento; sin embargo,
esto no es necesario. Nuestro esp�ritu es capaz de superar los l�mites que hemos
fijado para �l, en el M�s All�. M�s all� del par de ant�tesis que constituye
nuestro inundo, comienza un nuevo y diferente conocimiento... Pero, mi querido
amigo, debo confesarte que, desde que mi pensamiento ha cambiado, ya no existen
para m� palabras ambiguas ni dichos: cada palabra tiene decenas, centenares de
significados. Y ah� empieza lo que temes... la magia.
Frederick. frunci� las
cejas y estuvo a punto de interrumpirle. Pero Erwin le mir� de forma desarmante
y continu�, hablando m�s distintamente:
-D�jame darte un ejemplo. Ll�vate
algo m�o, cualquier objeto, y exam�nalo un poco de cuando en cuando. Pronto el
principio del dentro y el fuera te revelar� uno de sus muchos
significados.
Dio una ojeada en tomo a la habitaci�n, tom� una peque�a
estatuilla de arcilla de un anaquel, y se la dio a Frederick, diciendo:
-Toma
esto como regalo de despedida. �Cuando este objeto que coloco en tus manos cese
de estar fuera de ti y est� dentro de ti, ven a m� de nuevo! �Pero si permanece
fuera de ti, tal como est� ahora, para siempre, entonces esta separaci�n tuya de
m� ser� tambi�n para siempre!
Frederick quiso hablar todav�a, pero Erwin
tom� su mano, la estrech�, y se despidi� de �l con una expresi�n que no admit�a
r�plica.
Frederick se retir�; descendi� la escalera (�qu� largo le pareci� el
tiempo desde que la hab�a subido!); se dirigi� a trav�s de las calles a su casa,
perplejo y angustiado, con la peque�a figura de barro en la mano.
Se detuvo
frente a su morada, apret� fieramente el pu�o sobre la estatuilla durante un
momento, y sinti� un irresistible impulso de romper el rid�culo objeto contra el
suelo. Nunca se hab�a sentido tan agitado, tan movido por emociones
antag�nicas.
Busc� un lugar para el obsequio de su amigo, y puso la figura en
la parte superior de un estante de su librer�a. Por el momento la dej�
all�.
Ocasionalmente, seg�n fueron pasando los d�as, la mir�, meditando sobre
ella y sus or�genes, considerando el. significado que tan disparatado objeto iba
a tener, para �l. Se trataba de una peque�a figura que representaba un hombre, o
un dios, o un �dolo , con dos rostros, como el dios, romano Jano, modelada m�s
bien toscamente en arcilla y cubierta con un tostado y algo. cuarteado barniz.
La peque�a imagen ten�a un aspecto grosero e insignificante; no era desde luego
una obra griega o romana; probablemente se trataba del trabajo de alguna raza
inferior y primitiva de Africa o de los Mares del Sur. Los dos rostros, que eran
exactamente iguales, mostraban una sonrisa ap�tica, indolente y d�bilmente
burlona; el peque�o gnomo prodigaba su est�pida sonrisa de modo en especial
desagradable?.
Frederick no pudo acostumbrarse a la figura. Le resultaba
totalmente inest�tica y ofensiva, se interpon�a en su camino, le turbaba. Ya al
d�a siguiente la tom� para dejarla sobre la estufa, y pocos d�as despu�s la
traslad� a un aparador. Pero una y otra vez aparec�a en el campo, de su visi�n,
como si le estuviese imponiendo su presencia; se re�a de �l fr�a y
est�pidamente, se daba tono, exig�a atenci�n. Tras unas cuantas semanas la puso
en la antec�mara, entre las fotograf�as de Italia y los recuerdos triviales que
jam�s miraba nadie. Ahora, al menos, s�lo ve�a al !dolo al entrar o al salir
pasaba junto a �l r�pidamente, sin prestarle atenci�n. Pero, tambi�n all� el
objeto le fastidiaba, aunque no quiso admitirlo.
Con aquel juguete, con
aquella monstruosidad de dos caras, la vejaci�n y el tormento hab�an entrado en
su vida.
Un d�a, meses m�s tarde, regres� de un corto viaje. Emprend�a ahora
tales excursiones de cuando en cuando, como si algo le empujase secretamente.
Entr� en su casa, atraves� la antec�mara, fue saludado por la criada, y ley� las
cartas que le aguardaban. Pero segu�a intranquilo, como si hubiera olvidado algo
importante; ning�n libro te tentaba, ning�n sill�n era c�modo. Empez� a torturar
su mente, �cu�l era la causa? �Hab�a descuidado algo importante? �Comido algo
que pudiese trastornarle? Al reflexionar, descubri� que esta sensaci�n de
inquietud hab�a aparecido al entrar en el apartamento. Volvi� a la antec�mara e
involuntariamente su primera mirada busc� la figura de arcilla.
Un extra�o
terror se, apoder� de �l al no ver al �dolo. Hab�a desaparecido. No estaba. �Se
habla marchado caminando con sus peque�as piernas de barro? �Hab�a volado?
�Desapareci� por artes m�gicas?
Frederick recobr� la calma, y sonri� ante su
nerviosismo. Luego empez� a buscar tranquilamente por toda la habitaci�n. Al no
encontrar nada, llam� a la criada. Parec�a turbada, y admiti� en seguida que se
le hab�a ca�do el objeto mientras limpiaba.
-�D�nde est�?
Ya no estaba en
ninguna parte. Tan s�lido, como aparentaba ser el peque�o objeto; ella lo tuvo a
menudo en sus manos. Sin embargo, se hab�a roto en mil pedazos. Llev� los
fragmentos a un taller, donde simplemente se rieron de ella. Luego los hab�a
tirado.
Frederick despidi� a la criada. Sonri�. Se sent�a contento. �Qu� poco
le importaba el �dolo! La abominaci�n hab�a desaparecido; ahora tendr�a paz.
�Por qu� no habr�a deshecho el objeto a golpes desde el?primer d�a? �C�mo hab�a
sufrido todo aquel tiempo! �De qu� forma indolente, extra�a, astuta, perversa,
diab�lica le hab�a sonre�do el �dolo! Ahora que hab�a desaparecido, pod�a
admitir la verdad: hab�a temido verdadera y sinceramente a aquel dios de barro.
�No era el emblema �l s�mbolo de todo cuanto le era repugnante e intolerable de
todo cuanto reconoci� siempre como pernicioso, hostil, y digno de supresi�n, un
estandarte de todas las supersticiones, de todas Ias tinieblas, de toda coerci�n
de la conciencia y el esp�ritu? �No representaba horrible fuerza que se siente a
veces bramando en las entra�as de la tierra, ese lejano terremoto, esa pr�xima
extinci�n de la cultura, ese naciente caos? �No le hab�a robado aquella
despreciable figura a su mejor amigo, es m�s, no robado, sino convertido en
enemigo? Ahora el objeto hab�a desaparecido. Desvanecido. Roto en mil pedazos.
Acabado. Era mucho mejor que si lo hubiera destruido por s� mismo.
Eso pens�,
o dijo. Y volvi� a sus asuntos como antes.
Pero la maldici�n persisti�.
Justamente cuando habla conseguido acostumbrarse m�s o menos a aquella rid�cula
figura, precisamente cuando verla en su lugar habitual en la mesa de la
antec�mara se le hab�a hecho gradualmente familiar y nada importante, era cuando
su ausencia empez� a atormentarle. S�, la echaba a faltar cada vez que cruzaba
aquella estancia; ve�a constantemente el espacio vac�o donde hab�a estado, y el
vac�o emanaba de aquel lugar y llenaba la habitaci�n entera.
Malos d�as y
peores noches empezaron para Frederick. Ya no pod�a atravesar la antec�mara sin
pensar, en el �dolo de las dos caras, sin echarlo a faltar; sintiendo que sus
pensamientos estaban unidos a �l. Una, ag�nica obsesi�n creci� en su interior. Y
no era simple. mente al cruzar aquel cuarto cuando se sent�a prisionero de su
obsesi�n. De la misma forma en que el vac�o y la desolaci�n irradiaban del ahora
vac�o lugar en la mesa de la antec�mara, aquella idea obsesiva irradiaba dentro
de �l, empujaba todo lo dem�s a un lado, encon�ndole y llen�ndole de extra�eza y
desolaci�n.
Una y otra vez imagin� la figura con suma claridad, para
demostrarse a s� mismo lo absurdo de afligirse por su p�rdida. Pudo verla en
toda su est�pida fealdad y barbarie, con su vacua pero astuta sonrisa, con sus
dos caras; impulsado como por una coacci�n, lleno de odio y con la boca torcida,
se descubri� a s� mismo intentando reproducir aquella sonrisa. Le incomodaba la
duda de si las dos caras eran en realidad exactamente iguales. �No ten�a una de
ellas, quiz� simplemente por una peque�a aspereza o cuarteo en el barniz, una
expresi�n algo distinta? �Algo raro? �Algo enigm�tico? �Qu� peculiar era el
color de aquel barniz ! El verde, y el azul, y el gris, pero tambi�n el rojo, se
mezclaban en �l, un barniz que ahora hallaba a menudo en otros objetos, en una
reflexi�n del sol de la ventana o en los reflejos ,de un h�medo
pavimento.
Cavilaba mucho sobre aquel barniz, incluso por la noche. Le
extra�� igualmente lo extra�a. rara, malsonante, poco Familiar, casi maligna que
era la palabra "barniz". La analiz�; Reg� hasta invertir el orden de sus,
Jetras. Entonces lela "zinrab". Pero, �de d�nde demonios tomaba su sonido
aquella palabra? Conoc�a la palabra "zinrab", por supuesto que s�; adem�s, era
una palabra hostil y mala, una palabra con perversas e inquietantes
implicaciones. Durante mucho tiempo le atorment� esa pregunta. Finalmente dio
con la respuesta: "zinrab" le recordaba un libro que hab�a comprado y le�do
hac�a muchos a�os durante un viaje, y que le hab�a aterrado, atormentado, pero
fascinado secretamente; se titulaba Princesa Zinraka. Era como una maldlci�n:
todo lo relacionado con la estatuilla -el barniz, el azul, el verde, la sonrisa-
significaba hostilidad, eran sin�nimos de torturas y venenos. �De qu� forma tan
peculiar en otro tiempo Erwin, su amigo, hab�a sonre�do mientras pon�a el �dolo
en su mano ! Una forma muy peculiar, muy significativa, muy hostil.
Frederick
resisti� valientemente -y muchos, d�as no sin �xito- la tendencia obsesiva de
sus pensamientos. Present�a el peligro claramente: �volverse loco! No, era mejor
morir. La raz�n es necesaria, la vida no. Y se le ocurri� que quiz� eso era la
magia, que Erwin, con la ayuda de aquella figura, le hab�a encantado en cierto
modo, y que deber�a sucumbir en un sacrificio como el defensor de la raz�n y la
ciencia contra aquellos funestos poderes, Sin embargo, de ser as!, si eso era
posible, la magia exist�a, la hechicer�a exist�a. �No, mejor era morir!
Un
doctor le recomend� paseos y ba�os. A veces, en busca de distracci�n, pasaba la
noche en una posada. Pero no le sirvi� de nada. Maldec�a a Erwin y se maldec�a a
s� mismo.
Una noche, como sol�a hacer ahora con frecuencia, se retir�
temprano y estuvo inquieto en la cama, imposibilitado de dormir. Se sent�a
indispuesto e intranquilo. Deseaba meditar, deseaba hallar tranquilidad, decirse
cosas reconfortantes, tranquilizadoras, frases de recta serenidad y claridad.
"Dos y dos son cuatro". Nada vino a su mente; en un estado casi de delirio
musit� sonidos y s�labas para s�. Gradualmente las palabras se formaron en sus
labios, y varias veces, sin comprender su ?significado, repiti� la misma frase
para s�, como si hubiese tomado forma en �l de alg�n modo. La murmur� una y otra
vez, como si absorbiese una droga, como si en ella buscase a tientas su camino
hacia el sue�o que le elud�a en el estrecho sendero que bordeaba el
abismo.
Pero s�bitamente, al levantar un poco la voz, las palabras que estaba
musitando penetraron en su conciencia. Las conoc�a: "�S�, ahora est�s dentro de
m�!" E instant�neamente comprendi�. �Supo lo que significaban, que se refer�an
al �dolo de arcilla, que entonces, en aquella hora gris de la noche, se hab�a
cumplido puntual y exactamente la profec�a que Erwin le hab�a hecho un espantoso
d�a, que la figura que sostuvo desde�osamente en sus dedos ya no estaba fuera de
�l sino dentro de �l! "Pues lo que est� fuera est� dentro".
Incorpor�ndose de
un salto, experiment� como si le estuvieran haciendo una transfusi�n de hielo y
fuego. El mundo vacilaba a su alrededor, los planetas le miraban fija y
alocadamente. Encendi� la luz, se puso algunas ropas, abandon� su casa y corri�
en plena noche hacia,la de Erwin. Vio una luz encendida en la ventana del
estudio que conoc�a tan bien; la puerta de la casa ,estaba abierta: todo parec�a
estar esper�ndole. Subi� precipitadamente la escalera. Penetr� con paso inseguro
,en el estudio de Erwin, y se apoy� con temblorosas manos sobre la mesa. Erwin
se hallaba sentado junto a la l�mpara, bajo su suave luz, pensativo y
sonriente.
Cort�smente Erwin se puso en pie.
-Has venido. Eso est�
bien.
-�Has estado esper�ndome? ?pregunt� Frederick.
-He estado
esper�ndote, como sabes, desde el momento en que te fuiste de aqu� con mi
peque�o obsequio. �Ha sucedido lo que dije entonces?
-Ha sucedido -admiti�-.
El �dolo est� dentro de m�. Ya no puedo soportarlo m�s.
-�Puedo ayudarte?
-pregunt� Erwin.
-No Io s�. Haz lo que quieras. �Expl�came m�s acerca de tu
magia. Dime si el �dolo puede salir de m� otra vez.
Erwin puso su mano sobre
el hombro de su amigo. Le condujo hacia un sill�n y le oblig� a sentarse en �l.
Luego dijo cordialmente, en un casi fraternal tono de voz:
-El �dolo saldr�
de ti otra vez. Ten confianza en m�. Ten confianza en ti mismo. Has aprendido a
creer en �l. �Ahora aprende a amarlo! Est� dentro de ti, pero contin�a muerto,
es aun un fantasma para ti. �Despi�rtalo, h�blale, preg�ntale! �Pues es t�
mismo! �No le odies, no le temas, no le atormentes! �C�mo has atormentado a ese
pobre �dolo, que sin embargo eras t� mismo! �C�mo te has atormentado a ti
mismo!
-�Es �se el camino de la magia? -pregunt� Frederick. Se hallaba
profundamente hundido en el sill�n, como si hubiera envejecido, y su voz era
d�bil.
-Ese es el camino -contest� Erwin-, y quiz� has dado ya el paso m�s
dif�cil. Has hallado por experiencia que el fuera puede convertirse en el
dentro. Has estado m�s all� del par de ant�tesis. �Te pereci� el infierno;
aprende ahora amigo m�o, qu� es el cielo!. Porque es el cielo el que te espera.
Mira, esto es la magia: intercambiar el fuera y el dentro o, no por el impulso,
ni con la angustia, como t� lo has hecho, sino libremente, voluntariamente.
Llama al pasado, llama al futuro: �ambos se hallan en ti! Hasta hoy has sido el
esclavo del dentro. Aprende a ser su due�o. Eso es la magia