De uno de
los m�s recientes suicidios en los �ltimos a�os no se conocer�a la verdadera
historia si yo no tuviese el vicio de andar en busca de los raros con la
esperanza -casi siempre superflua- de hallarme con un grande.Todos nosotros
sabemos, qu� defectuosas son las estad�sticas -digo a prop�sito defectuosas en
�l sentido de insuficientes. Aunque algunos equilibrados vegetantes lamenten con
cara de pavor el crecimiento continuo de las muertes voluntarias, s� bien, por
mi parte, que no todas son registradas. Entre los enfermos y los aparentes
asesinados, los suicidas menudean. Constituyen, quiz�s, la mayor�a. Algo me
impulsa casi a decir que cada muerte es voluntaria. Pero �c�mo? �De qu� manera?
�Ay de m�! �De maneras comunes, vulgares, vulgar�simas! Falta de sabidur�a,
falta de voluntad .-pocos son los que prev�n y pueden-: un arrojarse al
encuentro del destino casi como p�jaros dentro de la serpiente o locos -en la
hoguera. Hombres que no han querido vivir y han preferido el breve presente al
largo y cierto porvenir. Leopardi aprobar�a: pero qui�n puede negar que �sas,
son vidas truncadas?.
El suicidio cuyo misterio he sabido no se parece a
ninguno de los conocidos hasta ahora. Ni la historia ni la cr�nica nos hablan de
otro parecido o igual.
Era dif�cil encontrar un medio no utilizado por
ninguno. Todos los expedientes menos obvios fueron descubiertos y utilizados:
cada tanto los diarios, hartos ya desde hace mucho de los habituales
pistoletazos y los cotidianos envenenamientos, exponen alguno, como variedad
curiosa, para hacer sonre�r agradablemente al lector optimista. Y sin embargo �l
lo encontr� y lo practic�. Conoc� al futuro suicida de una manera curiosa. (Debo
advertir que de las personas que me han sido presentadas habitualmente no
extraje nunca nada de extraordinario). Hurgaba una ma�ana en un quiosco
ambulante de libros viejos cuando cay� en mis manos el primer volumen de la
traducci�n francesa de Los demonios, de Dostoievsky. Lo habla le�do hac�a ya
mucho tiempo y varias veces; adem�s, era el primer tomo solamente y no ten�a,
por ello, ninguna intenci�n de comprarlo. Pero sin saber c�mo empec� a hojearlo
e instintivamente di en las p�ginas en las que el ingeniero Kiriloff expone con
tanta simpleza sus ideas sobre el suicidio. Hab�a notado ya en los m�rgenes
marcas violentas de l�piz rojo pero aqu� se hallaban incluso anotaciones.'
Estaban escritas con l�piz negro y eran borrosas. Sin embargo, las descifr�.
"As� no. -Est� bien: es necesario superar el temor de la muerte y por lo tanto
prepararse para ultimarnos, pero no ,as�. -El suicidio con las manos: cosa de
carniceros. No se llega... -Tener presente la idea de mi m�todo. Es necesario
negar, destruir la vida por s� mismo, poco a poco, no destrozar el cuerpo de
golpe: es est�pido..."
Estas pocas l�neas, escritas a lo largo de los
m�rgenes, excitaron mi curiosidad como no me ocurr�a desde hac�a
mucho.
�Qui�n pod�a ser el que habla escrito tales palabras? �Y cu�l era su
m�todo, su muerte sin morir? Segu� nerviosamente hojeando el volumen. Me
sorprend�: sobre la guarda inicial se hallaba: lo que estaba buscando: un sello
-uno de esos horribles sellos Violetas de uso comercial- con un nombre, un
apellido y una direcci�n.
Otton� Kressler
Via delle Ruote, 25. 1� piso
Di unas
monedas al librero y me fui de prisa a casa con el libro en el bolsillo. No bien
estuve en mi cuarto lo examin� detenidamente: hab�a otras notas pero no
agregaban nada m�s extra�o a los que ya hab�a le�do antes. Eran suficientes
aquellas, sin embargo, para que no tuviese paz, hasta que no hubiera encontrado
-al due�o del libro. �Pero habr�a sido �l el autor de las notas? Y ese nombre
alem�n del sello, �seria el del �ltimo due�o, y el del misterioso glosador? Y si
fuera �l, vivir�a siempre en la misma casa?, por m�s conjeturas que hiciera, no
hab�a otra soluci�n que ir tras ese hilo -el �nico. No pod�a estar como sobre
ascuas. Retom� el libro y el sombrero y volv� a salir.
En pocos minutos
-tengo las piernas largas y la prisa de los nerviosos- llegu� al n�mero
veinticinco de Via delle Ruote.
Llam� a la portezuela sucia de la calle. Una
puerta interior se abri�:
-�Qui�n es?
Era una voz de ni�o. En efecto, una
vez que, sub� dos tramos de escalera, vi en el vano a una muchachita p�lida de
delantal rojo y pies descalzos:
-�A qui�n busca?
-�Vive siempre aqu� el
se�or Ottone Kressler?
La chica abri� los ojos y pens�.. Luego, de
pronto:
-�Mam�! �Mam�! Ven.
Se adelant� una mujercita de unos cuarenta
a�os, rostro despectivo y socia corno la hija. Me mir� mal:
-�Qu�,
deseaba?
Repet� el nombre. Advert� que mi pregunta no fe, produc�a placer
alguno.
-�Lo conoce? -pregunt�, recelosa.
-No lo conozco, pero tengo
necesidad de verlo inmediatamente, por negados.
La mujer estaba dudosa, pero
predomin� el temor,
-No vive m�s con nosotros El lo hizo tres meses que se
fue.
-�Y d�nde est� ahora?
-No lo s�.
-�De veras? �Y no hay nadie que
pueda saberlo?
-Intente con el vinero vecino y pregunte por Cechino El le
recib�a las cartas.
Salud� y baj�, Hab�a, a dos pasos de la casa, una de
aquellas viner�as de visillos rojos, color de sangre sucia y de vino malo, con
un botell�n pintado sobre el cartel a la izquierda, Entre. �Qu� tufo! Por suerte
no hab�a nadie, ni siquiera un parroquiano al mostrador.
-�No hay nadie aqu�?
-llam� en voz alta.
O� en la penumbra del fondo un revolver de paja y de
taburetes y vino a mi encuentro una mujer con el rostro encendido que me mir� de
pies a cabeza entre confusa y amenazante.
-�Hay gente! -grit� sin
aproximarse.
Detr�s de ella surgi� de entre las tinieblas un jovenzuelo rubio
de delantal azul turqu� arrollado en torno de la cintura:
-�Qu�
deseaba?
-Disculpe, �es usted Cecchino?
-S�, soy yo,
-�Conoc�a a un
se�or Ottone Kressler, que viv�a ac� al lado?
-Claro que s�. Pero se ha
ido.
-�Y d�nde est�?
Comprend� que tampoco �l ten�a deseo alguno de
contestarme. Me mir� fijamente y luego me dijo en voz baja:
-Perd�n, no es
por nada, pero �qu� se gana con eso? Porque, a decir verdad, es un pobre
desgraciado y ni siquiera �l sabe lo que hace. Ha dejado muchas deudas de poca
monta entre los vecinos y me parecer�a un pecado mandarle otro acreedor m�s.
Nunca delat� a nadie, Dios mediante, y vivir, vivo lo mismo...
-Se equivoca:
no necesito nada de �l. Antes bien, acaso pueda darle algo y necesito verlo por
un asunto muy importante... No lo he visto nunca hasta ahora.
-Mire, no le
har� mucho caso. �Si viera que tipo c�mico es! Y parece como si no recordara
nada ni le importara nada de nada. A veces suele hablar de s� mismo... Pero sin
embargo es un buen muchacho y cuando tiene, no es estirado como
tantos.
-Escuche: me dijeron que usted sabe d�nde vive ahora; d�gamelo. Me
har� un bien a mi y tambi�n a �l.
El jovencito me mir� de nuevo fijamente;
fuego, sea porque se persuadi� de que yo no era ni polic�a ni acreedor, sea
porque le importase poco el secreto, me dijo:
-Si no lo llevaron al hospital
en estos d�as est� en Via della Stufa N� 2.
Agradec� y sal�
r�pidamente.
De Via delle Ruote a Via della Stufa no hay mucha distancia y
llegu� sin darme cuenta.
El n�mero dos correspond�a a uno de aquellos viejos
palacios florentinos de mil cuatrocientos o mil quinientos, con ventanales de
arco redondo ornados de sillares r�sticos en piedra marm�rea y con la galer�a
?�tapiada!? en lo alto. Algo descascarado y bastante sucio; ventanas
semitapiadas, signos de envilecimiento en todas partes.
Hab�a un
portero remend�n que sin alzar la cabeza del zapato y sin gesto alguno de
sorpresa contest� a mi pregunta:
-En el �ltimo piso, a la derecha.
Sub� la
escalinata deshonrada por escupitajos y telara�as vez arriba, llam�. Apareci�
otra chiquilla. El se�or Kressler estaba en casa y me recibi� en el umbral de su
cuarto. Quiz�s olvidar� al pasar de los a�os su figura, pero hasta este momento
la conservo n�tida, intacta y profundamente grabada en mi mente.
Ottone
Kressler era, como me lo imaginaba, alto y enjuto. Su rostro alargado y estrecho
como si le hubiesen comprimido a la fuerza las mejillas cuando ni�o parec�a la
caricatura de una aparici�n hoffmanniana. Orbitas profundas, incre�blemente
profundas, con dos resplandores en el fondo; nariz larga, curva, espiritual;
boca sinuosa pero no de expresi�n femenina y voluptuosa sino sarc�stica y
amarga; dientes caballunos; ment�n casi en punta. La cara, afeitada, era
totalmente roja, pero no de ese rojo sano y natural que se ve en la plenitud de
las mejillas sino de un rojo oscuro, como de sangre revuelta, que invad�a todo
hasta llegar al cuello. Estaba mal vestido y llevaba un sobretodo gris apagado y
un sombrerete en la cabeza como si estuviera por salir.
Mi exaltaci�n por
verlo habla sido tan grande que no pens� en las primeras palabras que le dir�a,
en una excusa razonable de mi visita, Mientras me aproximaba no sab�a que
decirle. La necesidad me decidi� por la franqueza.
-�Es usted el se�or
Kressler?
El joven indic� que s�. Necesitar�a hablarle inmediatamente.
Me
se�al� su cuarto y entr�. Era una habitaci�n grande y casi vac�a que daba a los
tejados. Sobre un largo caj�n de embalaje estaba tirado un colch�n y sobre el
colch�n una alfombra y una almohada. No hab�a sillas: s�lo un sill�n de junco.
Sobre la pared, suspendidas con cordeles, tablas cargadas de libros y en un
rinc�n un atril de m�sica, grande y negro, y, por lo que pude apreciar, de
s�lida y antigua fabricaci�n. Kressler indic� el sill�n y se sent� sobre el
falso lecho, mir�ndome silenciosamente a los ojos como si esperase de m� todo el
gasto de la conversaci�n.
No perd� mi coraje: extraje del bolsillo el volumen
de Dostoievski y se lo alcanc�.
-�Es suyo este libro?
-Era m�o hace un
tiempo. Me lo llevaron con otros libros en la casa donde viv�a y vendieron todo
para cobrarse. El segundo tomo lo tengo todav�a. La due�a era
ignorante...
-�Y esta nota marginal es suya? -agregu� indic�ndole las l�neas
manuscritas junto al p�rrafo de Kiriloff.
-Es m�a. Pero �por qu�?
El se�or
Kressler era muy tranquilo y parec�a insensible a la extravagancia de mi visita
y de mis preguntas.
-Porque -lo
interrump� abruptamente-, por que he le�do estas palabras y vi en ellas la
alusi�n a un m�todo, a un m�todo nuevo de muerte, a una muerte sin manos, a un
suicidio superior. Me ocupo mucho de esto y tengo algunas ideas... Busco a todos
aquellos que sienten la responsabilidad de la elecci�n y no se deciden a una
salida por una puerta cualquiera. He venido para que me diga si este m�todo
existe, si verdaderamente usted ha encontrado algo y si este algo se
realizar�...
A medida que hablaba, mi oyente iba perdiendo algo de su calma.
Desde el fondo de las �rbitas las pupilas se acercaban hacia m� y cada ojo sal�a
de su cuenca como un animal que se asoma a la boca de su cueva.
-S�, s�...
�Es as� -exclam�- �Puede ser posible que alguien piense seriamente en esto? �Y
en Italia! �Usted vino a verme por el problema de la verdadera
muerte?
-Solamente por esto.
El se�or Kressler se levant�. Parec�a
conmovido. Su mano busc� y estrech� la m�a. Tuve que decirle mi nombre. Vi
reflejado en su rostro el deseo de abrazarme.
-Podr�amos conversar ahora
-agregu�-. Pero, �usted sal�a?
-No, de ning�n modo. Estoy vestido siempre
as�, incluso en casa. No me gusta desvestirme. Con mucho gusto podemos hablar
ahora, en seguida, cuando quiera. Le contar� todo, le dir� lo que usted desea.
Antes de morir, la idea ser� suya. Transfusi�n y comunicaci�n: no lo hab�a
pensado, no ten�a a nadie. �Tantas orejas, pero qu� pocos cerebros! �Y luego,
aqu�! Quiz�s en Alemania... Pero no puedo volver: �la miseria! �Mire esto!
Y
me se�alaba la estancia vac�a, las vigas del cielo raso, los vidrios de las
ventanas rotos, emparchados con tiras de papel.
-�Quiere saber mi historia?
�Pero si mi historia comienza ahora! El primer cap�tulo de mi vida ser� el
�ltimo y el epitafio puede servir tambi�n como t�tulo. Tengo apellido alem�n: mi
padre era b�varo; y .emigr� a Italia. Pero mi madre es italiana y vive todav�a y
no comprende nada -como todas las madres. Hac�a como de empleado o escribiente
en un comercio de m�quinas. Mi padre era un hombre moderno, de la era
industrial, y con alg�n toque a lo Bismarck. Cretino, por lo dem�s, y empeorado
por Goethe y el Chianti, al que se hab�a aficionado en los �ltimos a�os. Yo
escrib�a, copiaba, sumaba y siempre estaba en mi la idea de la vida. Historia
vulgar: usted lo sabr� de memoria. �Qu� es? �Por qu�? �A d�nde vamos? �Vale la
pena vivir? etc�tera, etc�tera. Al anochecer, en vez de salir, lela o preguntaba
a todos los libros aquello que ning�n hombre dec�a. Quer�a la vida, la m�s
grande y hermosa vida posible y no la ve�a a mi alrededor, ni siquiera en
aquellos que, seg�n los dem�s, estaban bien. Y los ideales de los fil�sofos no
me persuad�an. Trat� de seguirlos, uno tras otro, pero fue una carrera de
esperanzas abofeteadas. Y sin embargo, sin un punto de apoyo metaf�sico,
racional, no sab�a vivir. Me parec�a ser m�s despreciable que los perros que
comen de limosna, pasean con bozal y orinan en todas las esquinas. Dej� el
empleo y como consecuencia deb� separarme de mi familia. Recorr� el mundo a pie,
casi sin dinero; ped�a hospitalidad o daba lecciones donde pod�a. Fui arrestado
dos veces pero liberado a los pocos d�as. Llegu� a Alemania: ten�a nostalgia de
la -patria desconocida. Caminaba poco cada d�a. No bien encontraba un buen lugar
me deten�a y me tiraba sobre la hierba, en los campos, sobre los bancos de
piedra de las peque�as ciudades tranquilas. Llegaba la noche, surg�an las
estrellas, pensaba, dorm�a. Com�a poco; beb�a en las fuentes, con la boca en los
pozos o en las zanjas; dorm�a como pod�a, en caba�as o en las casas de los
pobres. Y pensaba, pensaba siempre. Pensaba hasta durmiendo. Conoc�a o adivinaba
todas las respuestas a esas preguntas, y sin embargo la luz me lleg� de otro, de
un cura. Era un cura viejo que encontr� un d�a frente a una iglesia campesina
Iba caminando al azar por el prado con la cabeza inclinada y me vio tan cansado
y triste que me salud� y pregunt� si quer�a. beber. Comenzamos a conversar. Le
cont� algunas de mis dudas, de mis b�squedas, de mis inquietudes. Y entonces
escuch� las palabras que despertaron de pronto mi mente:
"�Pero no comprende
que el sentido de la vida est� en la muerte y solamente en la muerte? �S�lo el
que quiera morir, el que est� ya muerto en esta vida desde ahora, s�lo �ste
gozar� y saborear� y conocer� la vida!"
"Quiz�s estas palabras eran el eco de
alg�n lugar com�n asc�tico y carentes, para �l, de todo significado profundo.
Quiz�s las extrajo de alg�n breviario eclesi�stico, de donde las habla copiado
en el seminario, por su apariencia de santa paradoja. No lo s�; para mi fueron
el descubrimiento, la iluminaci�n, el principio de la nueva existencia.
"Esa
misma noche, en la casa parroquial -adonde el cura me habla invitado a comer y a
dormir- las analic� y las trastoqu� en todo sentido, las ilumin� con todas las
luces de mi pensamiento y desenmara�� lo que pod�an contener y m�s todav�a. Hoy
esas verdades me son de tal modo familiares que no s� ya casi qu� hacer con
ellas y si ahora las recuerdo es para informarle a usted: �pero entonces! Que el
secreto de la vida se halle en la muerte era algo que siempre hab�a sospechado,
pero en un sentido negativo y f�sico y al mismo tiempo tan, arriesgadamente
trascendental y fide�stico que mi mente no hab�a querido analizarlo a ning�n
costo. Un pistoletazo: �bum! y luego la luz, la grande, la eterna, la definitiva
luz. �Puede ser! �Quiz�s! �Y si luego no fuese? El pr�ncipe Hamlet no era, por
m�s que digan, un imb�cil.
"Pero en las palabras del cura campesino habla
algo m�s, no ya la ruptura brutal e instant�nea del cerebro, de la circulaci�n,
etc�tera, para hundirse en el mar esperanzado de las posibilidades sino la
muerte en la vida, la realizaci�n presente, actual, inmediata del estado de
muerte en el estado de vida.
"�No comprende?"
Y el se�or Kressler call� un
momento mir�ndome desde el fondo de sus cuencas iluminadas. No supe qu�
contestarle en ese instante y en la pausa de silencio que sigui� se oy� que la
puerta se abr�a bruscamente. Apareci� un hombre bajo, l�vido, en mangas de
camisa -un hombre vulgar�simo que inconteniblemente me evoc� la imagen de un
zapatero vicioso-, el que nos contempl� a los dos con arrogancia. No bien lo
vio, Kressler se levant�, corri� hacia �l y sali� cerrando la puerta detr�s de
s�. Inmediatamente estallaron gritos y blasfemias y pu�etazos sobre las mesas y
ruidos de sillas arrojadas al suelo... No comprend� una palabra: un confuso
zumbar de rabia plebeya ocupaba penosamente la casa. Luego de tres o cuatro
minutos de silencio, Kressler volvi� a abrir la puerta y nuevamente se arroj�
sobre el caj�n. Ten�a la cara algo m�s p�lida y de un largo ara�azo sobre la
frente, justo sobre la ceja izquierda, descend�an gruesas gotas de sangre oscura
y densa. El extra�o hombre tom� el pa�uelo, se lo apret� sobre la peque�a herida
y murmur� como una excusa:
?Quieren echarme de cualquier manera... No tendr�n
que esperar mucho...
Advert� que si yo no hubiese estado all� se habr�a
echado a llorar. Aquella escena imprevista y enigm�tica me hab�a consternado: me
levant� para irme. Al notarlo, Kressler se levant� tambi�n y me tendi� la mano.
Olvid� en ese momento mi preocupaci�n y sin pedirlo m�s le dije dos o tres
palabras de despedida y sal�.
Una vez lejos de la casa y de la calle mir� a
mi alrededor como si me hubiera despertado entonces de un sue�o. La noche se
acercaba: todas las cosas ten�an ese aspecto espiritual e indeciso que sucede a
la puesta del sol y las hace parecer como iluminadas interiormente. Los
comercios se volv�an amarillos y blancos bajo los �ltimos resplandores; en las
calles todav�a no oscurecidas las sombras humanas corr�an m�s veloces pero sin
ruido. El profundo sentido de la repetida e infinita inutilidad de todo
esfuerzo, que vuelve al finalizar cada muerte del sol como maldici�n del
anochecer, penetraba quiz�s, hasta en el �nimo de los carreteros silenciosos y
de las muchachas furtivas. Caminaba lento y pensativo, siempre avanzando, sin
saber d�nde detenerme, tratando de recordar sus facciones y sus palabras como si
las hubiese visto y escuchado mucho tiempo antes. Pero todo me distra�a: la
mirada de una mujer, la blasfemia de un muchacho, el cartel luminoso de un
teatro. Y cada toque de campana me hac�a estremecer: y las memorias y las
nostalgias oscilaban a porf�a pero fatigadas en la oscuridad tumultuosa de mi
mente.
De improviso, son� a mi lado una voz:
-Por aqu�, por aqu�.
Estaremos m�s solos.
Me volv�: era Kressler. Kressler, vestido tal como lo
hab�a hallado en su casa, que me miraba como si nada hubiese ocurrido. Me tom�
del brazo y lo acompa��. Hab�a salido tras de m� y me habla seguido. March�bamos
hacia el r�o: al fondo del horizonte se vela a�n una raya recta, casi blanca.
Las llamas amarillas en doble fila tremolaban a lo largo de la corriente
tranquila.
Kressler retom� la palabra:
-Creo que usted ya lo ha
comprendido.
Yo entend� todo inmediatamente, la primera noche. Observe que
las palabras del cura no hablan sino de un caso especial de una ley que yo creo
y estimo universal. �No solamente el secreto de la vida est� en la muerte sino
que el secreto de la luz est� en las tinieblas, el secreto del bien est� en el
mal, el secreto de la verdad est� en el error, el secreto del s� se encuentra en
el no! Y entonces, cada Fausto que desea vivir, cada alma �vida que quiere
abrazar la vida como se abraza a una amante para sentirla toda, para besarla
toda, para gozarla toda debe prepararse para morir, debe meterse dentro de la
muerte. Si nosotros logramos en alg�n momento, vivir intensamente es porque la
vida es un lento morir y porque cada voluntad es uno de los tantos
estremecimientos y estertores de esta larga agon�a.
"Desde ese d�a yo decid�
renunciar a la vida, hacerme un alma de muerto, morir r�pidamente. Pero no de
pronto ni con medios externos y materiales. Ser ya un cad�ver antes que fuese
necesario el sepelio- y suicidarse de modo que la muerte parezca natural e
involuntaria. He aqu� mi descubrimiento: matarse con la voluntad, con la propia
alma y no con las armas, no con las manos, no con venenos. Morir a fuerza de
pensar en querer morir. Eso es lo que estoy haciendo. Esto es lo que quer�a
saber de m�. �Est� contento?
Lo mir� asombrado porque pronunci� estas �ltimas
palabras casi en un tono de rabia despreciativa. Pero en seguida agreg�:
"No
se preocupe: la muerte todav�a no est� completa. La verdad es que el suicidio
como se practica hoy y se ha practicado siempre me produce repulsi�n. Esa sangre
de los cuchillos, esas contorsiones de los venenos, esos descuartizamientos de
las ca�das, esos pistoletazos me han parecido siempre algo bajo, brutal,
carnicero, innoble. �Por qu� destruir la obra maestra de nuestro cuerpo con
semejantes tajos brutales y anegar la nobleza del alma en esas matanzas
repugnantes? El alma lo puede todo, el alma es todo, la voluntad es se�ora del
mundo. Basta con querer morir, pero quererlo seriamente, fuertemente,
constantemente, y la muerte poco a poco se instala en nosotros y nos penetra tan
enteramente que un soplo solo, despu�s, nos puede derribar. Y querer, en este
caso, significa no querer. Para vivir queremos continuamente y para morir es
necesario querer siempre menos y querer solamente no querer. La vida entera est�
hecha de esfuerzos: no esforz�ndose m�s, por nada, de ninguna manera, la vida se
vac�a y se desinfla por s� misma, y la aceptaci�n del todo y la renuncia del
todo se equivalen, se funden, son una sola cosa. Dif�cil es querer pero m�s
dif�cil, sin parang�n, es el no querer m�s. A�n no lo he logrado. Me estoy
matando cada d�a y cada hora pero de ?tanto en tanto, cuando menos lo espero, el
instinto demoniaco de la resistencia y el impulso loco del deseo vuelven a salir
a flote y me empujan hacia atr�s, entre los vivos, entre todos.
"Pero, ahora
estoy m�s cerca de la muerte, y por lo mismo, de la felicidad, entre tantos que
buscan en la vida lo que la vida no podr� dar nunca. Apenas haya muerto, la vida
volver� a cogerme como a su hijo preferido y no me ser� negado nada de lo que el
sol ilumina y colora. Y ahora, ya mismo, saboreo de antemano est�s alegr�as.
Para los dem�s, no significa nada -no como, no leo, no me divierto, no amo, no
juego, no gano dinero: estoy ya semimuerto. Apenas si respiro y me muevo... Y
?sin embargo, no dar�a estos d�as por todas las hermosas mujeres de Londres y
todas las cajas fuertes de Am�rica, Lo que para los otros es el cielo para m� es
una ventana, y toda la tierra, con sus oc�anos, es un pelda�o sobre una torre y
nada m�s, y en el silencio de la noche las m�sicas que llegan a mi o�do son m�s
voluptuosamente dolorosas que las de Chopin y m�s m�sticamente solemnes que las
de Bach. Ninguna mujer puede ser tan perfecta como aquella que me ama en mi
pensamiento y que creo cada d�a, de la cabeza a los pies, como el buen Dios de
la Biblia, y todos los sistemas y los conceptos de los profundos man�acos que
usted y yo conocemos son aros de papel y cometas sin hilo frente al dominio
directo de la realidad fuera de las rejas del espacio y de las horas del
tiempo..."
Kressler call� de pronto, como antes, cuando el hombre amenazante
hab�a aparecido en el vano de la puerta. Mir� a su alrededor tratando de escapar
a mi mirada. Me pareci� que se arrepent�a de haberme hablado y que casi se
avergonzaba.
-D�me su direcci�n -agreg�-; le avisar� cuando sea llegado el
momento. No venga m�s a visitarme.
Le di mi tarjeta y nos separamos
fr�amente. - No he visto nunca cara m�s triste que la suya en aquel
anochecer.
Durante cuatro meses no supe nada de �l. Hace pocas semanas una
mujer vino a buscarme de parte suya.
-�Qu� pasa? -pregunt�- �Est� mal? �Se
muere?
-Parece que s�.
Corr� a Via della Stufa. Lo hall� en una aut�ntica
cama y entre las s�banas. Una se�ora vieja estaba sentada junto a �l y lo
miraba. Habla enflaquecido m�s pero el rojo oscuro del rostro no hab�a sido
cubierto por la palidez final. Me acerqu� al lecho.
-Yo ten�a raz�n -me
susurr� en voz baja-; he logrado el descubrimiento. La voluntad ha sido vencida.
Estoy muerto ya. Dentro de pocas horas o pocos d�as la �ltima apariencia de vida
cesar�... Nadie me ha matado... Yo solo... sin las manos... �Qu� felicidad!
Ninguna lengua humana podr�a decir.. estoy muerto... yo mismo me he matado...
basta con quererlo... -cualquiera puede imitarme, usted sabe mi secreto... Este
es el verdadero camino -el �nico...
La se�ora, en tanto Kressler hablaba,
estaba inquieta: parec�a que sufr�a horriblemente por mi
presencia.
Finalmente, no pudo resistir:
-�Fuera de aqu� -me grit�-; fuera
de aqu�, asesino.
Creo que estaba celosa de m� o quiz�s me cre�a uno de
aquellos que, seg�n ella, hab�an hecho enloquecer y morir a su hijo. Kressler no
intent� desmentirla y entrecerr� los ojos como si no quisiera saber m�s nada. No
pens� ni en discutir ni en persuadirla y sal� de all� con el coraz�n
trastornado.
Dos d�as m�s tarde Kressler mor�a en el sentido humano y
cient�fico de la palabra. Detr�s de la carroza f�nebre de segunda clase el coche
de la madre se bamboleaba cerrado y lento como un remordimiento.