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El Señor ha estado grande con nosotros :
y estamos
alegres
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¿Sigue
siendo importante casarse por la Iglesia?
Autor: Ernesto María Caro, Sac
El matrimonio es una realidad que
encuentra sus raíces en la propia naturaleza humana y
en el plan de Dios, ya que es por medio de éste que el
hombre y la mujer alcanzan la plenitud de su ser en el
amor. Prueba de ello es que los hombres de todas las
épocas se han unido en matrimonio, considerándolo, no
solo como un hecho puramente natural y humano, sino
trascendente y espiritual. La razón de ello solo puede
ser explicada en Dios mismo, quien como fuente
inagotable del amor quiso desde el principio, hacer al
hombre y a la mujer, cooperadores en la construcción
de este mundo estableciéndolos como centro de la
creación, de manera que siendo diferente el uno del
otro se "ayudaran" y complementaran mutuamente, y
siendo fecundos cooperaran con él en la generación de
la vida. (Gen.1,26-28). "El hombre y la mujer están
hechos "el uno para el otro": no que Dios los haya
hecho "a medias" e "incompletos"; los ha creado para
una comunión de personas, en la que cada uno puede ser
"ayuda" para el otro porque son a la vez iguales en
cuanto personas ("hueso de mis huesos...") y
complementarios en cuanto masculino y femenino". CIC
372
Debido a la vocación a que han sido llamados, el amor
matrimonial, si ha de vivirse de acuerdo al plan de
Dios ha de ser: pleno, único y comprometido con Dios,
con la pareja y con la sociedad. El amor entre los
cónyuges es por tanto un amor que no excluye ningún
aspecto de la persona humana, sino que abarca al
hombre total: sentimientos y voluntad, cuerpo y
espíritu, por ello, requiere de la aceptación del otro
sin condiciones. El amor condicionado no es amor pleno.
Se aceptan las cualidades y los defectos, el pasado,
el presente y el futuro de aquel a quien se ama de la
misma manera que Dios nos ama a nosotros. Esta
aceptación incondicional exige por un lado, la
permanencia (que sea para siempre), y por otro, la
fidelidad (un amor indiviso). La prueba de que
aceptamos a alguien en verdad es que le permanecemos
fieles. El amor verdadero es fiel, duradero y
permanente. "El amor de los esposos exige, por su
misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la
comunidad de personas que abarca la vida entera de los
esposos: "De manera que ya no son dos sino una sola
carne" (Mt 19, 6). "Están llamados a crecer
continuamente en su comunión a través de la fidelidad
cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca
donación total". Esta comunión humana es confirmada,
purificada y perfeccionada por la comunión en
Jesucristo dada mediante el sacramento del Matrimonio.
Se profundiza por la vida de la fe común y por la
Eucaristía recibida en común." CIC 1644
El amor de los esposos, que es complementariedad, está
también llamado a cooperar con Dios en la transmisión
del don de la vida humana. La pareja debe pues
recordar que la fecundidad no solamente es un don sino
el fruto y el signo del amor conyugal, testimonio vivo
de la entrega plena y recíproca de los esposos (FC
28). Esta expresión de amor llegará a su plenitud en
la educación y acompañamiento de los hijos, hasta que
estos alcancen - como dice san Pablo - la estatura del
varón perfecto que es Cristo (Ef. 4,16). Finalmente
podemos decir que el matrimonio no es algo privado,
sino algo que afecta a toda la comunidad, pues ellos
forman la célula principal del Cuerpo de Cristo que es
su Iglesia. Prueba de ello es que cuando un matrimonio
tiene problemas, toda la comunidad se ve afectada y
por el contrario, cuando éste se realiza en el amor,
la comunidad entera se desarrolla de manera armónica,
de acuerdo al plan de Dios. Así, hechos una sola Carne
en el amor de Dios, los esposos cristianos se
convierten en constructores de la sociedad del amor. "
En el matrimonio, Dios los une de manera que, formando
"una sola carne" (Gn 2, 24), puedan transmitir la vida
humana: "Sed fecundos y multiplicaos y llenad la
tierra" (Gn 1, 28). Al transmitir a sus descendientes
la vida humana, el hombre y la mujer, como esposos y
padres, cooperan de una manera única en la obra del
Creador (GS 50,1)." CIC 372
Desde la perspectiva bíblica, el libro del Génesis en
sus primeros dos capítulos nos muestra los dos relatos
de la creación del hombre, los cuales se complementan
y nos revelan la realidad del matrimonio y la relación
que existe entre el hombre y la mujer. Leyendo el
segundo relato de la creación (Gn 2,4b-25), nos damos
cuenta, primero que han sido creados para
complementarse y ayudarse a crecer complementándose
uno al otro, pues: "No es bueno que el hombre esté
solo". En segundo lugar, por el hecho de haber sido
formados de la misma "carne y hueso" están llamados a
vivir en comunión, de manera que han de dejar a su
"padre y a su madre y forma siempre una misma carne",
con ello el Autor nos muestra cómo, ya desde el
principio, el designio amoroso de Dios es que el
matrimonio fuera una realidad indisoluble. Otro dato
importante que nos revela este pasaje, es que todo
nuestro cuerpo es bueno y santo. Dios lo creo, tanto
el del hombre como el de la mujer, por lo que no les
da pena estar desnudos delante de Dios. Por tanto
nuestra sexualidad es buena y es creada por Dios.
Todas las parte del cuerpo humanos son santas y bellas.
Es el pecado el que nos hace verlas sucias e impuras.
Vemos en el relato del Paraíso que fue hasta después
del pecado cuando la pareja se sintió avergonzada
delante de Dios y entre ellos mismos. "La Sagrada
Escritura se abre con el relato de la creación del
hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios y se
cierra con la visión de las "bodas del Cordero" (Ap
19, 7. 9). De un extremo a otro la Escritura habla del
matrimonio y de su "misterio", de su institución y del
sentido que Dios le dio, de su origen y de su fin, de
sus realizaciones diversas a lo largo de la historia
de la salvación, de sus dificultades nacidas del
pecado y de su renovación "en el Señor" (1 Co. 7, 39)
todo ello en la perspectiva de la Nueva Alianza de
Cristo y de la Iglesia." CIC 1602
El primer relato del Génesis (Gn 1,1-2,4a), es más
reciente que el primero, del cual ya hablamos, pues
corresponde a la tradición Sacerdotal, probablemente
escrita a mediados del siglo VI antes de Cristo (mientras
que el segundo se puede situar su escritura a
principios del siglo X antes de Cristo). Este relato,
por ser más reciente, nos muestra un avance en la
concepción del hombre y su vocación matrimonial. En
este relato vemos como Dios dice: "Hagamos al HOMBRE".
Y nos dice que creo al hombre en dos sexos, con lo
cual nos deja ver la igualdad del hombre y la mujer en
cuanto al plan de Dios, y por otro lado que solamente
cuando el Varón se une a su mujer, se da el Hombre en
plenitud. Y es este hombre, en dos sexos, el que es
imagen de Dios, que siendo Trino, es uno. Así también
el hombre, a pesar de haber sido creado en dos sexos (mujer
y varón) está llamado a formar la unidad en el amor.
Por otro lado, en la reflexión profética podemos ver
como los profetas se sirven de la experiencia
matrimonial para conducirnos a la comprensión del
misterio del amor de Dios (Jer. 2, 2; 3,6-10; Ez.
16.23; Os). Para ellos, Dios es el esposo que con
ternura y fidelidad sin medida conquista a Israel, su
amada esposa. La alianza del Sinaí no será otra cosa
sino el compromiso de amor por medio del cual Yahveh
se une en matrimonio con su pueblo. Es por ello que
son ricas y abundantes las expresiones matrimoniales
con que se describe el misterio de la alianza entre
Dios y su Pueblo: fidelidad, amor de predilección
gratuita, amor celoso, exclusivo, amor total, etc.. "Contemplando
la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un
amor conyugal exclusivo y fiel, los profetas fueron
preparando la conciencia del Pueblo elegido para una
comprensión más profunda de la unidad y de la
indisolubilidad del matrimonio. Los libros de Rut y de
Tobías dan testimonios conmovedores del sentido hondo
del matrimonio, de la fidelidad y de la ternura de los
esposos. La Tradición ha visto siempre en el Cantar de
los Cantares una expresión única del amor humano, puro
reflejo del amor de Dios, amor "fuerte como la muerte"
que "las grandes aguas no pueden anegar" (Ct. 8,
6-7)." CIC 1611
En el N.T. Jesús ha llevado a plenitud todo lo creado
y por ello en el sacramento del Matrimonio a la luz
del Evangelio, se desvela el gran secreto de amor
contenido en él, quien en un acto total de donación se
desposa con su Pueblo en la alianza nupcial de la
cruz. Con ello nos indica que su fundamento es el
amor, pero que este amor, se manifiesta en la entrega
total, la cual pasa siempre por la cruz. Jesús, en su
relación con el pueblo es "el esposo" (Jn 3,29; Mt
9,15). Es muy importante el testimonio de san Pablo,
quien a la luz del Espíritu descubre ante nuestros
ojos la realidad de esta alianza entre Dios y los
hombres. Para él, el matrimonio es un misterio de amor
tan grande, que la única manera que encuentra de
explicarlo es precisamente a través de la relación de
Jesús y la Iglesia (2Cor 11,2; Ef. 5,21-32); lo mismo
hace el autor del Apocalipsis (22,l7-20). Jesús se ha
desposado con nosotros, su Iglesia y este matrimonio
alcanzará su plenitud en el cielo, en donde todos
seremos "uno con él" (Mt 22,1-10; 25,l-12). Por ello,
si queremos entender el significado del sacramento del
matrimonio en toda su profundidad, debemos centrar
nuestra atención en la relación de Cristo con la
Iglesia. El matrimonio, por tanto, no está ya dominado,
como en al A.T., por el deber religioso de asegurar
una descendencia, sino por la constitución de una
comunidad de vida y amor en fidelidad recíproca, que
tiene como fundamento y modelo la de Cristo y de la
Iglesia. De esta manera el matrimonio, se presenta
como lugar de gracia y salvación, el cual, inserto en
la dinámica nueva del Reino, se convierte en el
espacio en el cual la pareja está llamada a vivir el
amor según las exigencias del Evangelio mismo. "Su
motivo más profundo consiste en la fidelidad de Dios a
su alianza, de Cristo a su Iglesia. Por el sacramento
del Matrimonio los esposos son capacitados para
representar y testimoniar esta fidelidad. Por el
sacramento, la indisolubilidad del matrimonio adquiere
un sentido nuevo y más profundo." CIC 1647
Podemos decir que de entre todos los sacramentos, el
matrimonio realiza todos los elementos de modo
distinto a los demás. Así por ejemplo, en cuanto a la
INSTITUCION, decimos que Cristo lo instituyó, pero de
forma original, porque en realidad ya fue instituido
desde la creación por lo que Cristo, sólo lo ha
revelado como un verdadero sacramento, dándole así su
pleno sentido en el mandamiento del amor de la Nueva
Alianza. En cuanto a la materia y la forma del
sacramento (elementos constitutivos de todo sacramento),
no es una materialidad sensible (pan o vino, agua o
aceite), sino que es la misma realidad humana del
hombre y de la mujer, y la forma no es otra que la
expresión mutua de su amor y compromiso para toda la
vida. Es un sacramento en si particular que es el
único en el que los sujetos del matrimonio son al
mismo tiempo los ministros de éste; el sacerdote, el
diácono o el obispo, solo es testigo cualificado, que
le da validez canónica cuya participación y bendición
final expresan el vínculo con la Iglesia. "En la
Iglesia latina se considera habitualmente que son los
esposos quienes, como ministros de la gracia de Cristo,
se confieren mutuamente el sacramento del Matrimonio
expresando ante la Iglesia su consentimiento." CIC
1623
Son tales los compromisos que se derivan del
matrimonio y la calidad del amor que de él emerge, que
Dios, por el sacramento produce la gracia como una
fuente, a fin de que los esposos cuenten con todos los
recursos necesarios para ser felices y para realizar
en su vida el proyecto de Dios. Esta gracia
sacramental, les ayuda constantemente a luchar contra
la gran tentación de la infidelidad; además los
capacita para la educación de los hijos, los cuales
son esencialmente importantes en cuanto están llamados
a formar verdaderos hombres de bien para la Iglesia y
para la sociedad. Finalmente debemos reconocer que
aunque los cristianos no hemos inventado el matrimonio,
ni el amor, lo entendemos de una manera nueva, porque
está bañado del amor de Dios, lo cual no pretende
negar nada de la riqueza humana; sin embargo, la
presencia del amor de Dios lo hace portador de una
riqueza divina. Y esto es sencillamente, en Cristo y
desde Cristo. Es tan alta pues la dignidad que le da
Jesús al Sacramento del Matrimonio que lo identifica
en cuanto a la relación entre los esposos con su
propia persona y la Iglesia (Mt 22,1-14). Por ello
defiende y sacramentaliza su indisolubilidad ya que
ésta fue y ha sido la voluntad originaria de Dios que
quiso que el hombre dejara a su padre y a su madre y
se uniera a su mujer y fueran así una sola realidad.
""En su modo y estado de vida, [los cónyuges
cristianos] tienen su carisma propio en el Pueblo de
Dios" LG 11. Esta gracia propia del sacramento del
Matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de
los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por
medio de esta gracia "se ayudan mutuamente a
santificarse con la vida matrimonial conyugal y en la
acogida y educación de los hijos" LG 11" CIC 1641
Podemos decir que el matrimonio cristiano comporta
tres características esenciales: a. La unicidad (monogamia),
b. La indisolubilidad (vínculo que no puede ser
disuelto); c. Y fructuosidad (procreación). De todos
ellos el que más conflicto y discusión causa es la
indisolubilidad. Esta es objeto de incomprensión y
discusión por parte de muchos hermanos, porque, en una
sociedad como la nuestra, cambiante y sobre todo
utilitaria (las cosas / personas se tienen mientras
sirven, después hay que deshacerse de ellas), no se
concibe fácilmente el compromiso de FIDELIDAD PARA
SIEMPRE. S in embargo, no ha sido la Iglesia quien ha
definido esto, sino que Dios mismo así concibió el
matrimonio. La indisolubilidad exigida por la misma
institución natural del matrimonio, ha sido
enriquecida, por las aportaciones de la antropología
del amor, al poner el acento en los valores del
matrimonio y en las exigencias del amor, centro del
mismo. Según esto, la fidelidad, la duración, la misma
indisolubilidad, encuentra su fundamento en el amor
matrimonial mismo. Solo, hay amor verdadero cuando es
incondicional y para siempre. No obstante, cuando a
causa de la fragilidad humana y del pecado, el amor se
frustre y fracase, y aún cuando haya desaparecido el
amor, la Iglesia, fiel a la voluntad del Padre,
asegura que permanece el vínculo, y ella no puede
disolverlo. "La alianza contraída libremente por los
esposos les impone la obligación de mantenerla una e
indisoluble (cf. Can 1056). "Lo que Dios unió, no lo
separe el hombre" (Mc 10,9)" CIC 2364
Debido a la debilidad de la naturaleza inclinada al
pecado, la mayoría de las veces a una falta de
preparación y sobre todo de conocimiento profundo de
parte de ambos cónyuges, el matrimonio lejos de ser un
lugar en el que se crece y se alcanza la felicidad y
la plenitud que Dios ha querido para los cónyuges, se
convierte en lugar de destrucción espiritual, moral y
en ocasiones hasta física. En estos casos la Iglesia
admite la separación física de los esposos, con el fin
de proteger no solo la integridad física sino la moral
y espiritual, tanto de ellos mismos como de los hijos
(quienes ordinariamente son los más dañados en esta
situación de destrucción). Los esposos, dado el
sacramento que los unió, permanecen unidos entre sí
por el sacramento, por lo que no pueden volver a
casarse. Existe sin embargo, para las parejas que
fracasaron en su matrimonio el recurso de presentar su
causa al Tribunal Eclesiástico, con el fin de que se
revise la posibilidad de que el sacramento no se haya
realizado, en cuyo caso, previa la constancia de
NULIDAD puede la persona rehacer su vida (Can. 1774).
Recordemos que para que se realice un sacramento deben
estar presentes la "materia" y la "forma", si una de
estas falta o está adulterada o falseada no se realiza
el sacramento (en la Eucaristía, si el vino, no es
vino, sino jugo de uva u otra bebida, ésta no se
transforma en la sangre de Cristo, por lo que no hay
sacramento). "Existen, sin embargo, situaciones en que
la convivencia matrimonial se hace prácticamente
imposible por razones muy diversas. En tales casos, la
Iglesia admite la separación física de los esposos y
el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser
marido y mujer delante de Dios; ni son libres para
contraer una nueva unión. En esta situación difícil,
la mejor solución sería, si es posible, la
reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a
ayudar a estas personas a vivir cristianamente su
situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio
que permanece indisoluble" CIC 1649
Dado que el matrimonio es una opción para toda la
vida, es necesario que haya una adecuada preparación
para éste. El Noviazgo, es el período de tiempo en el
cual la pareja crece en el amor y en el conocimiento
de uno y el otro, y discierne con la ayuda de Dios, si
es el estado de vida que Dios quiere para ellos y si
son efectivamente el uno para el otro. Es por tanto un
tiempo para fomentar en cada uno y como pareja la
oración a fin de escuchar la voz de Dios. El ignorar
esto, hace que las decisiones se tomen a la ligera y
que el amor se construya sobre bases simplemente
humanas, las cuales son imperfectas y falibles. Una
pareja que ora en su noviazgo está garantizando su
felicidad, pues Dios les irá dando la luz suficiente
para discernir correctamente si es el compañero(a)
para toda la vida, y al mismo tiempo los ayudará a
crecer en el amor verdadero para que puedan vivir su
noviazgo castamente y con alegría. Por otro lado,
desde el punto de vista humano, el noviazgo cristiano
es un tiempo privilegiado para darse cuenta de la
capacidad que se tienen para formar un vínculo de amor
y fidelidad PARA TODA LA VIDA y de entregarse
TOTALMENTE a la otra persona. Un buen noviazgo, un
noviazgo cristiano, prácticamente asegura la
estabilidad del matrimonio. "Para que el "Sí" de los
esposos sea un acto libre y responsable, y para que la
alianza matrimonial tenga fundamentos humanos y
cristianos, sólidos y estables, la preparación para el
matrimonio es de primera importancia: El ejemplo y la
enseñanza dados por los padres y por las familias son
el camino privilegiado de esta preparación." CIC 1632
El matrimonio en la fe y ante la Iglesia es un
acontecimiento personal y eclesial que se hace fiesta,
gratuidad y exuberancia, en un clima de oración y rito.
Pero para que así sea, es necesario haberlo preparado
por una catequesis que introduce al sentido del
símbolo, por una selección y disposición de elementos,
y por una distribución de funciones y ministerios. La
función principal la desempeñan los NOVIOS, verdaderos
protagonistas y ministros de la celebración. A ellos
les corresponde preparar la liturgia: las lecturas, la
plegaria universal, los cantos y todas las partes
adaptables. Es importante tener en cuenta que dentro
de la preparación no se debe olvidar que una buena
reconciliación sacramental previa al matrimonio,
dispone el alma para recibir fructuosamente la gracia
del sacramento del matrimonio. En cuanto al SACERDOTE,
es el "presidente nato" de la Eucaristía, como lugar
más propio de la celebración del matrimonio. Su misión
es ayudar y animar a los novios para que realicen
adecuadamente su ministerio y ser el testigo
cualificado que da fe de la realización del matrimonio
y bendice en nombre de la Iglesia a los nuevos Esposos.
La ASAMBLEA, por su parte, debe ser consciente de que
su presencia no es accidental sino funcional en la
celebración, en ella se hace presente la Iglesia
entera y ella misma es testigo del compromiso. "En el
rito latino, la celebración del Matrimonio entre dos
fieles católicos tiene lugar ordinariamente dentro de
la Santa Misa, en virtud del vínculo que tienen todos
los sacramentos con el Misterio Pascual de Cristo. En
la Eucaristía se realiza el memorial de la Nueva
Alianza, en la que Cristo se unió para siempre a la
Iglesia, su esposa amada por la que se entregó. Es,
pues, conveniente que los esposos sellen su
consentimiento en darse el uno al otro mediante la
ofrenda de sus propias vidas, uniéndose a la ofrenda
de Cristo por su Iglesia, hecha presente en el
sacrificio eucarístico, y recibiendo la Eucaristía,
para que, comulgando en el mismo Cuerpo y en la misma
Sangre de Cristo, "formen un solo cuerpo" en Cristo".
CIC 1663
Recordemos que en el sacramento, lo signos son
importantes pues nos manifiestan el sentido propio de
lo que se está realizando. Los SIGNOS, que se tiene en
la celebración del matrimonio son: los anillos,
también llamados "alianzas" pues son el signo de la
alianza en fidelidad del uno para con el otro. Las
arras, o pequeñas monedas, son el signo de la
sustentación del hogar. Al hombre le corresponde por
su propia naturaleza de varón, (aunque en la
actualidad ambos trabajen y cooperan al sostenimiento
de la familia), el sustento de la casa, y a la mujer
ver que todo cuanto se tiene se aproveche
correctamente. Son en otras palabras el signo de la
cooperación mutua en el hogar. Finalmente el Lazo, es
un signo que únicamente es usado en Latinoamérica. Fue
traído de España por los primeros evangelizadores con
el fin de significar el trabajo y el camino común de
la pareja. Este elemento de nuestra liturgia
representa el lazo con el que unían a la yunta de
bueyes en la labranza para hacer que los dos caminaran
juntos. Este es pues el signo, los dos, han de
trabajar juntos, ni uno adelante ni el otro atrás, los
dos tirando juntos para sacar adelante el matrimonio.
"Es, pues, conveniente que los esposos sellen su
consentimiento en darse el uno al otro mediante la
ofrenda de sus propias vidas, uniéndose a la ofrenda
de Cristo por su Iglesia, hecha presente en el
sacrificio eucarístico, y recibiendo la Eucaristía,
para que, comulgando en el mismo Cuerpo y en la misma
Sangre de Cristo, "formen un solo cuerpo" en Cristo".
CIC 1621
Un signo que se ha venido incluyendo a la celebración
del matrimonio es la de encender un cirio entre los
dos nuevos esposos. Este cirio representa la figura de
Cristo en el hogar. El día en que fueron bautizados
los novios, sus papás y padrinos se comprometieron a
educarlos en la fe. Como signo de este compromiso
encendieron una vela con la luz del Cirio Pascual, luz
que ilumina nuestra vida. Al llegar a la madurez como
cristianos en la elección de una vocación, los papás
tomando esa vela encendidas la entregan a los novios,
como quien culmina una etapa. Ahora esta luz iluminará
el nuevo matrimonio; las velas de cada uno se unen
significando una sola fe, misma con la que caminarán
en su matrimonio y con la cual iluminarán su vida y en
el futuro la de sus hijos. Este cirio, que permanece
encendido durante la celebración Eucarística,
presidirá el hogar dándole el lugar de honor a Cristo
en la nueva familia. "La liturgia de la Iglesia
presupone, integra y santifica elementos de la
creación y de la cultura humana confiriéndoles la
dignidad de signos de la gracia, de la creación nueva
en Jesucristo". CIC 1149
El matrimonio es, por todo lo que ya hemos dicho, una
realidad humana profundamente penetrada de Dios. Por
tal razón, los esposos no cuentan solo con sus pobres
fuerzas para cumplir sus compromisos y llegar a la
plenitud humana, sino que cuentan con la ayuda y la
asistencia del Todopoderoso. Por ello, pueden
comprometerse a amarse con todas sus fuerzas sin
importar lo que en el camino se tenga que vivir. Los
esposos cristianos saben que su amor no es otro que el
amor de Cristo que ha dado fruto en sus corazones.
Saben también, que no solo están casados el uno con el
otro, sino que la alianza matrimonial los vincula
íntimamente con Dios y por lo tanto, Cristo no es una
tercera persona, sino la fuente del amor que los une y
los lleva a la santidad por la acción del Espíritu
Santo. Esto, sin embargo, implica un esfuerzo
cotidiano de parte de los dos. El Señor nos dice: "El
Reino (sinónimo de la felicidad) de los cielos sufre
violencia y los aguerridos lo conquistan". Por lo
tanto la felicidad en el matrimonio y en nuestra
propia vida es una verdadera conquista, una lucha
sostenida no con nuestras manos sino con la gracia de
Dios, de manera que cuando los problemas que son
inherentes no solo al matrimonio, sino a la débil
naturaleza humana, atentan contra la felicidad de la
pareja, puedan estar firmes y tener siempre en mente
la resolución que tomaron al principio del camino: "Te
amo, te he amado y te amaré toda la vida". "La
comunión de amor entr e
Dios y los hombres, contenido fundamental de la
Revelación y de la experiencia de la fe de Israel,
encuentra una significativa expresión en la alianza
esponsal entre el hombre y la mujer por esta razón, la
palabra central de la Revelación; "Dios ama a su
pueblo", es pronunciada a través de las palabras vivas
y concretas con que el hombre y la mujer se declaran
su amor conyugal" FC 12 .
Tomado de
Catholic.net
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Fecha de la última actualización: Sábado,
17/04/2008 09:14:18 a.m. |