
Poesía
Una jam session en Dom Omladine de Kragujevac. Tocan todos los viernes, este es el primero para mí. Cuatro pibes: bajo, batería, piano eléctrico, guitarra. No son un grupo constituido, no tienen nombre, pero por lo que se escucha y lo que se ve, se conocen bastante. El goce de los músicos es más sexual, el del público menos intenso, muchos hablan y la música es un fondo. Yo me siento en un punto medio, acaso porque se desocupó una silla muy cerca de los músicos y por momentos soy parte de la banda sin nombre, y quizá porque estoy pensando en ese instante desde otro.
Que no tengan nombre es un punto a favor. Pienso que es un momento irrepetible en la vida de todos nosotros. Me planteo la posibilidad de escribir sobre lo que allí está pasando. Porque nadie registrará ese hecho así como nadie registra que en este momento Jacinto Domínguez está tomando mate en el patio de su casa. Quizá a Jacinto Domínguez le baja en este momento una idea que aplicará, digamos ir a comprar papas, que redundará en una modificación en el rompecabezas universal.
Inmediatamente me agobio. Pienso que soy preso de una fiebre del registro. Pienso que escribir sobre esos cuatro músicos es ponerles un nombre. Pienso que mi deseo de hacer palabra ese momento es un síntoma de una de las enfermedades de nuestra cultura registradora. Pienso demasiado. Las maquinitas de grabar nos cumplen todos los deseos y se siguen multiplicando y a la larga creo yo que van a producirnos ganas de vomitar, ganas de quemar todas las computadoras y todas las cámaras de fotos y todas las bibliotecas de Alejandría de nuestro mundo electrónico. Todo se filma, todo se textualiza.
Es viernes a la noche, las mesas y sillas no alcanzan, seremos unos cincuenta, el mozo pasa como puede, casi todos tomamos cerveza. El baterista parece ser el que decide la próxima interpretación. Parten de algo conocido y después improvisan e hilvanan música. El guitarrista está la mitad del concierto sentado, el bajista, de pelo largo y el único que tiene barriga, está de pie en el centro y mueve la cabeza o más bien el pelo. El batero es piel y hueso y una cabeza destacable. El tecladista es el que más se mueve, lleva un sombrero arrabalero.
La música y las artes visuales son infinitamente superiores a la literatura. Los músicos y yo no hablamos la misma lengua, jamás leerán siquiera este texto magro, y sin embargo yo puedo disfrutar a la par de ellos el arte de su interpretación.
Cuando están terminando uno de los temas el tecladista pifia un acorde que descoloca a los demás. Se produce un sonido raro y un silencio que constituyen un final inesperado y abrupto. Los músicos se miran y se ríen, el público aplaude.
Y en medio de los aplausos arrancan con otra.