Bitácora

 

No hay nada más difícil que hablar acerca de uno mismo. Y regreso a aquello que dice Clarice Lispector sobre la escritura de ficción, y que cité ya en la poética: aquella escritura transfigurada, sea poesía o prosa, es un modo de acercarse a la comprensión de uno mismo. Por lo tanto, la biografía de uno habita, más o menos velada, según el caso, en la obra. Insiste la voz de esta gran autora brasilera: “Las palabras me preceden y sobrepasan, me tientan y me modifican, y si no tengo cuidado será demasiado tarde: las cosas se dirán sin que yo las haya dicho”. Esto sucede inexorablemente con la escritura en relación a la vida de uno, en tanto autor.

Puedo citar algunas cuestiones curriculares tales como que soy periodista, y agrego que la literatura es mi modo de estar de una manera tolerable en el mundo, en este mundo: “la literatura es una defensa contra las ofensas de la vida”, acertó Cesare Pavese.

Escribí muchísimo más de lo que publiqué, por cuestiones obvias: es poco lo que uno puede rescatar de lo tanto que escribe. Cada paso en la escritura es, primero que nada, una búsqueda, un boceto, un intento incipiente de expresión. Luego, con trabajo y permanencia, llega lo demás.

Mi primer libro me sigue generando desconcierto. Lo escribí y publiqué a comienzos de mis 20 años y se llama Payaso rojo. Aunque ya entonces tenía clara conciencia de la responsabilidad que implica el trabajo con el lenguaje, este librito apresurado apenas lo reconozco, apenas valoro. Y sin embargo lo cito, quizás a mi pesar, en las solapas de mis otros libros, porque lo considero parte esencial de mi proceso, el primer envión hacia lo que vendría después, muchos años después. ¿Un pecado de juventud? ¿Un error necesario? Suelo nombrarlo, también y fundamentalmente, porque fue Javier Villafañe, mítico poeta y titiritero, quien me impulsó a publicarlo y quien, generosamente, le dedicó un pequeño prólogo que ha quedado impreso para siempre en la contratapa del libro. Javier vio más allá y esa fue su mejor ayuda. Ni la herida gratuita a una joven iniciándose, ni la mentira, otra forma de la impiedad. Simplemente percibió un potencial que luego se desarrollaría con tenacidad, voluntad, dolor y paciencia.

Escribí cuentos, alguna vez, y amé –y amo- ese género como lectora. Luego abandoné su escritura. Personalmente, no encuentro un sentido profundo de expresión en la prosa; no me incita, la narrativa, a hundirme en el lenguaje de la manera en que me es reclamado desde dentro. La poesía surge de mí como agua termal, la prosa se me ha tornado algo difícil; ya no llega.

Creo ser una buena lectora, en el sentido amoroso y crítico. No elijo mis lecturas de acuerdo a los géneros: todo me interesa si concentra lo que busco, lo que estoy necesitando como lectora. Me preocupan más el reino del lenguaje, la mirada sobre el mundo y la hondura filosófica que un apropiado argumento, producto de ingeniosas construcciones. Ciertamente, la poesía es un género que leo de manera ininterrumpida. Es un foco de investigación y de búsqueda, no sólo un merecimiento hedonista. Soy caótica y autodidacta. No me jacto. Por el contrario, me entristece no haber podido sostener con la misma rigurosidad que sostuve la escritura y la lectura, un estudio académico. Sé que he perdido mucho por el camino. Lo intenté –y quizás insista- en varias ocasiones, pero fracasé cada vez.

Poco a poco me fui convirtiendo en periodista y poeta. Y aquí estoy, siempre inconformista, rebelde ante mí misma, insatisfecha de lo que vendrá, antes de que llegue. Siempre urticante, exigente y compleja a la hora de escribir. Pero nunca paralizada, jamás. La parálisis puedo vencerla, puedo combatirla con la necesidad de escribir. Porque si no escribo me muero de golpe y, la poesía, insisto, es una manera de ejercitarse –prepararse- con lentitud y cuidado, para la muerte: con mayor o menor consciencia, es un proyecto en sí mismo.

Nací en Buenos Aires y estoy a punto de cumplir los cuarenta años. Sin duda, un momento de inflexión que cabalga entre la maravilla de la madurez justa y la violencia que genera la cercanía de la vejez. Todo, ahora, es más inminente.

Publiqué, en 2001, “El accidente – Mosaico de familia”, que contiene dos libros dentro: “El accidente” y “El ojo del mundo”, una selección rigurosa de mis poemas más viejos.  En 2002, la editorial Alción editó “la carta de vermeer” y en 2005, la misma editorial, “variaciones en la niebla”.

He terminado recientemente un libro cuyo título es “diálogo con pescadores” e incluye “antígona o la derrota”. También anda flotando “museo de postales”.Y trabajo, en este momento, un poema extenso fragmentado, como los dos anteriores (“variaciones…” y “diálogo…”) cuyo título es, hasta el momento, “ejercitarse en morir”.

No tengo mucho más para agregar, sino pedir disculpas por hablar de mí misma. Espero haberlo hecho con humildad y, cuando hablo de humildad, lo hago en el sentido en el que lo decía, y otra vez cito con perdón, la maravillosa Clarice Lispector: “me refiero a la humildad que viene de la plena conciencia de ser realmente incapaz”.

 

 


 

 

 

 

 

 

 


Hosted by www.Geocities.ws

1