Poesía


 

Hace años que llevo un diario íntimo, pero de poéticas. Diario de poéticas: así lo he titulado. Allí no apunto mis experiencias prácticas de la vida cotidiana, sino mis experiencias con la poesía, con la escritura y la lectura. Especialmente, he ido apuntando y entrelazando textos ajenos, a modo de caótico ensayo. Y durante los últimos años he registrado, en particular, el proceso de escritura de mis poemas, como una búsqueda hacia mí misma, para comprenderme en ese proceso con el lenguaje. A propósito de esto, me identifico con un texto de Clarice Lispector: “Mis intuiciones se vuelven más claras con el esfuerzo de expresarlas con palabras. Es en este sentido, pues, que escribir me resulta una necesidad. Por un lado, porque escribir es una manera de no mentir el sentimiento (la transfiguración involuntaria de la imaginación es tan sólo un modo de llegar); por otro lado, escribo por la incapacidad de entender, si no es a través del proceso de escribir.”

 La escritura, en esta instancia de mi vida, no es inocente, despojada de la idea del lector, pero ciertamente estos apuntes del Diario de poéticas son eso, apuntes para mí misma. Por ejemplo, en momentos en los que se me pide una poética, como ahora, apelo a las más de trescientas páginas y allí busco ese rejunte obsesivo y abigarrado de citas ajenas mezcladas con mis propias reflexiones, improvisadas por lo general.

En las variadas voces de los poetas encuentro, a modo de señales intrigantes que conducen hacia algún sitio desconocido, mi/s propia/s poética/s.

Una vez, me invitaron a participar en un congreso de literatura en la ciudad de La Plata. Me habían ubicado en una mesa en la que debía exponer un texto sobre “la verdad de la ficción”: ese era su título inclemente. En ese momento, apelé con una cierta desesperación –dado que no acostumbro a preparar trabajos de esta índole- a mi Diario de poéticas. Así construí el texto que sigue a continuación y que responde, de algún modo, a lo que también me ha sido pedido para Tríada: una poética personal. Como el tema es arduo e interminable, decidí transcribir, en este espacio, ese mismo texto que da cuenta, quizá de manera fragmentaria pero significativa, de lo que es la poesía para mí.

 
“La verdad de la ficción”: Poesía y verdad
“El arte y la literatura como vías de acceso a la realidad y a un saber único e inigualable”.

 
La literatura no me interesa, pues, profundamente, sino en la medida en que ejercita el espíritu en ciertas transformaciones: aquellas en las que las propiedades excitantes del lenguaje juegan un papel decisivo.”

                                                 
Paul Valéry
 

 Ante la exigencia que me genera este título, me permito la digresión, o la evasión, si se quiere evitar el eufemismo, del tema. Hablaré del tema escapándome de él, al menos en los términos en los que está planteado. “La verdad de la ficción” no es un título que me compete, porque no me competen ni la teoría literaria ni la filosofía. No sería serio de mi parte desarrollar algo que requiere de un tiempo considerable de estudio, de investigación y de escritura. Entonces, me pregunté, ¿qué es lo mío y cómo puedo relacionarlo con este título, ya que azarosamente estoy en esta mesa y debo intentar algo con cierta responsabilidad? Y me respondí que lo mío, en principio, son la poesía y la escritura como expresión, preocupación y necesidad. En síntesis, me interesan, me intrigan, me deslumbran, me inquietan, siempre, la escritura, la palabra, el lenguaje y la sospecha de que su paroxismo se alcanza en la poesía. Estas son mis verdades, para utilizar una de las palabras propuestas en el título de esta mesa, o más bien esta es mi pequeña e íntima verdad. ¿Pero mi verdad para qué? ¿Para qué la verdad de la poesía, la palabra, la escritura? El para qué pareciera siempre desprenderse de la boca de un niño, como un inexorable, y a la vez permite, desde esa misma libertad infantil, respuestas no lógicas. Respuestas, entonces, libremente poéticas.
         
 
¿Para qué, entonces, la verdad de la poesía?

Para aproximar. Para sobrellevar. Para creer. Para destruir. Para apropiarme del dolor. Para embellecerlo. Para conocer. Para ahondar. Para humedecer. Para descansar. Para reaccionar. Para vivir. O más bien para ir hacia la muerte:
…se podría decir que escribir poesía es también ejercitarse en morir”. (Joseph Brodsky)

La verdad poética reside en la experiencia inefable que puede producirse con, y en, la palabra: Aún surgen las palabras bordeando sutilmente lo indecible”. (Rainer Maria Rilke)
          
La poesía enciende lo inhabitable.

Rilke ahonda “la huella/ del murciélago rasga la porcelana de la tarde.” No es el animal sino el atisbo de su paso, no es la brutal presencia ocupando voluminosamente un espacio, sino la fragancia de sus hábitos. Eso es para mí la poesía. René Char completa: “Un poeta debe dejar huellas de su paso, no pruebas. Solamente las huellas hacen soñar.”

La poesía es la huella del soñador, el modo de caminar del poeta. La palabra es la huella de la poesía. La huella es la poesía del camino.

 Pero en el camino siempre se encuentra la tragedia.

 “¿Quién
dice que se nos murió todo
cuando se nos quebraron los ojos?
Todo despertó, todo comenzó.”

Paul Celan
 

 El poema resucita -el poeta resucita-, se renueva en el lenguaje, aunque anuncie lo asesinado, lo perdido. Porque en el mismo acto de anunciar hay regeneración, ilusión, belleza, renacimiento.

 Paul Celan va detallando, a lo largo de su poesía, que la palabra es el hilo que sutura la nieve imposible. La piel de los hombres es el depósito del hierro caliente. La piel de los hombres es de nieve y eso lo hace todo más soportable. La nieve de la palabra. La palabra poética, aun en las peores circunstancias, es la única salvación. “Hacer poesía es en sí mismo una salvación”: otra vez mi infatigable Clarice Lispector, porque ha sabido reconocer a lo largo de su obra este privilegio de la palabra.


Otras poéticas:

 René Char: “La poesía es el reflejo que menos se demora bajo los puentes”. Porque es un destello revelador, un impacto al corazón, una bala encaprichada con el eco triste del canto.
 

 Sylvia Plath:

“El chorro de sangre es poesía:
No hay forma de cortarlo.
Tú me alcanzas dos niños, dos rosas.”

Plath se va en la poesía, su cuerpo es una hemorragia que logra transformar en poesía, un contraste de huesos secos contra la flor mojada del hijo naciendo. La poesía se produce en ese contraste, en esa tiranía dolorosa de opuestos.
 

 María Zambrano:

La poesía es un abrirse del ser hacia adentro y hacia fuera al mismo tiempo. Es un oír en el silencio y un ver en la oscuridad. Nada que agregar.
 

 ¿Buscamos la verdad en la poesía, al escribirla, al leerla, al ejercerla en toda su amplitud? Roberto Juarroz aporta algo interesante al respecto: “Lo que la poesía busca no es el confortable recurso de una respuesta, sino algo mucho más grave y más importante para el hombre, que es, ante la imposibilidad de respuestas, crearle presencias que lo acompañen. La poesía crea, no soluciones, no fórmulas, no recetas fáciles para la vida, sino compañía para la vida.”

 Ir trenzando a modo de diálogo interno las poéticas de los mismos poetas es una tarea fascinante e infinita. Una hermosa batalla eterna. Una búsqueda insaciable de verdades que se interrogan.

 La poesía es un camino, una elección, un modo de flotar con todo el peso del mundo sobre uno. La poesía es paradoja y la paradoja es una verdad posible para alcanzar la intranquilidad, es decir el conocimiento, el saber, ese distraerse de la muerte, diría Bataille, pero con alto vuelo y rozando siempre la belleza. A tal punto que, como escribió Char la poesía robará mi muerte.”

 

         

 

 

 

 

 

 

 


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