
Bitácora
Nací en una pensión de la avenida Pueyrredón, en
la ciudad de Buenos Aires. Elegí el 14 de abril de 1945, un Día
de las Américas, lo cual en la infancia yo sentía que me daba
lustre. Tuve más de una infancia. Es decir: fue de un modo hasta los
nueve años y después fue de otro (mejor). Tuve más de una
adolescencia: fue de un modo hasta los dieciséis y después fue
de otro (mejor). Tuve más de una adultez: fue de un modo hasta los 34/35
años y después fue de otro (mejor).
Como ilustré ya en tantas entrevistas, a mi temprana avidez por la lectura
añadí el fervor por la locución, las imitaciones vocales,
el canto. Y por el recitado. Por el recitado gauchesco, por el recitado de versos
lunfardos, por el recitado de textos sentimentales. Así fue que obtuve
un éxito estruendoso cuando en el acto de finalización de la escuela
primaria, superando la muy agobiante timidez, representé a mi sexto grado,
turno mañana, encarando una dramática poesía de mi tío
político, Jerónimo Sureda, quien había sido letrista de
los valsesitos, rancheras y tangos que difundieran el trío Sureda y algunas
orquestas típicas en la década del treinta.
Será por esas inmersiones que me encabalgué en la confección
de letras de twist, zambas, milongas, boleros, chacareras, que me brotaban ya
con una música rapiñada a todo el acerbo musical a mi alcance.
Escribí, además, versos rimados, de pátina existencial
o provocativa, y progresivamente me fui saliendo (huyendo) de esos lares lodosos
y remanidos e incursioné en el verso libre. A los 17/18 pirulos me hice
de amigos y una amiga (que llegó a ser una mina con la que salía,
que llegó a ser mi novia, que llegó a ser la infortunada que jamás
debió haberse casado conmigo mientras yo no estaba para casarme con nadie),
amigos que escribían poemas.
Fue tras la hecatombe conyugal que retorné a la poesía, después
de más de cuatro años en los que sólo redacté un
intenso y fallido poema llamado "Paredes" (paredes, imagínense
mi estado, mi maltrechez, mi apabullamiento: paredes por todos lados).
De 1972 son los primeros textos (excepto tres o cuatro de mi adolescencia tardía)
que integraron mi primer libro, unos dieciséis años después:
"Obras completas en verso hasta acá", cien poemas multipublicados
en decenas y decenas de medios gráficos de numerosos países de
América y Europa.
Yo había escrito un montón de obras teatrales breves en el lapso
en el que estuve "en carrera actoral", carrera que abandoné
en noviembre de 1976, aunque luego produje espectáculos teatrales ya
sin espectativas de profesionalizarme. Mis propuestas dramáticas llamaron
la atención de Griselda Gambaro, de Patricio Esteve, de Alberto Ure (por
quien fui dirigido en una versión inaudita de "Casa de Muñecas"
de Ibsen), de Miguel Bejo (quien no llegó a consumar la filmación
de una de mis obras), entre otros. Y aparecieron reunidas las cinco que sigo
valorando, en el volumen titulado "Las piezas de un teatro" (que eso
son, de "un" teatro, rozado por el absurdo, y por el que recibiera
el mote de "Beckett gaucho").
Y concurrí a talleres literarios, sobre todo cuando me propuse introducirme
en la narrativa. Hice taller, con algunos escritores integrado a un grupo: Enrique
Medina, Abelardo Castillo, Liliana Heker, Daniel Rubén Mourelle; con
otros, en encuentros individuales: Marta Braier, Sergio Mauricio Kisielewsky,
Juan José Hernández, Arturo Carrera (acaso esté olvidándome
de alguien). Con unos, durante períodos de un año o más
y con otros, de meses o semanas. Así es como aparecieron mis libros de
cuentos y relatos "Historietas del amor" y "Muestra en prosa".
Ahora, a la espera de la inminente salida de mi poemario décimo quinto,
"Del franelero popular", incorporado a un volumen con otros seis autores,
en una colección de Ediciones del Pez Amarillo, estoy de lo más
involucrado con los alcances de la Internet. Por eso ya nueve de mis libros
han sido reeditados electrónicamente.
