Poemas de "Kodak", Ediciones Argos, 2001

 


Hamaca


Estoy en cama
(la enfermera
se llama Erminda)
Por la ventana que da al patio,
mi hermana pasa a bordo de una hamaca.
Pasan también las moras, el verano,
las chicharras. Ha de ser octubre,
como esta tarde, o tal vez noviembre,
y el calor agobia, porque mi padre
que llega del trabajo, se ha soltado,
cosa extraña, la corbata. Yo estoy
en cama. Y Ana que pasa alegre,
viva, a bordo de la hamaca.
Habrá sido de vidrio el aire,
como esta tarde.


 

Marin´a *


Mi madre está dormida, con su solero
de flores sobre la colcha (tiene el pelo
tomado con invisibles, huele a agua
colonia). Mi abuela se acerca,
le dice algo al oído y lloran las dos.

La que ha muerto tenía las uñas
amarillas, un misal y un relicario
con pelos de Santa Cecilia.

Hay murmullo de rezos,
una cama vacía, una pañoleta
oscura, una taza de café
(pasa el vapor todavía),
el piso de ladrillos,
la mecedora, las glicinas...

Alguien nos alzó
hacia el tufo de la muerta
(se llamaba Elizabeta),
para que viéramos.


(*) Madrecita, en piamontés, es también la palabra con que llamaban a mi bisabuela.

 



Paisaje


Le dijeron: verás el río
(ella llevaba un vestido con canesú),
verás pajaritos y sauces
(un vestido rosa hecho
por su madre).

En el camino
se largó un aguacero,
¡y ella estaba bajo un toldo
con su vestido nuevo!

(cuando la lluvia acabó
ya era tarde,
no encontró pajaritos ni sauces
y el agua corría por todas
partes)
.

 



Lunes


Los lunes mi padre llegaba tarde
y traía chocolates amargos.
En la cama grande, mamá nos leía
La Cabaña del Tío Tom.
A nosotras nos gustaban los lunes,
nos gustaba llorar por tristezas
de cuento, sufrir por los negros
mientras comíamos chocolates
Suchard.

 



Citroën


Regresábamos en un Citroën
rojo, desde una laguna de sal,
un pueblo ahora de fantasmas,
a nuestra casa, en la luz. Y él
cantaba, de viva voz, como
nunca cantaba, voglio vivere
cosí,con il sole in fronte,
y
mi madre y nosotras también
cantábamos.




Desnuda en la tienda

No era coqueta
Era fuerte.

June Jordan


Necesito ropa, dijiste. Una blusa
alegre, de color subido. Y fuimos
a la tienda. La chica que nos llevó
a los vestidores se llamaba Tula.
Te queda rico, dijo, te queda de novela.
Nos metimos las dos en esa caja,
entrábamos apenas.

Como no había asientos ni percheros
te ofrecí mis brazos.

Te sacaste el vestido, la campera,
te sacaste la blusa, las hombreras,
te sacaste el turbante, la remera,
te sacaste el corpiño, la bolsita de mijo,
te miraste al espejo y me miraste
y yo vi tu pecho crudo, las costillas
al aire, y después tu corazón
como una piedra, fuerte y fatal
como una piedra.




Kodak


Yo miraba,
tras la lente de una Kodak
con la que él sacó fotos de la guerra,
antes que la muerte disolviera
sus pupilas y delegara en mis ojos
el dolor de mirarme devastada
por la ausencia.




Caballito

Eran una niña y su madre.

Esta piedra parece un caballo,
dijo la niña,
y se hincó junto al agua.

La madre abrió las manos
y el caballito galopó
hasta la página.


 

Poemas de "Autorretrato ante el caballete"


1.

Esto es lo que queda
de un hombre que se muere:
un pincel y la mano agrietada
que sostiene el pardo, el rojo,
el amarillo... la mano que va,
que se desvela, desde el charco
de luz hacia la tela.



2.

Lenta la pincelada oscura,
el hijo del molinero
tantea con ojos ciegos
la espesura
hasta dar con la luz.



3.

Este rostro ya estaba
debajo de la tela, estaba y carcomía
con su podredumbre el retrato del joven
con gorguera. Bajo las arrugas y los ojos
desteñidos están los ojos arrogantes
de otro tiempo, pero ni el otro ni éste
son grandes, a todos los ha herido
esta luz: ya nada es menos,
hasta lo más miserable
tiene su destello.



4.

No es la pieza oscura donde pinta,
ni la pobreza que trajo la desnuda forma.
ni la luz que cae sobre la gorra,
ni el pelo desprolijo, ni la barba,
tampoco el cuerpo vencido,
ni el olor rancio del encierro.
Son los ojos que no encuentran
a Saskia, a Hendrickje, al bienamado Tito;
los ojos que se han vuelto
hacia un lugar de nada,
hacia el vacío.



5.

Otros buscarán la nota pura,
la imagen que persiste, la tersura,
como buscan sus ojos en la tela

(es la mirada lo que abruma,
lo que desvela)

 

6.

También yo persigo una palabra
oscura en los retratos de Saskia,
en la ternura de Hendrickje, en la viva
luz de Tito, y el aire de bondad,
la carnadura de un hombre
que se deshizo.




Poemas de "Pavese y otros poemas", Ediciones Argos, 1997


Esperar es todavía una ocupación.
Es no esperar nada lo que es terrible
.

C.P. l5 de setiembre de l946.
Diario.


No vayas en noviembre


No vayas en noviembre al cementerio
cuando asesina la luz sobre las bardas,
ni vayas en febrero
cuando las bocas de la higuera sangran.

No vayas a esa tierra de álamos.

Los manzanares viejos no tienen brotes,
les ha bordado el viento la noche.



No se recuerdan los días, se
recuerdan los instantes.

C.P. 28 de julio de l940.
Diario.

Instante


Una turbulencia balancea
las barcazas. La luz pinta el aire
de amarillos y están cerradas
las viejas puertas. Nadie
en la pescara, ni las góndolas
lúgubres. En el puente de Canaregio
ni las de lujo ni el vaporetto,
sólo pequeñas barcazas
han pasado la noche entre los palos.
Allá al fondo, un hombre barre
la fondamenta de Ca laria. El resto,
nada.

 

Estación abierta, retorno.
En la vida no hay retorno.

C.P. 30 de marzo de l948.
Diario.

Ahora que viene el tiempo de los pájaros


Ahora que viene el tiempo de los pájaros
y de los brotes en las ramas y la blancura
del almendro,

ahora que salgo al aire por las tardes
y riego plantas y veo cómo la tierra bebe
el agua,

ahora que se agitan las polleras
al murmullo de la brisa,

ahora que los niños conquistan el baldío
y construyen refugios y saltan vallas,

ahora que en el barrio las mujeres se sientan
a la sombra de los fresnos y toman mate
y hablan,

yo miro a cada instante hacia el Oeste, hacia
tu casa.


Primavera de l992.
In memoriam Clara Crimberg.



Por qué a cada sobresalto...
te vuelven a la mente los troncos
y el río y la colina con la luna
detrás y el camino...?

C.P. l9 de agosto de l946.
Diario.

Lapataia/94

Caen sobre el camino los troncos
centenarios.Un zorro acecha.
Más allá los manchones
de las castoreras.
Somos nosotros los que vamos
bajo la lluvia, pero parece
que nadie fuera,
que nos hubiéramos hecho de aire
entre las lengas.

 

 

Tu sei come una terra
che nessuno ha mai detto.
Tu non attendi nulla
se non la parola
che sgorgherá dal fondo
come un frutto tra irami.

La terra e la morte (l945-l946)

Entre los ramos.


Hay un olor a flores
cortadas en el campo;
con olor a chinitas salvajes
van a verlos y el sudor las abrillanta.
Es octubre y lastima la resolana
entre los fresnos y el aire está tan quieto
y es tan azul allá a lo lejos...
Es domingo y yo no tengo dónde verte.
Sólo esta palabra como un fruto
entre los ramos y este olor salvaje
que regresa, desde chicos ajenos
y mujeres gordas
con pañuelos.



Poemas de "Palabras al rescoldo", Ediciones Argos, 1993



Mazamorra


Deja los granos de maíz en remojo toda la noche.
Ellos desbordarán su carne mientras tú
duermes, o sueñas, o gozas.
A la mañana siguiente, cuando los que esperan de ti el alimento se hayan ido, ponlos a cocinar.
No te pido que los coloques en un cuenco de barro
ni que los hiervas sobre un brasero en el patio,
porque esos sortilegios nos han sido vedados.
No tengas miedo: los granos no excederán su punto fácilmente. Y en cambio, ten paciencia: les llevará tiempo hacerse tiernos.

 



Arroz con alcachofas


El aceite borbotea en la sartén. Allí he echado dos alcachofas acuchilladas. He convertido a esas flores antiguas en corazones abiertos, en carne viva.
Me he dedicado después a esperar que largaran la sangre o el sudor, según se mire.
Luego he reducido una cebolla grande y llena de luz, a polvo, a jugo, a numen. Y otra vez he llorado.
Pero tan poca cosa no me amedrenta.
Me zambullo, con el jugo y las lágrimas, en el aceite hirviente y cuando todo se impregna, paso una lluvia de arroz de la caja a mi mano y de mi mano a la sartén en donde bullen los zumos del dolor y de la dicha.
Y puedo esperar que los granos se hinchen. Sé que soportarán (igual que yo) una hinchazón tres veces superior a su tamaño. Sólo hará falta agregar agua o caldo, un baño que les permita transitar por el infierno de la hornalla.




Tallarines al pesto

Es condición indispensable que se acompañen
Con un vaso de borgoña. Pueden ser comprados en la fábrica de pastas, pero no hay como los hechos en casa en un día de invierno. Estirados hasta dejar pasar la luz. Colgados a secar de los espaldares de las sillas como los relojes blandos del cuadro de Dalí. Arrollados, prietos, sobre el mármol de la cocina. Cortados en cintas finas, tan finas que los dedos peligran. Abiertos luego, aireados por las manos llenas de harina. Son tan tiernos que apenas llegan al agua se desmayan y hay que colarlos pronto y cortarles la quemazón bajo el chorro de agua fría.
Por eso, antes de cocinarlos es preciso hacer el pesto. Desflorar una cabeza de ajo, apretar cada diente hasta hacerle saltar el pellejo. Una vez limpios, una vez lisos, apretarlos con el canto del cuchillo hasta hacerles perder la verga verde que se repite e inflama las entrañas. Después hacerlos papilla, picarlos hasta la exasperación. Cuando se hayan convertido en puré, reducir a zumo un ramito e albahaca que habremos cultivado en la maceta del balcón o en el jardín de la vecina. Mezclar ambas esencias en el fondo de un tazón. Inundar esa fragancia con un chorro de aceite de oliva y descender con todo al océano de la fuente.

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 


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