
Bitácora
Mi nombre completo es Mónica Beatriz Tracey. Nací en Junín, provincia de Buenos Aires, el 18 de mayo de 1953. De ahí que soy taurina. Bastante taurina. Allí, en Junín, pasé mi primera infancia, de allí es el baile, el piano, las primeras armonías que más tarde se harían palabras. También de allí son los colores de la primera mirada, la más íntima, y seguramente el tono de todo lo que vino.
Las otras infancias transcurrieron en un deambular con un centro más fijo en Buenos Aires, donde vivo, ahora en Caballito, con mis dos hijas, Agustina y Laura, y nuestra perra, Morgana.
La escritura estuvo siempre pero comenzó a tomar forma más tarde. Tenía alrededor de veinte años cuando con un grupo de poetas que nos habíamos conocido en un taller de la SADE recurrimos a quien había sido mi profesor de literatura en la Escuela de Periodismo, para formar un taller. Mario Morales, cuando todavía era mi profesor de literatura, fue quien abrió para mí el mundo de la poesía. Aún recuerdo el impacto que sentí cuando leí por primera vez el poema Zona de Apollinaire y a T.S.Eliot. Del taller que finalmente hicimos con él surgió mi grupo de pertenencia con el que más tarde haríamos la revista Ultimo Reino. Víctor Redondo, Horacio Zabaljauregui, Susana Villalba y Patricio Roig fueron compañeros de la poesía y de casi toda la vida. Hubo otros que se fueron alejando y algunos, como Jorge Zunino y María Julia de Ruschi Crespo, que ya estaban con Morales cuando nosotros llegamos, que se unieron a nuestro grupo inicial y quedaron con nosotros. Después, muchos cercanos, necesarios, que fueron creando otro grupo de pertenencia. Jorge García Sabal, Liliana Ponce, María del Carmen Colombo, Dolores Etchecopar y Pablo Narral, entre los más íntimos.
Comencé a escribir los poemas del primer libro en aquel taller. En el ´78 fui a vivir a Caracas, Venezuela. Mandé esos poemas a un concurso del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos y gané una beca para participar de un taller de poesía durante un año en ese centro. También participé en el grupo de poesía que se reunía en la casa de la escritora venezolana Antonia Palacios. Fueron compañeros de ese tiempo Blanca Strepponi, Armando Rojas Guardia y Alberto y Miguel Márquez, entre muchos otros. De los dos años que viví en Venezuela, Julio Miranda fue uno de los poetas amigos que quedaron para siempre. Finalmente ese primer libro lo terminé allí pero lo publiqué de regreso en Buenos Aires en Último Reino en 1981. Se llamó “A pesar de los dioses”. Luego vendrían “Celebración errante”, en 1987; “Hablar de lo que se ama”, en 1990, que se publicó con un subsidio de la Fundación Antorchas, y “Hablo en Lenguas”, en 1999. Todos en Último Reino.