Tres autores
, por Mónica Tracey


María del Carmen Colombo
Dolores Etchecopar
Jorge García Sabal




María del Carmen Colombo, (de “La familia china”)
 

Inventamos la pólvora, en chimangos: el origen de to-
dos nuestros males. Estallar en el aire y derramar los
fuegos, pasajeros. Como flores que escapan de una ga-
lera hasta la coronilla, nuestros alumbramientos apenas
rozan el misterio y caen como los pobres sueños de los
magos de feria.
El papel de los chinos fue grandioso, pero el metal
vence al papel. El vil metal que acuñan las espadas,
cuando lucen de modo firme, duradero. Y de aquella
papelina de biblia descendimos, de mandarín a manda-
rín. Del arte de manila, a este oficio que sólo causa agi-
tación, relámpagos.
Cañitas voladoras, estrellitas. Ardiente caravana en
busca de un oasis. Eternidad, eso anhelamos al sembrar
con paciencia en nuestra salamandra lo que no se cose-
cha: ave fénix, dragones, unicornios, ninguna utilidad
sólo ilusiones en espiral viajaron por los antiguos alam-
biques. ¡Gastar en salvas una vida! En la hoguera de un
tiempo sin sustancia nos fuimos consumiendo hasta
desvanecernos en el cielo como espigas fugaces.
El fuego va hacia arriba, la claridad se eleva, llamea
breve y desfallece. ¿Y la elevada estatura del fuego que
encendió las miradas con su mecha de orgullo? Huesos
dorados de aquellos mediodías, cantan las voces de los
antepasados en este coro de buenos mandarines: en su
declinación la luz toca la tierra, irradia oscuridad como
quien vela su propio resplandor futuro.









Dolores Etchecopar, (de “Canción del precipicio”)


La mujer sigue agitando su vestido huérfano
en la milenaria colina
ya se dormirá con los pastos
y las hondas hormigas joyeras de la muerte
dijeron
nadie supo por qué quiso esa noche tan fría
cantar en el coro de los perros
nadie sabe por qué esa noche sin consuelo
ella estaba sentada
abierta en la parte inesperada de su alma.








Jorge García Sabal, (de "Sutura")


En qué estado de reposo y movimiento
llueve ahora esta música
de la lluvia sobre chapas de zinc.
Sobre qué mundo que parece siempre
el mismo llueve, en esta noche precisa
de lluvia, entre gotas que hacen ruido
como puños. Sobre qué. Qué llueve.
En verdad no llueve ni hay ruidos
ni chapas de zinc: en verdad sólo
imaginaba, solo sin razón imaginaba
eso que parece en reposo o movimiento
hacer ruido: algo, en la mente,
que entrecorta la respiración y después
se hace laguna, desmemoria, lengua.
Algo así como palabras inoportunas
chocando sin sentido, un estado
de equilibrio en la imperfección de algo
nunca real pero que suena: ruidos, lluvia,
chapas: lluvia que llueve.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 


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