
De “Rojo junio”:
Postdata
Y todavía no te he hablado del
deterioro del correo en esta oscura provincia
del imperio.
El empleado únicamente gruñe
recostado contra un almanaque del año anterior
(un fondo excesivo de flores, vacas y montañas)
pero ahora lo enamoraron los destinos de mis cartas,
sonríe —algunas veces—
y puedo apostar que piensa en mí
cuando cruza los puentes rumbo a su almohada.
Uno puede adueñarse de los sueños de otros
para no morir, uno puede aceptar la vida como una
representación del deseo.
Así es que sin turbulencias, invento falsas
cartas a escribir —
exóticos remitentes en la mañana que tiembla—
y ese hombre y yo
volvemos a ser porosos, invencibles,
por un rato.
Isla Tortuga
Me despierto feroz esta mañana,
con ganas de amor y desayuno de campo.
Me apodero de la ciudad
abandonada a los pájaros como un
pueblo costero después de una tormenta,
y pienso en lo que queda:
un promontorio,
un refugio áspero al que visita
un cartero con la bolsa vacía
y juega a los dados en la penumbra de la
cocina.
No espero nada del verano.
No espero nada del poema.
Hay que pintar esa puerta herrumbrada
y contarme algún cuento de cuando
los piratas eran serios, señores de palabra
seca
y corazón ablandado como una ciruela
dentro del jarro de ron.
De “Escalera de incendio”:
La superficie del verano
Hay un grillo bajo la tapa y raíces que cuelgan
en el corredor.
Hay restos de maíz, de arenales de río,
marzo pisa las calles y establece la duda
como triunfo sobre la mesa.
Es tiempo de terminar las historias
y ponerlas a secar (la vida está vestida
por nosotros desde temprano.)
Mi amiga dice: "El mundo es inconquistable"
mientras la colilla le quema los dedos y
ensombrece los ojos
"Pero le robé a un hombre el corazón".
Qué hiciste con él, no digo, dice el viento,
qué hiciste con él.
Verano de 1954
Lanzo un sombrero imaginario al aire
y vivo otro día.
Escondida en algún lugar entre el cansancio
y el dolor, está la pasión.
Cierro los ojos en la oscuridad
y muero otro día.
Está arrojando el sombrero desde una terraza:
una chica flaca, de triste curiosidad.
Enfundada en un vestido más grande que sus sueños
(y en los sueños de otros.)
Qué era lo que cantaban todos alrededor,
hay un gran marco para una letra excluyente,
qué fue lo que cantaban.
Escondida en algún lugar entre la baranda
y el vacío, está la pasión.
En ninguna parte
Es una extranjera en su ciudad.
La delatan su furia, su pasión por narrar,
el uso de palabras que atesora como talismanes
bajo la lengua quieta:
zapote, encarnadura, cielo mayor,
tiene miedo a olvidar.
Las luces se hunden en su insomnio
como piedras contra la argamasa en el imaginario.
El mundo se interrumpe en cada carta que
espera
y sólo canta en sueños, los puños apretados,
quién sabe qué canción que huele a flores
o a la sordidez de algún bar, donde alguien le cuenta
su vida,
el hocico húmedo contra su oreja paciente.
Ella teme olvidar pero el gran olvido la espera
junto al río.
“Perderme en un bosque, morir por amor,
no diluirme como la témpera en el vaso, no ser
Diego de Zama en la ribera”.
Regresa por calles bajas, temerosas,
se cruza con un afilador en bicicleta.
“Malecón”, murmura.
Definitivamente, está perdida.
De “Bulgaria”:
Black Mask
En la novela negra
ella no se enamoraría del asesino,
sería la torva ingenua bailarina de cabaret
o la dulce —nada ingenua—
muñeca con ojos como ciervos, pelo
para agitar en el viento entre las acacias.
En la novela negra
no podría jamás cruzar la línea,
bajo su respiración
estarían los muros amarillos,
la seducción de un héroe al que abrazar.
Y ya no importaría la tensión del poema
o de su espalda
soportando el mundo.
En la novela negra ella no tendría esta asfixia,
este estribillo que envejece
a medida que come de su pan
y abre los brazos en la oscuridad
en un escándalo incumplido.
Si algo la habita
es la memoria de un puerto insignificante
y caluroso
donde la muerte no era un estallido
sino una conversación, una clara evidencia.
Cónsul honoraria
Te escribo desde la nada,
pequeña oscura funcionaria que ni siquiera ve el río.
La cúpula rota se refleja en los charcos
cuando llueve
y es el único sitio en que brilla el destierro,
la única moneda que parece de oro.
A la hora del café todos hablan de nada,
se espera una tormenta (que pueda desprender el esmalte
del aire) o la notificación de otro destino.
Me siento como un cónsul en mi propia ciudad:
un poema reseco debajo del informe, la mitad
de una carta, una invitación para la fiesta en el muelle.
Esa mujer con los ojos muy pintados debo ser yo,
la que saluda bajo la luz naranja
de los faroles de papel e imagina a una goleta
amarrada a unos pasos
y a su escritorio flotando en alta mar.
El viento es débil
y la humedad de las plantas el punto de impresión.
Una ciudad, otra ciudad, se inclinan sobre mi vida
con su historia (y no lloran la mía)
Nombres tan fuertes como árboles,
tienen razones para llegar al cielo e intentar
resistir al huracán (que también gime un nombre)
La vieja furia por no saber donde piso está presente
(como un clásico)
Una niebla que se levanta del agua y oculta
el horizonte.
Veo mis pies, veo el repliegue,
la noche que termina sin haber empezado,
un cuaderno de notas en los hospitales del mundo.
Una locura de cristal, acuartelada.
De “El muelle”:
VI El buzón
Detrás del vidrio el buzón se comporta como un testigo mudo.
Jamás podrá hablar de este íntimo mensaje, escrito
en la galería de la cordura: una flor helada
(como los reproches)
creciendo en silencio hacia un enigma.
Hay un imán en el papel, un espejo,
una confianza translúcida avanzando con la tarde.
Va en busca de la noche, de su palidez de claustro
en la aventura de encontrar la historia:
esa guitarra que nunca toqué, la voz del coro, no la mía.
Nunca vi a nadie echar una carta en ese buzón.
Y yo podría hacer de la espera de ese gesto
la tabla de salvación, podría convertirlo en un destino.
Una rebelión más confiable
que mis golpes contra las paredes en hoteles de paso
y la promesa renovada de borrar mi nombre.
He vivido, de gestos como éste,
he sido cómplice de animalitos huraños
que sólo me daban su aliento aferrados a lo real
como una ráfaga oscura.
XIII
La sombra del árbol cae sobre la ventana
y la mujer sorbe su café dentro de un cuadro de Hopper.
Nada puedo perdonar.
Ni su escote, ni que no levante los ojos para
hermanar su soledad de verano sin humo,
ni sus piernas cruzadas como cubiertos sobre el plato
en una cena tardía, inmóvil, sin conversación.
Este calor lo corrompe todo, deja manchas
en las hojas y en las maderas.
La pesadilla de la noche anterior persiste el día entero
como un ácido, como una gota de sangre vieja.
Es la derrota de mi propia casa
llevada en andas por enemigos invisibles durante
la estación cálida.
En una leyenda habría una conspiración:
la mujer y yo compartiríamos un hombre o un delito.
Huiríamos juntas, por las calles más escondidas del puerto
entre edificios demolidos y ventanas tapiadas.
Y la vida seguiría siendo este enigma ordenado,
esta resaca de todo fulgor, la búsqueda de un reducto
para reponerse de los errores.
En un rincón de la ciudad dormida, sobre el escenario de
un sótano, al fin improvisamos un diálogo de seda,
prisioneras de las cinco personas -remotas-
en la oscuridad.
¿Nos volveremos más bellas bajo el spot?
¿Más serenas?
Conozco esta ciudad de epopeyas secretas
y renuncias.
Conozco esta hora en que el poema empieza a
escribirse bajo las uñas
y pagamos por una ventana que da a un pavimento
aceitado
donde el miedo puede recostarse contra la luz.