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Laura Yasan nació en Buenos Aires, Argentina, en 1960.
Publicó "Doble de alma" (poemas, Tierra Firme, 1995). "Cambiar las armas" (poemas, Botella al mar, 1997), “Loba negra” (poemas, La bohemia, 1999 y Edit. Educa 1999), “Cotillón para desesperados” (poemas, La bohemia, 2001) y Tracción sangre (poemas, La bohemia, 2004)
Loba negra” recibió el Premio Único de Poesía EDUCA, Costa Rica, 1998, y el 3º Premio del Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires, 1998.
“Cotillón para desesperados”  recibió Mención especial del jurado en el IV Premio Internacional de Poesía Ciudad de Medellín, Colombia.
Sus poemas fueron publicados en diferentes revistas literarias del país y del exterior, como así también en numerosas antologías.
Su obra fue parcialmente traducida al inglés y al alemán.
Integra desde el 2000 el consejo de redacción de la revista literaria “Los rollos del mal muerto”
Ha coordinado talleres de escritura en distintas unidades penitenciarias, institutos de menores, hogares de ancianos, bibliotecas municipales y en forma privada, tarea que desarrolla hasta el presente.
Ha diseñado y coordina actualmente el programa de trabajo “Palabra Virtual”, talleres de creación literaria a través de correo electrónico.
Desde el año 2004 trabaja intensivamente en su proyecto La ruta del texto: talleres itinerantes a realizarse en todo el país.

 

Más sobre Laura Yasan:


¿Quién es Laura Yasan?
o
Lo que mira la mirada de una loba
por Ricardo Miguel Costa*


 

¿Por qué “la rumana”?

Me llaman la rumana porque soy un bicho raro. Mi comportamiento se sale bastante de la media. Soy tremendamente escéptica, áspera, ácida y suelo ver las cosas de una manera muy particular. Con mis amigos me justificaba diciendo “en Rumania somos así” (mi viejo nació en Rumania), y comenzaron a llamarme la rumana. Rumana es el nombre de mi locura.

¿En qué barrio de Buenos Aires naciste?

 No sé en qué barrio nací. Alguna vez lo supe pero me olvidé. Mis padres tenían el berretín de mudarse. Era algo agotador, que consistía en montar una fábrica de lámparas de ropa, comprar una casa de dos pisos, cambiarnos de colegio, quebrar la fábrica, vender la casa, comprar un ambiente, cambiar de colegio, montar otra fábrica y así sucesivamente, mechado con viajes continuos a Miramar, en donde mi vieja tenía dos boutiques. Ahora hace diez años que vivo en la misma casa, en Caballito, mi primer casa propia. De manera tal que entre mi nacimiento y mis 33 años me mudé 21 veces. Así que tengo una sensación de pertenencia con casi toda la ciudad. Eso sí, cuando veo un camión de mudanzas necesito como mínimo una máscara de oxígeno.

Considerando que en la vida suelen acontecer experiencias que podríamos advertir como poéticas; aquellas que luego se configuran o traducen en poemas, me gustaría saber, en tu caso, cuál fue el primer episodio que reconocerías como tal y si terminó o no en poema.

Casi nunca me suceden cosas así. En general el poema comienza a surgir como un collage de palabras que se me quedan pegadas de la calle, de la tele, frases sueltas que escucho en el subte, la frase cursi de una película. Son como ruidos que no cuelan y me martillan la cabeza hasta que me los saco con un poema, como si los limpiara. Pero recuerdo un episodio que se ajusta a lo que preguntás y generó el poema Todos estamos solos en Buenos Aires. Era una noche de invierno muy fría. Mi casa estaba en obra (todo en cajas, todo lleno de polvo y escombros; un caos absoluto). Yo estaba dando vueltas y vueltas sin lograr encontrar un espacio mínimamente  hóspito para sentarnos a comer comida comprada y de pronto veo, asomado entre el revoltijo que era la cama de mi hija (en ese momento adolescente), asomar su piyama de seda rosa. Fue como ver el pétalo de una flor en un campo de concentración, una visión arrasadora. Y así, en el medio de esa desolación, agarré papel y comencé “ella duerme con piyama de seda / afuera merodea un vendaval sudaca / la noche cobra víctimas...” Y así, de la propia luz de ese detalle, el poema surgió.

 Además de Diana Bellesi, a quien has reconocido en conversaciones anteriores como de fundamental influencia en tu visión poética de mundo, ¿qué otra escritora o escritor influyó en vos?

Diana fue alguien muy importante para mí porque me abrió la puerta de un universo completo, y en ese universo yo encontré mi lugar. Más tarde fue Jorge Boccanera.

 Y previo a esta etapa, ¿quiénes fueron los primeros escritores que te “abrieron la cabeza” y cuál de ellos continúa marcando aún su presencia?

Hasta la adolescencia me la pasé leyendo literatura chatarra. Mis padres eran consumidores de best sellers y del Reader Digest . Nunca voy a olvidar la sensación física y espiritual del día en que leí por primera vez a Cortázar y a Alejandra Pizarnik. Más o menos a los quince años escribía por todas pares “ayúdame a no pedir ayuda”. Mucho después me dejé atravesar por Juan Gelman, Olga Orozco, Jorge Boccanera, para nombrar unos pocos, porque, en realidad, me gusta dejarme influir, sentirme un tamiz en donde van quedando otras voces, y son muchísimas las marcas que conservo. Aunque fuera de algunas excepciones, como e.e.cummings, por ejemplo, siempre me inclino por los/las poetas de Latinoamérica. Es donde me identifico, no hay vuelta que darle.

Además de la transformación natural que experimenta todo escritor, y que puede observarse conforme avanza la publicación de su obra, ¿qué te dejó tu experiencia docente en las unidades penitenciarias? ¿Cómo se observa poéticamente el mundo desde ese lugar?

Estamos hablando de un período de tiempo entre 1986 y 1989. Digamos que hace 15 quince años yo era lo suficientemente joven como para creer, creer en general; en la gente, en las buenas intenciones, en los cambios. Era el primer período de democracia después de la dictadura y todos apostábamos a la cultura. En esa época hacía cosas de no creer, como tomarme dos colectivos hasta Constitución y el tren hasta Ezeiza, donde se suponía que me esperaba un coche (que casi nunca estaba) para llevarme a la unidad penitenciaria de mujeres que quedaba a unos kilómetros. Ahí daba mi taller, a las internas que voluntariamente quisieran participar. Luego dependía de no sé que misteriosas coordenadas para que otro coche me lleve a la unidad de varones, esperando que, después de dado el taller, algún empleado se apiade de mí y me lleve hasta la estación para volver a tomar el tren y otros dos colectivos. Tenía mucho entusiasmo y poca experiencia. Las reuniones con coordinadores de otras disciplinas y el Director del proyecto eran caóticas. No teníamos apoyo psicológico y hacíamos todo a pulmón por muy poca plata. El Director del proyecto era un ex bailarín que estaba totalmente loco. Su lema era; “a los internos hay que armonizarles la molécula”, y no lo sacabas de ahí. A propósito, si algún lector sabe lo que quiere decir eso, ¿me lo podría hacer saber? Gracias.  De todas maneras se lograron cosas: la poeta Diana Bellesi logró compilar y editar  un libro llamado Palomas de contrabando, con los textos de los/as internos/as.

Me preguntás “cómo se observa el mundo poéticamente desde ese lugar”. De las sensaciones que puedo recordar, la peor es dejar tu documento en la entrada, tu identidad, y que se vayan cerrando rejas y más rejas a tus espaldas. La mejor era pedirle al carcelero que se quede afuera. Él me miraba incrédulo primero y alarmado después. Siempre se lo tenía que volver a pedir hasta que accedía. Ese gesto era mi comunión con los/as internos/as, porque así les demostraba mi confianza en ellos y les garantizaba que yo estaba allí para llevar a cabo una actividad creativa, que no me importaba ni me incumbía lo que habían hecho y así se sentían libres para conversar y para escribir. En otras palabras, con ese gesto me ganaba su respeto, que es lo que más necesitás en un lugar así.

En ese tiempo todavía no se había forjado conscientemente en mí el concepto de que la escritura salva, pero al parecer lo intuía y a mi manera lo aplicaba. pero si ahora, a  los 43 años, en la franja que llamo “la edad del desencanto”, me volviesen a ofrecer ese trabajo, no creo que pudiera aceptarlo. No tanto por una cuestión de energía, sino por descreimiento y porque ya no conservo esa inocencia que te permite hacer cosas incondicionalmente, sin cuestionarlas.

En el prólogo a Cotillón para desesperados, Américo Ferrari hace alusión al grito de angustia que resuena en tus poemas. Es más, lo adjetiva como “grito mudo” y lo relaciona  desde lo figurativo a la pintura de Edvar Munich. ¿Cuáles serían para vos los tres poemas, incluidos en alguno de tus libros, que mayor reconocimiento le otorgarías como herederos de ese grito mudo?

Siempre me sorprende la visión de los demás sobre mi poética. Yo no encuentro en mi propia escritura toda esa angustia , tal vez porque, justamente, en el acto de escribir me libero de ella. En general, me doy cuenta de la entrelínea del poema mucho tiempo después, cuando tomé distancia. Descubro sus otros sentidos (siempre hay muchos, y en eso también, a medida que la mirada cambia, vas hallando nuevos significados) y me digo: “¿mirá vos lo que se trae esta mina?”. Ahora, si tengo que elegir basándome en esa suerte de grito mudo, los herederos de tal paradójica fortuna serían; Cash, Todos estamos solos en Buenos Aires, Cotillón para desesperados y Genealogía.

Desde Doble de alma  hasta Cotillón para desesperados ¿qué fue modificándose en el registro de tu voz lírica? Quiero decir, ¿qué elementos fuiste dejando de lado y cuáles fuiste incorporando en tu escritura?

Yo creo que básicamente lo que cambia es la mirada, la visión de  mundo que se te va modificando con la edad, lo demás es oficio, lecturas, buceo. Si tengo que hacer una retrospectiva, en Doble de alma y en Cambiar las armas hay más ironía expuesta que trabajo formal. Ya en Loba negra hay una madurez, no sólo estética sino también ideológica, y eso termina de cristalizarse en Cotillón para desesperados. También en lo estructural pueden verse cambios a partir de Loba negra. Antes trabajaba con versos cortos y gradualmente me fui permitiendo que el verso ocupe lo que necesite ocupar. Es impresionante esa libertad. Yo nunca escribí directamente en la pc. Escribo en hojas oficio con lapiceras de colores. Hace un par de años que escribo con la hoja apaisada para que no se me corte la respiración del verso cuando se topa con el margen. Algo que siempre conservé es la ausencia casi total de signos de puntuación: no uso comas ni puntos ni mayúsculas. Sostengo que el poema, en combinación con el espacio de la hoja, tiene recursos y herramientas suficientes para reemplazar esos códigos. El único signo de puntuación que utilizo es el signo de pregunta porque nunca encontré reemplazo para la interrogación. En mis primeros libros aparecen algunas barras o paréntesis, pero ahora raramente necesito valerme de ellos. El verso arma su propia entonación y sostiene sus pausas en los blancos del papel. En cuanto a la temática, siempre tengo dos ejes; uno intimista y uno social. En realidad siempre escribo sobre lo mismo, pero como dije al principio, lo que va cambiando es la mirada, el punto de vista.

El año pasado fuiste invitada a participar de uno de los festivales e poesía de mayor convocatoria, y tal vez de mayor trascendencia, entre los países de habla hispana. me refiero al Festival de Poesía de Medellín ¿Cómo evaluás esa experiencia y qué panorama podrías brindarnos sobre la poesía hispanoamericana actual?

La experiencia del festival de Medellín tenés que vivirla para creerla. Imaginate Plaza de Mayo totalmente cubierta de gente sentada en el suelo: para ser más exactos unas 8000 personas, la mayoría jóvenes, un escenario y una pantalla gigante, y que 64 poetas de todas partes del mundo vayan pasando a leer un poema y que durante cinco horas la gente no se mueva y se quede ahí, escuchando con fascinación. Bueno, eso pasó en Medellín. Durante una semana entera hay recitales de poesía en plazas, escuelas, universidades, barrios carenciados, siempre lleno de gente. Los chicos hacen cola para que les firmes el programa como si fueras una estrella de rock. Hablás con ellos y te cuentan que caminaron no sé cuántos kilómetros para llegar  porque no tenían plata para el bondi, pero no se pierden a los poetas por nada, lo esperan todo el año como los brasileños al carnaval. Cuando volví necesité mucho tiempo para procesarlo, te parece que estás actuando en una película de ficción. Los organizadores te meten en una combi todos los días y te llevan a leer, y vos que capáz leés tres veces al año para veinte personas (en los recitales más exitosos) no podés creer lo que estás viviendo. A donde fuese que llegabas ya estaba la tarima armada, el sonido listo, tus libros expuestos. Ahora, en lo personal, al segundo o tercer día comencé a darme cuenta que mi poesía era demasiado ríspida para ellos: les resultaba agresiva. Noté que preferían una poética más romántica, más esperanzada, pero eso es otra historia. Fue una experiencia muy intensa.

En cuanto a la segunda parte de la pregunta, no me siento capaz de brindarte un panorama sobre la poesía hispanoamericana actual dentro del marco del festival, ya que fue una suerte de babel que me desbordó en su polifonía. Sí puedo decirte que escuché algunas voces sobresalientes del murmullo parejo y conocido, como la poeta uruguaya Silvia Guerra, la poeta boliviana Blanca Wietütcher, Blanca Andreu, de España, el colombiano Julián Malatesta y Gustavo Pereira de Venezuela, entre otros

 ¿Y  sobre la poesía que se escribe actualmente en Argentina, qué lectura hacés? ¿Observás alguna diferencia entre la poesía que se escribe en las  distintas regiones del país?

 Sí, la región geográfica también hace la diferencia porque nadie es ajeno a su entorno y el entorno deja su marca en la poética. He leído últimamente algunos autores de la Patagonia y encontré una exquisita originalidad. El paisaje cambia en el poema de quien vive cerca del río, cambia en el poema de quien vive en el campo o en las grandes ciudades. El discurso se monta sobre otra geografía y la respiración y el ritmo y el sonido, todo tiene que ver con el entorno, con lo que mira la mirada del poeta.

En una charla telefónica que mantuvimos en una oportunidad, me decías que, al margen de la inclusión o no de ciertos elementos específicos, para vos sí existiría una poesía femenina...

Yo creo que en ese punto hay que tener cuidado con el significado de las palabras. Primero porque a veces se confunde femenina con feminista y, segundo, porque vos no preguntaste si existe una poesía femenina y otra masculina. Entonces todo el peso de la pregunta recae en la palabra “femenina” y ese mismo peso eclipsa o anula la existencia de una poesía masculina. Yo sostengo que se es hombre o se es mujer en el yo poético como en la vida. Si hablamos de narrativa la diferencia no tiene asidero, porque lo que se expone es una historia y puede cambiar el punto de vista, el narrador o el personaje y el lector no tiene por qué ni con qué diferenciar quién escribe. Pero en el poema, donde el Yo expone un sentido, ¿cómo puede no distinguirse una mujer de un hombre, si en la vida somos especies distintas con maneras de razonar, ver y sentir diferentes? Y ojo que no digo opuestas sino totalmente otras ¿Cómo podría ser posible que en el poema seamos iguales?...

Decime, para terminar, qué le preguntarías a Laura Yasan?

¿Quién es Laura Yasan?

                                   

 

* (Reportaje realizado para la revista Museo Salvaje, Santa Rosa, la Pampa,      Septiembre de 2004)


 

 

 

 

 

 

 


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