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En Hollywood todos son estúpidos, pero hay algunos más estúpidos que otros
Tras casi 15 años de ser un proyecto, finalmente se estrenó una la película inspirada en el clásico literario del gran George Orwell, con la sorpresa que el argumento está totalmente tergiversado, algo que debe indignar a todos por tratarse de un autor que ya no puede defenderse. Por fortuna, esta versión de Animal Farm ni siquiera ha sido vista por los familiares de los actores. Ahora sí que, literalmente, esta película es un chiquero.... que les aproveche
Animal Farm
Voces en inglés de Seth Rogen, Andy Serkis, Glenn Close, Steve
Buscemi, Woody Harrelson
Dirigida por Andy Serkis
Angel Films/2025
MAYO, 2026. ¿Cómo detectar cuando
una película nada interesante tiene qué decir al público? Animal Farm lo establece claramente cuando Napoleón, el líder de la
rebelión, asegura que "ahora sí todos somos libres" para acto
seguido aventarse un estridente pedo: "¿Lo ven? Ese es el sonido de
la libertad", dice orgulloso.
¿Quiere esto decir que el anhelo de ser libre apesta y es motivo de
vergüenza, o simplemente es una indirecta a El Sonido de la
Libertad, la exitosa película del 2024 producida por los
estudios Angel, que se aventaron a financiar Animal Farm?
Seguimos sin entender porqué los estudios, desde los gigantes hasta
los más pequeños, se empeñan en recetarnos basura woke que no
produce ganancias. Creen que por desdeñar la máxima aquella de dale
al cliente lo que pida, la taquilla recaudará millones de dólares
con sus ruinosas propuestas. Lo más increíble es que no aprenden de
sus tropiezos y, por el contrario, se entercan en querer
administrarnos más del mismo excremento.
Lo más asombroso, y que evidencia cómo la estulticia woke no conoce
límites, Animal Farm está basada en una de las novelas más leídas
del siglo XX y escrita por George Orwell, cuya influencia es
comparable a la de Charles Dickens, otro gigante de la literatura
inglesa. Orwell era un autor increíblemente entretenido y cautivante
y, sobre todo, jamás te deja indiferente: tanto sus novelas
Animal Farm y 1984 así como su ensayo sobre la política y
la manipulación lingüística, tienen igual o más vigencia hoy que
cuando fueron escritos hace ocho décadas. Eso es ser un chingón, no
un mediocre papanatas como Andy Serkis, el director de esta bazofia.
Cuando leí Animal Farm en mis años de adolescencia ochentera, el deleite de ver cómo Orwell reflejaba la realidad mediante la fábula de unos animales me hizo soltar carcajadas a ratos y en otros a detener la lectura y a reflexionar. ¿Quiénes son los animales y los racionales de este mundo, los que viven entre la fauna donde un león sabe que es un león, o los seres humanos? Ningún animal ha desatado una guerra que provocara la muerte de millones de animales como él.
Orwell, un socialista convencido hasta el fin de sus días, no tardó en descubrir que la igualdad utópica era el argumento ideal para encubrir la sed de poder. En Animal Farm, Orwell quiso advertir de la trampa que se estaba tendiendo en la URSS.
En la novela se denuncian el abuso del poder, el totalitarismo y la hipocresía. Pero en esta ocasión, la película es dirigida por Andy Serkis, recordado por su rol de Gollum (el que tiene cabeza de cebolla) en El Señor de los Anillos, ha alterado de tal manera el guión que lo he hecho irreconocible; como ha ocurrido otras veces los últimos años, lo woke ha convertido una obra literaria de primer nivel en diarrea doctrinaria.
Vamos a la historia: los animales se rebelan contra los humanos que, descubren horrorizados, buscan convertirlos en embutidos. Liderados por el cerdo Napoleón, los animales se rebelarán y echarán en polvorosa a los malvados humanos capitalistas. El sueño de igualdad parece ir muy bien hasta que surgen las primeras discrepancias con Snowball, quien ahora es una mujer (Laverne Cox), obligada a exiliarse. Snowball pasa a ser la disidente obligada al exilio, y es presentada como una buenaza justiciera. En la novela de Orwell, Snowball no es otro que León Trotsky, cuyas ideas totalitarias eran tan nefastas como las del bigotudo de Georgia con quien terminó enemistado.
Antes de continuar ¿a quién creen que se parece el cerdo Napoleón? A ver si le atinan. (La respuesta al final pero no se muerdan las uñas de ansiedad; por favor no se salten párrafos).
La película incluye un nuevo personaje llamado Freida Pilkington (la voz de Glenn Close), una mujer que conduce un automóvil muy parecido a los Tesla de Elon Musk. Y es que verán, amigos lectores, cuando se preparaba este menjurje, Musk y Trump trabajaban juntos aunque todo terminó al surgir desavanencias entre ambos. La verdad, ¿cómo es que a los guionistas les pagaron tanto dinero para incluir sutilezas tan estúpidas como ésta?
Más asombroso aún es que se haya incluido en el elenco a Seth Rogen, auténtico cianuro para todo proyecto fílmico que tenga como intención ser memorable. Rogen carece de carisma, no es divertido, es una tortura escucharlo. Si lo más divertido que nos puede ofrecer este "actor" es echarse flatulencias, Hollywood se encuentra en serias dificultades; es como el alcohólico que padece cirrosis pero sigue chingándose dos caguamas al día.
Pilkington entra en componendas con el cerdo Napoleón, quien se de ser un líder revolucionario ha pasado a ser un burgués promotor del privilegio blanco y hasta en cierto modo racista dado el modo despectivo con el que trata a otros animales. El objetivo de la malvada Pilkington pues es que la granja vuelva a ser propiedad de los odiados capitalistas humanos: el poder corrompe, lo dijo el director Sarkis en una entrevista, y había que exponerlo.
Si ésa era la propuesta, el denunciar cómo un proyecto de igualdad termina siendo traicionado por el ansia de poder, y en el entendido de que poca gente hoy sabe quién fue Stalin: ¿cómo es que a Sarkis y a los productores no se les ocurrió hacer de Animal Farm una denuncia contra la dictadura cubana? Todos los elementos están ahí: gobernantes que proclaman la "igualdad" pero que mantienen al pueblo en la pobreza absoluta mientras ellos y sus familias viven en áreas cercadas, con todas la comodidades sin faltar la piscina, símbolo absoluto del aburguesamiento occidental. De hecho, el "presidente" cubano Díaz Canel quedaría más con rostro de cerdito que el mismo Donald Trump.
Lo más desconcertante del asunto es que Animal Farm, fue distribuida por los estudios Angel, hasta hace poco vistos como un dique ante la guacareada woke que ha contaminado al mundo del entretenimiento. Aparentemente, estos estudios estrenaron la película como mensaje de que, al contratar actores "liberales", estaban dispuestos a jugar en las ligas mayores de Hollywood.
Tremendo error: con esta porquería, los estudios perdieron a un público que confiaba en ellos, seguramente el Hollywood liberal seguirá haciéndoles el fuchi (léanse las devastadoras críticas de la prensa izquierdita pese a que puedan estar de acuerdo con al propuesta) así como los millones de dólares que ya perdió el director Sarkis, quien aseguró en una entrevista "haber invertido buena parte de mi fortuna" en Animal Farm, proyecto que venía cocinándose por lo menos desde el 2014.
En lugar de haber denunciado las engañifas que traen consigo el colectivismo y la igualdad aplicadas a rajatabla, Animal Farm quiso dar una denuncia anticapitalista hecha mediante una historia que, sin ser en ningún momento apología del libre mercado, denunciaba a esos oportunistas que venden barajitas sociales con el fin de enquistarse en el poder matando toda iniciativa individual de sus gobernados.
Finalmente, la respuesta acerca de en quién parece que está inspirado el cerdito Napoleón: si respondió Donald Trump, ¡felicidades! tiene usted más intuición que todos los implicados en esta mierda de película Creer que algo así tendría éxito en taquilla equivale a querer hacerse millonario ofreciendo libros para colorear a la entrada de un table-dance: terminarán por mandarte a la chingada.
Que es precisamente lo que hicimos con Animal Farm.
Desde ultratumba, George Orwell se ha revindicado ante quienes
quisieron mancillar su obra. El señor sigue siendo un chinguetas.
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