¡VUELTOS HACIA EL
SEÑOR!
MONSEÑOR KLAUS GAMBER
QUINTA PREGUNTA
¿No celebra
el Papa desde tiempo inmemorial vuelto hacia al pueblo; y no existe en San
Pedro de Roma un altar aislado elevado sobre un podium, como en la mayor parte
de las Iglesias modernas?
Parecería exacto que la idea de un altar
central, aislado sobre un podium estuviese en cierta forma preconfigurada en
la iglesia barroca de San Pedro (pero no en la iglesia constantiniana que le
precedió): el altar papal, ligeramente elevado, se encuentra aislado en medio
de la iglesia, justo bajo cúpula central, suspendida sobre la "confesión"
y la tumba del Príncipe de los Apóstoles; fácilmente visible desde todos
los lados, es decir, desde la nave como desde los dos brazos del transepto.
Los que anteriormente hubiesen presenciado una misa papal se habrían dado
cuenta que el Papa no se colocaba delante del altar, como en el resto de la
cristiandad, sino detrás de éste. Algunos liturgistas sacaron
inconsideradamente la conclusión de que aquí se había conservado la posición
cara al pueblo, que el celebrante había tenido en la iglesia primitiva.
Pero, como lo vamos a demostrar, se trata de la orientación de la plegaria,
pues la iglesia de San Pedro no tiene el ábside orientado al este, sino hacia
el oeste, como la mayoría de las antiguas iglesias.
Sin embargo, como lo muestran las fotografías tomadas antes del advenimiento
de Pablo VI, que luego emprendió la transformación del altar papal, los
fieles presentes apenas podían percibir la figura del papa, debido a las
enormes dimensiones de la cruz y de los candelabros del altar. Por ello no
puede hablarse de una celebración versus
populum propiamente dicha. No se trata tampoco de un privilegio del Papa,
como se ha afirmado. Existen, en efecto, otras iglesias en Roma, en las que el
ábside está orientado a occidente y donde el celebrante está igualmente
colocado detrás del altar. En las modernas iglesias, construidas después del Concilio Vaticano II, a menudo se encuentra, como en San Pedro de Roma, un altar aislado sobre un podium, pero en el que falta el baldaquino que lo corona. Como se trata de un podium aislado en medio de la iglesia, desprovisto de cualquier orientación, normalmente rodeado de bancos para los fieles, es difícil encontrar un lugar adecuado para la cruz del altar, de la cual ya hemos expuesto más arriba la función de punto de referencia, cruz que es siempre exigida por las nuevas reglas litúrgicas. En la Institutio generalis del nuevo misal se puede leer: "Por ello, sobre el altar o en su proximidad, se colocará una cruz, bien visible por la asamblea" (n° 270).
Este era el caso del "altar de la cruz"
medieval (Colocado delante de la reja, que separaba el coro del antecoro);
pero ya no lo es; por lo que para satisfacer de una forma u otra esta
prescripción, se cuelga o coloca sobre el altar una crucecita. SEXTA PREGUNTA ¿Se
puede decir que estaba bien que el sacerdote rezara vuelto hacia una pared? ¿no
parece mejor que lo haga vuelto hacia la asamblea?
En cuanto se coloca ante el altar, el sacerdote
no reza en dirección a una pared, sino que todos los que están allí
presentes lo hacen conjuntamente en dirección al Señor, tanto más cuanto
que hasta ahora lo que importaba, no era formar una comunidad, sino rendir
culto a Dios por intermedio del sacerdote, representante de los participantes
y unido a ellos.
Por esto, hablando de la dirección de la oración, San Agustín, obispo de
Hipona, escribe: "Cuando nos levantamos para orar, nos volvemos hacia el
Oriente (ad orientem convertimur) desde
donde el cielo se eleva. No que Dios sólo se encuentre allí, o que haya
abandonado las otras regiones de la tierra... sino para exhortar al espíritu
a volverse hacia una naturaleza superior, es decir, hacia Dios" [17].
Esto explica porque los fieles, después del sermón, se levantaban de sus
asientos para la plegaria, que a continuación se hacía y se volvían hacia
el oriente. San Agustín les invitaba a ello frecuentemente al terminar sus
sermones, empleando, a manera de frase ya consagrada, las palabras: "Conversi
ad Dominum " (vueltos hacia el señor).
Se puede evocar aquí una palabra de San Pablo. Consciente de que "El tiempo
que pasamos en nuestro cuerpo es un exilio lejos del Señor, porque caminamos
en la fe, no en la visión", él desea estar "ausente
de su cuerpo y presente cerca del Señor" (ad Dominum) (2 Cor.
5,6‑8).
Así pues,
volverse hacia el Señor y mirar hacia el Oriente, para la Iglesia primitiva
era una misma y sola cosa.
En su obra fundamental Sol Salutis (1920),
Joseph Dólger dice que está convencido de que la respuesta de la asamblea "Habemus
ad Dominum"
(Nos volvemos hacia el Señor) a la apelación del
sacerdote "Sursum corda" (¡Elevemos
los corazones!), significaba que se volvían hacia el Oriente, hacia el Señor
(pág. 256).
A este respecto Dólger observa que ciertas liturgias orientales proceden
expresamente a esta invitación por una llamada del diácono antes de la
plegaria eucarística (pág. 251). Este es el caso de la anáfora copta de San
Basilio que comienza así: "¡Aproximaos, vosotros los hombres, levantaos
con respeto y mirad hacia el Oriente"; y de la anáfora de San Marcos,
donde una exhortación análoga ("¡Mirad hacia el Oriente!") se
dice en medio de la plegaria eucarística, justo antes de la transición que
lleva al "Sanctus".
En la breve descripción litúrgica del segundo libro de las Constituciones
apostólicas, que son unas instrucciones del Siglo IV, se menciona
igualmente que hay que ponerse de pie para rezar y volverse hacia el Oriente
[18]. El libro octavo nos aporta la apelación del diácono: "¡Poneos de
pie hacia el Señor!" [19]. Como se ve, aquí también hay un paralelismo
entre el hecho de mirar hacia el Oriente y el de volverse hacia el Señor.
La costumbre de rezar en dirección al sol naciente es inmemorial, como
igualmente lo ha demostrado Dólger; se la encuentra tanto entre los judíos
como entre los romanos. Por ello el romano Vitrubio, en su tratado sobre
arquitectura, escribe: "Los templos de los dioses deben estar orientados
de tal forma que ... la imagen que se encuentre dentro del templo mire hacia
el ocaso, para que los que vayan a hacer sacrificios estén vueltos hacia el
Oriente y hacia la imagen; y así al hacer sus oraciones vean todo el
conjunto, el templo y la parte del cielo que está a levante, y que las
estatuas parezcan levantarse con el sol para mirar a los que rezan durante los
sacrificios". Para Tertuliano (hacia el 200 D.C.) la oración hacia Oriente es cosa evidente. En su librito "Apologética ", menciona que los cristianos "rezan en dirección al sol naciente" (c.16). Esta orientación de la plegaria se señaló muy pronto en las casas por medio de una cruz en el muro. Se ha encontrado una cruz en la parte superior de una casa de Herculanum, sepultada cuando la erupción del Vesuvio, el 79 D.C. [21]. |
