¡VUELTOS HACIA EL
SEÑOR!
MONSEÑOR KLAUS GAMBER
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DUODÉCIMA PREGUNTA ¿Por qué el carácter sacrificial de la misa, se manifiesta menos claramente si, como se afirma, el sacerdote está vuelto cara al pueblo? Cuestión inversa: Si entre los especialistas se sabe perfectamente
que al preconizar "el altar cara al pueblo" no se puede apelar a una
práctica de la iglesia primitiva ¿por qué no se saca la consecuencia que se
impone? ¿por qué no se suprimen "las mesas para un banquete",
erigidas con sorprendente unanimidad en el mundo entero?
Muy probablemente porque este tipo de mesas responden más a la nueva concepción
de la misa y de la eucaristía, que a la práctica antigua.
Bien claro está que se querría evitar hoy dar la impresión de que la
"santa mesa" (como se denomina en Oriente al altar) pueda ser un altar
del sacrificio. Sin duda es también la razón por la que casi en todas partes sólo
se pone en el altar un solo ramo de flores, como si fuese la mesa de una comida
de familia, así como dos o tres velas, que generalmente se colocan al lado
izquierdo de la mesa, mientras que el jarro con flores se pone al otro lado.
Se busca la ausencia de simetría, y ya no es necesario tener un punto central
de referencia, como el que existía hasta hace poco en la cruz con los
candelabros colocados a derecha e izquierda de ella; sólo se quiere una mesa
para la comida y no un altar.
El sacerdote se coloca delante del altar del sacrificio, no detrás. Lo mismo
hacia el sacerdote, entre los paganos. En el santuario, su mirada se dirigía
hacia la representación de la divinidad, a quien se ofrecía el sacrificio. Lo
mismo en el Templo de Jerusalem, donde el sacerdote encargado de ofrecer la víctima
se colocaba delante de "la mesa del Señor" (cf. Mal 1,12), como se
llamaba al gran altar de los Holocaustos situado en el centro del Templo, cara
al templo interior, que guardaba el arca de la alianza en el Santo de los
Santos, lugar donde habita el Altísimo (cf. Ps. 16,15).
Una comida se desarrolla bajo la presidencia del padre de familia en medio del círculo
familiar; en cambio en todas las religiones existe una liturgia determinada para
llevar a cabo el sacrificio, que se desarrolla en o delante de un santuario (que
puede ser también un árbol sagrado). El oficiante está separado de la
muchedumbre y se pone delante de ésta, ante el altar y vuelto hacia la
divinidad. De siempre, las personas que ofrecen un sacrificio están vueltas
hacia aquel a quien se destina el sacrificio y, en absoluto, hacia los que
participan en la ceremonia.
En su comentario del libro de los Números (10,2), Orígenes se hace interprete
de la concepción de la Iglesia primitiva: "El que está delante del altar
muestra por este hecho que es él quien cumple las funciones sacerdotales. Ahora
bien, la misión del sacerdote consiste en interceder por los pecados del
pueblo". En nuestros días, en que el sentido del pecado desaparece poco a
poco, es una idea que parece ampliamente perdida.
Como sabemos, Lutero negó el carácter sacrifical de la misa: no veía en ella
más que la proclamación de la palabra de Dios, a la que seguía la celebración
de la Cena. De aquí su exigencia, ya mencionada, de que el celebrante estuviera
vuelto hacia la asamblea.
Ciertos modernos teólogos católicos no niegan directamente el carácter
sacrifical de la misa, pero les gustaría hacerlo pasar a un segundo plano a fin
de poder resaltar mejor el carácter de cena de la celebración. La mayoría de
las veces por consideraciones ecuménicas en favor de los protestantes; pero
descuidando en su ecumenismo a las Iglesias orientales ortodoxas para las que el
carácter sacrifical de la divina liturgia es un hecho indiscutible.
Sólo la eliminación de "mesa de comida" y la vuelta a la celebración
en el "altar mayor" podrán llevarnos a cambios en la concepción de
la misa y de la eucaristía, es decir , a la misa entendida como acto de adoración
y de veneración a Dios, como acto de acción de gracias por sus beneficios, por
nuestra salvación y nuestra vocación al reino de los cielos, y como
representación mística del sacrificio de la cruz del Señor.
No obstante, como ya hemos visto, esto no excluye que la liturgia de la palabra
se celebre no en el altar sino en la sede o ambón, como anteriormente se hacia
en la misa episcopal. Pero las oraciones deben decirse todas hacia el oriente,
es decir, hacia la imagen de Cristo en el ábside y hacia la cruz en el altar.
Dado que durante nuestra peregrinación en la tierra no nos es posible
contemplar toda la grandeza del misterio celebrado y menos aún al propio
Cristo, ni la "asamblea celeste", no basta hablar continuamente de
todo lo que el sacrificio de la misa tiene de sublime; es necesario más bien
hacer todo lo posible para poner en evidencia a los ojos de los hombres la
grandeza de este sacrificio a través de la misma celebración, a través de una
artística disposición de la casa del Señor y especialmente del altar. Se puede aplicar tanto al desarrollo litúrgico como a las imágenes lo que de los "velos sagrados" dice el PseudoDionisio el Aeropagíta en su libro Sobre los nombre sagrados (1,4): esos velos "que (aún ahora) esconden lo espiritual en el universo sensible, y lo supra-terrestre en lo terrestre, que confieren forma e imagen a lo que no tiene forma ni imagen .... Pero llegará un día en que habiéndonos convertido en imperecederos e inmortales, y alcanzando la paz bienaventurada junto a Cristo estaremos, como dice la Escritura, cerca del Señor (cf. Tess. 4,17) colmados de la contemplación de su presencia visible". |