La Misa cara a Dios
por JEAN FOURNÉE 

B. ALGUNOS TEXTOS PATRÍSTICOS 

   Entre los gentiles pasados a la religión cristiana subsistían hábitos, ritos e incluso creencias que no podían desaparecer totalmente. En todas partes y en todas das épocas, los misioneros de la fe han tenido que enfrentarse con la herencia de un pasado que marcaba profundamente a los pueblos que estaban evangelizando. La experiencia les mostraba que era más fácil, más prudente y finalmente más eficaz cristianizar antiguos mitos que abolirlos. Es por todos sabido que la mitología antigua reaparece en la iconografía paleocristiana. .

   En cuanto a los elementos de la naturaleza, eliminados como objetos de culto, no han cesado de subsistir en el cristianismo como referencias y como símbolos. En el primer capítulo reunimos cierto número de testimonios sobre el simbolismo cristiano de la luz y del astro que la dispensa. Opusimos él oriente de donde nace al occidente donde se apaga. Tratamos de mostrar cómo la oración litúrgica había sabido acoger y exaltar lo que habita de significante y de enriquecedor en esta realidad cósmica, interpretada como un efecto del querer divino, y que constituye un medio de aproximación a Dios. Pasaje de lo visible a lo Invisible, de lo creado a lo increado, de la creación a su Autor. Llamado a la espera, a la esperanza, a la contemplación, a la adoración. Henos aquí lejos del culto solar denunciado por San León Magno. ¿Estaban fundados sus temores? El terreno sobre el que se desarrolló la mística cristiana de la luz estaba finalmente menos profundamente contaminado por los aportes extrínsecos de la mitología solar de lo que estaba impregnado por esta cultura grecolatina cuya influencia difusa pero real[5] afirma Cirilo VOGEL, y que iba a facilitar las rectificaciones necesarias. 

   No podemos reproducir todos los textos patrísticos relativos a la comparación entre Cristo y el sol naciente, y que justifican la oración orientada[6]. Se hallan en las Patrologías griega, latina y oriental. Elegiremos algunos de ellos. 

San Justino. San Ireneo: 

   En el siglo II, SAN JUSTINO (t hacia 185) es sensible a la comparación entre Cristo y el oriente.  Comentando el capítulo 21 de los Números, versículo 8, ve en la serpiente de bronce levantada por Moisés el 'símbolo de la cruz del Salvador[7]

   San IRENEO (+ 202): "Es Él quien ilumina las alturas, es decir, los cielos. Es Él quien recame la larga extensión del oriente al occidente"[8].

Clemente de Alejandría 

   Se lee en CLEMENTE DE ALEJANDRÍA (t. hacia 215): 

   "El oriente es la imagen del día naciente. Es de ese lado también que crece la luz, la cual en primer lugar sume de las tinieblas donde se estanca la ignorancia y de donde se ha separado el día del conocimiento de la verdad de la misma manera como se eleva el sol. Por ello, es normal que se dirijan las oraciones hacia el nacimiento de la mañana". 

   Esta conveniencia –prosigue- explica la disposición de los más antiguos templos (Stromatum., libro VII, cap. 7. P.G. IX, 482-483). 

Tertuliano 

   TERTULIANO (+ hacia 240) - constata y aprueba el uso observado por los cristianos de darse vuelta hacia el oriente para rezar. Vuelve sobre ello en varias ocasiones: Ad orientis regionem conversi, Deum precabantu… Ad orientis partem facere nos precationem[9]

San Cipriano 

   SAN CIPRIANO (+ 258) se expresa así: Cristo es el verdadero sol y la verdadera luz. Cuando, al declinar el día, pedimos que la luz brille de nuevo sobre nosotros, imploramos la venida de Cristo quíen nos dará la gracia de la eterna claridad. Ahora bien, que Cristo sea designado como el día es lo que nos enseña el Espíritu Santo en los salmos... Es el día que el Señor hizo; marchemos y alegrémonos con su luz... Cristo es igualmente designado como el sol, según nos lo atestigua Malaquías. 

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