La Misa cara a Dios
por
JEAN FOURNÉE
LA OPINIÓN DE SAN AGUSTÍNLa actitud de San AGUSTÍN (354-430) puede compararse con la de San León, quien un poco más tarde debía reaccionar contra una costumbre que ya dijimos por qué le parecía equívoca. San Agustín, cómo lo hará San León, pone en guardia a los cristianos contra el peligro de transformar en objeto de culto real lo que no es sino un signo, un símbolo. Tenía para ello una buena razón: su conocimiento de la herejía maniquea y su lucha contra ésta. Si no estuvo verdaderamente enrolado entre los discípulos de Mani, manifestó por su doctrina un interés, incluso nana simpatía de la que se acusa por otra parte en sus Confesiones. En el capítulo VI del libro III (§ 10) se lee "... y los manjares que servían a mi apetito de verdad eran, en lugar de Ti, la luna y el sol, abras maestras de tus manos, pero tu obra, y no tú, y ni siquiera tu obra suprema: pues tus creaturas espirituales son aún más excelentes que ésos cuerpos resplandecientes de luz y qué giran en los cielos". Desde el comienzo de su sacerdocio debía reaccionar vigorosamente contra los maniqueos. Su desconfianza hacia ellos se traduce, un año después de su ordenación, en su debate público con Fortunato: "En la oración a la qué he asistido le dice no he visto nada contrario a la decencia, pero he podido notar y convencerme qué había algo contrario a la fe, aunque sólo fuese la obligación de daros vuelta hacia el sol para orar" [14].Pero sobre todo después de su accesión al episcopado, en Hipona, es cuando escribió su requisitoria más severa contra el maniqueísmo. Se desarrolla a lo largo de los 33 libros de su Contra Fausto el maniqueo. He aquí algunos extractos: "En cuanto a vosotros, si vuestro corazón, en lugar de entregarse a la codicia de los puros fantasmas corporales, supiese abrirse al amor de los bienes espirituales é invisibles, no se os vena, para citar un hecho bien conocido, adorando a ese sol material como si fuese la sustancia divina y el esplendor de la sabiduría" (Libro V, cap. 11). "Que quienes adoran al sol material ya no se enorgullezcan y que sepan que Cristo es a veces designado como el sol, como un león, un cordero, una piedra, simplemente en forma de comparación y no de sentido literal" (Libro XII, cap. 22). En el libro XIV, cap. 11, Agustín recuerda que Moisés prohibió aforar al sol y a la luna (Deut. 17, 3), ese sol y esa luna "que vosotros seguís en su curso, girando hacia todos los sentidos para adorarlos". El libro XX, cap. 2, contiene la respuesta de FAUSTO a Agustín y precisa su curiosa doctrina: "Adoramos una sola y misma divinidad bajo la triple invocación del Padre, todopoderoso, de Cristo, su Hijo, y del Espíritu Santo. Pero creemos que el Padre habita en la luz más elevada, la luz principal, la que Pablo mismo llama inaccesible (1 Tim 6, 16); que el Hijo reside en nuestra luz secundaria y visible, y como Él mismo es doble, según que el Apóstol lo reconoce al decir que Cristo es la virtud y la Sabiduría de Dios (1 Cor. 1, 24), creemos que su Virtud habita en el sol y su Sabiduría en la luna…". Agustín se indigna. En el capítulo 6 del mismo libro XX, declara preferir en última instancia a los paganos, que sin duda "adoran cuerpos que no se deben adorar", pero cuerpos "que al menos son reales"; mientras -dice- que vosotros, maniqueos, ni siquiera adoráis "a ese sol material que vuestra oración acompaña en su curso". Pues, lejos de tomar al sol por lo que es, ellos hacen de él una abominable ficción: "Decís de él cosas tan falsas, tan abominables que, si él pudiese vengar esas injurias, os consumiría vivos. Primeramente, hacéis de él una especie de navío, de manera que no os extraviáis solamente, como se dice, en toda la altura del cielo, sino que navegáis en é1. Luego, por más que aparezca redondo a los ojos de todo el mundo y que esta forma esté en perfecta relación con el rango y la posición que él ocupa, pretendéis que es triangular, es decir, que su luz ilumina el mundo y la tierra pasando por una :especie de ventana abierta en :triángulo. Esto hace que os agachéis, es verdad, y que inclinéis la cabeza ante este astro, pero que en lugar de un sol redondo, con un globo tan luminoso, adoréis no sé qué navío producto de vuestros sueños, del cual la luz se escapa a través de una abertura triangular". El capítulo siguiente comporta una disertación sobre la luz material, la luz de la razón, la luz divina. En el libro XXII se encuentra una exposición doctrinal sobre: luz increada y luz creada; Dios es luz y fuente de toda luz; ¿cuál es la luz que Dios ha creado? Dios no ha estado nunca en las tinieblas. En otro relato, comentando el Ego sum lux mundi (Juan 8, 12), SAN AGUSTÍN vuelve sobre la herejía maniquea:"Hay más de uno que se dice a sí mismo: ¿el Señor Jesucristo sería el sol cuya salida y ocaso forman la medida de nuestros días? Varios herejes lo pensaron: en efecto, los maniqueos veían la personificación de Cristo en este astro cuyos rayos hieren nuestra vista... Pero la verdadera fe de la Iglesia católica rechaza semejante inepcia... No vayamos pues a ver a Jesucristo en ese sol que se alza ante nuestros ojos en oriente para ponerse en occidente... ¡No! el Salvador Jesús no es el sol, no, no es este astro salido de la nada; Él es su creador" (In Joann. tractatus XXXIV. P.L. 35, 1652 ss.). Estos textos son indispensables para situar la posición, de San Agustín. Él tenía que hacer frente por una parte a las aberraciones de los maniqueos, y por otra, a1 culto pagano del sol. En su Ciudad de Dios (XIX, 23) denuncia un eventual contrasentido: en nisi Domino soli, se trata de Dominus solus (sólo el Señor), y no dominus Sol (el dios Sol) [15].En conclusión, San AGUSTÍN pone en guardia a los fieles contra ciertas actitudes: "No dirijas tus miradas hacia las montañas, no alces los ojos hacia la luna, el sol o las estrellas... Purifica solamente la cámara de tu corazón". (Tratado sobre el Evangelio de San Juan, P.L. 35, 1487). No por eso deja de ser menos sensible al auténtico simbolismo de la luz. Así se expresa en su Sermón 190, para el día de Navidad: "El día de su nacimiento es el emblema misterioso de la luz que El viene a esparcir... Debiendo disminuir a medida que creciera la fe esa infidelidad que se había abatido sobre el mundo entero como una noche espesa, es por tal razón que en el día del nacimiento de Jesucristo la noche comienza a decrecer y 1a luz a crecer. Que ese día, hermanos, sea pues para nosotros un día solemne. Celebrémoslo, no como los infieles en atención al sol, sino en consideración de Aquél que creó al sol mismo... ¿Acaso no domina Él hoy a ese sol al que rinden honores divinos los ciegos que no sabrían contemplar al verdadero Sol de justicia?" Desgarrado entre por una parte el riesgo de ver a los cristianos extraviarse en el retorno al mito pagano del sol o en la herejía maniquea, y por otra parte, ese sentido profundo y ese gusto del símbolo que son uno de los rasgos característicos de su espíritu, San AGUSTÍN se ve evidentemente obligado a adoptar la actitud de sabiduría y de prudencia que tales circunstancias le imponen. Se lo percibe muy bien en su comentario al Sermón de la montaña, según San Mateo: • Invita a los fieles a buscar a Dios antes en espíritu que en un cuerpo celeste: magis eum quaerant in anima quam in corpore etiam caelesti. • Los cielos en los que habita nuestro Padre son ante todo los "corazones de los justos", donde "Dios reside como en su templo": in cordibus iustorum . . . tanquam in templo suo sancto. Ello, a propósito del Pater noster, qui es in coelis. • Pero no por esto deja dé escribir, y lo siguiente es muy importante: "Es para expresar este pensamiento que, cuando oramos, nos damos vuelta hacia el oriente unde coelum surgit. No que Dios habite allí y haya abandonado las otras partes del mundo, Él que está presente en todas partes... Sino que el espíritu se ve así invitado a dirigirse hacia lo que hay de más perfecto, ya que el cuerpo, que es terrestre, se dirige hacia la sustancia más eminente, que es el cielo"[ 16].Y sigue un comentario sobre Cristo, luz del mundo. Este ad orientem convertimur se junta con el conversí ad Dominum del segundo sermón en honor de San Cipriano y con todas las fórmulas semejantes encontradas por Cirilo Vogel en 47 sermones auténticos de San Agustín. Ciertamente, no se podría ubicar al gran doctor entre los adversarios de la oración orientada. Todo esto muestra que, aprobado o no, el pueblo cristiano había adoptado muy temprano la costumbre de orar hacia el oriente cósmico y que lo había hecho espontáneamente. Cualesquiera hayan sido las "motivaciones" iniciales de esta costumbre y las advertencias de que fuera objeto, ésta iba a imponerse y a generalizarse. En cuanto práctica cultual, el Padre DANIÉLOU la data "a comienzos del siglo segundo", y Cirilo VOGEL estima que era aplicada "desde alrededor del 200, y quizás incluso desde el comienzo del siglo segundo, tanto en Oriente como en Occidente". PLINIO EL JOVEN, el amigo de Trajano, la atestigua en una época que corresponde al final de la vida de San Juan Evangelista (Epist. X, 96, 6‑7). Una vez más iba a triunfar la lex orarndi, y esta ley iba a regir no sólo la oración privada, sino la liturgia y la arquitectura de los edificios sagrados, al mismo tiempo que su disposición interior. En los capítulos siguientes nos proponemos examinar las implicaciones litúrgicas y arquitectónicas, dicho de otra manera las pruebas culturales, de la orientación en la Iglesia universal. |

[14]
Contra Fortunato., P.L. 42, 113-114.
[15]
Se
trata del texto del Éxodo 22,19: Sacrificans
iis eradicabitur nisi Deo soli (quien ofrece sacrificios a otros
dioses en lugar de sólo a Yahvé será entregado al exterminio).