La Misa cara a Dios
por JEAN FOURNÉE 

Capítulo III

  ARQUITECTURA Y ORIENTACIÓN

Primacía de la orientación

   Si se quiere esquematizar los datos históricos relativos a la arquitectura y a la disposición interior de las iglesias cristianas, primeramente hay que afirmar como principio común, desde el origen, que la construcción de los edificios se ordenó según el eje este-oeste. Las únicas derogaciones a este principio, y éstas son raras, dependen de un caso de fuerza mayor: adaptación cultual de una construcción preexistente o restricciones impuestas por el marco urbano. 

   Notese bien que esta disposición axil es común a las dos direcciones: este-oeste. En el primer caso el presbítero se encuentra en el levante, en el otro, en el poniente. Pero, por paradojal que sea, estos dos partidos, diametralmente opuestos, responden en realidad a una misma preocupación: la búsqueda de la orientación cósmica, es decir, de la iluminación por el sol naciente. Cuando, en Jerusalén, Constantino hizo construir la basílica del Santo Sepulcro sobre el Gólgota, la fundó al oriente de la gruta donde fue enterrado Cristo, pero exigió que sus tres puertas se abriesen hacia el este. Es lo que nos afirma EUSEBIO DE CESÁREA en su  Vida de Constantino (libro III, cap. 25) . No hacía en sumo sino conformarse al uso de los templos paganos, cerrados al oeste, abiertos al este, iluminados de tal aranera que el sol naciente viniese a golpear el rostro del dios el día mismo en que se celebraba su fiesta (cfr. "Una Voce" n° 63, p. 101) . El eje del templo pagano estaba estudiado de tal manera que en el día de la festividad se confundiese estrechamente con el eje de la trayectoria solar. Era esa una manera rigurosa de comprender y de aplicar la orientación cósmica. .

Las primeras basílicas romanas 

   No es de sorprender que la disposición adoptada en Jerusalén por Constantino haya prevalecido en un gran número de las más antiguas basílicas cristianas de Roma y que, consiguientemente, hayan sido occidentadas. Y eso explica al mismo tiempo su disposición interna, especialmente la .ubicación del altar que, ése sí, estaba invariablemente orientado. Volveremos sobre esta constante de la orientación del altar. El celebrante estaba siempre cara al este, cualquiera haya sido el lugar del ábside. No tenía que preocuparse de la rotación axial de 180 grados, que hacía pasar un edificio occidentado a un edificio orientado, sino para cumplir ciertos gestos litúrgicos. En suma, la cuestión de saber si el altar debía estar o no cara al pueblo ni siquiera se planteaba. Es éste un falso problema inventado por nuestros liturgistas modernos. Cualquiera fuese la distribución de los fieles en el edificio, el altar estaba invariablemente versus ad orientern. Sólo eso contaba. 

   De los estudios de Mothes y de Nissen[17], mencionados por Cirilo VOGEL, resulta que "sobre un total de 53 iglesias anteriores aproximadamente al 420, 37 tienen el ábside én el oeste, 11 el ábside en el este, 2 el ábside en el norte y 3 están indeterminadas"[18]. Veremos que desde el siglo V la proporción se invierte en favor de la verdadera orientación del ábside. 

   En las basílicas occidentadas, con altar más o menos central, el ábside no podía tener la misma significación que en las iglesias orientadas. Éste tuvo la misma función que el ábside de la basílica civil. En la época constantiniana, cuando el alto clero participa de la dignidad de los funcionarios superiores del Imperio, el obispo tendrá su 'sitial de honor al fondo de ese ábside, como presidente de la asamblea cristiana, imitando a un alto magistrado o al emperador mismo. Como éste, estará rodeado de sus asistentes, dispuestos en semicírculo alrededor de él (synthronon). Disposición de la que no se puede decir que haya sido particularmente feliz puesto que separaba netamente de los fieles al obispo y su clero, y, prestándose a ello el ritual honorífico, consagraba una jerarquía clerical que tendía a derivar hacia si misma los honores debidos solamente al altar. Disposición malhadada ciertamente la que hace que el altar separe en lugar de unir. Y éste es por cierto uno de los reproches (entre muchos otros) que se pueden hacer en nuestros días al altar cara al pueblo, el de ser, como escribe el Padre BOUYER, "una barrera entre dos castas cristianas"[19], Esto es particularmente sensible en la primera parte de la avisa, la llamada, liturgia de la Palabra, cuando se ve que el celebrante no vacila en aislarse en su sillón "presidencial", más o menos detrás del altar, cuando no lo domina claramente varios escalones más arriba. Aquí verdaderamente es donde se puede hablar de "contrasentido", como lo pone de relieve por otra parte el Padre BOUYER, al denunciar la estupidez que consistiría en considerar como "ideal" una “celebración en la que se enfrentarían sacerdotes y fieles[20]. En la época en que se complacen en denunciar al clericalismo de antaño ¿no hay aquí un verdadero neoclericalismo? 

  Cuando las iglesias latinas hubieron adoptado, en su gran mayoría, la orientación real, el synthronon absidal desapareció la más de las veces. Sin embargo, hasta en plena Edad Media, hubo catedrales que conservaron en la misma ubicación un banco semicircular de piedra, adosado al ábside, con en su centro el asiento del obispo (la cathedra). Fue el caso especialmente de las catedrales del valle del Ródano: Lyon, Vienne, de la de Vaison, de Notre Dame des Doms en Aviñon y también de varias iglesias episcopales de Cataluña. El trono del obispo debió incluso subsistir, al menos como vestigio, en el ábside de catedrales como las de Autun, Chartres, Reims, Toul, Verdun, etc. En el siglo XIII, escribe Marcel DURLIAT, "los arzobispos de Lyon y de Vienne continúan ocupando un trono en el fondo del ábside, detrás del altar"[21]

   Este mismo autor hace notar muy justamente que "la instalación de los grandes retablos detrás del altar mayor fue una de las causas que hicieron abandonar esta antigua costumbre allí donde había podido persistir". 

   Pero -y es el único hecho importante- en todas esas iglesias que estaban regularmente orientadas, el celebrante, cuando llegaba al altar, lo rodeaba y se ponía a la cabeza de los fieles, delante de ellos, para la celebración eucarística. Los que estaban en la nave y en el coro oraban juntos dirigiéndose hacia el altar, y por lo tanto, hacia el Oriente.

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