La Misa cara a Dios
por
JEAN FOURNÉE
|
Capítulo IV ORIENTACIÓN Y ORNATO DE LAS IGLESIAS Dilexi decorem domus tuae "Señor, amé la belleza de tu casa y el lugar donde reside tu gloria": este versículo 8 del Salmo 25 volvía todos los días a los labios del sacerdote en el momento del Lavabo, en la misa tradicional. El nuevo Ordo creyó hacer bien suprimiéndolo. Es verdad que la iglesia ya no es la casa de Dios, sino la del pueblo. En cuanto a su belleza, ¿quién se preocupa por ella en verdad? ¿Lo esencial no es que sea "funcional"? Y sin embargo, no es solamente el salmo 25 el que así se expresa. Está toda la liturgia de la Dedicación, comenzando por el Introito de la misa, sacado del Génesis (28, 17) . Hic domus Dei est, et porta caeli: la iglesia es a la vez la casa de Dios y la antecámara del cielo. La lectura del capitulo 21 del Apocalipsis la proclama la casa de Dios entre su pueblo (tabernaculum Dei cum hominibus). La elección de los textos escriturísticos de esta fiesta de la Dedicación es admirable, ¡y cuán significantel Está, por ejemplo, la antífona de la Comunión, que es también la segunda de las Vísperas: "Mi casa será llamada una casa de oración" (Mateo 21, 13). A esta casa le corresponde la santidad para todos los tiempos (decet sanctitudo in longitudinem díerum) como lo afirma la primera antífona de las Vísperas, sacada del Salmo 92 (versículo 7). La santidad, pero también la belleza: sícut sponsam ornatam (Apoe. 21, 2), Regina f ormosissima. . . Caelí corusca civitas (himno de Vísperas). En función de estas verdades fundamentales se armonizaba el esfuerzo conjunto de los arquitectos y de los decorados de nuestras iglesias. Viendo a éstos cubrir los muros con mosaicos y pinturas, o realizar sus admirables vitrales, uno no puede menos de evocar un pasaje del Apocalipsis que forma la quinta antífona de las vísperas de la Dedicación: Lapides pretiosi omnes muri tui, Ierusalem (Apoc. 21, 19), esta Jerusalén bajada del cielo, que vio el mismo San Juan (Apoc. 21, 2), como lo recuerda el capítulo de las Vísperas. Un ornato jerarquizado Pero no se tendría sino una idea incompleta de lo que fueron la arquitectura y ,la decoración de las iglesias, si uno se limitase a someterlas a un análisis cronológico y segmentario, que no resultaría sino en un mejor conocimiento del arte religioso en sus formas, sus técnicas y sus temas, y eso de una época y de una región a otras épocas y a otras regiones. Hay más por descubrir y uno no puede llegar a ello sino planteándose la cuestión de la disposición misma de das formas y de las imágenes en relación, precisamente, a la mística del edificio sagrado como domus Dei cum hominibus y como porta caeli. Esta mística es reflexiva. Consiste primeramente en una toma de conciencia del espacio sacro, donde todo se subordina al polo dominante que es el ábside orientado. Aun cuando hasta los muros laterales estuviesen desnudos, o más exactamente desprovistos de temas figurativos, el ábside, éste si, se adorna obligatoriamente con referencias que lo definen. Es él caso, por ejemplo, de Santa Sabina de Roma, en la cual sólo el ábside es figurativo. En plena Edad Media francesa se constata esta prioridad de decoración concedida al presbiterio de la iglesia. Cuando una iglesia rural no tiene los medios para ofrecerse un conjunto de vitrales figurativos en colores, los reserva para el presbiterio y se contenta con grisallas para las naves laterales. Esto es cierto no sólo en las iglesias rurales, sino en las iglesias abaciales, como Saint-Germain-desPrés (según el testimonio de Sauval, en las Antiquites de Paris, en 1724, para la capilla de la Virgen) o en catedrales como la de Metz (de la que tenemos el testimonio del Capítulo en 1524). Es en verdad el ábside el que atrae y debe atraer la mirada: los canónigos de Metz lo afirman claramente. El ábside orientado evoca el cielo. Será reservado obligatoriamente a una imaginería celestial. Esto es válido no sólo para las iglesias de Oriente, sino para los ábsides de nuestras iglesias románicas. El sacerdote, al celebrar en el altar, verá, si levanta los ojos, alguna representación simbólica de la gloria celestial, alguna evocación teofánica en relación con la Escritura. Celebrará verdaderamente cara a Dios. ¿Quién no siente que tal disposición conviene admirablemente a tantos textos de la Ofrenda y del Canon? Ya hemos señalado algunos de los temas iconográficos del ábside. Retomaremos el asunto a propósito del más antiguo de ellos: la Cruz, pues conviene dar a las Cruces absidales su verdadera significación. Por otra parte, hace tiempo que se ha señalado que las escenas del Antiguo Testamento ocupan de preferencia el lado septentrional de las iglesias, y las del Nuevo Testamento el lado meridional.
Finalmente, que haya una relación entre los temas iconográficos del ábside
y los de la fachada occidental o del nartex, es lo que diremos enseguida |
