La Misa cara a Dios
por JEAN FOURNÉE 

La ejemplaridad del Oriente cristiano

   André GRABAR ha mostrado cómo, en las iglesias bizantinas, la decoración figurativa interior de la nave y del coro se ordenaba simbólicamente en función de los temas cristológicos del ábside[27]. Esta disposición pretendía ser a la vez jerárquica y convergente: jerárquica en la elección y la ubicación de los temas y de los personajes sagrados, convergente hacia el lugar del Encuentro escatológico de la Jerusalén terrestre y de la Jerusalén celestial. La Iglesia es un microcosmo[28], el cual, en el limitado espacio que le está reservado, enuncia el misterio del destino en Dios del mundo creado. La iglesia es el lugar de la reunión del mundo de los vivos y del cortejo de los santos, de la Iglesia visible y de la Iglesia invisible, de la Iglesia militante y de la Iglesia triunfante.

  Esto lo sentía bien ORÍGENES. En su tratado Sobre la oración, redactado hacia el 230, así se expresa: "Es seguro que las potencias angélicas tornan parte en la asamblea de los fieles, y que la virtud de nuestro Señor y Salvador está presente en ella, así como los espíritus de los santos, .los de los muertos que nos precedieron".

  Y más lejos: "En la asamblea de los santos, están reunidas dos Iglesias: la de los hombres y la de los ángeles".

  El ornato bizantino, pese a su aspecto hierático, no está de ninguna aranera inmovilizado en una especie de estado estático, como si sólo buscase orear un ambiente sacralizante. Es vida. Es progresión. Infunde un significado dinámico particular a la acción del pueblo cristiano reunido para la alabanza y la invocación. A esta acción le confiere una dimensión intemporal que tiende a una plenitud de eternidad.

  Henos aquí bien lejos del edificio puramente funcional y polivalente que encomian nuestros modernos liturgistas y enterradores de lo sagrado. Uno se pregunta cómo es posible que aún no hayan reclamado la abrogación de la liturgia de la Dedicación.

En Occidente

   Se acostumbra oponer el Occidente al Oriente, diciendo, por ejemplo, que el Occidente ha estado siempre más sensibilizado que el Oriente al carácter didáctico de la decoración figurada en sus lugares de culto. Se esquematiza, afirmando que, en su arte como en su liturgia, el Oriente cristiano pone la alabanza en primer plano, mientras que en Occidente lo que domina es el razonamiento teológico y la información doctrinal. La iconografía occidental sería ante todo, en la Edad Media, una iconografía de enseñanza, un catecismo en imágenes. Es verdad, en una cierta medida. Pero desconfiemos de las categorías. Observando de cerca la disposición de los temas, se nota que su disposición está sometida a preocupaciones del mismo orden de una zona a la otra de la cristiandad, principalmente en la época románica. El Padre CONGAR escribió no hace mucho a propósito de la liturgia que su carácter didáctico sigue siendo siempre secundario. Sucede lo mismo con la iconografía monumental.

  El estudio comparado del ornato figurativo hace aparecer entre Oriente y Occidente al menos tantos puntos comunes como desemejanzas. Eso es debido no sólo al patrimonio ideológico y cultual que tiene las mismas referencias y el mismo marco sacramental, sino también a esquemas de base idénticos que confieren a la iconología una unidad temática para lo esencial, cualesquiera sean las divergencias formales y los particularismos técnicos.

  De ello podríamos dar numerosos ejemplos. Así, hay una gran semejanza entre la escena de la Ascensión en las pinturas murales de Capadocia y el mismo sujeto pintado en San Clemente de Roma, o ilustrando un libro manuscrito de la época románica como el Sacramentario de Limoges, o incluso representado en un vitral de Poitiers, del siglo XII. La teoría de los elegidos a lo largo de las naves de las iglesias orientales corresponde a las grandes figuras de los santos en los vitrales de las ventanas altas de nuestros edificios góticos. Cada época de arte ha tratado a su aranera el tema del juicio final, con sin embargo constantes debidas al hecho de que los artistas bebieron en las mismas fuentes doctrinales. Esto es lo que permite que se pueda legítimamente comparar obras tan desemejantes como el gran mosaico de Torcello y la escultura de San Lázaro de Autun[29]. Una es típicamente oriental y la otra, occidental. Difieren por el estilo y por numerosos detalles. Pero lo esencial se encuentra en ambas. Transmiten el mismo mensaje de fe. Y, en su composición, se ordenan de idéntica manera, según la misma jerarquía.

A solis ortu usque ad occasum

   Pero sobre todo no se dejará de observar que ambas ocupan el polo occidental de la iglesia. Esta coincidencia no es fortuita. No es tampoco por casualidad que se clausura el año litúrgico con la lectura del capítulo 24 de San Mateo, quien de los Evangelistas es quien nos da la visión más grandiosa del fin de los tiempos.

  Pero también el año litúrgico comienza con el capítulo 21 de San Lucas, es decir, con el anuncio de la venida del Hijo del hombre, con "gran poder y majestad". El fin de un mundo al oeste, el anuncio del Reino eterno al este. El eje de las iglesias simboliza ese cursus.

  Aquél que es la omega es también el alfa. A solis ortu usque ad occasum, laudabile nomen Domini (Salmo 112, 3): “De la salida del sol hasta su ocaso es laudable el nombre del Señor”. Pero el último ocaso anuncia la aurora que ya no tendrá fin. Después de la noche de los tiempos, la Luz imperecedera de los nuevos tiempos.

  ¿Era para infligir a los fieles que entraban en la iglesia el mismo espanto que a la madre de François Villon, que los escultores medievales representaban con tanta frecuencia el juicio Final en la fachada occidental de las iglesias? ¿No hay más bien que considerar este tema en función de aquél al que, avanzando en la nave, se descubre en el presbiterio, al menos si se trata de una iglesia fiel a la antigua tradición tanto occidental como oriental?  

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