La Misa cara a Dios
por JEAN FOURNÉE 

Signo del Hijo del hombre

   "Entonces aparecerá en el cielo el signo del Hijo del hombre" (Mateo 24, 301. El signo del Hijo del hombre es la Cruz"[30]

   Ya hablamos de ella en el capitulo primero. Retomamos el asunto sin temor de repetirnos, tan central es para toda nuestra vida cristiana el misterio de la Cruz y tan capital el meditar su significación y exaltar su riqueza. 

   Aislada en el espacio celeste que representa el ábside, la cruz es, como escribe el Padre LANNE, el "símbolo escatológico por excelencia"[31]. Es la primera cronológicamente y la más difundida de todas las imágenes absidales. Se la encuentra tanto en Santa Pudenciana de Roana como en Santa Irene de Constantinopla. En los santuarios de Ravena brilla con sus oros y sus gemas en el azul tachonado de estrellas. Sin duda en el gran mosaico de San Apolinario in Classe, el tema absidal es la Transfiguración, pero, en lugar de Cristo aparece una gran Cruz luminosa con el busto del Salvador en el brazo. Esta Cruz que adoran Moisés y Elías, y que contemplan tres ovejas que simbolizan a los apóstoles privilegiados, toma aquí el sentido evidente de una prefiguración de la Teofanía del gran retorno. 

   El culto de la Cruz data de los orígenes de la Iglesia. El uso de la señal de la Cruz trazada sobre la frente lo atestigua San Basilio como procedente de los tiempos apostólicos. En su libro sobre Les symboles chrétiens primitifs (ed. du Seuil, 1961), el Padre DANIÉLOU escribe: "La señal de la Cruz apareció en el origen no como uña alusión a la Pasión de Cristo, sino como .una designación de su gloria divina... y los cuatro brazos de la Cruz aparecerán como el símbolo del carácter cósmico de su acción salvífica". 

   PETERSON ha mostrado cuán ligados están el culto de la Cruz y el uso de rezar hacia el Oriente[32]. La conveniencia mística que asocia la oración hacia el Oriente con esta visión del signo que, mejor que cualquier otro, lleva en sí la suprema esperanza, aparece expresada en el siglo u en san Justino y en San Ireneo. Desde el comienzo, la Iglesia ve en la Cruz el doble símbolo de la obra de salvación cumplida por Cristo y de su venida gloriosa al fin del mundo. Muy naturalmente, la Cruz gloriosa, signo de unión, será la imagen absidal por excelencia. San PAULINO DE NOLA, en el siglo IV, nos dice que la Cruz que ha hecho pintar en el ábside de la basílica de Funda simboliza el juicio. Antes de él, San EFRÉN (+ hacia 375) fija para los artistas un programa al que, de siglo en siglo, deberán permanecer fieles: "Esta preciosa Cruz ‑escribe­- aparecerá en el cielo, pródromo de la segunda venida del Señor, como el cetro de Cristo gran rey, la señal del Hijo del hombre. Se mostrará la primera, escoltada por el ejército de los ángeles, iluminando la tierra entera de una extremidad a otra, superando el brillo del sol y anunciando la venida del dueño de todas las cosas, Cristo". Apenas acababa de desaparecer San Efrén, cuando San JUAN CRISÓSTOMO se expresaba en términos casi idénticos[33]. Todo esto se vuelve a encontrar en los textos litúrgicos de la fiesta del 14 de septiembre, tanto en los ritos latinos como en los de Bizancio. Y, esta vez, la liturgia latina no le cede en nada, en materia de lirismo y de esplendor, a las liturgias orientales.

De la Cruz del Gólgota a la Cruz gloriosa

   Por cierto, uno no se hubiera imaginado antes que el celebrante pudiese dar la espalda a este tema absidal tan rico en su simbolismo y tan apremiante como llamado a la contemplación. 

   Adivino sin embargo la objeción. En muchas de muestras antiguas iglesias se eleva, en el límite de la nave y del coro, dominando a la asamblea, ya sea una arcada, ya sea una viga transversal, llamada viga de gloria (o tref, o "pértiga"), en la cual se ha colocado a Cristo en la cruz, generalmente rodeado de la Virgen y de San Juan. Al celebrar de espaldas al pueblo, el sacerdote da también la espalda -así se dirá- al grupo del Calvario y por consiguiente a la Cruz. Esto es inexacto, pues la viga de gloria domina a la asamblea y el recuerdo del sacrificio de la Cruz tiene por único objeto introducir a aquélla en el corazón del misterio de la Redención, afirmando el carácter sacrificial de la misa, de conformidad con la fe de la Iglesia. El Concilio de Trento se expresó así: "El sacrificio que se ofrece sobre el altar es el mismo que fue ofrecido sobre el Calvario: es el mismo sacerdote y la misma víctima". 

   Es así y no de otra manera que hay que interpretar la imagen del divino Crucificado a la entrada del lugar sagrado donde se van a celebrar los santos misterios del altar.

   Y esta Cruz de sufrimiento, figura de la Oblación, debería encaminarnos hacia la Cruz gloriosa, "signo luminoso de la victoria", como la proclama un tropario de la liturgia bizantina del 14 de septiembre. Entre las dos se ubica el altar como un relevo que, "a .través de la eucaristía de la Cruz" según la expresión del Padre Bouyer[34], nos transporta hacia la plenitud de la obra de Salvación. La muerte en la Cruz no es un final, sino una etapa hacia ,la Resurrección gloriosa, prenda de nuestro propio destino, sobre el cual nuestro Credo nos dice que no se cumplirá verdaderamente sino en ocasión del advenimiento del Reino que no tendrá fin. 

   Si yo tuviese el honor (y la capacidad) de ser el maestro de obras de una iglesia .por construir, seguramente elegiría la Cruz gloriosa como ornato del presbiterio oriental del edificio, más allá del altar. Y seguiría fiel a la implantación del "tref" con la efigie del divino Crucificado, más acá del santuario. ¿El doble simbolismo de la Cruz no encuentra así su más hermosa expresión? 

   Y no dudaría sobre la ubicación del baptisterio. Su ligar, su único lugar está en la entrada occidental del edificio, allí donde, como escribe también el Padre Boyer, "se efectúa el paso del mundo de las tinieblas al mundo de la luz"[35]. Y continúa: "El acceso a la iglesia por el nartex, y más precisamente, a través del mar o del Jordán simbólico del baptisterio, termina de precisar ese dinamismo inherente a la celebración cristiana: implica el paso de este mundo a otro mundo, o más bien, el paso del mundo... al siglo futuro". 

  Así se precisa mejor aun el valor simbólico de la orientación, con esa marcha del Occidente de donde venimos hacia el Oriente a donde nos llama la Esperanza. Y es de nuevo del Padre Bote de quien tomo la conclusión de este artículo: "La orientación simbólica de la iglesia (comunidad en oración y templo que la abriga) expresa el inacabamiento terrestre de toda eucaristía, tendida hacia el advenimiento de la parusía. A1 mismo tiempo todo el cosmos se reconstituye, centrado sobre la Señoría de Cristo resucitado que arrastra todo el universo, humano y angélico, material y espiritual, hacia el Padre".

  Todo esto había que decirlo, en respuesta a aquellos que, para justificar su desconocimiento de una tradición tan rica y tan universal, no han vacilado en pretender que nunca fue tomada en consideración en la Iglesia latina. Los habremos convencido? Qué interesa! Lo que importaba para nosotros era reunir y proponer cierto número de argumentos en favor de esta tradición, no solamente para captarla en el pasado, sino para mostrar que conserva todo su valor de actualidad.

  Nos falta sacar de esos argumentos lo que se aplica directamente al altar. Pues finalmente alrededor del altar es donde se circunscribe el debate. Sin duda, por lo que antecede, ya estamos decididos sobre la significación de la "Misa cara a Dios". Debemos avanzar más allá y decir por que estamos resueltamente en contra de la "Misa cara al pueblo".  

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