La Misa cara a Dios
por
JEAN FOURNÉE
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Capítulo V ¿CARA A DIOS O CARA A LOS HOMBRES? A. CONCILIO Y POSTCONCILIO Hasta aquí hemos tratado de mostrar la conveniencia de la misa cara a Dios, apelando a la autoridad de la Escritura y de los Padres, y evocando la larga y unánime tradición referida a la celebración hacia el Oriente. Desde hace pocos años, asistimos, en la Iglesia latina; a una ruptura masiva y brutal con esta tradición. Una vez más, este viraje total pretende encontrar su justificación en una especie de iluminación que tiene su fuente en el último Concilio. Como si de golpe el Espíritu Santo hubiese revelado a los católicas lo que ignoraban desde el comienzo: la significación de la celebración eucarística. A decir verdad, hacía ya algún tiempo que los altares comenzaban a darse vuelta. Cuando un eclesiástico en la onda tomaba posesión de un lugar de culto, era una de las primeras reformas que pedía, o más bien que imponía, y ello con la aprobación de lo que se llamaba entonces el C.P.L. [Centro de Pastoral Litúrgica] (antes de intercalar, entre la C y la P, esa N de prestigio que corresponde a Nacional y no, como podrían insinuarlo algunos espíritus malévolos, a Novador, o incluso a provocador de Naufragios [Naufrageur], desolador [Navrant] o Nefasto). Se buscaría en vano en los decretos del Vaticano II un texto que normalice esta innovación. Pero, como es sabido, lo que cuenta no el lo que dicen los textos, sino lo que se quiere que digan. Ya no se está con la letra, ni siquiera con el espíritu del concilio, sino, como escribía uno de los teóricos de la nueva liturgia, con su "dinámica"[3 6]. En suma, la exégesis ya no tiene por ley el respeto de la cosa escrita, sino su manipulación.Aparece claramente que esta manipulación es la que ha creado él mito conciliar y la que ha difundido en el pueblo cristiano cierta imagen del concilio, cierta interpretación de sus decisiones. Estas, aun mismo cuando se desarrollaban las sesiones, eran ya desviadas en el sentido querido por una intelligentsia todopoderosa. Fue ella la que gobernó la opinión. Fue a través del prisma deformante de sus comentarios y de sus directivas prácticas que el pueblo cristiano fue convidado a considerar el rostro del concilio y a conformarse a sus enseñanzas. Estamos en .buen lugar en UNA Voce para dar de esto un ejemplo preciso. ¿No se nos ha reprochado bastante que al luchar por la salvaguardia del latín y del gregoriano estábamos en rebelión contra el Vaticano II? He sufrido personalmente ese reproche de .parte de católicos fervorosos y de buena fe, que no habían leído nunca los artículos 36 y 116 de la Constitución conciliar, pero a quienes se les había hecho creer que el latín había sido prohibido por aquellos mismos que lo declaraban solemnemente la lengua propia de la Iglesia. El concilio pretendía ser pastoral y no doctrinal. El postconcilio ha sido lo uno y lo otro, y lo que podemos afirmar, lo que pueden afirmar todos aquellos que tienen ojos para ver y oídos para escuchar, es que ha introducido el desorden en los dos campos: la doctrina y la pastoral. En su audiencia general del 28 de enero de 1976, Pablo VI actualizaba, al citarla, la obra escrita en 1968 por el Padre Bouyer sobre La décomposition du catholicisme. En ocho años, las cosas no han hecho sino agravarse. En el campo de la pastoral, el abandono del latín, de lo que se esperaba tanto para dar a la liturgia una nueva primavera, le ha valido, como primavera, aquí la sequía, en otra parte la tempestad, un poco por todos lados un florecimiento anárquico, casi salvaje, incontrolado, de malezas y de plantas venenosas bajo las cuales se marchita y muere la buena semilla. ¡Linda primavera, en verdad! El abandono del latín, por cierto, no es lo único en cuestión, pero tiene su valor de test, y se encuentra implicado directamente, entre otras medidas, en el error modernista que pone en grave peligro la sustancia misma de la fe. Este error, como el diablo, es legión. Como la hidra, tiene múltiples cabezas. Una de esas cabezas tiene por rostro: la apertura al mundo. Otra: el desprecio de lo Sagrado. Otra: el ecumenismo mal comprendido. Aun otra: un rostro que se parece mucho al precedente, borrado todo ingenuo candor, a saber, el rostro de la herejía protestante. Llegamos así, después de haberlo situado por todo lo precedente, al centro mismo de nuestro debate. De entrada, afirmamos esto: el haber dado vuelta al altar, por pretexto en unos, por razón sincera en otros, de una mejor participación litúrgica, es en realidad una concesión peligrosa al modernismo. Es una etapa. Es un "signo de pista", cuyo alcance no se capta bastante, en el camino que lleva a la alteración profunda de la doctrina de la misa, a fin de unirse a aquellos que, por su parte, no están decididos a ninguna concesión doctrinal, dicho de otra manera, que siguen y seguirán estando en la herejía y que sólo piden atraernos a ella. Se volverá sobre esto más adelante, pero, como en todo debate, debemos primeramente exponer los argumentos, buenos o malos (pues no todo debe rechazarse), de los partidarios de la misa cara al pueblo. |

[36] En virtud de esta "dinámica" se constituyó el régimen actual de adaptación continua y de incesante creatividad, y se instaló en la Iglesia esa "revolución litúrgica permanente", recientemente denunciada por el Padre Bruckberger (Cfr. L'Aurore, del 11 de marzo de 1976).