La Misa cara a Dios
por JEAN FOURNÉE 

 B. LAS MALAS RAZONES

1. Estar en comunión con los fieles 

   Es inútil volver sobre el argumento "romano" (el altar mayor de San Pedro en Roma, por ejemplo). Ya hablamos bastante sobre esto en el capítulo III. 

   Un dominico me decía un día: "Desde que celebro cara al pueblo, me pregunto cómo he podido antes hacerlo de otra manera. Verdaderamente necesito tener a los fieles ante mí, y sentirme en comunión con ellos". Esto completa otra reflexión coincidente, de un cura párroco que hemos citado en UNA Voce, nº 60, pp, 3-6: "Ya estaba cansado de celebrar ente un muro". 

   Si estas líneas caen ante los ojos de este sacerdote, espero que se servirá admitir que lo que él toma por un "muro", en su interpretación puramente funcional del edificio-iglesia, puede ser comprendido muy de otra manera. Lo que merece señalarse es esa "necesidad" de estar cara a los fieles. ¿Quién se cree pues este dominico? ¿Un actor, un conferencista, un demostrador? ¿Es acaso la misa un espectáculo? ¿Y qué se quiere demostrar a los espectadores: cómo se opera la transubstanciación??? ¿Cómo se hace la fracción de la hostia? ¿Cómo procede el sacerdote para comulgar bajo las dos especies? ¿Acaso tiene necesidad el pueblo de ver eso para creer? ¿Hay que pensar que antiguamente estábamos muy mal informados de los ritos sacramentales y que los fieles tienen ahora mucha suerte? ¡Vamos pues! La única mirada capaz de contemplar el misterio es la mirada interior de la fe, y si necesita referencias visibles y audibles, que yo sepa no le faltaban hasta hace poco cuando la misa estaba en el buen sentido. No, verdaderamente no veo en qué dar vuelta al altar facilita el acceso al mysterium fidei. 

   Pienso por el contrario que, en esta misa donde se ve todo, hay un peligro de considerar los gestos del celebrante por sí mismos, de verse tentado a humanizarlos, de detenerse en su expresión formal, de considerar a quien los realiza, en función no de su misión sagrada, sino de la manera como los lleva a cabo. En la misa cara al pueblo, la cual no puede no ser una misa-espectáculo, hay siempre para los fieles, quiérase o no, una incitación a la critica en el sentido etimológico de la palabra, que significa juzgar. No digo que este peligro esté totalmente ausente cuando el celebrante vuelve la espalda a los fieles, pero se encuentra infinitamente reducido, y quienes no comparten el punto de vista del autor de éstas líneas, se servirán reconocerlo. 

   Se servirán reconocer igualmente que lo que es un peligro para los fieles, lo es también para el celebrante. Y llego así a otro argumento que con frecuencia se escucha para justificar la misa cara al pueblo. 

2.- Una mejor calidad de los gestos litúrgicos 

   Se dice que el hecho de ser mejor visto por todos obliga al celebrante a más dignidad, a una mayor atención, a un mejor control de su porte y de sus gestos, a una toma de conciencia más exigente de su papel y de sus responsabilidades frente a quienes lo miran, y que todo eso no puede sino mejorar la calidad de la celebración litúrgica. Se dice igualmente que el hecho de pronunciar los textos en voz alta, sobre todo si se dice la misa en vernáculo, lo obliga a articular mejor las palabras, poniendo en ellas el tono conveniente. No lo discuto. Reconozco de grado que el hecho de no estar bajo la mirada directa de los fieles es de naturaleza capaz de favorecer ciertas imperfecciones y negligencias, ocultándolas en mayor o menor grado, y que las misas denominadas "rezadas" no tenían siempre la calidad deseada, sobre todo en una época en la que rio abundaba la participación de los fieles y en los lugares donde dominaba una formalidad dominical de rutina o de conveniencia. 

   Pero, para el sacerdote que celebra cara al pueblo y que se sabe mirado, existe el riesgo de "hacerlo con pose". Este riesgo es máximo en las misas televisadas. ¿Cómo podría 'ser de otra manera cuando, en lugar de su grupo habitual de fieles, el celebrante sabe que es el punto de mira de miles de rostros, los primeros planos de la cámara haciendo de él una vedette? Es éste un caso extremo, sin duda. Pero pone de relieve el aspecto espectáculo de la misa cara al pueblo, en la cual con demasiada frecuencia, incluso ante una reducida asistencia, las entonaciones y los gestos del celebrante parecen estudiados como los de un actor, con una búsqueda de la forma que sobrepasa la simple preocupación de la dignidad. Esto es a veces tan sensible que uno se pregunta si tal misa debiera concluir no con "Id en la paz de Cristo", sino con un "¿Me viste?". 

    De todas ,maneras, hay un gesto que me parece embarazoso, incluso inconveniente, ofrecer en espectáculo: el de la manducación de la hostia grande. Algunos celebrantes lo sienten muy bien. Por eso, para llevarla a cabo, se inclinan fuertemente sobre el ara del altar. 

8. El falso argumento de la Cena 

   Todos hemos escuchado decir a los partidarios de la misa cara al pueblo que la tarde del jueves Santo; en la última Cena, Cristo no daba la espalda a sus apóstoles. Éstos estaban reunidos alrededor de E1, sentados en la misma mesa. 

   Aquellos para quienes la misa es sólo una comida comunitaria no podían dejar de traer este argumento. Lamentablemente, si caen así en la herejía en materia dogmática, no están menos en el error en punto a historia. Quizás toman por referencia alguna representación de la Cena en el arte medieval. Si estuviesen mejor informados de la disposición de la mesa y de la distribución de los comensales en una comida en la Antigüedad, verían que Cristo no estaba de ninguna manera cara a los apóstoles, ni tampoco por otra parte les daba la espalda. 

   La célebre Cena de Leonardo de Vinci muestra a los apóstoles a un lado y otro de Jesús, de un solo lado de una mesa rectangular. Otras obras no menos conocidas, la Cena de Philippe de Champaigne por ejemplo, destacan de igual manera el primer plano, dejando sin ocupar (o solamente ocupado en sus dos extremos) el lado de la mesa opuesto a Cristo. No es esto sin duda sino una decisión de composición, destinada a destacar ampliamente, para quienes miran el cuadro, a Cristo y sus vecinos inmediatos. Pero los artistas, sin dejar de cometer un anacronismo con su mesa rectangular, adaptaban sin embargo una parte de la disposición histórica de la Cena, tal como la podemos imaginar según los usos del tiempo. La mesa debía ser de forma aproximadamente semicircular, en sigma griega, manteniéndose los comensales de un solo lado, es decir, del lado exterior, convexo, sirviéndose la mesa del lado de la concavidad. Así pues, Cristo no estaba de cara a los apóstoles, lo que no dañaba de ninguna manera por ello las relaciones de intimidad del Maestro y de sus comensales.

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