La Iglesia y el
Liberalismo
Revista
"ROMA", Nº 63-64
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BENEDICTO XV ENCÍCLICA
"AD BEATISSIMI"
En primer lugar, Jesucristo, habiendo descendido de los cielos para restaurar entre los hombres el reino de la paz, destruido por la envidia de Satanás, no quiso apoyarlo sobre otro fundamento que el de la caridad. Por eso repitió tantas veces: Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros (1); Este es mi precepto: que os améis los unos a los otros (2); Esto os mando: que os améis unos a otros (3); como si no tuviese otra misión que la de hacer que los hombres se amasen mutuamente y para conseguirlo, ¿qué género de argumentos dejó de emplear? A todos nos manda levantar los ojos al cielo: Uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos (4). A todos, sin distinción de naciones, de lenguas ni de intereses, nos enseña la misma forma de orar: Padre nuestro, que estás en los cielos (5) ; es más, afirma que el Padre celestial, al repartir los beneficios naturales, no hace distinción de los méritos de cada uno: Que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos (6). También nos dice, unas veces, que somos hermanos, y otras nos llama hermanos suyos: Todos vosotros sois hermanos (7); Para que [su Hijo] sea primogénito entre muchos hermanos (8). y lo que más fuerza tiene para estimularnos en sumo grado a este amor fraternal aun hacia aquellos a quienes nuestra nativa soberbia menosprecia quiere que se reco nozca en el más pequeño de los hombres la dignidad de su misma persona : Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis (9). ¿ Qué más ? En los últimos momentos de su vida rogó encarecidamente al Padre que todos cuantos en El habían de creer fue sen una sola cosa por el vínculo de la caridad: Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti (10). Finalmente, suspendido de la cruz, derramó su sangre sobre todos nosotros, para que, unidos estrechamente, como formando un solo cuerpo, nos amásemos mutuamente con un amor semejante al que existe entre los miembros de un mismo cuerpo. Pero muy de otra manera sucede en nuestros tiempos. Nunca quizá se habló tanto como en nuestros días de la fraternidad humana; más aún, sin acordarse de las enseñanzas del Evangelio y posponiendo la obra de Cristo y de su Iglesia, no reparan en ponderar este anhelo de fraternidad como uno de los más preciados frutos que la moderna civilización ha producido. Pero, en realidad, nunca se han tratado los hombres menos fraternalmente que ahora. En extremo crueles son los odios engendrados por la diferencia de razas ; más que por las fronteras, los pueblos están divididos por mutuos rencores : en el seno de una misma nación y dentro de los muros de una misma ciudad, las distintas clases sociales son blanco de la recíproca malevolencia; y las relaciones privadas se regulan por el egoísmo, con vertido en ley suprema. Ya veis, venerables hermanos, cuán necesario es procurar con todo empeño que la caridad de Jesucristo torne a reinar entre los hombres. Este será siempre nuestro ideal, y ésta la labor propia de nuestro pon tificado. Y os exhortamos a que éste sea también vuestro anhelo. No cesaremos de inculcar en los ánimos de los hombres y de poner en prác tica aquello del apóstol San Juan: Amémonos mutuamente (11) Excelentes son, es cierto, y sobremanera recomendables, los institutos benéficos que tanto abundan en nuestros días; mas téngase en cuenta que entonces resultan de verdadera utilidad cuando prácticamente contribuyen de algún modo a fomentar en las almas la verdadera caridad hacia Dios y hacia los prójimos; pero, si nada de esto consiguen, son inútiles, porque el que no ama permanece en la muerte (12). El desprecio de la autoridad de los gobernantes Dejamos dicho que otra causa del general desorden consiste en que ya no es respetada la autoridad de los que gobiernan. Porque, desde el momento que se quiso atribuir el origen de toda humana potestad, no a Dios, Creador y dueño de todas las cosas, sino a la libre voluntad de los hombres, los vínculos de mutua obligación que deben existir entre los superiores y los súbditos se han aflojado hasta el punto de que casi han llegado a desaparecer. Pues el inmoderado deseo de libertad, unido a la contumacia, poco a poco lo ha invadido todo, y no ha respetado siquiera la sociedad doméstica, cuya potestad es más clara que la luz meridiana que arranca de la misma naturaleza; y, lo que todavía es más doloroso, ha llegado a penetrar hasta en el recinto mismo del .Santuario. De aquí proviene el desprecio de las leyes; de aquí las agitaciones populares, de aquí la petulancia en censurar todo lo que es mandado, de aquí los mons truosos crímenes de aquellos que, confesando que carecen de toda ley, no respetan ni los bienes ni las vidas de los demás. Ante semejante desenfreno en el pensar y en el obrar, que destruye la constitución de la sociedad humana, Nos, a quien ha sido divinamente confiado el magisterio de la verdad, no podemos en modo alguno callar, y recordamos a los pueblos aquella doctrina que no puede ser cambiada por el capricho de los hombres: No hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas (13). Por tanto, toda autoridad exis tente entre los hombres, ya sea soberana o subalterna, es divina en su origen. Por esto San Pablo enseña que a los que están investidos de auto ridad se les ha de obedecer, no de cualquier modo, sino religiosamente, por obligación de conciencia, a no ser que manden algo que sea contrario a las divinas leyes: Es preciso someterse no sólo por temor del castigo, sino también por conciencia (14). Concuerdan con estas palabras de San Pablo aquellas otras del mismo Príncipe de los Apóstoles : Por amor del Señor estad sujetos a toda autoridad humana: ya al emperador, como soberano; ya a los gobernantes, como delegados suyos... (15)(16). Recuerden esto los príncipes y los que gobiernan a los pueblos, y consideren si es prudente y saludable consejo, tanto para el poder pú blico como para los ciudadanos, apartarse de la santa religión de Jesu cristo, que tanta fuerza y consistencia presta a la humana autoridad. Mediten una y otra vez si es medida de sabia política querer prescindir de la doctrina del Evangelio y de la Iglesia en el mantenimiento del orden social y en la pública instrucción de la juventud. Harto nos demues tra la experiencia que la autoridad de los hombres perece allí donde la religión es desterrada. Suele de hecho acontecer a las naciones lo que acaeció a nuestro primer padre al punto que hubo pecado. Así como en éste, apenas la voluntad se hubo apartado de la de Dios, las pasiones desenfrenadas rechazaron el imperio de la voluntad, así también, cuando los que gobiernan los Estados desprecian la autoridad de Dios, suelen los pueblos burlarse de la de ellos. LOS PRINCIPIOS DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA Carta
Anno Jam exeante, De S. S. Benedicto XV, al reverendo padre Joseph Hiss. Introducción Desde los tres primeros siglos y los orígenes de la Iglesia, en el curso de los cuales la sangre de los cristianos fecundó la tierra entera, puede decirse que jamás corrió la Iglesia un peligro mayor que el que se manifestó hacia fines del siglo XVIII. Es entonces, cuando una filosofía delirante, prolongación de la herejía y apostasía de los Innovadores, adquirió sobre los espíritus un poder universal de seducción y provocó una confusión total, con el determinado propósito de arruinar los fundamentos cristianos de la sociedad, no sólo en Francia sino poco a poco en todas las naciones. Así como se hizo profesión de fe renegar públicamente de la autoridad de 1a Iglesia, secesó de tener a la Religión como guardiana y salvaguarda del derecho, el deber y el orden en la ciudad, se consideró que el origen del poder estaba en el pueblo y no en Dios; pretendieron que entre ]os hombres la igualdad de naturaleza implica la igualdad de derechos: que el argumento del placer definía lo que estaba permitido, exceptuando lo que prohibía la ley; ,que nada tenía fuerza de ley si no emanaba de una decisión masiva; y lo- que supera todo, autorizaba el uso de la libertad de pensamiento en materia religiosa y así mismo de publicar sin restricciones bajo el pretexto de que no se dañaba a nadie. Estos son los elementos que, bajo la forma de principios, se encuentran desde entonces en la base de la teoría de los Estados. ¿Se quiere entonces saber cuántos desastres pueden acarrear estos elementos a la sociedad humana, allí donde las ciegas pasiones y la rivalidad de los partidos los ponen en manos de la multitud? Jamás fue esto más evidente que en la época en que se hizo la primera proclamación. Por otra parte aquí, como se podía prever, lo que se produjo desde que el populacho tomó la dirección de todos los asuntos y dio libre curso a los sentimiento de envidia, que tanto tiempo había abrigado, hacia las clases superiores que fue: todo hombre de condición elevada que tuviere la mala suerte de vivir o aún solamente de pensar, de una manera no aprobada por los hombres más criminales, corría desde entonces un peligro de muerte; nada era tan santo o tan augusto, que en nombre de la libertad y la justicia, que gozaban de una licencia sin freno, no fuera profanado; no había más que masacres y destrucción cuyo objetivo era la desolación y destrucción de la Francia cristiana; lo que se vio sobre todo a partir del momento en que en un rapto de temeridad y demencia, fue abolido el culto de la Divina Majestad y la Razón, invocada como Dios, recibió el homenaje de ritos sacrílegos. Seguramente ese furor de destrucción, por la índole misma de su violencia y sus excesos, no duró mucho tiempo ni hubiera podido hacerlo. Inmediatamente después que las instituciones civiles hubieron recibido una forma inspirada en los nuevos principios, el culto divino, sin el cual ningún Estado podría mantenerse, fue restablecido. A pesar de esto, si se quisiera afianzar realmente la estabilidad y la cohesión del reencontrado orden público, sería necesario que una acción más profunda penetrase en los pueblos hasta la médula y que por todas partes fuesen creadas instituciones, fuentes de vida cristiana; y como no estaría asegurado en adelante que la antigua forma de régimen político fuera restablecida, sería necesario dedicar los máximos esfuerzos para hacer penetrar gradualmente en la nueva Constitución de ]a ciudad, el espíritu cristiano. Aquí, nos es permitido admirar la misericordiosa providencia de Dios; con su permiso, Francia había olvidado su antigua gloria al punto de repudiar su herencia de sabiduría cristiana, rechazo mortal para ella y ejemplo funesto para las otras naciones. Gracias a la Providencia, Francia iluminó a sus hijos insignes por su celo y sus virtudes, quienes se dedicaron a reparar los daños que su madre había soportado o también causado. |
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(1) Io. 13, 34. (volver)
(2) o.15,12. (volver)(
(3) Io. 15, 17. (volver)
(4) Mt. 23, 9. (volver)
(5) Mt. 6, 9. (volver)
(6) Mt. 5, 45. (volver).
(7) Mt. 23, 8. (volver)
(8) Rom. 8, 20. (volver)
(9) Mt. 25, 40. (volver)
(10) Io. 17, 21. (volver)
(11) ! Io. 3, 23 volver)
(12) ! Io. 3, 14. (volver)(
(13) Rom. 13, 1. (volver)
(14) Rom. 13, 5. (volver)
(15) 1 Pet. 2, 13-14. (volver)
(16) Rom. 13, 2 (volver)