COMO INGLATERRA
SE VOLVIÓ ANGLICANA*

   El 23 de mayo de 1553 un tribunal eclesiástico, presidido por Thomas Cranmer, Arzobispo de Cantorbery, declaró nulo el matrimonio del rey Enrique VIII con Catalina de Aragón. En sus dieciocho años de casados habían tenido seis hijos. El Papa Clemente VII se negó a anular esta unión y, por tal motivo, Enrique VIII recurrió a los buenos oficios del episcopado inglés. Tenía prisa porque su amante Ana Bolena esperaba un hijo. (La futura reina Isabel nacería el 7 de septiembre). Clemente VII dejó pasar un año antes de excomulgar a Enrique VIII, así le daba tiempo de separarse de Ana Bolena; el rey se proclamó jefe de la Iglesia de Inglaterra arrastrando a su país al cisma.

   Inmediatamente después de la ruptura con Roma, la elite de la Reforma acudió a Londres. El ataque se dirigió, de inmediato, al punto esencial: la Misa. La experiencia de Lutero en Alemania había demostrado que la supresión brutal de la Misa "escandaliza a las almas débiles". Los luteranos comenzaron por pedir al jefe de la Iglesia de Inglaterra que suprimiera las Misas privadas. No fue sin razón que León X proclamara "Defensor de la Fe" a Enrique, poco tiempo antes de que rechazara las tesis de Lutero.

   Enrique VIII era católico en el fondo. Para él, no había diferencia entre misas públicas y privadas, entre misas "cum" o "sine" populo. La Misa es la Misa. Respondió a los emisarios de Lutero que, de abolirse las misas privadas también tendrían que ser abolidas las públicas. La continuación de esta carta de agosto de 1538, demuestra que había comprendido perfectamente hasta dónde querían llegar los luteranos. "La Misa -escribe- es un verdadero sacrificio y negarlo es negar la realidad del Cuerpo y Sangre de Jesucristo en la Eucaristía". Enrique habla como un Doctor de la Iglesia.

   Pero nadie se separa impunemente de Roma en el siglo de la Reforma. Enrique debe batirse en cinco puntos a la vez. Desde noviembre de 1537 a noviembre de 1538, se niega sucesivamente, a abolir la confesión personal en favor de la confesión comunitaria. Se niega a autorizar la Comunión bajo las dos especies (aunque ésta no se opone en nada a la fe, pero Juan Huss y Lutero pretendían que era necesaria para la salvación. Enrique VIII recuerda que Nuestro Señor está íntegramente en cada partícula de la Hostia). Se niega a abolir el culto de los Santos. (Se limita a permitir la supresión del oficio de Santo Tomás Becket, obispo que había resistido al rey de Inglaterra). Se niega a abolir el celibato eclesiástico. Por un edicto del 19 de noviembre de 1537, se ordena a los obispos que procesen a "los sacerdotes que se han atrevido a casarse contra el uso de nuestra Iglesia de Inglaterra y nuestra voluntad". Cranmer, Arzobispo de Cantorbery, casado secretamente con la sobrina de Osiander, teólogo luterano alemán, debe esconder a su mujer en una caja que lleva en sus traslados. Los concubinarios son privados de sus beneficios y encarcelados.

   Osiander hace intervenir al propio Melanchton desde Alemania. Este envía a Londres un grupo de teólogos, encargados de demostrar al rey de Inglaterra que "el celibato es contrario a la Sagrada Escritura y a las costumbres de la primitiva Iglesia" y que "además, obliga a los sacerdotes a recurrir a mujeres públicas". Enrique ni siquiera los recibe y les contesta por su secretario: "El celibato no es contrario ni a la Sagrada Escritura ni a las costumbres de la primitiva Iglesia. Por el contrario, el matrimonio de los clérigos está prohibido por decretos de varios Concilios. El Rey se apoya, a este respecto, en el testimonio de los Padres de los que ha extraído citas copiadas de su puño y letra" (Carta de agosto de 1538).

   Enrique VIII murió el 18 de enero de 1547 recomendando educaran a su hijo en la religión católica.

   Inglaterra cismática pero no hereje, tendría que haber vuelto naturalmente al seno de la Iglesia Romana. Sus reyes se enemistaron con el Papa. Enrique VIII no fue la excepción. Por tanto, ocurrirá lo contrario: la Inglaterra cismática caerá en la herejía. Hemos dicho el porqué: nadie se separa impunemente de Roma en el siglo de la Reforma.

   El nuevo jefe de la Iglesia de Inglaterra es un niño de diez años, es Eduardo VI, nacido del matrimonio de Enrique con Jane Seymour. Este niño no será responsable de lo que va a ocurrir. Edward Seymour, su tío materno, conde de Hereford y duque de Somerset, se apoderará del trono fraudulentamente a despecho del testamento de Enrique VIII. Seymour, nacido en 1505, fue com batiente distinguido de las campañas contra Francia y Escocia. Asoló, en varias oportunidades a Escocia, y fortificó poderosamen te Boulogne, Guines y Calais.

   Holbein nos ha dejado un retrato muy singular de Lord Sey mour. Este hombre de armas que se enriqueció fabulosamente con el despojo de conventos, es un bello tema de estudio para los fi siognómicos. La mitad derecha del rostro aparece velada de me lancolía, hundida en la barba. En la mitad izquierda el ojo negro y escrutador entronca a su dueño con los hombres terribles de ese terrible siglo dieciséis. El duque de Somerset implantará la Reforma con implacable mansedumbre.

   Sus primeras medidas fueron liberales. Otorgó la libertad de discusión en el Parlamento, suprimió "la ley sobre la traición" que mandó al patíbulo a John Fisher y a Tomás Moro. Abolió la picota y las torturas, medida única en los anales de su siglo y del siguiente, que su sucesor se apresurará a restablecer.

   El verdugo de Escocia es un hombre cortés y apacible, tole rante y bondadoso. Jamás vengará una injuria personal, y cuando obligatoriamente mande un obispo a la cárcel, le enviará su médico. Al poner su cabeza en el cepo, el 22 de enero de 1552, dirá: "Tengo algo que decir sobre la religión. La he favorecido siempre para gloria de Dios mientras estuve en el poder. No me arrepiento de nada. Al contrario, me alegro de lo que hice. Señor Jesús, sálvame. Estas fueron sus últimas palabras. ¿ Desde cuando ad hirió a la Reforma? Es imposible fijar la fecha, ya que la prudencia era de rigor bajo Enrique VIII que enviaba a los católicos al patíbulo y a la hoguera a los herejes. Sin embargo, en 1540 al casarse Enrique con Anne de Cleves, los protestante abrigaban grandes esperanzas en esta unión, y Lord Seymour escribió al Rey que "no había experimentado alegría tan grande desde el nacimiento del príncipe Eduardo". Se sospechó, en 1545, que Lady Seymour escondía a los reformados. Finalmente, cuando en enero de 1547 se adueñó del poder, los protestantes se alegraron muchísimo. Uno de ellos, Richard Hills, escribe: "El duque de Somerset está bien dispuesto hacia la piadosa doctrina, abomina las locas invenciones de los papistas, no ha sido nunca muy favorable a los sacerdotes, y es gran enemigo del Obispo de Roma".

   "Quietness": tranquilidad. Esta palabra se repite como leit motiven las Ordenanzas del Protector relativas a la religión. Inglaterra católica va a deslizarse en la herejía pero sin agitación, sin estruendo, sin perturbaciones, tan suave y tranquilamente que ni siquiera lo advertirá.

   El 6 de febrero de 1548 se publica la primera Ordenanza tocante a asuntos religiosos, se dice que nada deberá cambiar. "Nadie, cualquiera que sea su rango y dignidad, tiene derecho de cambiar algo de los ritos aprobados por el rey Enrique". Se pone en guardia a los fieles contra "aquellos que innoven, alteren o rechacen por su propia autoridad ciertos ritos o ceremonias de la Iglesia y que inventen otros de su fantasía". Así se tranquiliza a los que se habían inquietado a la muerte de Enrique VIII.

   Un mes más tarde, el 8 de marzo de 1548, aparece la segunda Ordenanza. Se autoriza el uso del inglés en las oraciones de la Misa para lograr una mejor participación del pueblo. (La mejor participación del pueblo fue invocada por Lutero al traducir al alemán las oraciones de la Misa). Esta Ordenanza regula al mismo tiempo algunos detalles accesorios: se autoriza la supresión de los ramos, del agua y del pan benditos, de los cortinados violeta de la Semana Santa. Además, se recomienda a los curas párrocos que todos los domingos lean en inglés un capítulo del Antiguo Testamento. Cinco días más tarde, el 13 de marzo, se promulga otra nueva Ordenanza, no sobre la religión, sino relativa al orden público. Se previene a quienes están deseosos de reformas demasiado rápidas que podrían alterar la tranquilidad (quietness) pública. Se recuerda que están prohibidos los cambios e innovaciones y que, también está prohibido blasfemar la Eucaristía. Se prohíben también las procesiones aun en las iglesias y cementerios, "para evitar las querellas por precedencias y las disputas". En cambio, se autoriza la Comunión bajo las dos especies "para quienes desean recibirla". Se invita, además, a los párrocos y vi carios a conseguir, antes de Pascua (1 de abril de 1548) un folleto titulado "Order of Communion" con oraciones de la Comunión en inglés. Dos meses más tarde, el 12 de mayo de 1548, en la Abadía de Westmínster se canta una Misa sin Ofertorio; totalmente en inglés. Al salir de esta ceremonia, los obispos presentes se pusieron de acuerdo. Pero, al día siguiente se los tranquiliza: un Edicto del Consejo Privado, del 13 de mayo de 1548, recuerda que "están prohibidos todos los cambios e innovaciones".

   Aparte de los "cambios e innovaciones", nada está prohibido, todo está autorizado. El 3 de septiembre se impone la Nueva Misa sin Ofertorio a los colegios y universidades. Nadie protestó por que los rectores y profesores de colegios y universidades, adictos esta novedad, fueron prevenidos con anticipación. Por otra par te, la Misa en inglés agradaba a los fieles.

   Días después, nueva Ordenanza relativa a la tranquilidad y orden público. Los párrocos son autorizados a reemplazar las imágenes y estatuas que llevan a los ignorantes a la superstición. "Para evitar en el pueblo contiendas y disputas ocasionadas por la distinción de lo que es o no un abuso". "Esta distinción es difícil de hacer, pero los curas aprovecharon la ocasión para despojar a sus iglesias de los tesoros artísticos". El resultado no se hizo esperar; se lucha en todos los sitios donde los fieles quieren conservar las imágenes de la Virgen y de los Santos. La Ordenanza de febrero de 1549, prescribe, en vista de la tranquilidad pública, que "se supriman todas las imágenes y las estatuas de las iglesias en favor del respeto debido a los lugares del culto". Mientras tanto, una ley sobre el celibato eclesiástico se demoraba en el Parlamento desde noviembre de 1547. Se mantenía firmemente la ley del celibato eclesiástico. El "bill" sometido a discusión en la Cámara de los Comunes pedía solamente "que los laicos y ca sados pudieran ser sacerdotes". Al cabo de trece meses de debate se votó finalmente la ley en esta Cámara y pasó, el 24 de diciembre de 1548, a la Cámara de los Lores, pero esta última postergó la discusión para más tarde. Recién se votaría en 1549, pero a disgusto "como desaprobando lo que autorizaba". "Sería mejor, por el buen nombre y estima de los sacerdotes y demás ministros del culto, que vivan en castidad y separados de la compañía de mujeres, libres de vínculos matrimoniales para que así puedan consagrarse mejor al ministerio del Evangelio. Es de desear que se consagren con castidad perpetua".

   Los obispos que examinaron el "Order of Communion", cuyo texto debían conseguir los sacerdotes para Pascua, no encontraron en él ninguna herejía. Era una cartilla de diez páginas con las oraciones de la Comunión en inglés. Algunos lamentaron, sin em bargo, que se sustituyera a la nitidez de las fórmulas latinas ambigüedades vernaculares de este género: "Nuestro Salvador para darnos su Cuerpo y su Sangre espiritualmente. .." Este vo cablo "espiritualmente" ponía en tela de juicio la fe de los autores del "Order" en la Presencia real. La cartilla, al referirse a la Comunión bajo las dos especies, hablaba de "administrar el pan" y "administrar el vino", fórmula extraña y de sentido protestante, al parecer. Miles Coverdale envió un ejemplar del "Order" a Lu tero señalando: "son éstos los primeros frutos de la verdadera piedad". En la cartilla se declaraba, además, que el Confiteor rezado en voz alta por el sacerdote con toda la Asamblea, podía reemplazar la confesión personal siempre en vigor. Los autores del folleto hacían un llamamiento a la caridad común entre cris tianos: "Los que se contenten con la confesión general no se ofen derán si los otros practican la confesión auricular y secreta. Y, quienes crean necesario para tranquilizar su conciencia, la con fesión de sus pecados al Sacerdote, no deben escandalizarse de las personas que se limiten a una humilde confesión ante Dios y la confesión general ante la Iglesia". Esto parece insinuar que el Sacramento de la Penitencia es inútil, hace coexistir la verdad y el error, admite en la misma Iglesia la práctica católica y el rito protestante. El Concilio de Trento condenará esta coexis tencia en las sesiones del 11 de octubre al 25 de noviembre de 1551. Los obispos no se equivocaron a este respecto. Los llamados "Henriciens" porque admitieron la separación de Roma, pero con servaban la doctrina católica en todo lo demás, vieron en el "Order of Communion", una tentativa de cambiar la misa en comida, el Sacrificio en «Cena», «altering or turning the Mass into a Com munion», decían.

   Sin embargo, había "Henriciens" entre los obispos que se ha bían reunido con Cranmer para redactar el "Orden of Commu nion". Siete obispos y seis teólogos se reunieron con este fin, bajo su presidencia, en el castillo de Windsor. La Ordenanza del 13 de marzo de 1548 prescribiendo a los sacerdotes que con siguieran la cartilla para Pascua, manifiesta que ha sido redac tada por prelados: "conocidos por su ciencia, piedad y pruden cia, que conferenciaron y deliberaron largamente". Privado de la autoridad de Roma, el jefe de los "Henriciens" Gardiner, obispo de Winchester, fundamenta su resistencia en un argumento ju rídico. "El Rey, dice Gardiner, es PERSONALMENTE el jefe de la Iglesia. Su autoridad espiritual no puede ejercerse durante la minoridad, de tal modo que no podrá hacer ningún cambio hasta que tenga edad de dar su aprobación".

   Una ley de Enrique VIII, publicada en 1536, otorgaba a Eduardo VI el derecho de anular todo cuanto se hubiera hecho durante su minoridad. Los "Henriciens" se apoyaron en esta ley, y Carlos V estimó que era una posición jurídica defendible. En las instrucciones que el Emperador dio el 2 de septiembre de 1549 a van der Delft, su embajador en Londres, le decía: "Trataréis de persuadirlos lo mejor que podáis que hagan volver las cosas de la religión a su sitio, si no del todo como en nuestra antigua religión, por lo menos, al estado en que la dejó el finado Rey, para evitar la acusación de haber hecho cambios durante la minoridad del Rey actual". Ya para entonces el Parlamento había votado la Nueva Misa, y el Protector Somerset respondería a van der Delft que no estaba en su poder retrotraer una ley promul gada por el Parlamento: "Me demandáis una cosa peligrosa para el Reino". No obstante, en esta ley de 1536 intentará apoyarse la infortunada princesa María (la futura Reina María Tudor, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón) cuando se le quiera imponer la Nueva Misa. El Rey de Francia Enrique II,, hará valer esta ley para negarse a firmar un tratado con Inglaterra. (En rea lidad, Enrique no piensa sino en retomar Calais que reconquis tará efectivamente en 1558. La pérdida de Calais asestará un gol pe fatal a la Contra-Reforma en Inglaterra, obra de María Tudor. Tenemos que creer que esta tentativa de restauración católica lle gaba demasiado tarde: menos de diez años habían bastado para borrar la fe católica en el espíritu del clero y del pueblo inglés).

   En 1548, el estado de Inglaterra tanto en lo exterior como en lo interior ya no era brillante. Los obispos "Henriciens" sus cribieron el "Order of Communion" para mantener la paz y la unión en torno al pequeño Rey. Puesto que tampoco el "Order" contenía ninguna herejía.

   Pero en la práctica: ¿de qué valen los argumentos jurídicos en tiempos de revolución? Para Somerset y Cranmer, el "Order" no es más que un comienzo. Inmediatamente después de su aparición en marzo de 1548, Cranmer envía un cuestionario a veintisiete obispos. ¿ Qué pensaban de la Misa? ¿ Qué entendían por Mi sa, según la institución de Jesucristo? ¿Es un sacrificio o una comunión? ¿Hay que suprimir la Misa ofrecida por vivos y muertos, y ésta es distinta de la Comunión? Sobre veintisiete obispos respondieron diecisiete. Los "Henriciens" dieron respuestas católicas, los demás adoptaron decididamente la doctrina de Lutero. "No se puede. respondieron especialmente Ridley de Rochester y Holbeach de Lincoln, hablar de "oblación" y "sacrificio" de Jesucristo en la Misa. Estas son palabras impropias, puesto que la Misa es sólo una recordación, una representación del Sacrificio de la Cruz. Solamente quien comulga participa de los frutos de la Misa".

   Conclusión: "Hay que conservar la Comunión y suprimir la Misa ofrecida por los vivos y difuntos". Es decir, hay que suprimir la Misa católica. Así estaban las cosas al año de morir Enrique VIII.

   Goodrich, Obispo de Ely, consagrado por Cranmer después del cisma, respondió al cuestionario diciendo que: "en materia de doctrina se remitía a lo que la autoridad decidiese". Esta prudencia tan pastoral le valdrá conservar su sede bajo María Tudor. Durante este tiempo, teólogos y predicadores no perdieron su tiempo. Para predicar se necesitaba licencia del gobierno. Esto explica que, a partir de 1548, el pueblo inglés ya no era instruido en las verdades de la fe católica. Un Latimer predicaba en San Pablo: "Hace quince siglos que el demonio trabaja para destruir la eficacia de la muerte única del Salvador, hablándonos de una salvación por el sacrificio cotidiano". Un Hooper tronaba contra las Misas privadas "nefastas y diabólicas". Un Hancock desplegaba su elocuencia en presencia de los cancilleres del Obispo de Salisbury: "Nuestro Salvador ha dicho en el Evangelio: « Voy a mi Padre». Por consiguiente, cuando os arrodilláis delante de la Hostia le rendís honores como a Dios, hacéis de ella un ídolo, y cometéis un horrible crimen de idolatría". Un predicador ataca a un "vil pastel", otro a "un Dios hecho de harina fina". El pueblo comienza a preguntarse si conviene ser más católico que los mismos sacerdotes. Se discute sobre la Eucaristía en la mesa fami liar, en las asambleas parroquiales, en las tabernas y mercados; las mujeres no son las menos apasionadas. (El calvinismo se di fundió en Francia gracias a las mujeres). Sander, un hombre de la época, escribe: "En todas las boticas y hoteles, en las tabernas y plazas públicas, no se hacía sino discutir sobre la fe. No había vieja parlanchina ni viejo chocho, ni sofista locuaz, que no enseñara la Escritura antes de haberla aprendido".

   En la serie de medidas liberales adoptadas por el duque de Somerset, figuraba la libertad de imprenta (Ordenanza de 1547). Inglaterra fue inundada de panfletos contra la "Misa papista"; la Presencia real fue ridiculizada en canciones.

   El 29 de junio de 1548, un obispo se atrevió a predicar sobre la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, delante del Rey. Ese obispo era Stephen Gardiner, Obispo de Winchester. Su sermón alcanzó gran resonancia, las polémicas redoblaron. Gardiner resistía a menudo a Enrique VIII, Gardiner no temía a nada ni a nadie. En 1548 tenía sesenta y cuatro años y dieciséis de obispo. Embajador ante Carlos V, fue experto en los negocios temporales de este mundo, hábil diplomático y jurista erudito. Su retrato, conservado en el Trinity College de Cambridge, da impresión de seguridad apacible, de inteligencia y de malicia. Este obispo que perdió su sede, sus cargos y dignidades, sus prebendas y su libertad, no era ni cobarde ni ignorante. (Fue encarcelado en la torre de Londres en varias oportunidades, totalizando largos años de prisión). Gardiner negoció el asunto de Enrique VIII ante Clemente VII; no le faltó habilidad pues el asunto se prolongó durante siete años (1527-1534). Gardiner habría quizá terminado apaciblemente sus días en Roma, a no ser por la gravidez de Ana Bolena). ¿ Cómo un hombre semejante se plegó al cisma? No fue por interés ya que, quince años más tarde, perdería todo por Cristo, sino por convicción; en un sólo punto Gardiner seguía a Lutero: la primacía del Papa. "El jefe de la Iglesia -decía Lutero- es Cristo, no es el Papa". Gardiner pensaba lo mismo. Clemente VII dio largas al asunto porque Catalina de Aragón, primera mujer de Enrique VIII era tía de Carlos V, y el Papa no quería enemistarse ni con el Emperador ni con el Rey de Inglaterra. Esto con tribuyó no poco a persuadir a Gardiner de que Lutero tenía razón. Señalemos que el actual arzobispo de París, Monseñor Marty, declaró a La Croix el 27 de junio de 1969, que "la cabeza de la Iglesia es Cristo. Ni los obispos, ni el primero de ellos es la cabeza de la Iglesia". (En latín: caput, jefe).

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