¿POR QUÉ CAMBIARON LA MISA?
HACIA LA RELIGIÓN ÚNICA
Por MAURO CIOTOLA  

   NOVUS ORDO

   La fórmula consagratoria de arriba se ha cambiado radicalmente en la misa nueva:

   "Del mismo modo, acabada la cena, tomó este cáliz glorioso en sus santas y venerables manos, dando gracias te bendijo, y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía."

   La innovación más obvia y quizás la más atrevida se ve en el cambio de las mismísimas palabras de Nuestro Señor mismo de "que será derramada por vosotros y por muchos" (latín pro multis) a "será derramada por vosotros y por todos" (latín pro omnibus).

   Para comprender la gravedad de tal innovación, estaría bien recordar la enseñanza exacta de la Iglesia sobre la administración valida de los sacramentos. Para confeccionar los sacramentos válidamente, el ministro ha de tener la materia correcta, utilizar la forma correcta, y tener la intención ministerial propia. Si faltara cualquiera de estas tres condiciones, los sacramentos son nulos. Por lo tanto, cualquier cambio significante que se hace, si toca la materia, la forma, o la intención, levanta dudas serias de que si se confiere la gracia por las acciones del ministro de los sacramentos.

   Si examinamos el sacramento del bautismo a la luz de lo que enseña la Iglesia, entonces se puede comprender más fácilmente.

   En el bautismo, la "forma" como la enseña la Iglesia es: "Yo te bautizo en el Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo." La "materia" del bautismo es agua y solamente agua. Por lo tanto, en cualquier bautismo intentado con una forma distinta de la dicha o por usar cualquier otro elemento que no fuera agua, el sacramento sería nulo. Y en cuanto a la "intención propia," es suficiente decir que el ministro del sacramento ha de pensar hacer lo que la Iglesia hace. Y cualquier tentativa de lograr un sacramento donde falta esta intención no es ningún sacramento.

   Permitidnos demostrarlo con un ejemplo: supongamos que una persona sin bautizar te dice, "Yo no quiero ser bautizado, pero enseñame solamente como se hace." Y entonces coges agua, lo derramas sobre la cabeza de esta persona y pronuncias las palabras correctas. Es claro que no se ha efectuado ningún bautismo, por supuesto, gracias a la falta de intención. Diremos más sobre esto más adelante.

   Pero ahora vamos a arrojar esta luz sobre el sacramento de la Sagrada Eucaristía. La Iglesia ha definido que la materia, o sea, la sustancia de la Sagrada Eucaristía, es pan de trigo sin levadura y vino de uvas. Utilizar cualquier otra cosa en la celebración de la misa anula el sacramento. Y así es que los asuntos más locos del Novus Ordo donde se ostentan coca-cola y panecillos de hamburguesas ciertamente no son misas, y obviamente no lo son a causa de un defecto de materia.

   La forma de la Sagrada Eucaristía son las palabras, "Porque éste es mi Cuerpo," y "Porque éste es el Cáliz de mi Sangre, del nuevo y eterno Testamento, el Misterio de la fe, que será derramada por vosotros y por muchos para remisión de los pecados." Y he aquí él por qué de la controversia.

   La Iglesia enseña que el sacramento de la Santa Eucaristía fue instituido por Cristo específicamente en cuanto a su materia y forma, y todos los teólogos están de acuerdo con esto, que en la Ultima Cena, Nuestro Señor mismo especificó las palabras de la forma y desde entonces no quedó nada que determinar sobre esta cuestión. El Concilio de Trento afirma: "de esta forma nadie puede dudar." Estas palabras eran las palabras de Cristo mismo, ¡y ningún hombre, ningún grupo de hombres, ni siquiera la raza humana entera, puede interpolarlas!

   Se puede plantear una objeción que pregunta: "¿No tiene el Papa la autoridad de alterar la forma y la materia de los sacramentos?"

   Durante siglos los Papas siempre han enseñado que en cuanto se concierne las partes esenciales de los sacramentos, o sea, su materia y forma, ¡no tienen poder alguno para cambiarlas! Claro, pueden alterar las ceremonias que rodean las partes esenciales, pero no pueden cambiar lo que Cristo mismo ha enseñado y mandado específicamente en cuanto a los sacramentos. Se pueden encontrar cuatro declaraciones claras que apoyan este argumento, y nos beneficiaría mucho atender a la fuerza del lenguaje usado.

   La carta del Papa Clemente VI, Super quibusdam, del 29 de septiembre, 1351, afirmó que “...el Romano Pontífice puede acerca de la administración de los sacramentos de la Iglesia, salvo siempre lo que es de la integridad y de la necesidad de los sacramentos tolerar los diversos ritos de las Iglesias de Cristo y también conceder que se guarden."

   Doscientos años más tarde, el Concilio de Trento declaró que la Iglesia puede cambiar lo que juzgue más expediente para el beneficio de aquellos que reciben los sacramentos, o para infundir una veneración mayor hacia los sacramentos sin violar su sustancia. (Concilio de Trento, sesión XXI, capítulo 2)

   El Papa San Pío X, en su carta Ex quo nono, escribió claramente, "...es cosa averiguada que la Iglesia no le compete derecho alguno de innovar nada acerca de la sustancia misma de los sacramentos..."

   Y tan tarde como 1947, el Papa Pío XII, en su Constitución Apostólica, Sacramentum ordinis, reitera y clarifica este mismo principio: "...según la doctrina del Concilio de Trento, los siete sacramentos de la nueva Ley han sido instituidos por Jesucristo nuestro Se_or y ningún poder compete a la Iglesia sobre la sustancia de los sacramentos, es decir, sobre aquellas cosas, conforme al testimonio de las fuentes de la revelación, Cristo Se_or estatuyó debían ser observadas en el signo sacramental."

   Nos incumbe a todos prestar atención en particular a la fuerza y claridad del lenguaje de San Pío X y de Pío XII. San Pío X afirma enfáticamente que no le pertenece a la Iglesia "derecho alguno" de cambiar la materia o la forma de los sacramentos, y Pío XII declara terminantemente, "ningún poder compete a la Iglesia sobre la sustancia de los sacramentos."

   Y estas "fuentes de revelación divina" se cumplen innegablemente en los Evangelios de ambos San Mateo (26:28) y San Marcos (14:24) donde las palabras "para muchos" ¡se demuestran claramente ser las palabras de Cristo!

   Algunos dicen que "para muchos" y "para todos" no tienen nada que ver con las palabras esenciales que son simplemente "Este es el cáliz de mi Sangre." Así, cualquier alteración en palabras tan periféricas no afectaría la validez de la fórmula esencial. Pero el mismo significado de las palabras "este es el cáliz de mi Sangre" tienen que comprenderse en el contexto en que se pronuncian. El Papa León XIII estableció este punto acerca de la forma sacramental de las Santas Ordenes en su Constitución Apostólica Apostolicae curae. Por ejemplo, ciertamente yo no podía consagrar la Sangre Preciosa al pronunciar las palabras: "este es el cáliz de mi sangre--que cayó de Marte mañana." Aunque pronuncié las palabras que de otra manera constituyen la forma esencial para una consagración válida, mi adición disparatada afecta el significado de las palabras y las califica de manera que se destruye cualquier significado sacramental. Tanto más cuanto calificó la forma esencial con expresiones heréticas. Sto. Tomás de Aquino propone el caso de un sacerdote que puede bautizar con la fórmula: "Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo--y de la Bienaventurada Virgen María." El doctor angélico dice que el bautismo sería válido si el sacerdote añadió las palabras por una devoción indiscreta pero sin significado herético. Por otro lado, si el sacerdote quería decir por su adición que la Bienaventurada Virgen María es una cuarta Persona Divina, entonces el bautismo sería inválido porque las palabras esenciales se estropearon por la frase adicional: "y de la Bienaventurada Virgen María."

   Cambiar estas palabras de Cristo, "para vosotros y para muchos," a "para vosotros y para todos" ¡sí constituye un cambio del significado de la forma! Esto es un asunto serio y no es para encogerse de hombros con indiferencia y despreocupación. En los sacramentos la forma es lo que expresa la Voluntad de Cristo, y precisamente por esto no tiene nadie el poder de cambiar la finalidad o el fin que Cristo dispone. ¡Ningún sacerdote, obispo, concilio o Papa! Ni siquiera toda la raza humana colectivamente puede osar ajar el propósito o el fin que Cristo Mismo quiere de un sacramento.

   Pero el "ecumenista" sin duda desafiaría: "¿No vino Cristo para salvar a todos?" Y ciertamente ¡tenemos que estar de acuerdo! Claro que Nuestro Señor sufrió y murió para que las puertas del cielo se abrieran a todos, y que mereció suficientes gracias para que todos fueran a la felicidad eterna con Él al mundo que ha de venir. Pero, ¿todos le seguirían? ¿Todos irían finalmente al cielo?

   No necesitamos entrar en las muchas veces que Nuestro Señor explicó que a los pecadores se les castigarían y las muchas veces que habló del "fuego eterno" que esperaba al réprobo, pero lo que se necesita aquí y ahora es darnos cuenta que ciertamente sabía que no todos le aceptarían a El ni a Sus condiciones, y que no todos irían al cielo. 

   Por lo tanto, lo que hemos de emprender ahora es una investigación de la Voluntad de Cristo en el sacramento de la Sagrada Eucaristía. Tenemos que llegar a una comprensión de lo que era Su intención principal al instituir este sacramento, lo que se proponía, lo que quería conseguir.

   La Iglesia nos dice que en la Sagrada Eucaristía, la Voluntad de Cristo es doble. El Concilio de Trento explica: "Hemos de confesar que el Redentor derramó Su Sangre por la salvación de todos; pero si contemplamos el fruto que recibió el hombre de él, fácilmente encontramos que no pertenece a todos, sino a muchos de la raza humana." El Concilio de Trento concluyó: "Con razón, por tanto, las palabras "para todos" no se usaron, ya que sólo a los elegidos trajo Su Pasión el fruto de la salvación. Y este es el propósito del Apóstol cuando dice, `Cristo se ofreció una vez para agotar los pecados de muchos,´y también las palabras de Nuestro Señor en Juan: `No pido por el mundo, sino por aquellos quienes me has dado a Mí, porque ellos son Tuyos.´"

   Por esta explicación de ese santo concilio comprobamos que hay dos campos que considerar: primero, la Pasión de Cristo, o sea, el mismo hecho de la redención; y segundo, los frutos de la pasión, o la aplicación de los méritos ganados por Su Pasión.

   Es sumamente importante que tengamos más que una comprensión superficial de estas cuestiones si vamos a darnos cuenta de por qué en este sacramento la Iglesia enseña la doble Voluntad de Cristo.

   Es ciertísimo que Nuestro Señor Mismo tenía el deseo de que todos aprovecharan Su Sacrificio, que todos se beneficiaran de los frutos de la Redención. Este deseo abraza a todos los hombres, así que los méritos de la Pasión son disponibles a todos. A esto se le puede llamar la "voluntad antecedente" de Cristo, o quizás, un termino mejor sería "la primera voluntad" de Cristo en la Sagrada Eucaristía. Hay numerosos pasajes bíblicos que se refieren a ello: 1ª Tim 1:15 -- 11:14 [Esto seguramente es un error--la traductora]; Romanos 8:32; y 1ª Juan 2:2.

   Sin embargo, se ha de tomar en cuenta el libre albedrío del hombre que se puede ejercitar para aceptar o rechazar los frutos de la redención, y el hecho de que Cristo como Dios sabía que aunque el sacrificio de la cruz es universal, ¡la redención conseguida no es universal! Hubo, pues, una "voluntad consecuente" que los frutos de la redención no correspondan a aquellos que libremente las rechazan.

   Está en esta "voluntad consecuente" de Cristo donde encontramos el propósito, la razón, y el fin por el cual instituyó la Sagrada Eucaristía: aplicar los frutos de la Pasión a aquellos quienes sacarían provecho de ella. Y para conseguir este fin, para realizar esta "voluntad consecuente," Cristo escogió como medio hacerse verdaderamente presente en las Sagradas Especies, cumpliendo Su promesa, "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguien come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que Yo daré es Mi Carne para la vida del mundo." (San Juan 6).

   En la Ultima Cena, pues, los apóstoles se dieron cuenta plenamente y exactamente de lo que Cristo instituía cuando dijo, "porque éste es Mi Cuerpo" y "porque ésta es Mi Sangre." Era entonces cuando comprendieron plenamente estas palabras inolvidables que habían dejado perplejos a los judíos más de un año antes: "En verdad, en verdad, os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna." Los judíos habían dicho, "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?" Ahora, los apóstoles comprendieron que era en este sacramento bajo las apariencias de pan y vino que Cristo cumpliría su promesa, y no hubo duda en sus mentes de que éste iba a ser el efecto que Cristo dispuso de este sacramento. Y este efecto es doble: que Cristo está presente verdaderamente y corporalmente en la Sagrada Eucaristía, y que aquellos que coman dignamente de su carne y beban su sangre en este sacramento sí que aprovechan los frutos de su pasión para la vida eterna. En la Santa Eucaristía, pues, se ve que hay un efecto doble: el efecto de la presencia divina y el efecto de la aplicación ("res sacramenti")--y es la forma del sacramento lo que significa el efecto.

   En la forma tridentina, se expresa claramente la voluntad exacta de Cristo de estar presente verdaderamente y corporalmente y de aplicar los frutos de su acto redentor a los que los aceptarían. Cualquier cambio de esta forma falsifica la voluntad de Cristo al instituir el sacramento, y por este mismo hecho, una misa celebrada con tal cambio sería de dudosa validez. ¡Un asunto ciertamente gravísimo, que no debe pasarse por alto ligeramente, sino debe tomarse en serio!

   Es interesante fijarse en que hasta los reformadores, quienes gustaban de revisar la biblia para ajustarla a sus necesidades, rechazando varios libros como hicieron y distorsionando los pasajes de otros, ¡también aceptaron las palabras de Cristo, "para vosotros y para muchos!"

   No fue hasta después del Concilio Vaticano II que los ecumenistas determinaron que estas palabras ya no eran aceptables. Lo único que las hace no aceptables es que la palabra "muchos" no ayuda al "ecumenismo" y por lo tanto la cambiaron. Al hacerlo así, demostraron un atrevimiento visto tan sólo en aquellos que desean ser heresiarcas. Han osado distorsionar, para sus propios propósitos engañosos, las mismísimas palabras de Cristo Mismo al instituir este Santísimo Sacramento.

   Así es la seriedad del asunto, y es hora de que se reconozca como tal. El cambio de la palabra "muchos" a "todos" en esta doctrina importantísima puede tener un efecto devastador sobre aquellas pobres almas que lo interpretarán como que significa que todos irán al cielo--todos, sin miramientos de que si creen en Cristo o no, y sin tomar en cuenta la clase de vida que llevan. Y esto, claro, está de acuerdo con la "actitud ecuménica" tan popular hoy en día que "una religión es tan buena como la otra."

   Antes de dejar este asunto en particular, hay que estudiar un reparo importante, pues surge inevitablemente en las disputas entre los católicos "de ideas tradicionales" y los partidarios de las "reformas." Esta objeción trata del hecho de que las palabras esenciales de la forma son "Esta es mi sangre." Estas son las palabras que causan el efecto. Por lo tanto, un cambio en la segunda parte de la consagración del vino, como el cambio de "muchos" a "todos" no puede tener nada que ver con la validez del efecto, ya que las palabras esenciales se han conservado.

   Debemos saber que hay dos escuelas de pensamiento teológico sobre cuáles palabras exactamente efectúan válidamente la consagración del vino a la Sangre Preciosísima de Cristo. Algunos teólogos han mantenido que todas las palabras son necesarias para la validez, mientras otros han enseñado que serían suficientes únicamente las primeras palabras, "Porque éste es el cáliz de Mi Sangre." Sin embargo, y esto es importante, aunque variaban en cuanto a la necesidad de todas las palabras para la consagración válida, están de acuerdo totalmente de que ¡todas las palabras ciertamente pertenecen a la sustancia! Incluso aquellos teólogos que mantenían que sólo las primeras palabras eran necesarias para la consagración válida, admiten sin embargo que las palabras que siguen eran necesarias para la integridad de la forma.

   Pues, ¿dónde se sitúa la Iglesia con relación a este asunto? Todavía no ha definido que palabras son absolutamente esenciales para consagrar el vino, porque si lo hubiera hecho, no habría controversia alguna. A pesar de ello, hay fuertes indicaciones de su parecer, como se puede encontrar en el Decreto del Concilio de Florencia y en el capítulo quinto de "De defectibus", una sección del misal Romano de San Pío V, donde se pueden encontrar las rúbricas de la misa y lo que un sacerdote debe hacer para remediar varios problemas que puedan surgir durante el ofrecimiento de la misa.

   En éste, las palabras de consagración se afirman ser el pasaje entero desde "Hic est enim calix sanguinis mei" hasta "remissionem peccatorum."

(Vol. XIV, Nº 4, 1992, pp. 14-18)

   Como católicos hemos de comprender que la validez de un sacramento no sólo depende de la "sustancia debida”, la cual es su materia y forma, sino también depende de la debida intención ministerial.

   Exactamente ¿qué es esta "intención," y qué importancia tiene?

   La Iglesia es bastante clara sobre el asunto de intención ministerial: para administrar válidamente, ¡el ministro ha de tener la intención de hacer lo que la iglesia hace! Así que, según el magisterio infalible de la Iglesia, hasta un pagano, incluso un ateo, que no cree en el pecado original, puede realizar un bautismo válido si bautiza con la materia (agua) y forma debida (Te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo), y puede quitar el pecado original al tener intención de hacer lo que hace la Iglesia.

   ¿Cómo se comprende que hasta un ateo piense hacer lo que la Iglesia hace? Si cualquiera realiza cuidadosamente y precisamente el rito externo y sacramental de la Iglesia, se acepta como la primera prueba de que él piensa hacer lo que hace la Iglesia.

  ¿Qué tiene que ver esto con la cuestión de la consagración del vino? Resulta que muchísimo.

   La forma tradicional latina para la consagración en la misa y todas las oraciones circundantes, claramente expresan el significado de que una acción sacramental se lleve acabo aquí y ahora--que el Cuerpo y la Sangre se hacen presentes y se ofrecen por los pecados aquí y ahora, realmente sobre el altar. Esto es lo significativo de la misa; esta es la misma naturaleza de la misa. Si se quita esto, no hay misa en absoluto.

   Si el sacerdote simplemente contara de nuevo los acontecimientos de la última cena, como si narrara una historia, el sentido de las palabras sería distinto. No serían sacramentales, o sea, no significarían lo que efectúan ni efectuarían lo que significan, sino tan sólo serían anecdóticas. Para la fiesta del Corpus, los sacerdotes solían dar sermones sobre la institución de la santa eucaristía durante la última cena. A menudo desde el púlpito repetían las palabras de Cristo: "Este es mi cuerpo... Este es el cáliz de Mi Sangre." Al recitar estas palabras durante el sermón, no por eso consagraban el pan y el vino que descansaban sobre el altar. ¿Por qué? Porque, aunque eran las mismas palabras pronunciadas en el altar, no tenían significado sacramental--y el sacerdote manifiestamente no tenía ninguna intención sacramental al pronunciarlas. Simplemente contaba una historia.

   Durante las conferencias en el seminario, el sacerdote que enseña la clase de teología dogmática o la teología sacramental o la liturgia o las escrituras pueda que repita las palabras de Cristo de la última cena. La sola pronunciación de las palabras, "Porque este es el cáliz de mi sangre," ciertamente no consagraría el vino que hubiera en el aula, aun cuando lo tuviera encima de la mesa delante de él. ¿Por qué? Porque simplemente contaba una historia de lo que pasó durante la última cena, y manifiestamente no tenía ninguna intención en absoluto de realizar ese acontecimiento ni el sacrificio de Calvario allí en el aula durante su clase. En resumen, simplemente presentaba la narración de la institución de la santa eucaristía.

   Esto es precisamente lo que pasa en la misa nueva. Los comentarios oficiales sobre la misa nueva--las instrucciones aprobadas que la preceden en los misales nuevos, la Instrucción General sobre el Misal Romano que se publicó junto con la misa nueva --explícitamente llaman lo que eran las palabras de la consagración, simplemente "La Narrativa de la Institución" -- o sea, la historia de lo que pasó allá entonces. Si el relato de la última cena en la misa nueva es simplemente un cuenta cuentos, no hay consagración. Esto priva al rito de cualquier significado sacramental del todo, y la intención del sacerdote ha de juzgarse principalmente por el rito que utiliza.

   ¿Llega demasiado lejos este juicio? ¿Atribuimos demasiada importancia a la caracterización oficial Vaticana de las palabras de consagración de la misa nueva como simplemente un "relato de institución"? No, no llegamos demasiado lejos. Todo acerca de la misa nueva sirve para apoyar esta conclusión de que la misa nueva simplemente hace mímica de la última cena en vez de hacer el sacrificio de Calvario presente sobre el altar. Inmediatamente después de que se termine la historia de la última cena, el sacerdote exhorta a la gente: "¡Proclamémonos el misterio de la fe!" [”Este es el Sacramento de nuestra fe” en la versión española.] Y ¿cuál es el misterio de la fe que proclama la misa nueva? ¿Es el mismo misterio de fe que la misa tradicional proclamaba en la consagración, o sea, la presencia real de Cristo en el santísimo sacramento? ¡Ni hablar! El misterio de la fe de la misa nueva implícitamente niega la presencia real por no hacer caso alguno de ella: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. _Ven, Se_or Jesús!" Eso es el misterio de fe del Novus Ordo--la futura venida de Cristo, en vez de Su presencia divina en el santo sacrificio. ¿Por qué? Porque ya no hay ningún santo sacrificio para ellos; se ha tornado en un simple "memorial del Señor," como dijo la Instrucción General en 1970.

   Ya debe estar más claro que este cambio en la segunda parte de la consagración del vino ciertamente introduce un cambio serio en la forma del sacramento, y un cambio sustancial en el significado del "efecto de aplicación." Como tal, la alteración de una sola palabra no se puede tomar a lo ligero.

   Jamás debemos olvidar que es la forma del sacramento lo que expresa la voluntad de Cristo, y que no pertenece a nadie el poder de cambiar la forma, sobre todo en este sacramento, que se ha dado por Cristo minuciosamente, o sea, específicamente.

CONTÁCTENOS:

Contenido del sitio

1