17. Cristología  

LA CRISTOLOGÍA DEL SIGLO XIX Y XX. PROBLEMAS Y SOLUCIONES.

A finales del siglo XVIII y principios del XIX se empieza a plantear la cuestión de la existencia histórica de Jesús. La llegada de las ciencias en la historia ponía de manifiesto la necesidad de investigar y acercarse desde una perspectiva distinta a Jesús, pero a lo que llevó fue, no a la negación del Jesús histórico, sino a la convicción de que el acceso a Él estaba limitado en los relatos evangélicos conservados. Los intentos por dibujar con fidelidad científica el rostro del Jesús histórico mostraron una dificultad no esperada, por lo que la pluralidad se transformó en una incapacidad para saber quién era Jesús desde la historia. En ese tema se emplearon muchos esfuerzos e intentos desde distintas perspectivas, Jesús es reconstruido de forma romántica, estética, humanista, revolucionaria, moralista o socialista, según el perfil del investigador al caso.

Dentro de esos intentos fueron significativos los que propició el protestantismo liberal, y que influenciaron en el llamado modernismo católico. El problema era la destrucción del dogma, el excesivo relativismo dogmático, y la visión de Jesucristo como persona psicológica, con el eterno problema de quién se creía Jesús que era. La respuesta es imposible, porque la pregunta está descontextualizada en tiempo y en forma. Del modernismo nos quedó algo muy positivo y aún vigente: los métodos histórico críticos para el análisis de textos bíblicos, aunque no sea un método exclusivo, si es la antesala del acercamiento hermenéutico.

La teología del siglo XIX buscó por todos los medios redescubrir la figura humana de Cristo, quizás sepultada bajo la excesiva mistificación del misterio de la fe, común a una teología con repuntes neoescolásticos, alejada de la realidad histórica. La conclusión de los liberales no puede ser más sorprendente: incapacidad para saber algo del Jesús histórico.

El liberalismo mantenía a su vez que sólo era posible acceder al conocimiento sensible y experimental de la fe. Al considerar la religión como un fenómeno sensible, humano, lo quieren explicar todo desde el inmanentismo, es decir, sin salir de la persona humana. La religión se convertía en una experiencia sensible y psicológica, un sentimiento ante lo desconocido. En este pietismo cristológico Jesús sería un hombre extraordinario que vivió en relación con lo desconocido como hijo, y en una ética de amor; con lo que el dogma cristológico volvía a ser destruido, y el arrianismo resucitaba del pasado. La influencia que tuvieron sobre filósofos y pensadores del siglo XIX y XX no fue pequeña, así por ejemplo Feuerbach concibe los dogmas como expresión de cuestiones humanas y cualidades del hombre que pone fuera de sí y que llama Dios. La persona de Cristo es atrapada por la filosofía, lo cual nos lleva a dos conclusiones: que Cristo no es Dios, sino un hombre extraordinario y que todo los demás, dogmas, iglesias, revelaciones,... son inventos cristianos. La Iglesia y la fe cristiana se opuso a esto desde el primer momento, aunque el deterioro Cristológico todavía lo padecemos.

Volvemos a los intentos de rastrear el Jesús histórico: Wellhausen, a principios del siglo XX ya afirmaba que era imposible conocer a Jesús independientemente de la imagen que hizo la fe. Esta línea, fue seguida por otros investigadores, hasta la llegada de Bultmann, a partir del cual hay un antes y un después. Bultmann, partiendo de la filosofía existencial de Heidegger, por el que sentía una profunda admiración, dice que desde el punto de vista histórico no es posible investigar la vida de Jesús, porque faltan fuentes. La teología además, no necesita de la historia para creer. La fe no tiene que ver con lo que Jesús dijo o hizo, sino con lo que dice la predicación sobre él, y que disponemos en los Evangelios. Es decir, se afirma que "en el principio existía la predicación", el kerigma, y a ella nos atenemos. El mensaje va a absorber todo, convirtiéndose Jesús en una figura irrelevante, perteneciente al Judaísmo, un profeta más. Por encima de Él está la predicación hecha por la Iglesia primitiva. La labor del exégeta consistirá en desmitologizar los relatos bíblicos, porque éstos han sido catequizados e interpretados por la comunidad prehistórica, toda la fe es pospascual y a ella responde la construcción de los relatos evangélicos.

La respuesta a Bultmann no se hizo esperar, los mismos discípulos y seguidores van a reaccionar para buscar de nuevo del Jesús histórico. Se inician en la tarea pero con la mirada puesta en la comunidad de la fe. Se busca en la Iglesia primitiva, en la historia de la redacción, en la comunidad misionera y predicadora, en la sociología del tiempo de Jesús y en los significados culturales del momento. La respuesta queda resuelta ya en Kässeman: el proceso de redacción del NT abarca varias generaciones, los hechos más significativos son rigurosamente históricos. Pero además, desde nuestra opinión, la interpretación que debemos hacer a los relatos evangélicos es preciso hacerla desde las categorías culturales semitas, no podemos leer la Biblia desde los interrogantes griegos que no se hacían los redactores ni compiladores, y que eran impensables en aquel espacio cultural concreto. Bajo esta perspectiva hemos presentado el Nuevo Testamento en la cristología en este mismo capítulo.

La teología radical o de la muerte de Dios tuvo un importante eco entre los protestantes de los años 60, influenciaron en la teología del momento y posterior. Tienen como iniciador a Bonhoeffer, pastor que murió en una cárcel en la época nazi, el planteamiento de Dios que hace está escrito en un contexto de desesperación y sufrimiento. Su gran interrogante es la necesidad de un cristianismo sin religión, puramente interno. Este escritor fue falsificado e interpretado en un contexto distinto por Robinson y otros teólogos radicales. Su idea es que de Dios no podemos saber nada, toda la Biblia está compuesta por mitos, por lo que Jesucristo alcanzaba unas cotas más elevadas de cara a ser fundador de una religión, pero como Ser Supremo incluso a costa de oscurecer a Dios mismo. Esta moda teológica prescindía de elementos externos: rituales, sacramentos, sermones, convirtiendo la vida teologal en una vida moral, desde el amor, pero sin la divinidad. Están muy influenciados por Bultmann, aunque derivan en otra respuesta. Lógicamente quedaban fuera de lo que planteaba la fe de los Concilios.

Las teologías centroeuropeas, desde los años 70 se iniciaron en las llamadas cristologías de manifestación, Cristo era pura manifestación definitiva de la divinidad de Dios, por lo que la Trinidad se volvía a destruir. Este ha sido la línea de algunos teólogos tan destacados como Schoonenberg, Schillebeeckx o Hans Küng, que en estos temas desbarraron seriamente. En el fondo estos autores preguntaban al NT con una mentalidad tan Eurocéntrica como escolástica. La pregunta es de nuevo el ser de Jesús, interrogante griego; pero el NT, escrito en clave semita, está incapacitado para responder a esas preguntas, por eso las respuestas no son válidas y están sacadas de contexto. Mezclan el ser y el manifestarse, cambian una mentalidad a otra sin prevenirse. El final será la negación de la eternidad de Jesucristo, planteado como profeta escatológico, dice Schillebeeckx, o como plan futuro en la mente de Dios. Interpretan equivocadamente las escrituras, intentando ser fieles a ellas. Schoonenberg hace además una explicación de persona desde la autoconciencia y como centro de operaciones, intentando aplicarlo a Jesucristo, con lo que sólo llegan a entenderlo como una persona humana nada más. La capacidad de persona desde lo Trinitario nos habla de autodonación, relación, encuentro y amor, pero la limitación de esa comprensión lleva al aislamiento de la humanidad.

Las teologías latinoamericanas de los años 70 hicieron una apuesta por lo práctico, recogiendo la mentalidad de la teología política Europea de esa misma época. Esta teología llamada de la liberación, proponía un esquema y unas claves de lectura bíblica para aplicarlas en la vida social y política. Algunos principios del marxismo fueron tomados y aplicados como líneas hermenéuticas: la lucha de clases o la praxis social. En Marx la realidad social engendraba el método teológico, no existe una fuente distinta de interpretación. Los teólogos de la liberación hablaron de lucha de clase, dibujaron un Dios volcado en la causa de los pobres, un Cristo revolucionario y contradictorio con los poderes religioso, económico o político de su tiempo. Lo que nos ha quedado de todo aquello es la lectura preferente de Dios por los pobres y desheredados, acercaron la figura de Cristo al hombre implicado social y política en el mundo de hoy, pero quizás al precio de olvidar la trascendencia de la fe cristiana.

El problema de estos teólogos en la cristología es que volvían a aceptar fácilmente el liberalismo teológico como comprensión de Jesús. Se regresaba erróneamente a entender a Jesús sólo como hombre que adquiere conciencia de su mesianidad. De nuevo reduciendo y volviendo a la psicología racional aristotélica de la conciencia.

Este debate sigue siendo crucial, porque según sea el planteamiento cristológico, así será la vida cristiana concreta. Por eso es imprescindible la vuelta a las fuentes. Jesús en el Evangelio es el Señor, misterio indudable que debe interrogar a los hombres de hoy. Ese debe seguir siendo el punto de partida de la Cristología.

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